La veleta dijo Sur

sábado, 1 de septiembre de 2012

EL HORROR 38


Durante su ausencia, la unidad a la que Marko pertenecía - bautizada como Los cazadores - se había especializado en golpes de mano e infiltraciones nocturnas, realizando acciones de información y sabotaje más allá del primer cinturón de defensa. El escuadrón estaba formado por unos cincuenta veteranos de la guerrilla urbana que había surgido en los ya lejanos sucesos de mayo. Como distintivo, lucían bandanas y cintas negras que resaltaban su condición de unidad de élite. Los cazadores, que recibían las órdenes directamente del Estado Mayor de la Defensa Territorial, habían instalado su base de operaciones en el sótano de una escuela en Nuevo Sarajevo.
Marko fumaba sentado junto a la radio, esperando instrucciones. En el centro de la sala, iluminada por una hilera de vacilantes bombillas rojas, algunos milicianos se calentaban junto a una gran estufa de hierro. El lugar resultaba acogedor, aislado del gélido viento que surcaba el valle, las paredes recubiertas de sacos terreros y gruesas placas de hormigón. Desde el altavoz, los mensajes se cruzaban con cadencia trepidante entre los distintos centros de transmisiones, el agudo silbido de las interferencias elevándose sobre el crepitar del ruido de fondo, formando una irritante lluvia electrónica. A su lado, el operador de radio dormitaba agotado por el turno de doce horas, emitiendo un extraño ronroneo al respirar. Las palabras del sargento Biscevic resonaban todavía en su mente, impidiéndole concentrarse en el plano desplegado sobre sus rodillas: el corpulento croata le había reprochado su creciente frialdad en las relaciones con los soldados, insinuando que ésta se debía a su reciente ascenso.
- ¡Aquí todos tragamos la misma mierda, así que no me vengas con esos aires de superioridad!
Marko se había limitado a sostener su mirada y asentir antes de internarse en el túnel que comunicaba con las trincheras. Después de todo – pensaba - no había tenido ninguna oportunidad de elegir desde el día en que fue reclutado.
Ahora, mientras escrutaba inquieto los rostros de los milicianos, testigos de la discusión, trataba de encontrar una solución a aquella nueva crisis. ¿Cómo mantener el equilibrio entre su autoridad, el ascendiente jerárquico cuestionado y el sentimiento de camaradería? Sus superiores, conscientes de su capacidad para organizar las operaciones del escuadrón, no le permitían participar directamente en ellas. Así, era él quién planificaba las incursiones tras las líneas enemigas, seleccionando personalmente a los miembros de cada patrulla; decidir quiénes de entre los milicianos con los que compartía su frustración, aquella vida plagada de peligros y privaciones, serían sacrificados para prolongar un día más la supervivencia del resto. La idea de justificarse ante sus hombres constituía un acto de debilidad que podía minar la disciplina, tan necesaria en aquel ejército de voluntarios. Tenía que mantenerse alejado de cualquier sentimentalismo, la amistad con aquellos hombres estrechamente vinculados por la consciencia de la aniquilación.
Un proyectil de artillería hizo vacilar la luz mortecina de las bombillas al reventar contra el asfalto. La onda de la explosión llegó hasta el refugio, a tres metros bajo tierra. Un minuto más tarde el comandante Puskaric, oficial de enlace con el Estado Mayor, entraba en el búnker sacudiéndose el polvo de su abrigo civil. Puskaric se acercó a la estufa estrechando enérgicamente la mano de los soldados que lo rodeaban, tomó un paquete de manos de su escolta y repartió algunas cartas. Marko despertó al operador y se reunió con él.
- ¡Esta vez casi lo consiguen! - exclamó sonriendo. En su rostro brillaban acuosos sus duros ojos grises, las mejillas enrojecidas por el frío de la noche.
- Ya he informado de que tienen localizado el búnker. Han herido a dos centinelas esta semana.
- Lo sé. Estamos buscando un lugar más seguro, pero no podemos expulsar a los refugiados - se frotaba las manos observando el rostro serio de Marko - Supongo que esperas malas noticias…
- ¿Alguna vez son buenas? - se relajó, amoldándose al tono amistoso de su jefe. En los últimos tiempos le resultaba difícil mostrarse excesivamente amable con sus superiores: no podía olvidar que en cada misión perdía al menos una cuarta parte de los hombres que enviaba - Le escucho.
Se dejó guiar cogido del brazo hasta la puerta de las letrinas. Biscevic era un oficial de la vieja escuela, un profesional que parecía disfrutar sinceramente de todo aquello.
- Se prepara algo importante. Una acción decisiva - añadió con gesto enigmático – Tienes que contactar con los croatas del monte Igman.
- ¿Personalmente?
- Esta vez sí - le entregó un sobre cerrado - Alto secreto, ya conoces el procedimiento… - esperó a que guardara el sobre en el bolsillo interior de la guerrera - Llévate a todos los hombres disponibles, los necesitarás. Seis horas de permiso para despedirse de la familia. Si alguno vuelve borracho, lo fusilas.
- No lo dude.
Los milicianos reían a carcajadas. Puskaric paseó su mirada aprobatoria por la sala en penumbra. Se detuvo en un soldado que leía ensimismado su carta sosteniéndola a escasos centímetros de las bombillas.
- ¿Cómo van las cosas por aquí? ¿Has tenido visita últimamente?
- ¿Se refiere a periodistas? No se preocupe, tenemos bien escondido el armamento pesado – añadió indicando con un gesto el rincón donde se almacenaban dos cajas de granadas y algunas bengalas.
- No hay munición extra – se anticipó el comandante, ya en la entrada del búnker – Tal vez puedas conseguir algo de esos croatas…
Biscevic reunió a los hombres y distribuyó los permisos y turnos de guardia. Después se acercó a informar a Marko.
- ¿No vas a casa?
- Tengo trabajo - dijo con voz neutra, señalando el sobre con las órdenes.
El croata extrajo una botella de auténtico cognac francés del bolsillo lateral de su pantalón y la depositó con cuidado sobre la mesa antes de sentarse.
- Yo también me quedo. No tengo nada que hacer ahí fuera.
Un año antes Biscevic, suboficial de las fuerzas especiales destinado en Sarajevo, había enviado a su mujer y sus dos hijos a Croacia. Los tres habían muerto en el bombardeo de Dubrovnik.

