La veleta dijo Sur

domingo, 26 de agosto de 2012

EL HORROR 35


El soldado lanza una mirada furtiva al puesto de guardia, apaga el cigarrillo y oculta la colilla entre los sacos terreros. Antes de volver a la garita contempla el cielo negro del atardecer, jirones de nubes lechosas persiguiéndose en la cima de las colinas, prendidas de las copas de los abetos, las sombras de los tilos que oscurecen las laderas. Piensa en los francotiradores; los imagina a cubierto en las casamatas que salpican las montañas, sentados alrededor de la estufa de leña, relatando sus hazañas entre tragos de aguardiente. Se pregunta qué habrá sido de Dobro, el tirador que les saluda puntualmente cada mañana añadiendo un nuevo agujero a la señal de STOP que cuelga de la barrera. Ha faltado cuatro días a su cita, desde que empezó a llover. En el comedor se cruzan apuestas: algunos aseguran que un sniper rival, antiguo compañero del equipo de tiro olímpico, acabó con él para vengar la muerte de su novia. La historia, sin duda inventada por un centinela aburrido, ha tenido éxito: todos bromean sobre el asunto, incluso los oficiales. El ruso ha pedido permiso para salir y preguntar a los chetniks; dice que tiene amigos ucranianos entre ellos…
Falta más de una hora para el relevo. Exactamente cincuenta y nueve minutos para un café caliente, un pedazo de pan con mantequilla, fumar un cigarrillo sentado sin pensar en nada. Un coche blanco se acerca por la avenida sorteando los agujeros abiertos en el asfalto, apenas visibles por el agua enfangada. “Periodistas”. El Peugeot circula con las ventanillas bajadas, grandes letras TV pintadas a los lados y en el techo, las luces de freno cegadas con cinta aislante. “Al menos no son novatos. Tienen alguna oportunidad”. El copiloto le saluda formando una V con los dedos. “Víctima” piensa. Alguien se acerca haciendo crujir la grava de la explanada.
- ¿Todo bien? - pregunta el sargento, un veterano canadiense de barba rojiza.
- Sin novedad – mantiene la vista al frente. “Es un buen tipo. Concienzudo, pero es de fiar”.
- ¿Periodistas?
- Sí.
- ¿Cuantos obuses has contado?
El soldado cuenta las muescas en el poste de madera.
Seis morteros pesados y catorce de artillería, en el centro y el este. Todos de entrada, claro…
- ¡Que cabrones, sólo han apuntado dos! - el sargento se encoge de hombros – Y Dobro,  ¿no ha dado señales de vida?
- De muerte… - dice recordando la broma. Los dos ríen sin demasiadas ganas.
- Creo que no volverá hasta que coloquemos una señal nueva. Bien, tómatelo con calma.
“Treinta minutos”. Golpea el suelo rítmicamente con el pie, un minuto, dos. Está a punto de anochecer. El edificio de la derecha se recorta contra el cielo un poco más claro, hacia el monte Igman. “Marsella… Allí todavía no se ha puesto el sol”. Evoca el arsenal de Toulon, las calles del puerto rebosantes de marineros borrachos, prostitutas, el ambiente cargado de violencia, ofertas, la navaja presta en el bolsillo… “¿Por qué no dicen la verdad?”. En el cuarto del segundo piso dos oficiales de Inteligencia se turnan día y noche contando los proyectiles disparados, morteros y cohetes que entran y salen de la ciudad. Decide hacer un dibujo: el que cuenta los obuses disparados por los serbios escucha música con los auriculares puestos; su compañero, con una cinta verde en el pelo, ronca con las piernas sobre la mesa… “Podría mandarlo a la revista de UNPROFOR. No lo publicarían, claro”.
Se escuchan pasos cerca de la barrera. Quita el seguro del fusil y se asoma desde la entrada: dos muchachos le saludan tímidamente alzando los brazos. Tras ellos, una chica se protege de la fina lluvia apoyada en el muro.
