Cuando llegó al Cementerio del León el funeral había terminado. El Imam, un hombre alto y delgado, con la barba entrecana enmarcando su rostro famélico, surcado por diminutas venas azules, se despedía de los asistentes: un grupo de soldados de la Defensa Territorial y dos civiles armados con las Skorpio de la policía secreta. Un sargento con una enorme cicatriz cruzándole la frente pareció reconocerle. Se acercó tendiéndole la mano.
- ¿Teniente Bregovic? Soy Sefir, nos conocimos en su apartamento…
- Sí, te recuerdo. ¿Estabas con él cuando ocurrió?
- Sí. Fue en Dobrinja, hace dos días. Salió de la trinchera a rescatar un herido. Era una locura, ni siquiera teníamos que estar allí, pero no pudimos detenerle. El muchacho aullaba de dolor, tenía las tripas reventadas. Cuando llegó junto a él un francotirador le alcanzó en la cabeza – hablaba despacio, con la mirada perdida, reviviendo la escena como si todavía estuviera en las trincheras – Murió en el acto, pero no pudimos recuperar el cuerpo hasta la noche. El otro también murió…
- ¿Y su familia? – preguntó mientras los soldados se despedían, observándoles desde la entrada.
- Sus padres siguen en Tuzla. He informado por radio a nuestra gente allí, supongo que ya deben saberlo…
- ¿Y Fátima? – ni siquiera sabía si seguían viéndose.
- No estaba en casa.
- Gracias por avisarme – apretó su brazo sintiendo la flacidez de la carne bajo el uniforme – Iré a verla esta noche.
- No la encontrará, ya no vive allí…
Dudó un instante, reprimiendo las palabras en los labios resecos. Después sonrió hastiado y se marchó colina arriba con el fusil balanceándose en la espalda.
Localizó la tumba, un estrecho túmulo de tierra oscura coronado por una sencilla estela de madera sin desbastar con el nombre, la fecha de nacimiento y la de su muerte pintados a mano. Se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. No sentía nada. Una ligera desazón, la inquietud de encontrarse en terreno abierto, la inusual amplitud del horizonte. El cementerio se extendía por la ladera salpicando la tierra con el blanco de las tumbas más antiguas, lápidas de mármol y granito, muchas de ellas adornadas con una estrella, el rojo desvaído por el tiempo. Más abajo, en la llanura, se sucedían muy juntos los montículos alargados, simples tablas marcadas con trazos convencionales, producto de la costumbre, el trabajo impersonal de un artesano demasiado ocupado para entretenerse en detalles. Allí yacían en oscura metáfora combatientes serbios, croatas, bosnios, eslovenos, voluntarios extranjeros junto a cientos de civiles; niños sorprendidos por las bombas en mitad del sueño, jugando en la calle; ancianos hastiados, demasiado débiles para adaptarse a las nuevas normas de supervivencia, que se dejaban matar en las avenidas, familias enteras confiadas en la seguridad de los refugios, miles de historias uniendo su dolor en un grito silenciado por el poder de las armas. Sobre la tierra removida se adivinaban pequeños embudos, cráteres abiertos por los morteros y los cañones antiaéreos: los artilleros llevaban su voluntad de extermino hasta el mismo cementerio.
Por su mente vagaban, caleidoscópicas, imágenes de su amigo muerto. Ahora, al contacto de la tierra tibia, sentía el dolor enquistado ya en su interior, anudado en la garganta, hermanándose con la corriente de frustración e impotencia que arrastraba sus pensamientos a una sima de soluciones imposibles, palabras jamás pronunciadas, el tiempo perdido saltando en el pecho, un reproche inútil. En su delirio envidiaba a los silenciosos habitantes de aquel lugar, ajenos ya al terror, la aniquilación sistemática, liberados de la pesada carga de despertar al horror cotidiano. ¡Cuántos conocidos, estudiantes, vecinos, camaradas, hombres y mujeres con los que se había cruzado en la calle, en los cafés, habían muerto absurdamente! ¡Cómo podía seguir creyendo en la justicia, la humanidad, la compasión, principios universales orientados a una finalidad racional cuando al lado de un soldado anónimo yacía Jasmina Jovic, muerta a los dos años! ¿Existía un límite a tanto sufrimiento?
El sol del atardecer comenzaba a ocultarse entre las montañas cuando la idea surgió resplandeciente, iluminando una senda escondida, un camino en realidad que se abría entre la espesa niebla de la incredulidad: tenía que vivir, continuar la lucha, sacrificarse para mantener encendida la frágil llama del recuerdo, la memoria de los caídos. Debía sobrevivir para contar la verdad cuando todo acabara, señalar a los culpables y mostrar al mundo el precio pagado por los inocentes, combatir la barbarie con todas sus fuerzas para que todos aquellos seres sepultados a sus pies recuperasen la dignidad perdida, honrar a los muertos para que algún día sus hermanos, sus hijos, pudieran volver a caminar orgullosos por las calles. Cada orden, cada disparo, adquirían un nuevo sentido.
Se levantó invadido por una extraña alegría, el espíritu exaltado de los visionarios. Sobre el cementerio planeaban los cuervos coreando con sus graznidos el eco de las explosiones. Una mujer se acercaba lentamente entre los túmulos, deteniéndose a leer los nombres grabados en las lápidas. Sonreía de un modo extraño.
- Jasmina – murmuró al llegar a su lado. Desprendió una pequeña flor del ramo que guardaba en su bolso y la depositó con cuidado a los pies de la tumba.
- ¿Cómo murió? – preguntó mecánicamente.
- No la conozco. Traigo flores a todos los niños – dijo sin mirarle – Las cultivo yo misma en el jardín.
Sacudió la tierra del uniforme. Esperó hasta que el último rayo, un suave reflejo ambarino, desapareciera en la cresta del monte Trebevic. Entonces se volvió para mirar la lápida por última vez. En septiembre, Mirsad habría cumplido veinticuatro años.
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