Sarajevo. Imágenes








EL HORROR 37


El invierno se cernía sobre Sarajevo como una amenaza silenciosa, sumándose a la larga lista de miserias que la agotada población soportaba desde hacía más de ocho meses. El hambre, las enfermedades, los bombardeos y los francotiradores rivalizaban en una macabra competición a la que ponían contrapunto la frustración y el desengaño provocados por la llegada esporádica de ayuda humanitaria. La panacea de los dirigentes de la ONU, los cargamentos que servían para justificar la pasividad de los gobiernos ante la opinión pública, era utilizada como moneda de cambio, administrada con sádicos criterios por los sitiadores, que podían atacar el aeropuerto o impedir la entrada de los convoyes por carretera mientras los ciudadanos trataban de sobrevivir al límite de su resistencia. Desde el final del verano la gente comenzó a almacenar madera, leña procedente de los bosques cercanos, jardines y parques, con la mirada puesta en las nubes que coronaban las montañas, las grandes nevadas del invierno perfilándose ya en el horizonte; un temor agravado por la falta de agua, gas, electricidad, el estado ruinoso de los edificios. Una prueba más para los asediados, que se rendían humillados a los instintos más primitivos: crueldad, egoísmo, indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Desde el exterior llegaban noticias alarmantes. Las fuerzas serbias, en su intento por aislar totalmente la capital ampliando el anillo exterior, consolidaban la reciente toma de Jajce atacando el sector de Travnik, en el noroeste; en el norte se combatía en Tesanj y Maglj mientras Tuzla, la segunda ciudad más poblada antes de la guerra, resistía tras cinco meses de asedio. Los estrategas, aprovechando la debilidad de la alianza entre croatas y bosnios, reforzaban sus posiciones antes de que la nieve paralizase su avance, cortando las comunicaciones por carretera con Sarajevo y los principales núcleos de defensa. Ante esta caótica situación, los dirigentes bosnios comprendieron que sólo la resistencia desesperada en ciudades como Bihac, Travnik o Gorazde y el mantenimiento de diferentes frentes a lo largo de toda la región conseguirían salvar la capital de caer en manos serbias. Este frágil equilibrio constituía a un tiempo la fuerza y la debilidad de la coalición: la práctica inexistencia de una estrategia conjunta, las dificultades para trasmitir órdenes y planes de acción a gran escala, hacían que cada unidad aislada defendiera encarnizadamente los valles, las aldeas, enfrentándose con las únicas armas del sacrificio y la improvisación a la inmensa superioridad del enemigo.
A mediados de noviembre Marko, repuesto ya de sus heridas, fue ascendido a capitán. Con la voluntad y la conciencia sometidas, se había entregado a la voracidad del destino. Durante la convalecencia en el refugio, en las largas noches de insomnio bajo los bombardeos, pudo analizar los cambios que se habían operado en su interior: el lento declinar de la responsabilidad hacia quienes le rodeaban, la renuncia a solidarizarse con el sufrimiento de los demás ante el propósito último de combatir al enemigo con todas sus fuerzas, sin permitir que la duda, la piedad, los recuerdos, minasen su determinación. Había logrado interiorizar este mandamiento espoleado por la necesidad de endurecerse, replegarse en la efectividad de su misión, sabiendo que la única compensación a su total entrega dependía tan sólo de dos premisas: el fin de la guerra y la supervivencia. A medida que esta decisión anulaba las últimas defensas, su actitud hacia Suada fue transformándose, evolucionando del paternalismo protector salpicado de deseo, quizá de amor, hacía una dolorosa indiferencia. La muchacha asumía con tristeza este cambio, aturdida por la repentina frialdad con la que él acogía sus palabras; buscando con ansiedad la sonrisa condescendiente, el gesto reprobatorio cuando le narraba sus solitarias incursiones por la ciudad.
La última noche, antes de volver al frente, decidió hacer una última concesión a la esperanza:
- Vendrán a recogerme por la mañana… Antes de irme me gustaría decirte algo - a medida que afloraban sus palabras comprendía la inutilidad del esfuerzo, la inapelable llamada a las armas imponiéndose a cualquier intento de prolongar aquella situación.
- ¡No digas nada! – ella, alarmada, cerró el libro y se dirigió a la puerta - Tú piensas que todavía soy una niña, pero sé muchas cosas… Te esperaré.
- ¡No quiero que me esperes! Debes buscar a alguien, un hombre que te proteja, que te saque de aquí…
- Cuando vuelvas estaré aquí - le interrumpió desafiante; sus ojos brillaban de rabia infantil, patéticamente inofensiva.
Marco aplastó el cigarrillo sintiendo como el odio lo invadía. ¡Había tanta determinación en sus palabras! Recordó a los soldados que habían caído con la ilusión del reencuentro prendida en su último pensamiento, las cartas de despedida depositadas en el búnker antes del combate, fotografías, cintas y amuletos recuperadas de los cadáveres, aprisionados entre los dedos petrificados. Cuando llegase su hora no quería pensar en nadie.
- ¡Escucha! - ahora la crueldad silbaba entre sus dientes - ¡Dentro de unos días estaré muerto, pero tú debes vivir! Si no te marchas acabarás convirtiéndote en la puta favorita de algún mafioso, y eso es lo mejor que te puede ocurrir.
Suada le miró un instante sorprendida; después sonrió y salió sin decir nada.
No era la culpa lo que le impedía dormir. “Renuncias heroicas, sacrificio…” - pensaba forzándose a sonreír. Ella dormía en el refugio. No, no dormía, podía ver sus labios apretados, la conciencia despertando al odio, el desengaño. ¿Se lo habría contado ya a Mirela? La almohada conservaba el agradable olor del jabón, el cabello húmedo. ¿Lograría retener aquel perfume en la memoria? ¿Evocarlo a voluntad para combatir el pestilente hedor de las trincheras, el búnker? Los disparos sonaban lejanos, amortiguados en la noche extrañamente tranquila. “Me están esperando, se reservan para mañana”.
Apenas hizo ruido con la llave; se movía con sigilo en la oscuridad, rozando ligeramente las paredes. Se desnudó en el salón. Dudó un instante en la puerta, quizá tratando de descubrir si dormía; después se deslizó bajo las sábanas conteniendo el aliento. Temblaba. Se aproximó lentamente, rodeando su cintura con el brazo, buscando su mano, entrelazando los dedos. Él no se movió. La dejó hacer excitado por el leve contacto de su pecho en la espalda, sus torpes caricias interrumpidas por la novedad, temeraria, desconcertada hasta que, girando el cuerpo bruscamente, se echó sobre ella. Prendidas las muñecas, inmovilizó sus brazos sobre la cabeza. Separó una pierna con la rodilla, buscó sus ojos y la acometió con violencia. Ella exhaló un gemido agudo y apretó el vientre contra el suyo, los brazos aferrados a su espalda, las piernas en tensión, atrayéndolo ahora rítmicamente, sin una queja, un beso, una palabra…
Al amanecer, mientras contemplaba las calles desiertas desde el coche, se sentía liberado, más fuerte. Ahora podía volver a matar, deseaba matar; y la muerte, los temores que le habían atormentado en el pasado, no eran más que un tránsito hacia la liberación total. Sólo esperaba que todo ocurriera rápidamente…