- ¿Ruso? - pregunta el más joven.
- No, francés - la mano se relaja en la empuñadura, rozando apenas el gatillo.
- ¡No, ruso! - el chico señala su brazo derecho, traza un dibujo imaginario, un tatuaje; después arquea los brazos y se eleva sobre la punta de los pies.
El soldado comprende: buscan al ruso. Señala a su espalda, hacia el puesto de guardia. El chico se sube la manga y golpea su muñeca con el dedo.
- Esta noche.
- Yo soy Miro… Djuro, mi amigo, ¿y tú?
- Jean…
No debe tener más de catorce años, aunque sus gestos, el aplomo con que actúa, le hacen aparentar algunos más. El más bajo no llega a los doce. La chica pregunta algo. Djuro se acerca y le habla al oído; ella asiente y suelta una risita aguda, pretendidamente seductora.
- Minela - dice Miro sonriendo.
Jean contempla a la muchacha: el cuerpo frágil de miembros delgados adivinándose bajo el impermeable negro, las medias manchadas de barro; mechones oscuros pegados a las mejillas, brillantes de maquillaje arruinado por la lluvia, los grandes ojos claros perlados de tristeza.
- ¿Cuánto? - pregunta conteniendo la rabia.
- Cincuenta marcos - Miro conoce su trabajo. Ni siquiera pestañea al mirarle a los ojos, repentinamente serio.
Jean cuenta el dinero, observa la casamata y el perímetro interior antes de entregarle el fajo plegado.
- ¡Ahora fuera de aquí! – exclama.
Gira el fusil hacia ellos, la mano libre señala el callejón, el portal donde se oculta una sombra que ahora se aproximaba alertada por la voz airada de la chica.
- ¡Alto o disparo!
El hombre se detiene bruscamente. Viste un traje oscuro y gorro de piel. Separa las manos, sin alzarlas. Escucha a Minela, que corre a explicarle lo ocurrido, sin apartar la vista del soldado, el fusil apuntándole al vientre. Se lleva la mano al gorro y sonríe antes de volver a la oscuridad del callejón.
- ¡Jódete francés! ¡Maricón! - gritan los muchachos, corriendo y riendo en el centro de la calle.
Mientras se alejan  Jean enciende un cigarrillo sin molestarse en ocultar el resplandor de la cerilla. “Tranquilo, no puedes arreglar el mundo tú solo”. El sargento se asoma en el cuerpo de guardia, le interroga con un gesto.
- Unos niños pidiendo comida.
- Enseguida te mando el relevo.
Piensa en la cara que pondrá el ruso cuando se entere de que su cita se ha aplazado. Es un tipo peligroso, veterano de Afganistán. “¡Que se joda!”.


EL HORROR 34


David Callaghan maldecía en gaélico. Había adquirido aquella costumbre en los tiempos duros de Belfast, cuando no era más que un muchacho, un aprendiz de reportero dispuesto a meterse en toda clase de líos para conseguir una buena historia. A pesar de su pasaporte estadounidense, su origen irlandés le había creado grandes dificultades con las autoridades británicas, lo que le permitió, según le gustaba repetir, aprender una lección fundamental: “Nunca confíes en los informes oficiales, y menos si proceden del bando más fuerte”. La segunda premisa, “La peor guerra es siempre la siguiente”, la descubriría años más tarde, cuando se convirtió en reportero profesional. Cada vez que abandonaba un país en guerra dejando atrás epidemias, hambruna, genocidios o integrismo, se preguntaba qué gobierno, qué facción conseguiría subir el listón en la escala de la barbarie. A mediados de 1991 encontraría la respuesta en la misma Europa.
El mortero había estallado en el cruce frente a ellos, a menos de cien metros del coche. El conductor, un veterano corresponsal francés, no logró controlar la dirección y fue a estrellarse contra un muro antitanque. Los cuatro ocupantes, repuestos de la sorpresa, permanecieron en silencio un instante, comprobando si sus cuerpos seguían intactos bajo el chaleco antibalas.
