La veleta dijo Sur

sábado, 1 de septiembre de 2012

EL HORROR 38


Durante su ausencia, la unidad a la que Marko pertenecía - bautizada como Los cazadores - se había especializado en golpes de mano e infiltraciones nocturnas, realizando acciones de información y sabotaje más allá del primer cinturón de defensa. El escuadrón estaba formado por unos cincuenta veteranos de la guerrilla urbana que había surgido en los ya lejanos sucesos de mayo. Como distintivo, lucían bandanas y cintas negras que resaltaban su condición de unidad de élite. Los cazadores, que recibían las órdenes directamente del Estado Mayor de la Defensa Territorial, habían instalado su base de operaciones en el sótano de una escuela en Nuevo Sarajevo.
Marko fumaba sentado junto a la radio, esperando instrucciones. En el centro de la sala, iluminada por una hilera de vacilantes bombillas rojas, algunos milicianos se calentaban junto a una gran estufa de hierro. El lugar resultaba acogedor, aislado del gélido viento que surcaba el valle, las paredes recubiertas de sacos terreros y gruesas placas de hormigón. Desde el altavoz, los mensajes se cruzaban con cadencia trepidante entre los distintos centros de transmisiones, el agudo silbido de las interferencias elevándose sobre el crepitar del ruido de fondo, formando una irritante lluvia electrónica. A su lado, el operador de radio dormitaba agotado por el turno de doce horas, emitiendo un extraño ronroneo al respirar. Las palabras del sargento Biscevic resonaban todavía en su mente, impidiéndole concentrarse en el plano desplegado sobre sus rodillas: el corpulento croata le había reprochado su creciente frialdad en las relaciones con los soldados, insinuando que ésta se debía a su reciente ascenso.
- ¡Aquí todos tragamos la misma mierda, así que no me vengas con esos aires de superioridad!
Marko se había limitado a sostener su mirada y asentir antes de internarse en el túnel que comunicaba con las trincheras. Después de todo – pensaba - no había tenido ninguna oportunidad de elegir desde el día en que fue reclutado.
Ahora, mientras escrutaba inquieto los rostros de los milicianos, testigos de la discusión, trataba de encontrar una solución a aquella nueva crisis. ¿Cómo mantener el equilibrio entre su autoridad, el ascendiente jerárquico cuestionado y el sentimiento de camaradería? Sus superiores, conscientes de su capacidad para organizar las operaciones del escuadrón, no le permitían participar directamente en ellas. Así, era él quién planificaba las incursiones tras las líneas enemigas, seleccionando personalmente a los miembros de cada patrulla; decidir quiénes de entre los milicianos con los que compartía su frustración, aquella vida plagada de peligros y privaciones, serían sacrificados para prolongar un día más la supervivencia del resto. La idea de justificarse ante sus hombres constituía un acto de debilidad que podía minar la disciplina, tan necesaria en aquel ejército de voluntarios. Tenía que mantenerse alejado de cualquier sentimentalismo, la amistad con aquellos hombres estrechamente vinculados por la consciencia de la aniquilación.
Un proyectil de artillería hizo vacilar la luz mortecina de las bombillas al reventar contra el asfalto. La onda de la explosión llegó hasta el refugio, a tres metros bajo tierra. Un minuto más tarde el comandante Puskaric, oficial de enlace con el Estado Mayor, entraba en el búnker sacudiéndose el polvo de su abrigo civil. Puskaric se acercó a la estufa estrechando enérgicamente la mano de los soldados que lo rodeaban, tomó un paquete de manos de su escolta y repartió algunas cartas. Marko despertó al operador y se reunió con él.
- ¡Esta vez casi lo consiguen! - exclamó sonriendo. En su rostro brillaban acuosos sus duros ojos grises, las mejillas enrojecidas por el frío de la noche.
- Ya he informado de que tienen localizado el búnker. Han herido a dos centinelas esta semana.
- Lo sé. Estamos buscando un lugar más seguro, pero no podemos expulsar a los refugiados - se frotaba las manos observando el rostro serio de Marko - Supongo que esperas malas noticias…
- ¿Alguna vez son buenas? - se relajó, amoldándose al tono amistoso de su jefe. En los últimos tiempos le resultaba difícil mostrarse excesivamente amable con sus superiores: no podía olvidar que en cada misión perdía al menos una cuarta parte de los hombres que enviaba - Le escucho.
Se dejó guiar cogido del brazo hasta la puerta de las letrinas. Biscevic era un oficial de la vieja escuela, un profesional que parecía disfrutar sinceramente de todo aquello.
- Se prepara algo importante. Una acción decisiva - añadió con gesto enigmático – Tienes que contactar con los croatas del monte Igman.
- ¿Personalmente?
- Esta vez sí - le entregó un sobre cerrado - Alto secreto, ya conoces el procedimiento… - esperó a que guardara el sobre en el bolsillo interior de la guerrera - Llévate a todos los hombres disponibles, los necesitarás. Seis horas de permiso para despedirse de la familia. Si alguno vuelve borracho, lo fusilas.
- No lo dude.
Los milicianos reían a carcajadas. Puskaric paseó su mirada aprobatoria por la sala en penumbra. Se detuvo en un soldado que leía ensimismado su carta sosteniéndola a escasos centímetros de las bombillas.
- ¿Cómo van las cosas por aquí? ¿Has tenido visita últimamente?
- ¿Se refiere a periodistas? No se preocupe, tenemos bien escondido el armamento pesado – añadió indicando con un gesto el rincón donde se almacenaban dos cajas de granadas y algunas bengalas.
- No hay munición extra – se anticipó el comandante, ya en la entrada del búnker – Tal vez puedas conseguir algo de esos croatas…
Biscevic reunió a los hombres y distribuyó los permisos y turnos de guardia. Después se acercó a informar a Marko.
- ¿No vas a casa?
- Tengo trabajo - dijo con voz neutra, señalando el sobre con las órdenes.
El croata extrajo una botella de auténtico cognac francés del bolsillo lateral de su pantalón y la depositó con cuidado sobre la mesa antes de sentarse.
- Yo también me quedo. No tengo nada que hacer ahí fuera.
Un año antes Biscevic, suboficial de las fuerzas especiales destinado en Sarajevo, había enviado a su mujer y sus dos hijos a Croacia. Los tres habían muerto en el bombardeo de Dubrovnik.