EL HORROR 36


Ella se había levantado poco antes del amanecer. Marko, fingiendo dormir, la observaba en silencio, siguiendo sus movimientos en la penumbra de la habitación mientras se vestía tratando de no hacer ruido. Con un esfuerzo consciente, doloroso, reprimió el deseo de alargar su mano y retenerla, romper la máscara de autodominio que ocultaba sus sentimientos. Anudada en la garganta, se ahogaba la urgencia de hablarle de sus miedos, el terror que le producía sucumbir ante la barbarie, entregarse a la furia vengativa, la fascinación de la maldad absoluta, sin castigo, sin remordimientos… ¡Cómo explicarle el placer experimentado al hundir la bayoneta en el cuerpo de aquel soldado! Ahora era un combatiente, un personaje más en aquel teatro del absurdo, y debía representar su papel hasta el final. En aquella obra no había lugar para escenas románticas, devaneos amorosos o renuncias heroicas. Los dioses permanecían impasibles ante los lamentos del coro, el monótono llanto silenciado desde las montañas. Hado, Necesidad, Destino. El Hado le marcaba un sólo camino: combatir hasta hallar su Destino; la Necesidad le espoleaba en la batalla inhibiendo cualquier atisbo de compasión. Era sencillo recorrer aquel camino, aunque algunos se habían adentrado demasiado y nunca lograrían regresar. Su mente había terminado por aceptarlo.
Pero ahora, lejos de las trincheras, la actividad frenética, la voluntad sometida a las órdenes superiores, el tiempo parecía detenerse. Incapaz de concentrarse en la lectura o reanudar el relato del asedio, tantas veces proyectado, pasaba las horas tumbado, fumando sin descanso, recreando hasta el delirio las imágenes del horror enquistadas en su memoria. Sólo cuando ella regresaba parecía despertar de aquel letargo. La presencia de la muchacha le perturbaba, estimulando sensaciones que debían permanecer enterradas en sus sueños, antes de que las pesadillas se adueñaran del terreno conquistado durante el día. No era sólo el deseo de poseerla lo que le inquietaba. Como había dicho Mirsad, la carne humana era un producto más en el mercado del hambre. En lo más profundo de su alma sentía la urgente necesidad de aferrarse a un ser cercano, un espíritu no corrompido todavía por la guerra, sobre quien proyectar cierta esperanza: quizá lograse sobrevivir a todo aquello, y entonces necesitaría tener a alguien a su lado para empezar de nuevo. Apenas pensaba ya en Nadja, la carta que le hizo llegar a través de un periodista. “Mi alma está muerta. Si supieras las cosas que he hecho… No quiero volver a verte”.
Suada regresó al mediodía. Su rostro enflaquecido, con manchas violáceas bajo los ojos, sonrió desde la puerta:
- ¿Has dormido bien? Mira… - su mano sostenía una manzana de piel arrugada - No me preguntes cómo la he conseguido…
- ¿No habrás estado traficando en el mercado negro? – ella bajó la vista simulando sentirse escandalizada - ¿Hay noticias?
- Todavía no…
- Cuando pueda andar intentaré averiguar algo. No te preocupes, si le hubiera ocurrido algo ya lo sabríamos…
Asintió vagamente y salió. La imaginó recorriendo los hospitales, la morgue,  comprobando las listas de desaparecidos… Regresó un minuto después.
- La gente empieza a murmurar, abajo en el refugio…
- Es normal, no tienen nada en qué pensar. ¿Y qué dice tu amiga Mirela? - últimamente la anciana se mostraba excesivamente amable; sus frecuentes visitas se alargaban más allá de la simple cortesía.
- No dice nada, le parece bien que te cuide - protestó - Además, sabe que no dormimos juntos…
- Quizá cuando llegue el invierno… - se arrepintió de inmediato - ¿Y ese amigo tuyo, Afan? Ya no viene por aquí.
- Te tiene miedo - dijo riendo - Teme que le obligues a alistarse. ¿No lo harás verdad?
- No, aunque no me gusta. Creo que está enamorado de ti…
Ella se sonrojó. Su expresión desconcertada parecía decir: “¿Qué quieres de mí?”. Entonces percibió su fragilidad, la indefensión de una niña abandonada en un mundo de adultos enloquecidos que sólo veían un cuerpo deseable, una promesa del placer y posesión. Se preguntó si sería consciente de todos los peligros que se ocultaban tras la aparente amabilidad de los comerciantes, la solicitud de los milicianos, la interesada protección que él mismo le ofrecía.
- Perdona, sólo estaba bromeando – dijo - Puedes confiar mí. Yo…
Una explosión retumbó cercana. El polvo traído por la onda expansiva oscureció de pronto la habitación mientras la pintura del techo se desprendía en forma de minúsculos copos. Suada permanecía arrodillada en el umbral, protegiendo su cabeza con las manos crispadas. Después alzó el rostro y, a pesar de las lágrimas, consiguió sonreír.
- Prepara tus cosas, dormiremos en el refugio.
Se recreó en la contemplación de su cuerpo, los huesos prominentes en la espalda, el cabello encrespado recogido sobre la nuca, su pecho, apenas insinuado bajo la holgada camiseta; el reflejo protector, adolescente, al intuir que la observaba.
- ¿Crees que soy una buena enfermera? – preguntó volviéndose, muy seria.
- ¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?
- Entonces tendrás que dejar que te bañe. Hueles a soldado.
Cuando bajaron al refugio Marin Ostojic reía a carcajadas. Los demás lo miraban con gesto de fastidio.
- No le veo la gracia por ningún lado - dijo el joven Plasic.
Sobre la mesa humeaba un televisor. El muchacho había intentado hacerlo funcionar conectando los cables a una batería de coche. Algo salió mal y ahora el aparato, envuelto en humo, emitía un inquietante siseo.
- Pues a mi amigo le funcionó… - dijo sin decidirse a tocar los cables.