- ¡Tenemos que salir de aquí! - gritó David.
Corrieron cegados por el polvo en suspensión hasta el edificio más cercano, un ruinoso bloque de apartamentos entre Cengic Vila y Nuevo Sarajevo. Un minuto más tarde el artillero se desquitó de su error con un impacto directo que lanzó el coche blindado sobre una parada de autobús.
- ¡Cuarenta mil dólares al carajo! - exclamó David - ¡Es el segundo en tres meses!
Todos rieron liberando la tensión con ruidosas carcajadas. Se encontraban en un amplio vestíbulo, paneles de madera formando figuras geométricas superpuestas en los muros laterales. Alguien había arrancado las láminas inferiores dejando a la vista una capa de cemento y yeso. Frases obscenas y grafitis ilegibles decoraban las paredes desnudas. Montones de basura poblados por ratas y cucarachas se acumulaban en los rincones.
- Así que esto es la vieja Europa… - dijo el irlandés.
- ¡Déjate de bromas! – Philip Bennett, componía su larga melena aplastada por el casco de kevlar. Al otro lado del río, en Hrasno y Otoka, la infantería sostenía un intenso intercambio de fuego. - Tenemos que largarnos antes del toque de queda.
La silueta color mostaza del Holiday Inn, donde se alojaban los periodistas, se encontraba a menos de un kilómetro en línea recta pero, para llegar hasta allí, debían cruzar una zona batida por los francotiradores de Vraca y la artillería.
Oscar Zalduegui, el freelance español que se había apuntado a aquella visita al frente urbano, se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. A diferencia del resto, incluida la traductora contratada por David, prescindía del casco y el chaleco antibalas, aunque no parecía preocuparse demasiado por ello. En realidad, su aparente desprecio por tan incómodas y costosas prendas ocultaba una absoluta falta de medios. Tras dejar a su novia y los estudios de periodismo en Barcelona, había recorrido media Europa a bordo de un coche de tercera mano, con su mochila y el equipo fotográfico como único equipaje, hasta llegar, milagrosamente vivo, a Sarajevo. Durante los primeros días tuvo que buscarse la vida a base de algún préstamo y grandes dosis de buena suerte; cuando andaba escaso de dinero salía en busca de material de primera, instantáneas a pie de trinchera que no tardaba en revender a fotógrafos que preferían la comodidad del bar del hotel a las exclusivas. Oscar se había ganado su fama de suicida, un compañero demasiado peligroso cuando las cosas se ponían feas: solía ser el primero en llegar y siempre era el último en marcharse. Quizá por eso, David había decidido adoptarle: le recordaba otros tiempos, cuando él mismo tenía que jugarse el tipo para obtener un buen reportaje.
- Saldré a echar un vistazo - dijo levantándose de un salto.
David, imaginando la conversación que mantendría esa misma noche con sus productores,  reprimió su impulso de acompañarle mientras se acercaba resuelto a la entrada. Antes de salir escrutó cautelosamente ambos lados de la calle, el cielo limpio del crepúsculo. El eco de la fusilería le llegaba ahora amortiguado, lejano.
- Voy a buscar ayuda. Esperadme aquí -  Arrojó el cigarro al suelo y echó a correr apretando la cámara contra el pecho.
- Hay que reconocer que los tiene bien puestos - Philip se secaba el sudor que le corría por la frente. Se sentía culpable por no haberle ofrecido ninguna protección: después de todo se estaba arriesgando para sacarlos de allí.
Ivana, la inseparable traductora de David, afirmó muy seria:
- ¡Estos españoles están locos!