Sarajevo. Imágenes








EL HORROR 37


El invierno se cernía sobre Sarajevo como una amenaza silenciosa, sumándose a la larga lista de miserias que la agotada población soportaba desde hacía más de ocho meses. El hambre, las enfermedades, los bombardeos y los francotiradores rivalizaban en una macabra competición a la que ponían contrapunto la frustración y el desengaño provocados por la llegada esporádica de ayuda humanitaria. La panacea de los dirigentes de la ONU, los cargamentos que servían para justificar la pasividad de los gobiernos ante la opinión pública, era utilizada como moneda de cambio, administrada con sádicos criterios por los sitiadores, que podían atacar el aeropuerto o impedir la entrada de los convoyes por carretera mientras los ciudadanos trataban de sobrevivir al límite de su resistencia. Desde el final del verano la gente comenzó a almacenar madera, leña procedente de los bosques cercanos, jardines y parques, con la mirada puesta en las nubes que coronaban las montañas, las grandes nevadas del invierno perfilándose ya en el horizonte; un temor agravado por la falta de agua, gas, electricidad, el estado ruinoso de los edificios. Una prueba más para los asediados, que se rendían humillados a los instintos más primitivos: crueldad, egoísmo, indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Desde el exterior llegaban noticias alarmantes. Las fuerzas serbias, en su intento por aislar totalmente la capital ampliando el anillo exterior, consolidaban la reciente toma de Jajce atacando el sector de Travnik, en el noroeste; en el norte se combatía en Tesanj y Maglj mientras Tuzla, la segunda ciudad más poblada antes de la guerra, resistía tras cinco meses de asedio. Los estrategas, aprovechando la debilidad de la alianza entre croatas y bosnios, reforzaban sus posiciones antes de que la nieve paralizase su avance, cortando las comunicaciones por carretera con Sarajevo y los principales núcleos de defensa. Ante esta caótica situación, los dirigentes bosnios comprendieron que sólo la resistencia desesperada en ciudades como Bihac, Travnik o Gorazde y el mantenimiento de diferentes frentes a lo largo de toda la región conseguirían salvar la capital de caer en manos serbias. Este frágil equilibrio constituía a un tiempo la fuerza y la debilidad de la coalición: la práctica inexistencia de una estrategia conjunta, las dificultades para trasmitir órdenes y planes de acción a gran escala, hacían que cada unidad aislada defendiera encarnizadamente los valles, las aldeas, enfrentándose con las únicas armas del sacrificio y la improvisación a la inmensa superioridad del enemigo.
A mediados de noviembre Marko, repuesto ya de sus heridas, fue ascendido a capitán. Con la voluntad y la conciencia sometidas, se había entregado a la voracidad del destino. Durante la convalecencia en el refugio, en las largas noches de insomnio bajo los bombardeos, pudo analizar los cambios que se habían operado en su interior: el lento declinar de la responsabilidad hacia quienes le rodeaban, la renuncia a solidarizarse con el sufrimiento de los demás ante el propósito último de combatir al enemigo con todas sus fuerzas, sin permitir que la duda, la piedad, los recuerdos, minasen su determinación. Había logrado interiorizar este mandamiento espoleado por la necesidad de endurecerse, replegarse en la efectividad de su misión, sabiendo que la única compensación a su total entrega dependía tan sólo de dos premisas: el fin de la guerra y la supervivencia. A medida que esta decisión anulaba las últimas defensas, su actitud hacia Suada fue transformándose, evolucionando del paternalismo protector salpicado de deseo, quizá de amor, hacía una dolorosa indiferencia. La muchacha asumía con tristeza este cambio, aturdida por la repentina frialdad con la que él acogía sus palabras; buscando con ansiedad la sonrisa condescendiente, el gesto reprobatorio cuando le narraba sus solitarias incursiones por la ciudad.