domingo, 26 de agosto de 2012

EL HORROR 35


El soldado lanza una mirada furtiva al puesto de guardia, apaga el cigarrillo y oculta la colilla entre los sacos terreros. Antes de volver a la garita contempla el cielo negro del atardecer, jirones de nubes lechosas persiguiéndose en la cima de las colinas, prendidas de las copas de los abetos, las sombras de los tilos que oscurecen las laderas. Piensa en los francotiradores; los imagina a cubierto en las casamatas que salpican las montañas, sentados alrededor de la estufa de leña, relatando sus hazañas entre tragos de aguardiente. Se pregunta qué habrá sido de Dobro, el tirador que les saluda puntualmente cada mañana añadiendo un nuevo agujero a la señal de STOP que cuelga de la barrera. Ha faltado cuatro días a su cita, desde que empezó a llover. En el comedor se cruzan apuestas: algunos aseguran que un sniper rival, antiguo compañero del equipo de tiro olímpico, acabó con él para vengar la muerte de su novia. La historia, sin duda inventada por un centinela aburrido, ha tenido éxito: todos bromean sobre el asunto, incluso los oficiales. El ruso ha pedido permiso para salir y preguntar a los chetniks; dice que tiene amigos ucranianos entre ellos…
Falta más de una hora para el relevo. Exactamente cincuenta y nueve minutos para un café caliente, un pedazo de pan con mantequilla, fumar un cigarrillo sentado sin pensar en nada. Un coche blanco se acerca por la avenida sorteando los agujeros abiertos en el asfalto, apenas visibles por el agua enfangada. “Periodistas”. El Peugeot circula con las ventanillas bajadas, grandes letras TV pintadas a los lados y en el techo, las luces de freno cegadas con cinta aislante. “Al menos no son novatos. Tienen alguna oportunidad”. El copiloto le saluda formando una V con los dedos. “Víctima” piensa. Alguien se acerca haciendo crujir la grava de la explanada.
- ¿Todo bien? - pregunta el sargento, un veterano canadiense de barba rojiza.
- Sin novedad – mantiene la vista al frente. “Es un buen tipo. Concienzudo, pero es de fiar”.
- ¿Periodistas?
- Sí.
- ¿Cuantos obuses has contado?
El soldado cuenta las muescas en el poste de madera.
Seis morteros pesados y catorce de artillería, en el centro y el este. Todos de entrada, claro…
- ¡Que cabrones, sólo han apuntado dos! - el sargento se encoge de hombros – Y Dobro,  ¿no ha dado señales de vida?
- De muerte… - dice recordando la broma. Los dos ríen sin demasiadas ganas.
- Creo que no volverá hasta que coloquemos una señal nueva. Bien, tómatelo con calma.
“Treinta minutos”. Golpea el suelo rítmicamente con el pie, un minuto, dos. Está a punto de anochecer. El edificio de la derecha se recorta contra el cielo un poco más claro, hacia el monte Igman. “Marsella… Allí todavía no se ha puesto el sol”. Evoca el arsenal de Toulon, las calles del puerto rebosantes de marineros borrachos, prostitutas, el ambiente cargado de violencia, ofertas, la navaja presta en el bolsillo… “¿Por qué no dicen la verdad?”. En el cuarto del segundo piso dos oficiales de Inteligencia se turnan día y noche contando los proyectiles disparados, morteros y cohetes que entran y salen de la ciudad. Decide hacer un dibujo: el que cuenta los obuses disparados por los serbios escucha música con los auriculares puestos; su compañero, con una cinta verde en el pelo, ronca con las piernas sobre la mesa… “Podría mandarlo a la revista de UNPROFOR. No lo publicarían, claro”.
Se escuchan pasos cerca de la barrera. Quita el seguro del fusil y se asoma desde la entrada: dos muchachos le saludan tímidamente alzando los brazos. Tras ellos, una chica se protege de la fina lluvia apoyada en el muro.
- ¿Ruso? - pregunta el más joven.
- No, francés - la mano se relaja en la empuñadura, rozando apenas el gatillo.
- ¡No, ruso! - el chico señala su brazo derecho, traza un dibujo imaginario, un tatuaje; después arquea los brazos y se eleva sobre la punta de los pies.
El soldado comprende: buscan al ruso. Señala a su espalda, hacia el puesto de guardia. El chico se sube la manga y golpea su muñeca con el dedo.
- Esta noche.
- Yo soy Miro… Djuro, mi amigo, ¿y tú?
- Jean…
No debe tener más de catorce años, aunque sus gestos, el aplomo con que actúa, le hacen aparentar algunos más. El más bajo no llega a los doce. La chica pregunta algo. Djuro se acerca y le habla al oído; ella asiente y suelta una risita aguda, pretendidamente seductora.
- Minela - dice Miro sonriendo.
Jean contempla a la muchacha: el cuerpo frágil de miembros delgados adivinándose bajo el impermeable negro, las medias manchadas de barro; mechones oscuros pegados a las mejillas, brillantes de maquillaje arruinado por la lluvia, los grandes ojos claros perlados de tristeza.
- ¿Cuánto? - pregunta conteniendo la rabia.
- Cincuenta marcos - Miro conoce su trabajo. Ni siquiera pestañea al mirarle a los ojos, repentinamente serio.
Jean cuenta el dinero, observa la casamata y el perímetro interior antes de entregarle el fajo plegado.
- ¡Ahora fuera de aquí! – exclama.
Gira el fusil hacia ellos, la mano libre señala el callejón, el portal donde se oculta una sombra que ahora se aproximaba alertada por la voz airada de la chica.
- ¡Alto o disparo!
El hombre se detiene bruscamente. Viste un traje oscuro y gorro de piel. Separa las manos, sin alzarlas. Escucha a Minela, que corre a explicarle lo ocurrido, sin apartar la vista del soldado, el fusil apuntándole al vientre. Se lleva la mano al gorro y sonríe antes de volver a la oscuridad del callejón.
- ¡Jódete francés! ¡Maricón! - gritan los muchachos, corriendo y riendo en el centro de la calle.
Mientras se alejan  Jean enciende un cigarrillo sin molestarse en ocultar el resplandor de la cerilla. “Tranquilo, no puedes arreglar el mundo tú solo”. El sargento se asoma en el cuerpo de guardia, le interroga con un gesto.
- Unos niños pidiendo comida.
- Enseguida te mando el relevo.
Piensa en la cara que pondrá el ruso cuando se entere de que su cita se ha aplazado. Es un tipo peligroso, veterano de Afganistán. “¡Que se joda!”.


