La veleta dijo Sur

sábado, 1 de septiembre de 2012

EL HORROR 38


Durante su ausencia, la unidad a la que Marko pertenecía - bautizada como Los cazadores - se había especializado en golpes de mano e infiltraciones nocturnas, realizando acciones de información y sabotaje más allá del primer cinturón de defensa. El escuadrón estaba formado por unos cincuenta veteranos de la guerrilla urbana que había surgido en los ya lejanos sucesos de mayo. Como distintivo, lucían bandanas y cintas negras que resaltaban su condición de unidad de élite. Los cazadores, que recibían las órdenes directamente del Estado Mayor de la Defensa Territorial, habían instalado su base de operaciones en el sótano de una escuela en Nuevo Sarajevo.
Marko fumaba sentado junto a la radio, esperando instrucciones. En el centro de la sala, iluminada por una hilera de vacilantes bombillas rojas, algunos milicianos se calentaban junto a una gran estufa de hierro. El lugar resultaba acogedor, aislado del gélido viento que surcaba el valle, las paredes recubiertas de sacos terreros y gruesas placas de hormigón. Desde el altavoz, los mensajes se cruzaban con cadencia trepidante entre los distintos centros de transmisiones, el agudo silbido de las interferencias elevándose sobre el crepitar del ruido de fondo, formando una irritante lluvia electrónica. A su lado, el operador de radio dormitaba agotado por el turno de doce horas, emitiendo un extraño ronroneo al respirar. Las palabras del sargento Biscevic resonaban todavía en su mente, impidiéndole concentrarse en el plano desplegado sobre sus rodillas: el corpulento croata le había reprochado su creciente frialdad en las relaciones con los soldados, insinuando que ésta se debía a su reciente ascenso.
- ¡Aquí todos tragamos la misma mierda, así que no me vengas con esos aires de superioridad!
Marko se había limitado a sostener su mirada y asentir antes de internarse en el túnel que comunicaba con las trincheras. Después de todo – pensaba - no había tenido ninguna oportunidad de elegir desde el día en que fue reclutado.
Ahora, mientras escrutaba inquieto los rostros de los milicianos, testigos de la discusión, trataba de encontrar una solución a aquella nueva crisis. ¿Cómo mantener el equilibrio entre su autoridad, el ascendiente jerárquico cuestionado y el sentimiento de camaradería? Sus superiores, conscientes de su capacidad para organizar las operaciones del escuadrón, no le permitían participar directamente en ellas. Así, era él quién planificaba las incursiones tras las líneas enemigas, seleccionando personalmente a los miembros de cada patrulla; decidir quiénes de entre los milicianos con los que compartía su frustración, aquella vida plagada de peligros y privaciones, serían sacrificados para prolongar un día más la supervivencia del resto. La idea de justificarse ante sus hombres constituía un acto de debilidad que podía minar la disciplina, tan necesaria en aquel ejército de voluntarios. Tenía que mantenerse alejado de cualquier sentimentalismo, la amistad con aquellos hombres estrechamente vinculados por la consciencia de la aniquilación.
Un proyectil de artillería hizo vacilar la luz mortecina de las bombillas al reventar contra el asfalto. La onda de la explosión llegó hasta el refugio, a tres metros bajo tierra. Un minuto más tarde el comandante Puskaric, oficial de enlace con el Estado Mayor, entraba en el búnker sacudiéndose el polvo de su abrigo civil. Puskaric se acercó a la estufa estrechando enérgicamente la mano de los soldados que lo rodeaban, tomó un paquete de manos de su escolta y repartió algunas cartas. Marko despertó al operador y se reunió con él.
- ¡Esta vez casi lo consiguen! - exclamó sonriendo. En su rostro brillaban acuosos sus duros ojos grises, las mejillas enrojecidas por el frío de la noche.
- Ya he informado de que tienen localizado el búnker. Han herido a dos centinelas esta semana.