La última noche, antes de volver al frente, decidió hacer una última concesión a la esperanza:
- Vendrán a recogerme por la mañana… Antes de irme me gustaría decirte algo - a medida que afloraban sus palabras comprendía la inutilidad del esfuerzo, la inapelable llamada a las armas imponiéndose a cualquier intento de prolongar aquella situación.
- ¡No digas nada! – ella, alarmada, cerró el libro y se dirigió a la puerta - Tú piensas que todavía soy una niña, pero sé muchas cosas… Te esperaré.
- ¡No quiero que me esperes! Debes buscar a alguien, un hombre que te proteja, que te saque de aquí…
- Cuando vuelvas estaré aquí - le interrumpió desafiante; sus ojos brillaban de rabia infantil, patéticamente inofensiva.
Marco aplastó el cigarrillo sintiendo como el odio lo invadía. ¡Había tanta determinación en sus palabras! Recordó a los soldados que habían caído con la ilusión del reencuentro prendida en su último pensamiento, las cartas de despedida depositadas en el búnker antes del combate, fotografías, cintas y amuletos recuperadas de los cadáveres, aprisionados entre los dedos petrificados. Cuando llegase su hora no quería pensar en nadie.
- ¡Escucha! - ahora la crueldad silbaba entre sus dientes - ¡Dentro de unos días estaré muerto, pero tú debes vivir! Si no te marchas acabarás convirtiéndote en la puta favorita de algún mafioso, y eso es lo mejor que te puede ocurrir.
Suada le miró un instante sorprendida; después sonrió y salió sin decir nada.
No era la culpa lo que le impedía dormir. “Renuncias heroicas, sacrificio…” - pensaba forzándose a sonreír. Ella dormía en el refugio. No, no dormía, podía ver sus labios apretados, la conciencia despertando al odio, el desengaño. ¿Se lo habría contado ya a Mirela? La almohada conservaba el agradable olor del jabón, el cabello húmedo. ¿Lograría retener aquel perfume en la memoria? ¿Evocarlo a voluntad para combatir el pestilente hedor de las trincheras, el búnker? Los disparos sonaban lejanos, amortiguados en la noche extrañamente tranquila. “Me están esperando, se reservan para mañana”.
Apenas hizo ruido con la llave; se movía con sigilo en la oscuridad, rozando ligeramente las paredes. Se desnudó en el salón. Dudó un instante en la puerta, quizá tratando de descubrir si dormía; después se deslizó bajo las sábanas conteniendo el aliento. Temblaba. Se aproximó lentamente, rodeando su cintura con el brazo, buscando su mano, entrelazando los dedos. Él no se movió. La dejó hacer excitado por el leve contacto de su pecho en la espalda, sus torpes caricias interrumpidas por la novedad, temeraria, desconcertada hasta que, girando el cuerpo bruscamente, se echó sobre ella. Prendidas las muñecas, inmovilizó sus brazos sobre la cabeza. Separó una pierna con la rodilla, buscó sus ojos y la acometió con violencia. Ella exhaló un gemido agudo y apretó el vientre contra el suyo, los brazos aferrados a su espalda, las piernas en tensión, atrayéndolo ahora rítmicamente, sin una queja, un beso, una palabra…
Al amanecer, mientras contemplaba las calles desiertas desde el coche, se sentía liberado, más fuerte. Ahora podía volver a matar, deseaba matar; y la muerte, los temores que le habían atormentado en el pasado, no eran más que un tránsito hacia la liberación total. Sólo esperaba que todo ocurriera rápidamente…