EL HORROR 34


David Callaghan maldecía en gaélico. Había adquirido aquella costumbre en los tiempos duros de Belfast, cuando no era más que un muchacho, un aprendiz de reportero dispuesto a meterse en toda clase de líos para conseguir una buena historia. A pesar de su pasaporte estadounidense, su origen irlandés le había creado grandes dificultades con las autoridades británicas, lo que le permitió, según le gustaba repetir, aprender una lección fundamental: “Nunca confíes en los informes oficiales, y menos si proceden del bando más fuerte”. La segunda premisa, “La peor guerra es siempre la siguiente”, la descubriría años más tarde, cuando se convirtió en reportero profesional. Cada vez que abandonaba un país en guerra dejando atrás epidemias, hambruna, genocidios o integrismo, se preguntaba qué gobierno, qué facción conseguiría subir el listón en la escala de la barbarie. A mediados de 1991 encontraría la respuesta en la misma Europa.
El mortero había estallado en el cruce frente a ellos, a menos de cien metros del coche. El conductor, un veterano corresponsal francés, no logró controlar la dirección y fue a estrellarse contra un muro antitanque. Los cuatro ocupantes, repuestos de la sorpresa, permanecieron en silencio un instante, comprobando si sus cuerpos seguían intactos bajo el chaleco antibalas.
- ¡Tenemos que salir de aquí! - gritó David.
Corrieron cegados por el polvo en suspensión hasta el edificio más cercano, un ruinoso bloque de apartamentos entre Cengic Vila y Nuevo Sarajevo. Un minuto más tarde el artillero se desquitó de su error con un impacto directo que lanzó el coche blindado sobre una parada de autobús.
- ¡Cuarenta mil dólares al carajo! - exclamó David - ¡Es el segundo en tres meses!
Todos rieron liberando la tensión con ruidosas carcajadas. Se encontraban en un amplio vestíbulo, paneles de madera formando figuras geométricas superpuestas en los muros laterales. Alguien había arrancado las láminas inferiores dejando a la vista una capa de cemento y yeso. Frases obscenas y grafitis ilegibles decoraban las paredes desnudas. Montones de basura poblados por ratas y cucarachas se acumulaban en los rincones.
- Así que esto es la vieja Europa… - dijo el irlandés.
- ¡Déjate de bromas! – Philip Bennett, componía su larga melena aplastada por el casco de kevlar. Al otro lado del río, en Hrasno y Otoka, la infantería sostenía un intenso intercambio de fuego. - Tenemos que largarnos antes del toque de queda.
La silueta color mostaza del Holiday Inn, donde se alojaban los periodistas, se encontraba a menos de un kilómetro en línea recta pero, para llegar hasta allí, debían cruzar una zona batida por los francotiradores de Vraca y la artillería.
Oscar Zalduegui, el freelance español que se había apuntado a aquella visita al frente urbano, se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. A diferencia del resto, incluida la traductora contratada por David, prescindía del casco y el chaleco antibalas, aunque no parecía preocuparse demasiado por ello. En realidad, su aparente desprecio por tan incómodas y costosas prendas ocultaba una absoluta falta de medios. Tras dejar a su novia y los estudios de periodismo en Barcelona, había recorrido media Europa a bordo de un coche de tercera mano, con su mochila y el equipo fotográfico como único equipaje, hasta llegar, milagrosamente vivo, a Sarajevo. Durante los primeros días tuvo que buscarse la vida a base de algún préstamo y grandes dosis de buena suerte; cuando andaba escaso de dinero salía en busca de material de primera, instantáneas a pie de trinchera que no tardaba en revender a fotógrafos que preferían la comodidad del bar del hotel a las exclusivas. Oscar se había ganado su fama de suicida, un compañero demasiado peligroso cuando las cosas se ponían feas: solía ser el primero en llegar y siempre era el último en marcharse. Quizá por eso, David había decidido adoptarle: le recordaba otros tiempos, cuando él mismo tenía que jugarse el tipo para obtener un buen reportaje.
- Saldré a echar un vistazo - dijo levantándose de un salto.
David, imaginando la conversación que mantendría esa misma noche con sus productores,  reprimió su impulso de acompañarle mientras se acercaba resuelto a la entrada. Antes de salir escrutó cautelosamente ambos lados de la calle, el cielo limpio del crepúsculo. El eco de la fusilería le llegaba ahora amortiguado, lejano.
- Voy a buscar ayuda. Esperadme aquí -  Arrojó el cigarro al suelo y echó a correr apretando la cámara contra el pecho.
- Hay que reconocer que los tiene bien puestos - Philip se secaba el sudor que le corría por la frente. Se sentía culpable por no haberle ofrecido ninguna protección: después de todo se estaba arriesgando para sacarlos de allí.
Ivana, la inseparable traductora de David, afirmó muy seria:
- ¡Estos españoles están locos!
Los dos hombres asintieron sonriendo. El rostro de Ivana se tensó de repente. Siguiendo su mirada descubrieron una figura humana, una sombra salpicada de reflejos metálicos surgiendo de un oscuro corredor. La aparición habló en voz baja, con tono imperioso, y un grupo de milicianos vestidos de negro se desplegó a su alrededor. Eran seis en total: rostros angulosos, con los pómulos prominentes bajo el camuflaje verde y negro, observándoles con curiosidad y recelo. El jefe del grupo se acercó mostrando sus dientes amarillos en lo que parecía una sonrisa conciliadora. Con voz cavernosa les preguntó qué hacían allí.
- Le han disparado a nuestro coche - contestó la traductora- Somos periodistas, extranjeros - añadió con énfasis - Tenemos los permisos…
El oficial les observaba en silencio, sin dejar de sonreír. Los milicianos se mantenían a distancia, con las armas preparadas, admirando los cascos, los chalecos, el costoso equipo fotográfico, calculando mentalmente cuánto podrían obtener en el mercado negro. David se adelantó ofreciéndoles tabaco con gesto casual, despreocupado. Uno de los soldados le arrebató el paquete sosteniendo la mirada retadora a escasos centímetros de su rostro. Los demás reían algo cohibidos, esperando con impaciencia el desenlace de aquella situación, recreándose en la novedad del encuentro. El oficial había dejado de sonreír. Ahora hablaba con tono malhumorado, la mano derecha apoyada en la culata de la pistola mientras Ivana asentía mirando al suelo.
- Dice que tenemos que marcharnos inmediatamente. El toque de queda obliga a todo el mundo… Dice que si nos matan los chetniks, quizá entonces vuestros gobiernos les envían armas…
David trataba de decidir con rapidez, atento al retumbar de los obuses que llegaba del exterior. A menudo se había visto envuelto en situaciones parecidas: soldados desmoralizados, borrachos, exaltados ante la idea de humillar al poderoso hombre de occidente, símbolo del progreso, la riqueza, la injusticia. Podría ofrecerles dinero, un salvoconducto universal, infalible pero… Un coche frenó bruscamente haciendo derrapar las ruedas sobre la acera. Oscar apareció en el umbral gritando:
- ¡Vámonos, rápido!
De camino al hotel, sobreponiéndose al rugido del motor y el reanudado bombardeo, les contó cómo había encontrado cerca de allí a un taxista con el que solía hacer negocios. El hombre se ofreció a ayudarles a cambio de doscientos marcos alemanes, una suma desmesurada y, por supuesto, innegociable. Ahora conducía su Volkswagen a toda velocidad, esquivando los obstáculos sin pisar el pedal de freno hasta la puerta trasera del hotel.
Más tarde, ya en el bar, los cinco saboreaban el whisky escocés que David guardaba para las grandes ocasiones.
- ¡Si hubieras visto la cara de los milicianos cuando apareciste! ¡Te debemos una, muchacho!
Philip liaba un enorme canuto ante la mirada reprobatoria de la traductora.
- Lo que me debéis son doscientos marcos, aunque también acepto dólares… - objetó Oscar, complacido.
El taxista, ocultando su bigote a lo Stalin con gesto recatado, río con ellos.