- Lo sé. Estamos buscando un lugar más seguro, pero no podemos expulsar a los refugiados - se frotaba las manos observando el rostro serio de Marko - Supongo que esperas malas noticias…
- ¿Alguna vez son buenas? - se relajó, amoldándose al tono amistoso de su jefe. En los últimos tiempos le resultaba difícil mostrarse excesivamente amable con sus superiores: no podía olvidar que en cada misión perdía al menos una cuarta parte de los hombres que enviaba - Le escucho.
Se dejó guiar cogido del brazo hasta la puerta de las letrinas. Biscevic era un oficial de la vieja escuela, un profesional que parecía disfrutar sinceramente de todo aquello.
- Se prepara algo importante. Una acción decisiva - añadió con gesto enigmático – Tienes que contactar con los croatas del monte Igman.
- ¿Personalmente?
- Esta vez sí - le entregó un sobre cerrado - Alto secreto, ya conoces el procedimiento… - esperó a que guardara el sobre en el bolsillo interior de la guerrera - Llévate a todos los hombres disponibles, los necesitarás. Seis horas de permiso para despedirse de la familia. Si alguno vuelve borracho, lo fusilas.
- No lo dude.
Los milicianos reían a carcajadas. Puskaric paseó su mirada aprobatoria por la sala en penumbra. Se detuvo en un soldado que leía ensimismado su carta sosteniéndola a escasos centímetros de las bombillas.
- ¿Cómo van las cosas por aquí? ¿Has tenido visita últimamente?
- ¿Se refiere a periodistas? No se preocupe, tenemos bien escondido el armamento pesado – añadió indicando con un gesto el rincón donde se almacenaban dos cajas de granadas y algunas bengalas.
- No hay munición extra – se anticipó el comandante, ya en la entrada del búnker – Tal vez puedas conseguir algo de esos croatas…
Biscevic reunió a los hombres y distribuyó los permisos y turnos de guardia. Después se acercó a informar a Marko.
- ¿No vas a casa?
- Tengo trabajo - dijo con voz neutra, señalando el sobre con las órdenes.
El croata extrajo una botella de auténtico cognac francés del bolsillo lateral de su pantalón y la depositó con cuidado sobre la mesa antes de sentarse.
- Yo también me quedo. No tengo nada que hacer ahí fuera.
Un año antes Biscevic, suboficial de las fuerzas especiales destinado en Sarajevo, había enviado a su mujer y sus dos hijos a Croacia. Los tres habían muerto en el bombardeo de Dubrovnik.

Sarajevo. Imágenes








EL HORROR 37


El invierno se cernía sobre Sarajevo como una amenaza silenciosa, sumándose a la larga lista de miserias que la agotada población soportaba desde hacía más de ocho meses. El hambre, las enfermedades, los bombardeos y los francotiradores rivalizaban en una macabra competición a la que ponían contrapunto la frustración y el desengaño provocados por la llegada esporádica de ayuda humanitaria. La panacea de los dirigentes de la ONU, los cargamentos que servían para justificar la pasividad de los gobiernos ante la opinión pública, era utilizada como moneda de cambio, administrada con sádicos criterios por los sitiadores, que podían atacar el aeropuerto o impedir la entrada de los convoyes por carretera mientras los ciudadanos trataban de sobrevivir al límite de su resistencia. Desde el final del verano la gente comenzó a almacenar madera, leña procedente de los bosques cercanos, jardines y parques, con la mirada puesta en las nubes que coronaban las montañas, las grandes nevadas del invierno perfilándose ya en el horizonte; un temor agravado por la falta de agua, gas, electricidad, el estado ruinoso de los edificios. Una prueba más para los asediados, que se rendían humillados a los instintos más primitivos: crueldad, egoísmo, indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Desde el exterior llegaban noticias alarmantes. Las fuerzas serbias, en su intento por aislar totalmente la capital ampliando el anillo exterior, consolidaban la reciente toma de Jajce atacando el sector de Travnik, en el noroeste; en el norte se combatía en Tesanj y Maglj mientras Tuzla, la segunda ciudad más poblada antes de la guerra, resistía tras cinco meses de asedio. Los estrategas, aprovechando la debilidad de la alianza entre croatas y bosnios, reforzaban sus posiciones antes de que la nieve paralizase su avance, cortando las comunicaciones por carretera con Sarajevo y los principales núcleos de defensa. Ante esta caótica situación, los dirigentes bosnios comprendieron que sólo la resistencia desesperada en ciudades como Bihac, Travnik o Gorazde y el mantenimiento de diferentes frentes a lo largo de toda la región conseguirían salvar la capital de caer en manos serbias. Este frágil equilibrio constituía a un tiempo la fuerza y la debilidad de la coalición: la práctica inexistencia de una estrategia conjunta, las dificultades para trasmitir órdenes y planes de acción a gran escala, hacían que cada unidad aislada defendiera encarnizadamente los valles, las aldeas, enfrentándose con las únicas armas del sacrificio y la improvisación a la inmensa superioridad del enemigo.