Los dos hombres asintieron sonriendo. El rostro de Ivana se tensó de repente. Siguiendo su mirada descubrieron una figura humana, una sombra salpicada de reflejos metálicos surgiendo de un oscuro corredor. La aparición habló en voz baja, con tono imperioso, y un grupo de milicianos vestidos de negro se desplegó a su alrededor. Eran seis en total: rostros angulosos, con los pómulos prominentes bajo el camuflaje verde y negro, observándoles con curiosidad y recelo. El jefe del grupo se acercó mostrando sus dientes amarillos en lo que parecía una sonrisa conciliadora. Con voz cavernosa les preguntó qué hacían allí.
- Le han disparado a nuestro coche - contestó la traductora- Somos periodistas, extranjeros - añadió con énfasis - Tenemos los permisos…
El oficial les observaba en silencio, sin dejar de sonreír. Los milicianos se mantenían a distancia, con las armas preparadas, admirando los cascos, los chalecos, el costoso equipo fotográfico, calculando mentalmente cuánto podrían obtener en el mercado negro. David se adelantó ofreciéndoles tabaco con gesto casual, despreocupado. Uno de los soldados le arrebató el paquete sosteniendo la mirada retadora a escasos centímetros de su rostro. Los demás reían algo cohibidos, esperando con impaciencia el desenlace de aquella situación, recreándose en la novedad del encuentro. El oficial había dejado de sonreír. Ahora hablaba con tono malhumorado, la mano derecha apoyada en la culata de la pistola mientras Ivana asentía mirando al suelo.
- Dice que tenemos que marcharnos inmediatamente. El toque de queda obliga a todo el mundo… Dice que si nos matan los chetniks, quizá entonces vuestros gobiernos les envían armas…
David trataba de decidir con rapidez, atento al retumbar de los obuses que llegaba del exterior. A menudo se había visto envuelto en situaciones parecidas: soldados desmoralizados, borrachos, exaltados ante la idea de humillar al poderoso hombre de occidente, símbolo del progreso, la riqueza, la injusticia. Podría ofrecerles dinero, un salvoconducto universal, infalible pero… Un coche frenó bruscamente haciendo derrapar las ruedas sobre la acera. Oscar apareció en el umbral gritando:
- ¡Vámonos, rápido!
De camino al hotel, sobreponiéndose al rugido del motor y el reanudado bombardeo, les contó cómo había encontrado cerca de allí a un taxista con el que solía hacer negocios. El hombre se ofreció a ayudarles a cambio de doscientos marcos alemanes, una suma desmesurada y, por supuesto, innegociable. Ahora conducía su Volkswagen a toda velocidad, esquivando los obstáculos sin pisar el pedal de freno hasta la puerta trasera del hotel.
Más tarde, ya en el bar, los cinco saboreaban el whisky escocés que David guardaba para las grandes ocasiones.
- ¡Si hubieras visto la cara de los milicianos cuando apareciste! ¡Te debemos una, muchacho!
Philip liaba un enorme canuto ante la mirada reprobatoria de la traductora.
- Lo que me debéis son doscientos marcos, aunque también acepto dólares… - objetó Oscar, complacido.
El taxista, ocultando su bigote a lo Stalin con gesto recatado, río con ellos.


EL HORROR 33


A principios de septiembre la situación pareció estabilizarse en el frente urbano. Después de varias ofensivas fallidas, los generales bosnios, conscientes de la superioridad artillera del enemigo, trataban de consolidar sus posiciones en el irregular perímetro defensivo establecido a lo largo del valle. Los combates se reducían a un intercambio de fuego sostenido en las márgenes del río, réplicas nocturnas de reclutas demasiado nerviosos, duelos de francotiradores y ataques limitados, esporádicos, en los sectores más disputados. Los serbios, pese a las continuas amenazas de la comunidad internacional, las sanciones económicas y el embargo, continuaban bombardeando sistemáticamente la capital, atacando objetivos estratégicos mientras los francotiradores sembraban el pánico en las calles manteniendo en constante progresión el número de víctimas. Rusia, aliado circunstancial de la serbia ortodoxa, vetaba cualquier propuesta de intervención militar en el Consejo de Seguridad. El verano tocaba a su fin y los ciudadanos, comprendiendo que los defensores tratarían de resistir hasta el final, se preparaban ya para el largo invierno acaparando alimentos y combustible.