EL HORROR 33


A principios de septiembre la situación pareció estabilizarse en el frente urbano. Después de varias ofensivas fallidas, los generales bosnios, conscientes de la superioridad artillera del enemigo, trataban de consolidar sus posiciones en el irregular perímetro defensivo establecido a lo largo del valle. Los combates se reducían a un intercambio de fuego sostenido en las márgenes del río, réplicas nocturnas de reclutas demasiado nerviosos, duelos de francotiradores y ataques limitados, esporádicos, en los sectores más disputados. Los serbios, pese a las continuas amenazas de la comunidad internacional, las sanciones económicas y el embargo, continuaban bombardeando sistemáticamente la capital, atacando objetivos estratégicos mientras los francotiradores sembraban el pánico en las calles manteniendo en constante progresión el número de víctimas. Rusia, aliado circunstancial de la serbia ortodoxa, vetaba cualquier propuesta de intervención militar en el Consejo de Seguridad. El verano tocaba a su fin y los ciudadanos, comprendiendo que los defensores tratarían de resistir hasta el final, se preparaban ya para el largo invierno acaparando alimentos y combustible.
En aquellos días Marko resultó herido en un ataque con morteros. Un fragmento de metralla se incrustó en su muslo abriéndose paso hasta el fémur. En el hospital, después de una interminable espera en el pasillo repleto de heridos, le extrajeron un minúsculo pedazo de acero estriado utilizando aguardiente casero como desinfectante. Una vez convencido de que no le amputarían la pierna, y bastante borracho – habían utilizado el resto de la botella como anestesia –, dos milicianos le llevaron al apartamento en un coche requisado a un funcionario extranjero.
Cuando despertó, una débil luz se filtraba a través del plástico que cubría la ventana. Reconoció su antigua habitación. Incorporándose con precaución sobre el costado comprobó que la pierna seguía allí. Bajo el vendaje se adivinaba la prominencia inflamada, sangre reseca sobre la precipitada sutura. Junto al colchón extendido en el suelo encontró una vela, tabaco y cerillas. Encendió un cigarrillo mientras el eco lejano de una explosión tensaba sus músculos. Por un momento se sintió culpable, lejos de las trincheras, de sus hombres… ¿Dónde estarían ahora? Trató de recordar lo sucedido la noche anterior, o quizá aquella misma mañana. No, debía de haber dormido toda la noche. ¡Suada! No había vuelto a verla desde aquel día, en la biblioteca. ¿Seguiría viviendo allí? Miró a su alrededor buscando algún indicio de su presencia. En la penumbra creyó distinguir su ropa doblada sobre una silla; la visión de las botas, colocadas simétricamente, la puntera apuntando hacia dentro, le hizo sonreír. Se sentía mareado. Vomitó el aguardiente, el dolor aguijoneándole la pierna, un doloroso pálpito bombeando sangre caliente.
Ahora ella le cogía la mano sentada a su lado. Olía a ropa húmeda, recién lavada. Su pelo le acariciaba la frente al inclinarse, los ojos cerrados, todos sus sentidos concentrados en aquel instante, despertando a la nueva realidad de su presencia. Una oleada de ternura y felicidad casi olvidadas le hizo estremecer.
- Te he cambiado el vendaje. La herida ha vuelto a abrirse, pero la he desinfectado.
Inmediatamente, el pánico dominó aquel sentimiento engañoso. No podía durar, tenía que ocurrir algo. Si abría los ojos encontraría un rostro extraño, horriblemente mutilado… Ella, intuyendo su inquietud, le apretaba suavemente la mano.
- ¡Debes descansar, aquí estamos a salvo! – susurró echándose a su lado.
Suada aprovechaba las inciertas horas de calma para aislarse en el apartamento. Venciendo la aprensión, se decidió a abrir las cajas de libros almacenadas en el cuarto de Mirsad. Allí pasaba las tardes, leyendo hasta que la oscuridad y el silencio multiplicaban la sensación de peligro, la amenaza invisible que la instaba a buscar la compañía de los demás en el refugio. Seguía sin tener noticias de su padre, aunque se sentía extrañamente aliviada al pensar que se encontraba lejos, tal vez fuera de la ciudad.
- Es un sentimiento muy normal, mucha gente soporta mejor las adversidades cuando sabe que sus seres queridos no corren peligro – le explicaba Mirela.
- ¡Eso mismo decía él! Pero sé que nunca se habría marchado dejándome aquí…
Ausente su familia, la anciana se habría convertido en su amiga y confidente. Mientras las paredes del refugio vibraban con el retumbar del bombardeo, le contaba historias de su juventud, una vida alegre y despreocupada en las montañas del norte. La mujer conseguía mantener la calma aún en los peores momentos, cuando parecía que el edificio entero iba a venirse abajo.
Agotadas las provisiones, Suada acompañaba al resto de mujeres en su penoso peregrinaje. Antes del amanecer, amparadas en la neblina, caminaban varios kilómetros hasta la panificadora Klas – la única que continuaba funcionando en la ciudad – donde hacían cola con la mirada puesta en las montañas, tratando de adivinar la trayectoria de los obuses. Durante las treguas ocasionales concedidas por los sitiadores, acudían al reparto de víveres en la Bascarsija donde, con un poco de suerte, podrían conseguir un paquete de arroz, harina o latas de conserva. En el caos que seguía a la llegada de los camiones, Suada debía emplear toda su fuerza, la ventaja de su juventud. Debatiéndose entre la masa desesperada, trataba de aproximarse a los milicianos que contemplaban impotentes y asqueados la avalancha de ciudadanos hambrientos, suplicando su ayuda con el rostro, maquillado para la ocasión, bañado en lágrimas. Cuando el hambre le proporcionaba el valor necesario, llegaba a ofrecer su cuerpo a cambio de los codiciados paquetes de la ONU. Cuando algún soldado caía en la trampa, escapaba con el botín confundiéndose entre la muchedumbre. Ya en el refugio, contribuía a la comida común, un plato único cuidadosamente racionado, en el que cada una aportaba parte de lo conseguido; el resto lo escondía en el apartamento en espera de tiempos peores.
Cuando los milicianos trajeron a Marko, todas las preguntas planteadas durante su ausencia se agolparon urgentes: ¿Estaba enamorada de aquel hombre al que apenas conocía? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Había decidido ayudarla sólo por lástima? A pesar de su juventud, su inexperiencia, imaginaba cuales podrían ser los deseos de un soldado después de meses de combates, viendo morir a sus compañeros, sintiendo cada día la delgada línea que le separaba de ellos. A menudo experimentaba la voluptuosa sensación de entregarse a él, el abrazo protector de su cuerpo alejando el fantasma de la soledad, el terror cotidiano.
- Todavía eres muy joven. - decía recelosa Mirela - Son tiempos difíciles para los sentimientos. Piensa que él puede morir cualquier día. Olvida lo que cuentan las novelas,  - Suada estaba leyendo Guerra y paz - aquí las balas son de verdad.
Ahora, mientras escuchaba su respiración agitada, el acre olor que emanaba de su cuerpo ardiendo de fiebre, todos sus temores habían desaparecido.