A mediados de noviembre Marko, repuesto ya de sus heridas, fue ascendido a capitán. Con la voluntad y la conciencia sometidas, se había entregado a la voracidad del destino. Durante la convalecencia en el refugio, en las largas noches de insomnio bajo los bombardeos, pudo analizar los cambios que se habían operado en su interior: el lento declinar de la responsabilidad hacia quienes le rodeaban, la renuncia a solidarizarse con el sufrimiento de los demás ante el propósito último de combatir al enemigo con todas sus fuerzas, sin permitir que la duda, la piedad, los recuerdos, minasen su determinación. Había logrado interiorizar este mandamiento espoleado por la necesidad de endurecerse, replegarse en la efectividad de su misión, sabiendo que la única compensación a su total entrega dependía tan sólo de dos premisas: el fin de la guerra y la supervivencia. A medida que esta decisión anulaba las últimas defensas, su actitud hacia Suada fue transformándose, evolucionando del paternalismo protector salpicado de deseo, quizá de amor, hacía una dolorosa indiferencia. La muchacha asumía con tristeza este cambio, aturdida por la repentina frialdad con la que él acogía sus palabras; buscando con ansiedad la sonrisa condescendiente, el gesto reprobatorio cuando le narraba sus solitarias incursiones por la ciudad.
La última noche, antes de volver al frente, decidió hacer una última concesión a la esperanza:
- Vendrán a recogerme por la mañana… Antes de irme me gustaría decirte algo - a medida que afloraban sus palabras comprendía la inutilidad del esfuerzo, la inapelable llamada a las armas imponiéndose a cualquier intento de prolongar aquella situación.
- ¡No digas nada! – ella, alarmada, cerró el libro y se dirigió a la puerta - Tú piensas que todavía soy una niña, pero sé muchas cosas… Te esperaré.
- ¡No quiero que me esperes! Debes buscar a alguien, un hombre que te proteja, que te saque de aquí…
- Cuando vuelvas estaré aquí - le interrumpió desafiante; sus ojos brillaban de rabia infantil, patéticamente inofensiva.
Marco aplastó el cigarrillo sintiendo como el odio lo invadía. ¡Había tanta determinación en sus palabras! Recordó a los soldados que habían caído con la ilusión del reencuentro prendida en su último pensamiento, las cartas de despedida depositadas en el búnker antes del combate, fotografías, cintas y amuletos recuperadas de los cadáveres, aprisionados entre los dedos petrificados. Cuando llegase su hora no quería pensar en nadie.
- ¡Escucha! - ahora la crueldad silbaba entre sus dientes - ¡Dentro de unos días estaré muerto, pero tú debes vivir! Si no te marchas acabarás convirtiéndote en la puta favorita de algún mafioso, y eso es lo mejor que te puede ocurrir.
Suada le miró un instante sorprendida; después sonrió y salió sin decir nada.