En aquellos días Marko resultó herido en un ataque con morteros. Un fragmento de metralla se incrustó en su muslo abriéndose paso hasta el fémur. En el hospital, después de una interminable espera en el pasillo repleto de heridos, le extrajeron un minúsculo pedazo de acero estriado utilizando aguardiente casero como desinfectante. Una vez convencido de que no le amputarían la pierna, y bastante borracho – habían utilizado el resto de la botella como anestesia –, dos milicianos le llevaron al apartamento en un coche requisado a un funcionario extranjero.
Cuando despertó, una débil luz se filtraba a través del plástico que cubría la ventana. Reconoció su antigua habitación. Incorporándose con precaución sobre el costado comprobó que la pierna seguía allí. Bajo el vendaje se adivinaba la prominencia inflamada, sangre reseca sobre la precipitada sutura. Junto al colchón extendido en el suelo encontró una vela, tabaco y cerillas. Encendió un cigarrillo mientras el eco lejano de una explosión tensaba sus músculos. Por un momento se sintió culpable, lejos de las trincheras, de sus hombres… ¿Dónde estarían ahora? Trató de recordar lo sucedido la noche anterior, o quizá aquella misma mañana. No, debía de haber dormido toda la noche. ¡Suada! No había vuelto a verla desde aquel día, en la biblioteca. ¿Seguiría viviendo allí? Miró a su alrededor buscando algún indicio de su presencia. En la penumbra creyó distinguir su ropa doblada sobre una silla; la visión de las botas, colocadas simétricamente, la puntera apuntando hacia dentro, le hizo sonreír. Se sentía mareado. Vomitó el aguardiente, el dolor aguijoneándole la pierna, un doloroso pálpito bombeando sangre caliente.
Ahora ella le cogía la mano sentada a su lado. Olía a ropa húmeda, recién lavada. Su pelo le acariciaba la frente al inclinarse, los ojos cerrados, todos sus sentidos concentrados en aquel instante, despertando a la nueva realidad de su presencia. Una oleada de ternura y felicidad casi olvidadas le hizo estremecer.
- Te he cambiado el vendaje. La herida ha vuelto a abrirse, pero la he desinfectado.
Inmediatamente, el pánico dominó aquel sentimiento engañoso. No podía durar, tenía que ocurrir algo. Si abría los ojos encontraría un rostro extraño, horriblemente mutilado… Ella, intuyendo su inquietud, le apretaba suavemente la mano.
- ¡Debes descansar, aquí estamos a salvo! – susurró echándose a su lado.
Suada aprovechaba las inciertas horas de calma para aislarse en el apartamento. Venciendo la aprensión, se decidió a abrir las cajas de libros almacenadas en el cuarto de Mirsad. Allí pasaba las tardes, leyendo hasta que la oscuridad y el silencio multiplicaban la sensación de peligro, la amenaza invisible que la instaba a buscar la compañía de los demás en el refugio. Seguía sin tener noticias de su padre, aunque se sentía extrañamente aliviada al pensar que se encontraba lejos, tal vez fuera de la ciudad.
- Es un sentimiento muy normal, mucha gente soporta mejor las adversidades cuando sabe que sus seres queridos no corren peligro – le explicaba Mirela.
- ¡Eso mismo decía él! Pero sé que nunca se habría marchado dejándome aquí…
Ausente su familia, la anciana se habría convertido en su amiga y confidente. Mientras las paredes del refugio vibraban con el retumbar del bombardeo, le contaba historias de su juventud, una vida alegre y despreocupada en las montañas del norte. La mujer conseguía mantener la calma aún en los peores momentos, cuando parecía que el edificio entero iba a venirse abajo.