miércoles, 1 de agosto de 2012

EL HORROR 32


29 de agosto, 1992.
“Escribo estas palabras desde el apartamento del Teniente Bregovic. ¡En su propia cama! En realidad no es más que un simple colchón con una sábana, pero cuando pienso que alguien puede leer esto… Son las doce y la noche ha sido tranquila. Mamá no ha escrito todavía. Supongo que es demasiado pronto, pero ya han pasado tres semanas desde que pude hablar con ella desde el teléfono humanitario… A menudo recuerdo nuestra conversación, cada palabra, aunque cada vez cambio más cosas, especialmente estos últimos días. ¿Será que me siento culpable, o la vergüenza que me persigue a todas partes? Me gusta poder escribir todo esto porque no tengo a quién contárselo.
Mirela volvió ayer del Centro de Acogida, pero todavía no tengo suficiente confianza con ella. Además, ¿qué le voy a contar? A veces me asusto de mis propios pensamientos. No es como cuando estaba sola en el refugio. ¡Demasiados cambios! Belmir – ya no puedo escribir papá – sigue sin aparecer. Todos me dan ánimos y me dicen que volverá un día de estos, pero cada minuto que pasa tengo más miedo de que le haya ocurrido algo. Él siempre me ha dicho que soy fuerte y valiente, pero… ¡Cuándo pienso que le han reclutado, que está en una de esas horribles trincheras! Esta mañana he vuelto a la oficina que se ocupa de las personas desaparecidas. No está en la lista de reclutados, ni en la de ingresos en el hospital. Tienen su nombre marcado con un gran interrogante rojo. Tampoco está detenido; eso me lo ha dicho el señor Jovicic, que es policía. En fin, habrá que esperar un día más. Si sigue en la ciudad, ¿por qué no se pone en contacto conmigo? Algún día, seguro que muy pronto, se aclarará todo y nos reiremos juntos…
Después de cenar – otra vez esa sopa que lleva un poco de todo – he hablado con Mirela. Me ha enseñado un par de trucos para cuando llegan esos “malditos días”. Al principio no sabía de qué me hablaba: debe de ser una expresión de sus tiempos. Cuando era joven, las mujeres tenían que arreglárselas así. Se ha sorprendido mucho cuando le he contado mi encuentro con el teniente y le he pedido la llave, pero no ha dicho nada. La casa es pequeña, exactamente igual que la de Mirela, aunque aquí tengo más espacio y me siento más cómoda, sin nadie que me moleste. He limpiado el polvo, la cocina y el baño. También he lavado las sábanas, aprovechando la tormenta, para que no piense que soy una desagradecida. No me atrevo a entrar en la habitación cerrada, donde dormía su compañero. Murió en el frente. No tengo miedo, pero me da tanta pena…
Mirela me ha contado historias de la guerra partisana. Sólo me hablaba de cosas buenas, algunas divertidas: bailes en los prados celebrando las victorias, el día que encontraron una manada de vacas y se las comieron todas en una noche, los amores entre soldados y enfermeras… Me daba risa imaginármela vestida de uniforme, bailando con la escopeta al hombro. Al final me ha dicho algo interesante: “Siempre hay alguien que está peor que tú”. Creo que tiene razón. A partir de ahora, cuando me sienta triste, pensaré en los soldados que arriesgan su vida por nosotros, en los vecinos que han perdido a sus hijos. También me consuela pensar que Belmir y mamá me observan cuando salgo a por comida, a la fuente. Sé que están orgullosos de mí, y eso me da muchas fuerzas. ¡Y una nueva idea! Cuando acabe la guerra y me reúna con Masha, Amra y las demás, ¡cuántas cosas voy a contarles!
Y ahora viene la confesión: no he podido resistir la tentación de mirar un poco entre las cosas del teniente. No había mucho que ver, pero he encontrado un álbum de fotos antiguas. Ha sido divertido jugar a averiguar quién era cada personaje. Sus padres, él con bigote, muy estirado, ella con una sonrisa triste; los amigos del servicio militar, todos pelados, riéndose con cara de tontos; una chica muy guapa que aparecía a menudo, toda la parte final dedicada a ella. Se les ve muy enamorados, la clásica pareja feliz. Eso me ha hecho pensar. ¿Estará ella en la ciudad? Seguramente no, aunque hay parejas que se han tenido que separar por la guerra y viven muy cerca, separadas por los puentes, pero sin poder verse. Las últimas fotos estaban hechas en París, y también había algunas postales. Ahora se me ocurre que puede presentarse aquí cualquier día… ¡Menuda situación! Me siento un poco tonta por haberme hecho ilusiones, tener celos de una persona que ni siquiera conozco. ¡Cómo me gustaría poder contárselo a Masha! Eso no quiere decir que esté enamorada. Me gusta un poco. No es muy guapo, pero le sienta bien el uniforme. Y tiene una bonita voz, tan amable y educado… Debe de ser muy inteligente, ¡tiene miles de libros guardados en cajas! Me recuerda a los héroes de Pushkin…
¿Está mal pensar en estas cosas cuando debería preocuparme por Belmir? Creo que no, necesito distraerme, pensar en otras cosas. Por eso hablo con la gente de abajo, aunque no me gusten. Es la mejor solución hasta que vuelva. ¡Mañana! ¡Presiento que mañana!”

sábado, 30 de junio de 2012

EL HORROR 31


El verano avanzaba y las esperanzas de los habitantes de Sarajevo se diluían entre las continuas violaciones de los acuerdos de alto el fuego, los ataques contra las fuerzas de la ONU desplegadas en la ciudad, sin capacidad para responder, y los convoyes de ayuda humanitaria, la impunidad con que la artillería serbia bombardeaba las concentraciones de civiles. Tras la matanza del mercado de Alipasino el odio irracional y la sospecha se extendieron entre la población. Numerosos serbios, hombres y mujeres que, en muchos casos, habían decidido correr la misma suerte que sus vecinos, poblaban las cárceles y centros de internamiento. El más leve indicio de colaboración con el enemigo, una frase inoportuna pronunciada ante un testigo excitado, hambriento, solía terminar un largo interrogatorio acompañado de golpes, palizas, torturas…
Ivan Jozakovic permanecía esposado en un pequeño cuarto junto a otros siete sospechosos. Llevaba tres días detenido. En el primer interrogatorio un policía gordo, de nariz aplastada, le había roto varios dientes. Al parecer, su delito consistía en vivir en la única planta del edificio que no había recibido ningún impacto directo de la artillería. Su defensa, basada en el azar, la orientación de las ventanas y la buena suerte, se había venido abajo ante una prueba irrefutable: las ventanas orientas al noreste, en dirección a Pale, estaban protegidas con plásticos procedentes de una empresa dirigida por un familiar de Milosevic. Según la policía, se trataba de una señal convenida, un mensaje cifrado que garantizaba su inmunidad. Cuando intentó explicar que había encontrado los plásticos en la calle el comisario le golpeó con el puño hasta hacerle perder el conocimiento. Ivan, atormentado por la sed – sólo había bebido un cazo de agua que le ayudó a tragar la abundante sangre que manaba de sus encías – miraba aterrorizado a los dos policías que le quitaban las esposas. Le llevaron a empujones hasta una habitación blindada de sacos terreros. El Jefe de distrito, un hombre corpulento, extrañamente parecido al que le había roto los dientes, sonreía malicioso a través del humo del cigarrillo.
- Hoy es tu día de suerte – dijo observando con desagrado una nota escrita a mano. Iván no podía apartar la mirada de las latas de conserva apiladas tras una enorme barra de pan. Sus glándulas se disparaban mezclando saliva con trozos de sangre coagulada – Necesitamos gente en Dobrinja – tomó el papel y lo agitó frente a él - Tus amigos jugarán al tiro al blanco mientras cavas trincheras…
En los Polígonos de Dobrinja se combatía casa por casa. Los defensores del barrio habían logrado mantener en su poder algunos sectores disputando con furia suicida cada metro de ruinas en aquel moderno Stalingrado. La artillería, desplegada en el cercano cuartel de Lukavica, barría la zona con proyectiles de gran calibre mientras los infantes consolidaban sus posiciones en los bloques del lado sur. A pocos metros de allí, los Cascos Azules que controlaban el aeropuerto asistían atónitos e impotentes al salvaje intercambio de fuego. Las hileras de casas bajas, antiguas residencias de atletas olímpicos, mostraban sus estructuras desnudas, esqueletos de hormigón agujereados, saturados de impactos y metralla. En las calles que delimitaban los distintos polígonos los coches convertidos en amasijos de hierro oxidado se apilaban en los cruces a modos de barricadas, escudos contra los francotiradores. Parecía imposible que alguien pudiera vivir en aquel escenario surrealista; sin embargo, más de veinte mil personas se apiñaban en los sótanos, un submundo plagado de túneles y pasadizos subterráneos en los que ratas, hierbas y raíces constituían el único alimento.
Para Iván, veterano del asedio, aquello era lo más parecido al infierno que podía imaginar. Las normas básicas de supervivencia que imperaban en el valle adquirían ahora una nueva dimensión. Al acercarse al barrio, los milicianos que escoltaban a los prisioneros les habían advertido:
- Si queréis seguir vivos haced sólo lo que hagamos nosotros. Aquí cualquier distracción puede matarte…
Avanzaban gateando por una zanja sembrada de casquillos. Un extraño silencio flotaba en el ambiente, roto tan sólo por el crujido metálico que producía la larga fila al avanzar. Un Hércules sobrevolaba el aeropuerto trazando círculos sobre las montañas.
- ¡No levantéis la cabeza!
La orden recorrió la hilera haciendo que aplastaran sus cuerpos contra el suelo. Por fin, llegaron a un túnel excavado bajo un edificio humeante. En el extremo del pasadizo, un garaje servía de refugio a un grupo de milicianos, varias mujeres. Los soldados permanecieron en silencio, observando con curiosidad a los recién llegados. Vestían ropas civiles, uniformes gastados, prendas oscuras en contraste con su piel pálida, extrañamente transparente. Los rostros femeninos, apenas distinguibles en la penumbra, mostraban una sombra oscura, insolente, sobre el labio superior. Profundas ojeras rodeaban sus ojos de mirada intensa, alucinada. Iván se preguntó cuántos días llevarían encerrados allí sin ver la luz del sol.
- ¿Estos son los refuerzos que pedimos? – tronó un soldado abriéndose paso, la melena recogida con una estrecha cinta negra sobre la frente - ¿Dónde están sus armas?
- Son prisioneros, sospechosos de colaborar con los chetniks. Ayudarán a construir barricadas, pero tendréis que vigilarles – el jefe de la escolta sonreía conciliador – Si alguno intenta escapar tenéis permiso para disparar.
- ¡A la mierda tú y tus prisioneros! ¡Dales armas y que luchen!
El suboficial dudó un instante. Al contemplar aquellos rostros esculpidos por el hambre, desesperados, comprendió que discutir no era una buena idea.
- Está bien, son tuyos. ¡Haz lo que quieras con ellos, yo me vuelvo a la ciudad! ¡Pero te hago responsable si ocurre algo que no les guste a mis jefes!
Los milicianos explotaron en carcajadas, coreando con bromas e insultos la precipitada retirada. Una mujer de cabello color ceniza repartió algunas granadas de fabricación casera entre los nuevos reclutas, indicándoles sobre un gastado plano dónde se ocultaban las avanzadas serbias.
Ivan se acomodó en un estrecho agujero en el extremo de la trinchera. Se había librado del reclutamiento ocultándose durante meses en las ruinas de Nuevo Sarajevo. Ahora se preguntaba si lograría sobrevivir a aquel día.