EL HORROR 36


Ella se había levantado poco antes del amanecer. Marko, fingiendo dormir, la observaba en silencio, siguiendo sus movimientos en la penumbra de la habitación mientras se vestía tratando de no hacer ruido. Con un esfuerzo consciente, doloroso, reprimió el deseo de alargar su mano y retenerla, romper la máscara de autodominio que ocultaba sus sentimientos. Anudada en la garganta, se ahogaba la urgencia de hablarle de sus miedos, el terror que le producía sucumbir ante la barbarie, entregarse a la furia vengativa, la fascinación de la maldad absoluta, sin castigo, sin remordimientos… ¡Cómo explicarle el placer experimentado al hundir la bayoneta en el cuerpo de aquel soldado! Ahora era un combatiente, un personaje más en aquel teatro del absurdo, y debía representar su papel hasta el final. En aquella obra no había lugar para escenas románticas, devaneos amorosos o renuncias heroicas. Los dioses permanecían impasibles ante los lamentos del coro, el monótono llanto silenciado desde las montañas. Hado, Necesidad, Destino. El Hado le marcaba un sólo camino: combatir hasta hallar su Destino; la Necesidad le espoleaba en la batalla inhibiendo cualquier atisbo de compasión. Era sencillo recorrer aquel camino, aunque algunos se habían adentrado demasiado y nunca lograrían regresar. Su mente había terminado por aceptarlo.
Pero ahora, lejos de las trincheras, la actividad frenética, la voluntad sometida a las órdenes superiores, el tiempo parecía detenerse. Incapaz de concentrarse en la lectura o reanudar el relato del asedio, tantas veces proyectado, pasaba las horas tumbado, fumando sin descanso, recreando hasta el delirio las imágenes del horror enquistadas en su memoria. Sólo cuando ella regresaba parecía despertar de aquel letargo. La presencia de la muchacha le perturbaba, estimulando sensaciones que debían permanecer enterradas en sus sueños, antes de que las pesadillas se adueñaran del terreno conquistado durante el día. No era sólo el deseo de poseerla lo que le inquietaba. Como había dicho Mirsad, la carne humana era un producto más en el mercado del hambre. En lo más profundo de su alma sentía la urgente necesidad de aferrarse a un ser cercano, un espíritu no corrompido todavía por la guerra, sobre quien proyectar cierta esperanza: quizá lograse sobrevivir a todo aquello, y entonces necesitaría tener a alguien a su lado para empezar de nuevo. Apenas pensaba ya en Nadja, la carta que le hizo llegar a través de un periodista. “Mi alma está muerta. Si supieras las cosas que he hecho… No quiero volver a verte”.
Suada regresó al mediodía. Su rostro enflaquecido, con manchas violáceas bajo los ojos, sonrió desde la puerta:
- ¿Has dormido bien? Mira… - su mano sostenía una manzana de piel arrugada - No me preguntes cómo la he conseguido…
- ¿No habrás estado traficando en el mercado negro? – ella bajó la vista simulando sentirse escandalizada - ¿Hay noticias?
- Todavía no…
- Cuando pueda andar intentaré averiguar algo. No te preocupes, si le hubiera ocurrido algo ya lo sabríamos…
Asintió vagamente y salió. La imaginó recorriendo los hospitales, la morgue,  comprobando las listas de desaparecidos… Regresó un minuto después.
- La gente empieza a murmurar, abajo en el refugio…
- Es normal, no tienen nada en qué pensar. ¿Y qué dice tu amiga Mirela? - últimamente la anciana se mostraba excesivamente amable; sus frecuentes visitas se alargaban más allá de la simple cortesía.
- No dice nada, le parece bien que te cuide - protestó - Además, sabe que no dormimos juntos…
- Quizá cuando llegue el invierno… - se arrepintió de inmediato - ¿Y ese amigo tuyo, Afan? Ya no viene por aquí.
- Te tiene miedo - dijo riendo - Teme que le obligues a alistarse. ¿No lo harás verdad?
- No, aunque no me gusta. Creo que está enamorado de ti…
Ella se sonrojó. Su expresión desconcertada parecía decir: “¿Qué quieres de mí?”. Entonces percibió su fragilidad, la indefensión de una niña abandonada en un mundo de adultos enloquecidos que sólo veían un cuerpo deseable, una promesa del placer y posesión. Se preguntó si sería consciente de todos los peligros que se ocultaban tras la aparente amabilidad de los comerciantes, la solicitud de los milicianos, la interesada protección que él mismo le ofrecía.
- Perdona, sólo estaba bromeando – dijo - Puedes confiar mí. Yo…
Una explosión retumbó cercana. El polvo traído por la onda expansiva oscureció de pronto la habitación mientras la pintura del techo se desprendía en forma de minúsculos copos. Suada permanecía arrodillada en el umbral, protegiendo su cabeza con las manos crispadas. Después alzó el rostro y, a pesar de las lágrimas, consiguió sonreír.
- Prepara tus cosas, dormiremos en el refugio.
Se recreó en la contemplación de su cuerpo, los huesos prominentes en la espalda, el cabello encrespado recogido sobre la nuca, su pecho, apenas insinuado bajo la holgada camiseta; el reflejo protector, adolescente, al intuir que la observaba.
- ¿Crees que soy una buena enfermera? – preguntó volviéndose, muy seria.
- ¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?
- Entonces tendrás que dejar que te bañe. Hueles a soldado.
Cuando bajaron al refugio Marin Ostojic reía a carcajadas. Los demás lo miraban con gesto de fastidio.
- No le veo la gracia por ningún lado - dijo el joven Plasic.
Sobre la mesa humeaba un televisor. El muchacho había intentado hacerlo funcionar conectando los cables a una batería de coche. Algo salió mal y ahora el aparato, envuelto en humo, emitía un inquietante siseo.
- Pues a mi amigo le funcionó… - dijo sin decidirse a tocar los cables.