No era la culpa lo que le impedía dormir. “Renuncias heroicas, sacrificio…” - pensaba forzándose a sonreír. Ella dormía en el refugio. No, no dormía, podía ver sus labios apretados, la conciencia despertando al odio, el desengaño. ¿Se lo habría contado ya a Mirela? La almohada conservaba el agradable olor del jabón, el cabello húmedo. ¿Lograría retener aquel perfume en la memoria? ¿Evocarlo a voluntad para combatir el pestilente hedor de las trincheras, el búnker? Los disparos sonaban lejanos, amortiguados en la noche extrañamente tranquila. “Me están esperando, se reservan para mañana”.
Apenas hizo ruido con la llave; se movía con sigilo en la oscuridad, rozando ligeramente las paredes. Se desnudó en el salón. Dudó un instante en la puerta, quizá tratando de descubrir si dormía; después se deslizó bajo las sábanas conteniendo el aliento. Temblaba. Se aproximó lentamente, rodeando su cintura con el brazo, buscando su mano, entrelazando los dedos. Él no se movió. La dejó hacer excitado por el leve contacto de su pecho en la espalda, sus torpes caricias interrumpidas por la novedad, temeraria, desconcertada hasta que, girando el cuerpo bruscamente, se echó sobre ella. Prendidas las muñecas, inmovilizó sus brazos sobre la cabeza. Separó una pierna con la rodilla, buscó sus ojos y la acometió con violencia. Ella exhaló un gemido agudo y apretó el vientre contra el suyo, los brazos aferrados a su espalda, las piernas en tensión, atrayéndolo ahora rítmicamente, sin una queja, un beso, una palabra…
Al amanecer, mientras contemplaba las calles desiertas desde el coche, se sentía liberado, más fuerte. Ahora podía volver a matar, deseaba matar; y la muerte, los temores que le habían atormentado en el pasado, no eran más que un tránsito hacia la liberación total. Sólo esperaba que todo ocurriera rápidamente…

EL HORROR 36


Ella se había levantado poco antes del amanecer. Marko, fingiendo dormir, la observaba en silencio, siguiendo sus movimientos en la penumbra de la habitación mientras se vestía tratando de no hacer ruido. Con un esfuerzo consciente, doloroso, reprimió el deseo de alargar su mano y retenerla, romper la máscara de autodominio que ocultaba sus sentimientos. Anudada en la garganta, se ahogaba la urgencia de hablarle de sus miedos, el terror que le producía sucumbir ante la barbarie, entregarse a la furia vengativa, la fascinación de la maldad absoluta, sin castigo, sin remordimientos… ¡Cómo explicarle el placer experimentado al hundir la bayoneta en el cuerpo de aquel soldado! Ahora era un combatiente, un personaje más en aquel teatro del absurdo, y debía representar su papel hasta el final. En aquella obra no había lugar para escenas románticas, devaneos amorosos o renuncias heroicas. Los dioses permanecían impasibles ante los lamentos del coro, el monótono llanto silenciado desde las montañas. Hado, Necesidad, Destino. El Hado le marcaba un sólo camino: combatir hasta hallar su Destino; la Necesidad le espoleaba en la batalla inhibiendo cualquier atisbo de compasión. Era sencillo recorrer aquel camino, aunque algunos se habían adentrado demasiado y nunca lograrían regresar. Su mente había terminado por aceptarlo.