Agotadas las provisiones, Suada acompañaba al resto de mujeres en su penoso peregrinaje. Antes del amanecer, amparadas en la neblina, caminaban varios kilómetros hasta la panificadora Klas – la única que continuaba funcionando en la ciudad – donde hacían cola con la mirada puesta en las montañas, tratando de adivinar la trayectoria de los obuses. Durante las treguas ocasionales concedidas por los sitiadores, acudían al reparto de víveres en la Bascarsija donde, con un poco de suerte, podrían conseguir un paquete de arroz, harina o latas de conserva. En el caos que seguía a la llegada de los camiones, Suada debía emplear toda su fuerza, la ventaja de su juventud. Debatiéndose entre la masa desesperada, trataba de aproximarse a los milicianos que contemplaban impotentes y asqueados la avalancha de ciudadanos hambrientos, suplicando su ayuda con el rostro, maquillado para la ocasión, bañado en lágrimas. Cuando el hambre le proporcionaba el valor necesario, llegaba a ofrecer su cuerpo a cambio de los codiciados paquetes de la ONU. Cuando algún soldado caía en la trampa, escapaba con el botín confundiéndose entre la muchedumbre. Ya en el refugio, contribuía a la comida común, un plato único cuidadosamente racionado, en el que cada una aportaba parte de lo conseguido; el resto lo escondía en el apartamento en espera de tiempos peores.
Cuando los milicianos trajeron a Marko, todas las preguntas planteadas durante su ausencia se agolparon urgentes: ¿Estaba enamorada de aquel hombre al que apenas conocía? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Había decidido ayudarla sólo por lástima? A pesar de su juventud, su inexperiencia, imaginaba cuales podrían ser los deseos de un soldado después de meses de combates, viendo morir a sus compañeros, sintiendo cada día la delgada línea que le separaba de ellos. A menudo experimentaba la voluptuosa sensación de entregarse a él, el abrazo protector de su cuerpo alejando el fantasma de la soledad, el terror cotidiano.
- Todavía eres muy joven. - decía recelosa Mirela - Son tiempos difíciles para los sentimientos. Piensa que él puede morir cualquier día. Olvida lo que cuentan las novelas,  - Suada estaba leyendo Guerra y paz - aquí las balas son de verdad.
Ahora, mientras escuchaba su respiración agitada, el acre olor que emanaba de su cuerpo ardiendo de fiebre, todos sus temores habían desaparecido.

miércoles, 1 de agosto de 2012

EL HORROR 32


29 de agosto, 1992.
“Escribo estas palabras desde el apartamento del Teniente Bregovic. ¡En su propia cama! En realidad no es más que un simple colchón con una sábana, pero cuando pienso que alguien puede leer esto… Son las doce y la noche ha sido tranquila. Mamá no ha escrito todavía. Supongo que es demasiado pronto, pero ya han pasado tres semanas desde que pude hablar con ella desde el teléfono humanitario… A menudo recuerdo nuestra conversación, cada palabra, aunque cada vez cambio más cosas, especialmente estos últimos días. ¿Será que me siento culpable, o la vergüenza que me persigue a todas partes? Me gusta poder escribir todo esto porque no tengo a quién contárselo.