domingo, 26 de agosto de 2012

EL HORROR 35


El soldado lanza una mirada furtiva al puesto de guardia, apaga el cigarrillo y oculta la colilla entre los sacos terreros. Antes de volver a la garita contempla el cielo negro del atardecer, jirones de nubes lechosas persiguiéndose en la cima de las colinas, prendidas de las copas de los abetos, las sombras de los tilos que oscurecen las laderas. Piensa en los francotiradores; los imagina a cubierto en las casamatas que salpican las montañas, sentados alrededor de la estufa de leña, relatando sus hazañas entre tragos de aguardiente. Se pregunta qué habrá sido de Dobro, el tirador que les saluda puntualmente cada mañana añadiendo un nuevo agujero a la señal de STOP que cuelga de la barrera. Ha faltado cuatro días a su cita, desde que empezó a llover. En el comedor se cruzan apuestas: algunos aseguran que un sniper rival, antiguo compañero del equipo de tiro olímpico, acabó con él para vengar la muerte de su novia. La historia, sin duda inventada por un centinela aburrido, ha tenido éxito: todos bromean sobre el asunto, incluso los oficiales. El ruso ha pedido permiso para salir y preguntar a los chetniks; dice que tiene amigos ucranianos entre ellos…
Falta más de una hora para el relevo. Exactamente cincuenta y nueve minutos para un café caliente, un pedazo de pan con mantequilla, fumar un cigarrillo sentado sin pensar en nada. Un coche blanco se acerca por la avenida sorteando los agujeros abiertos en el asfalto, apenas visibles por el agua enfangada. “Periodistas”. El Peugeot circula con las ventanillas bajadas, grandes letras TV pintadas a los lados y en el techo, las luces de freno cegadas con cinta aislante. “Al menos no son novatos. Tienen alguna oportunidad”. El copiloto le saluda formando una V con los dedos. “Víctima” piensa. Alguien se acerca haciendo crujir la grava de la explanada.
- ¿Todo bien? - pregunta el sargento, un veterano canadiense de barba rojiza.
- Sin novedad – mantiene la vista al frente. “Es un buen tipo. Concienzudo, pero es de fiar”.
- ¿Periodistas?
- Sí.
- ¿Cuantos obuses has contado?
El soldado cuenta las muescas en el poste de madera.
Seis morteros pesados y catorce de artillería, en el centro y el este. Todos de entrada, claro…
- ¡Que cabrones, sólo han apuntado dos! - el sargento se encoge de hombros – Y Dobro,  ¿no ha dado señales de vida?
- De muerte… - dice recordando la broma. Los dos ríen sin demasiadas ganas.
- Creo que no volverá hasta que coloquemos una señal nueva. Bien, tómatelo con calma.
“Treinta minutos”. Golpea el suelo rítmicamente con el pie, un minuto, dos. Está a punto de anochecer. El edificio de la derecha se recorta contra el cielo un poco más claro, hacia el monte Igman. “Marsella… Allí todavía no se ha puesto el sol”. Evoca el arsenal de Toulon, las calles del puerto rebosantes de marineros borrachos, prostitutas, el ambiente cargado de violencia, ofertas, la navaja presta en el bolsillo… “¿Por qué no dicen la verdad?”. En el cuarto del segundo piso dos oficiales de Inteligencia se turnan día y noche contando los proyectiles disparados, morteros y cohetes que entran y salen de la ciudad. Decide hacer un dibujo: el que cuenta los obuses disparados por los serbios escucha música con los auriculares puestos; su compañero, con una cinta verde en el pelo, ronca con las piernas sobre la mesa… “Podría mandarlo a la revista de UNPROFOR. No lo publicarían, claro”.
Se escuchan pasos cerca de la barrera. Quita el seguro del fusil y se asoma desde la entrada: dos muchachos le saludan tímidamente alzando los brazos. Tras ellos, una chica se protege de la fina lluvia apoyada en el muro.
- ¿Ruso? - pregunta el más joven.
- No, francés - la mano se relaja en la empuñadura, rozando apenas el gatillo.
- ¡No, ruso! - el chico señala su brazo derecho, traza un dibujo imaginario, un tatuaje; después arquea los brazos y se eleva sobre la punta de los pies.
El soldado comprende: buscan al ruso. Señala a su espalda, hacia el puesto de guardia. El chico se sube la manga y golpea su muñeca con el dedo.
- Esta noche.
- Yo soy Miro… Djuro, mi amigo, ¿y tú?
- Jean…
No debe tener más de catorce años, aunque sus gestos, el aplomo con que actúa, le hacen aparentar algunos más. El más bajo no llega a los doce. La chica pregunta algo. Djuro se acerca y le habla al oído; ella asiente y suelta una risita aguda, pretendidamente seductora.
- Minela - dice Miro sonriendo.
Jean contempla a la muchacha: el cuerpo frágil de miembros delgados adivinándose bajo el impermeable negro, las medias manchadas de barro; mechones oscuros pegados a las mejillas, brillantes de maquillaje arruinado por la lluvia, los grandes ojos claros perlados de tristeza.
- ¿Cuánto? - pregunta conteniendo la rabia.
- Cincuenta marcos - Miro conoce su trabajo. Ni siquiera pestañea al mirarle a los ojos, repentinamente serio.
Jean cuenta el dinero, observa la casamata y el perímetro interior antes de entregarle el fajo plegado.
- ¡Ahora fuera de aquí! – exclama.
Gira el fusil hacia ellos, la mano libre señala el callejón, el portal donde se oculta una sombra que ahora se aproximaba alertada por la voz airada de la chica.
- ¡Alto o disparo!
El hombre se detiene bruscamente. Viste un traje oscuro y gorro de piel. Separa las manos, sin alzarlas. Escucha a Minela, que corre a explicarle lo ocurrido, sin apartar la vista del soldado, el fusil apuntándole al vientre. Se lleva la mano al gorro y sonríe antes de volver a la oscuridad del callejón.
- ¡Jódete francés! ¡Maricón! - gritan los muchachos, corriendo y riendo en el centro de la calle.
Mientras se alejan  Jean enciende un cigarrillo sin molestarse en ocultar el resplandor de la cerilla. “Tranquilo, no puedes arreglar el mundo tú solo”. El sargento se asoma en el cuerpo de guardia, le interroga con un gesto.
- Unos niños pidiendo comida.
- Enseguida te mando el relevo.
Piensa en la cara que pondrá el ruso cuando se entere de que su cita se ha aplazado. Es un tipo peligroso, veterano de Afganistán. “¡Que se joda!”.