Pero ahora, lejos de las trincheras, la actividad frenética, la voluntad sometida a las órdenes superiores, el tiempo parecía detenerse. Incapaz de concentrarse en la lectura o reanudar el relato del asedio, tantas veces proyectado, pasaba las horas tumbado, fumando sin descanso, recreando hasta el delirio las imágenes del horror enquistadas en su memoria. Sólo cuando ella regresaba parecía despertar de aquel letargo. La presencia de la muchacha le perturbaba, estimulando sensaciones que debían permanecer enterradas en sus sueños, antes de que las pesadillas se adueñaran del terreno conquistado durante el día. No era sólo el deseo de poseerla lo que le inquietaba. Como había dicho Mirsad, la carne humana era un producto más en el mercado del hambre. En lo más profundo de su alma sentía la urgente necesidad de aferrarse a un ser cercano, un espíritu no corrompido todavía por la guerra, sobre quien proyectar cierta esperanza: quizá lograse sobrevivir a todo aquello, y entonces necesitaría tener a alguien a su lado para empezar de nuevo. Apenas pensaba ya en Nadja, la carta que le hizo llegar a través de un periodista. “Mi alma está muerta. Si supieras las cosas que he hecho… No quiero volver a verte”.
Suada regresó al mediodía. Su rostro enflaquecido, con manchas violáceas bajo los ojos, sonrió desde la puerta:
- ¿Has dormido bien? Mira… - su mano sostenía una manzana de piel arrugada - No me preguntes cómo la he conseguido…
- ¿No habrás estado traficando en el mercado negro? – ella bajó la vista simulando sentirse escandalizada - ¿Hay noticias?
- Todavía no…
- Cuando pueda andar intentaré averiguar algo. No te preocupes, si le hubiera ocurrido algo ya lo sabríamos…
Asintió vagamente y salió. La imaginó recorriendo los hospitales, la morgue,  comprobando las listas de desaparecidos… Regresó un minuto después.
- La gente empieza a murmurar, abajo en el refugio…
- Es normal, no tienen nada en qué pensar. ¿Y qué dice tu amiga Mirela? - últimamente la anciana se mostraba excesivamente amable; sus frecuentes visitas se alargaban más allá de la simple cortesía.
- No dice nada, le parece bien que te cuide - protestó - Además, sabe que no dormimos juntos…
- Quizá cuando llegue el invierno… - se arrepintió de inmediato - ¿Y ese amigo tuyo, Afan? Ya no viene por aquí.
- Te tiene miedo - dijo riendo - Teme que le obligues a alistarse. ¿No lo harás verdad?
- No, aunque no me gusta. Creo que está enamorado de ti…
Ella se sonrojó. Su expresión desconcertada parecía decir: “¿Qué quieres de mí?”. Entonces percibió su fragilidad, la indefensión de una niña abandonada en un mundo de adultos enloquecidos que sólo veían un cuerpo deseable, una promesa del placer y posesión. Se preguntó si sería consciente de todos los peligros que se ocultaban tras la aparente amabilidad de los comerciantes, la solicitud de los milicianos, la interesada protección que él mismo le ofrecía.
- Perdona, sólo estaba bromeando – dijo - Puedes confiar mí. Yo…
Una explosión retumbó cercana. El polvo traído por la onda expansiva oscureció de pronto la habitación mientras la pintura del techo se desprendía en forma de minúsculos copos. Suada permanecía arrodillada en el umbral, protegiendo su cabeza con las manos crispadas. Después alzó el rostro y, a pesar de las lágrimas, consiguió sonreír.
- Prepara tus cosas, dormiremos en el refugio.
Se recreó en la contemplación de su cuerpo, los huesos prominentes en la espalda, el cabello encrespado recogido sobre la nuca, su pecho, apenas insinuado bajo la holgada camiseta; el reflejo protector, adolescente, al intuir que la observaba.
- ¿Crees que soy una buena enfermera? – preguntó volviéndose, muy seria.
- ¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?
- Entonces tendrás que dejar que te bañe. Hueles a soldado.
Cuando bajaron al refugio Marin Ostojic reía a carcajadas. Los demás lo miraban con gesto de fastidio.
- No le veo la gracia por ningún lado - dijo el joven Plasic.
Sobre la mesa humeaba un televisor. El muchacho había intentado hacerlo funcionar conectando los cables a una batería de coche. Algo salió mal y ahora el aparato, envuelto en humo, emitía un inquietante siseo.
- Pues a mi amigo le funcionó… - dijo sin decidirse a tocar los cables.