Mirela volvió ayer del Centro de Acogida, pero todavía no tengo suficiente confianza con ella. Además, ¿qué le voy a contar? A veces me asusto de mis propios pensamientos. No es como cuando estaba sola en el refugio. ¡Demasiados cambios! Belmir – ya no puedo escribir papá – sigue sin aparecer. Todos me dan ánimos y me dicen que volverá un día de estos, pero cada minuto que pasa tengo más miedo de que le haya ocurrido algo. Él siempre me ha dicho que soy fuerte y valiente, pero… ¡Cuándo pienso que le han reclutado, que está en una de esas horribles trincheras! Esta mañana he vuelto a la oficina que se ocupa de las personas desaparecidas. No está en la lista de reclutados, ni en la de ingresos en el hospital. Tienen su nombre marcado con un gran interrogante rojo. Tampoco está detenido; eso me lo ha dicho el señor Jovicic, que es policía. En fin, habrá que esperar un día más. Si sigue en la ciudad, ¿por qué no se pone en contacto conmigo? Algún día, seguro que muy pronto, se aclarará todo y nos reiremos juntos…
Después de cenar – otra vez esa sopa que lleva un poco de todo – he hablado con Mirela. Me ha enseñado un par de trucos para cuando llegan esos “malditos días”. Al principio no sabía de qué me hablaba: debe de ser una expresión de sus tiempos. Cuando era joven, las mujeres tenían que arreglárselas así. Se ha sorprendido mucho cuando le he contado mi encuentro con el teniente y le he pedido la llave, pero no ha dicho nada. La casa es pequeña, exactamente igual que la de Mirela, aunque aquí tengo más espacio y me siento más cómoda, sin nadie que me moleste. He limpiado el polvo, la cocina y el baño. También he lavado las sábanas, aprovechando la tormenta, para que no piense que soy una desagradecida. No me atrevo a entrar en la habitación cerrada, donde dormía su compañero. Murió en el frente. No tengo miedo, pero me da tanta pena…
Mirela me ha contado historias de la guerra partisana. Sólo me hablaba de cosas buenas, algunas divertidas: bailes en los prados celebrando las victorias, el día que encontraron una manada de vacas y se las comieron todas en una noche, los amores entre soldados y enfermeras… Me daba risa imaginármela vestida de uniforme, bailando con la escopeta al hombro. Al final me ha dicho algo interesante: “Siempre hay alguien que está peor que tú”. Creo que tiene razón. A partir de ahora, cuando me sienta triste, pensaré en los soldados que arriesgan su vida por nosotros, en los vecinos que han perdido a sus hijos. También me consuela pensar que Belmir y mamá me observan cuando salgo a por comida, a la fuente. Sé que están orgullosos de mí, y eso me da muchas fuerzas. ¡Y una nueva idea! Cuando acabe la guerra y me reúna con Masha, Amra y las demás, ¡cuántas cosas voy a contarles!
Y ahora viene la confesión: no he podido resistir la tentación de mirar un poco entre las cosas del teniente. No había mucho que ver, pero he encontrado un álbum de fotos antiguas. Ha sido divertido jugar a averiguar quién era cada personaje. Sus padres, él con bigote, muy estirado, ella con una sonrisa triste; los amigos del servicio militar, todos pelados, riéndose con cara de tontos; una chica muy guapa que aparecía a menudo, toda la parte final dedicada a ella. Se les ve muy enamorados, la clásica pareja feliz. Eso me ha hecho pensar. ¿Estará ella en la ciudad? Seguramente no, aunque hay parejas que se han tenido que separar por la guerra y viven muy cerca, separadas por los puentes, pero sin poder verse. Las últimas fotos estaban hechas en París, y también había algunas postales. Ahora se me ocurre que puede presentarse aquí cualquier día… ¡Menuda situación! Me siento un poco tonta por haberme hecho ilusiones, tener celos de una persona que ni siquiera conozco. ¡Cómo me gustaría poder contárselo a Masha! Eso no quiere decir que esté enamorada. Me gusta un poco. No es muy guapo, pero le sienta bien el uniforme. Y tiene una bonita voz, tan amable y educado… Debe de ser muy inteligente, ¡tiene miles de libros guardados en cajas! Me recuerda a los héroes de Pushkin…
¿Está mal pensar en estas cosas cuando debería preocuparme por Belmir? Creo que no, necesito distraerme, pensar en otras cosas. Por eso hablo con la gente de abajo, aunque no me gusten. Es la mejor solución hasta que vuelva. ¡Mañana! ¡Presiento que mañana!”