EL HORROR 34


David Callaghan maldecía en gaélico. Había adquirido aquella costumbre en los tiempos duros de Belfast, cuando no era más que un muchacho, un aprendiz de reportero dispuesto a meterse en toda clase de líos para conseguir una buena historia. A pesar de su pasaporte estadounidense, su origen irlandés le había creado grandes dificultades con las autoridades británicas, lo que le permitió, según le gustaba repetir, aprender una lección fundamental: “Nunca confíes en los informes oficiales, y menos si proceden del bando más fuerte”. La segunda premisa, “La peor guerra es siempre la siguiente”, la descubriría años más tarde, cuando se convirtió en reportero profesional. Cada vez que abandonaba un país en guerra dejando atrás epidemias, hambruna, genocidios o integrismo, se preguntaba qué gobierno, qué facción conseguiría subir el listón en la escala de la barbarie. A mediados de 1991 encontraría la respuesta en la misma Europa.
El mortero había estallado en el cruce frente a ellos, a menos de cien metros del coche. El conductor, un veterano corresponsal francés, no logró controlar la dirección y fue a estrellarse contra un muro antitanque. Los cuatro ocupantes, repuestos de la sorpresa, permanecieron en silencio un instante, comprobando si sus cuerpos seguían intactos bajo el chaleco antibalas.
- ¡Tenemos que salir de aquí! - gritó David.
Corrieron cegados por el polvo en suspensión hasta el edificio más cercano, un ruinoso bloque de apartamentos entre Cengic Vila y Nuevo Sarajevo. Un minuto más tarde el artillero se desquitó de su error con un impacto directo que lanzó el coche blindado sobre una parada de autobús.
- ¡Cuarenta mil dólares al carajo! - exclamó David - ¡Es el segundo en tres meses!
Todos rieron liberando la tensión con ruidosas carcajadas. Se encontraban en un amplio vestíbulo, paneles de madera formando figuras geométricas superpuestas en los muros laterales. Alguien había arrancado las láminas inferiores dejando a la vista una capa de cemento y yeso. Frases obscenas y grafitis ilegibles decoraban las paredes desnudas. Montones de basura poblados por ratas y cucarachas se acumulaban en los rincones.
- Así que esto es la vieja Europa… - dijo el irlandés.
- ¡Déjate de bromas! – Philip Bennett, componía su larga melena aplastada por el casco de kevlar. Al otro lado del río, en Hrasno y Otoka, la infantería sostenía un intenso intercambio de fuego. - Tenemos que largarnos antes del toque de queda.
La silueta color mostaza del Holiday Inn, donde se alojaban los periodistas, se encontraba a menos de un kilómetro en línea recta pero, para llegar hasta allí, debían cruzar una zona batida por los francotiradores de Vraca y la artillería.
Oscar Zalduegui, el freelance español que se había apuntado a aquella visita al frente urbano, se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. A diferencia del resto, incluida la traductora contratada por David, prescindía del casco y el chaleco antibalas, aunque no parecía preocuparse demasiado por ello. En realidad, su aparente desprecio por tan incómodas y costosas prendas ocultaba una absoluta falta de medios. Tras dejar a su novia y los estudios de periodismo en Barcelona, había recorrido media Europa a bordo de un coche de tercera mano, con su mochila y el equipo fotográfico como único equipaje, hasta llegar, milagrosamente vivo, a Sarajevo. Durante los primeros días tuvo que buscarse la vida a base de algún préstamo y grandes dosis de buena suerte; cuando andaba escaso de dinero salía en busca de material de primera, instantáneas a pie de trinchera que no tardaba en revender a fotógrafos que preferían la comodidad del bar del hotel a las exclusivas. Oscar se había ganado su fama de suicida, un compañero demasiado peligroso cuando las cosas se ponían feas: solía ser el primero en llegar y siempre era el último en marcharse. Quizá por eso, David había decidido adoptarle: le recordaba otros tiempos, cuando él mismo tenía que jugarse el tipo para obtener un buen reportaje.
