El soldado lanza una mirada furtiva al puesto de guardia, apaga el
cigarrillo y oculta la colilla entre los sacos terreros. Antes de volver a la
garita contempla el cielo negro del atardecer, jirones de nubes lechosas
persiguiéndose en la cima de las colinas, prendidas de las copas de los abetos,
las sombras de los tilos que oscurecen las laderas. Piensa en los
francotiradores; los imagina a cubierto en las casamatas que salpican las
montañas, sentados alrededor de la estufa de leña, relatando sus hazañas entre
tragos de aguardiente. Se pregunta qué habrá sido de Dobro, el tirador que les saluda puntualmente cada mañana añadiendo
un nuevo agujero a la señal de STOP
que cuelga de la barrera. Ha faltado cuatro días a su cita, desde que empezó a
llover. En el comedor se cruzan apuestas: algunos aseguran que un sniper rival, antiguo compañero del
equipo de tiro olímpico, acabó con él para vengar la muerte de su novia. La
historia, sin duda inventada por un centinela aburrido, ha tenido éxito: todos
bromean sobre el asunto, incluso los oficiales. El ruso ha pedido permiso para salir y preguntar a los chetniks; dice que tiene amigos ucranianos
entre ellos…
Falta más de una hora para el relevo. Exactamente cincuenta y nueve minutos
para un café caliente, un pedazo de pan con mantequilla, fumar un cigarrillo
sentado sin pensar en nada. Un coche blanco se acerca por la avenida sorteando
los agujeros abiertos en el asfalto, apenas visibles por el agua enfangada. “Periodistas”.
El Peugeot circula con las
ventanillas bajadas, grandes letras TV pintadas a los lados y en el techo, las
luces de freno cegadas con cinta aislante. “Al menos no son novatos. Tienen
alguna oportunidad”. El copiloto le saluda formando una V con los dedos.
“Víctima” piensa. Alguien se acerca haciendo crujir la grava de la explanada.
- ¿Todo bien? - pregunta el sargento, un veterano canadiense de barba
rojiza.
- Sin novedad – mantiene la vista al frente. “Es un buen tipo. Concienzudo,
pero es de fiar”.
- ¿Periodistas?
- Sí.
- ¿Cuantos obuses has contado?
El soldado cuenta las muescas en el poste de madera.
Seis morteros pesados y catorce de artillería, en el centro y el este.
Todos de entrada, claro…
- ¡Que cabrones, sólo han apuntado dos! - el sargento se encoge de hombros
– Y Dobro, ¿no ha dado señales de vida?
- De muerte… - dice recordando la broma. Los dos ríen sin demasiadas ganas.
- Creo que no volverá hasta que coloquemos una señal nueva. Bien, tómatelo
con calma.
“Treinta minutos”. Golpea el suelo rítmicamente con el pie, un minuto, dos.
Está a punto de anochecer. El edificio de la derecha se recorta contra el cielo
un poco más claro, hacia el monte Igman. “Marsella… Allí todavía no se ha
puesto el sol”. Evoca el arsenal de Toulon, las calles del puerto rebosantes de
marineros borrachos, prostitutas, el ambiente cargado de violencia, ofertas, la
navaja presta en el bolsillo… “¿Por qué no dicen la verdad?”. En el cuarto del
segundo piso dos oficiales de Inteligencia se turnan día y noche contando los
proyectiles disparados, morteros y cohetes que entran y salen de la ciudad. Decide
hacer un dibujo: el que cuenta los obuses disparados por los serbios escucha
música con los auriculares puestos; su compañero, con una cinta verde en el
pelo, ronca con las piernas sobre la mesa… “Podría mandarlo a la revista de
UNPROFOR. No lo publicarían, claro”.
Se escuchan pasos cerca de la barrera. Quita el seguro del fusil y se asoma
desde la entrada: dos muchachos le saludan tímidamente alzando los brazos. Tras
ellos, una chica se protege de la fina lluvia apoyada en el muro.
- ¿Ruso? - pregunta el más joven.
- No, francés - la mano se relaja en la empuñadura, rozando apenas el
gatillo.
- ¡No, ruso! - el chico señala su brazo derecho, traza un dibujo
imaginario, un tatuaje; después arquea los brazos y se eleva sobre la punta de
los pies.
El soldado comprende: buscan al ruso.
Señala a su espalda, hacia el puesto de guardia. El chico se sube la manga y
golpea su muñeca con el dedo.
- Esta noche.
- Yo soy Miro… Djuro, mi amigo, ¿y tú?
- Jean…
No debe tener más de catorce años, aunque sus gestos, el aplomo con que
actúa, le hacen aparentar algunos más. El más bajo no llega a los doce. La
chica pregunta algo. Djuro se acerca y le habla al oído; ella asiente y suelta
una risita aguda, pretendidamente seductora.
- Minela - dice Miro sonriendo.
Jean contempla a la muchacha: el cuerpo frágil de miembros delgados
adivinándose bajo el impermeable negro, las medias manchadas de barro; mechones
oscuros pegados a las mejillas, brillantes de maquillaje arruinado por la
lluvia, los grandes ojos claros perlados de tristeza.
- ¿Cuánto? - pregunta conteniendo la rabia.
- Cincuenta marcos - Miro conoce su trabajo. Ni siquiera pestañea al
mirarle a los ojos, repentinamente serio.
Jean cuenta el dinero, observa la casamata y el perímetro interior antes de
entregarle el fajo plegado.
- ¡Ahora fuera de aquí! – exclama.
Gira el fusil hacia ellos, la mano libre señala el callejón, el portal
donde se oculta una sombra que ahora se aproximaba alertada por la voz airada
de la chica.
- ¡Alto o disparo!
El hombre se detiene bruscamente. Viste un traje oscuro y gorro de piel.
Separa las manos, sin alzarlas. Escucha a Minela, que corre a explicarle lo
ocurrido, sin apartar la vista del soldado, el fusil apuntándole al vientre. Se
lleva la mano al gorro y sonríe antes de volver a la oscuridad del callejón.
- ¡Jódete francés! ¡Maricón! - gritan los muchachos, corriendo y riendo en
el centro de la calle.
Mientras se alejan Jean enciende un
cigarrillo sin molestarse en ocultar el resplandor de la cerilla. “Tranquilo,
no puedes arreglar el mundo tú solo”. El sargento se asoma en el cuerpo de
guardia, le interroga con un gesto.
- Unos niños pidiendo comida.
- Enseguida te mando el relevo.
Piensa en la cara que pondrá el ruso
cuando se entere de que su cita se ha aplazado. Es un tipo peligroso, veterano
de Afganistán. “¡Que se joda!”.