- Saldré a echar un vistazo - dijo levantándose de un salto.
David, imaginando la conversación que mantendría esa misma noche con sus productores,  reprimió su impulso de acompañarle mientras se acercaba resuelto a la entrada. Antes de salir escrutó cautelosamente ambos lados de la calle, el cielo limpio del crepúsculo. El eco de la fusilería le llegaba ahora amortiguado, lejano.
- Voy a buscar ayuda. Esperadme aquí -  Arrojó el cigarro al suelo y echó a correr apretando la cámara contra el pecho.
- Hay que reconocer que los tiene bien puestos - Philip se secaba el sudor que le corría por la frente. Se sentía culpable por no haberle ofrecido ninguna protección: después de todo se estaba arriesgando para sacarlos de allí.
Ivana, la inseparable traductora de David, afirmó muy seria:
- ¡Estos españoles están locos!
Los dos hombres asintieron sonriendo. El rostro de Ivana se tensó de repente. Siguiendo su mirada descubrieron una figura humana, una sombra salpicada de reflejos metálicos surgiendo de un oscuro corredor. La aparición habló en voz baja, con tono imperioso, y un grupo de milicianos vestidos de negro se desplegó a su alrededor. Eran seis en total: rostros angulosos, con los pómulos prominentes bajo el camuflaje verde y negro, observándoles con curiosidad y recelo. El jefe del grupo se acercó mostrando sus dientes amarillos en lo que parecía una sonrisa conciliadora. Con voz cavernosa les preguntó qué hacían allí.
- Le han disparado a nuestro coche - contestó la traductora- Somos periodistas, extranjeros - añadió con énfasis - Tenemos los permisos…
El oficial les observaba en silencio, sin dejar de sonreír. Los milicianos se mantenían a distancia, con las armas preparadas, admirando los cascos, los chalecos, el costoso equipo fotográfico, calculando mentalmente cuánto podrían obtener en el mercado negro. David se adelantó ofreciéndoles tabaco con gesto casual, despreocupado. Uno de los soldados le arrebató el paquete sosteniendo la mirada retadora a escasos centímetros de su rostro. Los demás reían algo cohibidos, esperando con impaciencia el desenlace de aquella situación, recreándose en la novedad del encuentro. El oficial había dejado de sonreír. Ahora hablaba con tono malhumorado, la mano derecha apoyada en la culata de la pistola mientras Ivana asentía mirando al suelo.
- Dice que tenemos que marcharnos inmediatamente. El toque de queda obliga a todo el mundo… Dice que si nos matan los chetniks, quizá entonces vuestros gobiernos les envían armas…
David trataba de decidir con rapidez, atento al retumbar de los obuses que llegaba del exterior. A menudo se había visto envuelto en situaciones parecidas: soldados desmoralizados, borrachos, exaltados ante la idea de humillar al poderoso hombre de occidente, símbolo del progreso, la riqueza, la injusticia. Podría ofrecerles dinero, un salvoconducto universal, infalible pero… Un coche frenó bruscamente haciendo derrapar las ruedas sobre la acera. Oscar apareció en el umbral gritando:
- ¡Vámonos, rápido!
De camino al hotel, sobreponiéndose al rugido del motor y el reanudado bombardeo, les contó cómo había encontrado cerca de allí a un taxista con el que solía hacer negocios. El hombre se ofreció a ayudarles a cambio de doscientos marcos alemanes, una suma desmesurada y, por supuesto, innegociable. Ahora conducía su Volkswagen a toda velocidad, esquivando los obstáculos sin pisar el pedal de freno hasta la puerta trasera del hotel.
Más tarde, ya en el bar, los cinco saboreaban el whisky escocés que David guardaba para las grandes ocasiones.
- ¡Si hubieras visto la cara de los milicianos cuando apareciste! ¡Te debemos una, muchacho!
Philip liaba un enorme canuto ante la mirada reprobatoria de la traductora.
- Lo que me debéis son doscientos marcos, aunque también acepto dólares… - objetó Oscar, complacido.
El taxista, ocultando su bigote a lo Stalin con gesto recatado, río con ellos.


EL HORROR 33


A principios de septiembre la situación pareció estabilizarse en el frente urbano. Después de varias ofensivas fallidas, los generales bosnios, conscientes de la superioridad artillera del enemigo, trataban de consolidar sus posiciones en el irregular perímetro defensivo establecido a lo largo del valle. Los combates se reducían a un intercambio de fuego sostenido en las márgenes del río, réplicas nocturnas de reclutas demasiado nerviosos, duelos de francotiradores y ataques limitados, esporádicos, en los sectores más disputados. Los serbios, pese a las continuas amenazas de la comunidad internacional, las sanciones económicas y el embargo, continuaban bombardeando sistemáticamente la capital, atacando objetivos estratégicos mientras los francotiradores sembraban el pánico en las calles manteniendo en constante progresión el número de víctimas. Rusia, aliado circunstancial de la serbia ortodoxa, vetaba cualquier propuesta de intervención militar en el Consejo de Seguridad. El verano tocaba a su fin y los ciudadanos, comprendiendo que los defensores tratarían de resistir hasta el final, se preparaban ya para el largo invierno acaparando alimentos y combustible.
En aquellos días Marko resultó herido en un ataque con morteros. Un fragmento de metralla se incrustó en su muslo abriéndose paso hasta el fémur. En el hospital, después de una interminable espera en el pasillo repleto de heridos, le extrajeron un minúsculo pedazo de acero estriado utilizando aguardiente casero como desinfectante. Una vez convencido de que no le amputarían la pierna, y bastante borracho – habían utilizado el resto de la botella como anestesia –, dos milicianos le llevaron al apartamento en un coche requisado a un funcionario extranjero.
Cuando despertó, una débil luz se filtraba a través del plástico que cubría la ventana. Reconoció su antigua habitación. Incorporándose con precaución sobre el costado comprobó que la pierna seguía allí. Bajo el vendaje se adivinaba la prominencia inflamada, sangre reseca sobre la precipitada sutura. Junto al colchón extendido en el suelo encontró una vela, tabaco y cerillas. Encendió un cigarrillo mientras el eco lejano de una explosión tensaba sus músculos. Por un momento se sintió culpable, lejos de las trincheras, de sus hombres… ¿Dónde estarían ahora? Trató de recordar lo sucedido la noche anterior, o quizá aquella misma mañana. No, debía de haber dormido toda la noche. ¡Suada! No había vuelto a verla desde aquel día, en la biblioteca. ¿Seguiría viviendo allí? Miró a su alrededor buscando algún indicio de su presencia. En la penumbra creyó distinguir su ropa doblada sobre una silla; la visión de las botas, colocadas simétricamente, la puntera apuntando hacia dentro, le hizo sonreír. Se sentía mareado. Vomitó el aguardiente, el dolor aguijoneándole la pierna, un doloroso pálpito bombeando sangre caliente.
Ahora ella le cogía la mano sentada a su lado. Olía a ropa húmeda, recién lavada. Su pelo le acariciaba la frente al inclinarse, los ojos cerrados, todos sus sentidos concentrados en aquel instante, despertando a la nueva realidad de su presencia. Una oleada de ternura y felicidad casi olvidadas le hizo estremecer.
- Te he cambiado el vendaje. La herida ha vuelto a abrirse, pero la he desinfectado.
Inmediatamente, el pánico dominó aquel sentimiento engañoso. No podía durar, tenía que ocurrir algo. Si abría los ojos encontraría un rostro extraño, horriblemente mutilado… Ella, intuyendo su inquietud, le apretaba suavemente la mano.
- ¡Debes descansar, aquí estamos a salvo! – susurró echándose a su lado.
Suada aprovechaba las inciertas horas de calma para aislarse en el apartamento. Venciendo la aprensión, se decidió a abrir las cajas de libros almacenadas en el cuarto de Mirsad. Allí pasaba las tardes, leyendo hasta que la oscuridad y el silencio multiplicaban la sensación de peligro, la amenaza invisible que la instaba a buscar la compañía de los demás en el refugio. Seguía sin tener noticias de su padre, aunque se sentía extrañamente aliviada al pensar que se encontraba lejos, tal vez fuera de la ciudad.
- Es un sentimiento muy normal, mucha gente soporta mejor las adversidades cuando sabe que sus seres queridos no corren peligro – le explicaba Mirela.
- ¡Eso mismo decía él! Pero sé que nunca se habría marchado dejándome aquí…
Ausente su familia, la anciana se habría convertido en su amiga y confidente. Mientras las paredes del refugio vibraban con el retumbar del bombardeo, le contaba historias de su juventud, una vida alegre y despreocupada en las montañas del norte. La mujer conseguía mantener la calma aún en los peores momentos, cuando parecía que el edificio entero iba a venirse abajo.
Agotadas las provisiones, Suada acompañaba al resto de mujeres en su penoso peregrinaje. Antes del amanecer, amparadas en la neblina, caminaban varios kilómetros hasta la panificadora Klas – la única que continuaba funcionando en la ciudad – donde hacían cola con la mirada puesta en las montañas, tratando de adivinar la trayectoria de los obuses. Durante las treguas ocasionales concedidas por los sitiadores, acudían al reparto de víveres en la Bascarsija donde, con un poco de suerte, podrían conseguir un paquete de arroz, harina o latas de conserva. En el caos que seguía a la llegada de los camiones, Suada debía emplear toda su fuerza, la ventaja de su juventud. Debatiéndose entre la masa desesperada, trataba de aproximarse a los milicianos que contemplaban impotentes y asqueados la avalancha de ciudadanos hambrientos, suplicando su ayuda con el rostro, maquillado para la ocasión, bañado en lágrimas. Cuando el hambre le proporcionaba el valor necesario, llegaba a ofrecer su cuerpo a cambio de los codiciados paquetes de la ONU. Cuando algún soldado caía en la trampa, escapaba con el botín confundiéndose entre la muchedumbre. Ya en el refugio, contribuía a la comida común, un plato único cuidadosamente racionado, en el que cada una aportaba parte de lo conseguido; el resto lo escondía en el apartamento en espera de tiempos peores.
Cuando los milicianos trajeron a Marko, todas las preguntas planteadas durante su ausencia se agolparon urgentes: ¿Estaba enamorada de aquel hombre al que apenas conocía? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Había decidido ayudarla sólo por lástima? A pesar de su juventud, su inexperiencia, imaginaba cuales podrían ser los deseos de un soldado después de meses de combates, viendo morir a sus compañeros, sintiendo cada día la delgada línea que le separaba de ellos. A menudo experimentaba la voluptuosa sensación de entregarse a él, el abrazo protector de su cuerpo alejando el fantasma de la soledad, el terror cotidiano.
- Todavía eres muy joven. - decía recelosa Mirela - Son tiempos difíciles para los sentimientos. Piensa que él puede morir cualquier día. Olvida lo que cuentan las novelas,  - Suada estaba leyendo Guerra y paz - aquí las balas son de verdad.
Ahora, mientras escuchaba su respiración agitada, el acre olor que emanaba de su cuerpo ardiendo de fiebre, todos sus temores habían desaparecido.