BBC Storyville: The Love of Books - A Sarajevo Story

Documental de la BBC en 4 capítulos. Con subtítulos en inglés.
BBC Storyville: The Love of Books - A Sarajevo Story (1/4)

EL HORROR 30


Durante la noche del veintiséis de agosto, como represalia a la ofensiva de las fuerzas bosnias en Ilidza, la artillería lanzó un brutal ataque sobre la capital. Miles de proyectiles de todos los calibres arrasaron el centro y los barrios periféricos desatando una devastadora tormenta de fuego y metralla. Los bomberos, desbordados por los numerosos incendios que se propagaban rápidamente, surgían como figuras fantasmales entre el resplandor de las llamas, sumergiéndose en los edificios habitados mientras las bombas incendiarias multiplicaban los focos en cualquier punto de la ciudad.
Afan Bijedic contemplaba hipnotizado las lenguas de fuego que escapaban a través de las ventanas, los cristales de la fachada principal ondulando en su caída las tranquilas aguas del río. La Biblioteca Nacional ardía sin remedio emitiendo el doloroso quejido de los estantes al derrumbarse, las vitrinas reventando, exponiendo a la voracidad de las llamas los tesoros literarios acumulados durante siglos: manuscritos árabes, hebreos, otomanos, un monumental compendio de sabiduría sometido a la tiranía de las leyes balísticas, el cálculo aleatorio de los jefes de batería; quizá la voluntad consciente de destruir el legado cultural, un acto que, borrando el pasado, la historia de un pueblo, negase también el futuro.
Al amanecer llegaron refuerzos: milicianos, camiones cisterna, numerosos voluntarios que habían dejado los refugios respondiendo al llamamiento de las autoridades, las noticias alarmantes que transmitía Radio Sarajevo. Las cornisas y almenas que remataban la fachada comenzaban a desprenderse mientras en el interior la bóveda ennegrecida amenazaba con desplomarse. En el espacio central, junto a la linterna que coronaba la bóveda, se amontonaban los escombros, vigas y muebles quemados. Ajenos al peligro, algunos ciudadanos penetraban en el edificio encaramándose a las ventanas, rescatando de las llamas cuanto podían trasportar.
Afan corrió hasta la entrada cegado por el humo. Varias figuras se movían en las salas laterales, apilaban libros en el suelo, bajo los arcos de herradura mientras el fuego se extendía por los anaqueles elevándose hasta las molduras, el trabajo de yesería que adornaba los muros, las galerías superiores. Una mujer joven, con los ojos enrojecidos, le hizo un gesto para que se acercara.
- ¡Coge todos los que puedas y ven conmigo! – grito con voz ronca.
Afan escogió una pila al azar, grandes volúmenes con cubiertas de piel oscura, y la siguió por una galería lateral hasta una puerta derribada por los bomberos. En la acera, sobre una manta, se amontonaban decenas de libros, hojas sueltas manuscritas en caracteres árabes, cirílicos, latinos, sujetas con piedras. Un anciano, ocultando las terribles marcas del hambre bajo un pijama de rayas, escribía frenéticamente sobre un papel arrugado; a su lado, un miliciano gritaba el título de los libros antes de depositarlos en el maletero de un coche.
- ¿Dónde los llevan? – preguntó Afan.
- No lo sé. Supongo que al búnker de la Presidencia, o algún otro lugar seguro… - dijo ella descubriéndose el rostro.
No aparentaba más de veinte años. Vestía unos pantalones de color indefinible manchados de polvo y ceniza y una camiseta que en algún momento fue blanca. Pequeñas manchas lechosas salpicaban su cuerpo delgado, los brazos, el cuello, el estigma de la falta de vitamina. En sus ojos, irritados por el humo, se adivinaba ese valor y decisión que Afan había envidiado en algunos milicianos. Iba a preguntarle su nombre cuando escuchó una voz a su espalda: un oficial se acercaba a grandes zancadas mientras gritaba por la radio portátil.
- ¡Maldita sea, avisa para que no venga más gente! ¡Están empezando a disparar! - Al descubrir a la muchacha suavizó su gesto airado - ¿Qué haces aquí, por qué no estás en el refugio?
Una bala perdida rebotó en la pared y se estrelló contra el parabrisas del coche. La agarró del brazo y corrieron hasta un portal abierto mientras los proyectiles silbaban en la calle. Se internaron en el vestíbulo hasta descubrir un sótano abandonado precipitadamente durante el bombardeo. Una enorme rata lamía despreocupada un charco de sangre vertido sobre las mantas que cubrían el suelo. En un rincón, una muñeca de trapo contemplaba sonriente la escena.
Suada le contó su historia: una tarde había regresado al refugio y lo encontró vacío. Mientras acudí al reparto de víveres en la Bascarsija habían bombardeado el barrio. Nadie supo decirle dónde estaba su padre. Sí, su madre y la pequeña Aída se habían marchado en un convoy. Durante tres días esperó su regreso, sola escuchando caer las bombas, sumergida en una especie de letargo, un sueño del que creyó no iba a despertar.
- Entonces llegaron unos soldados. Al principio pensé que iban a violarme – contaba – y les pedí que me mataran. Se asustaron tanto al oírme gritar que salieron corriendo. Dejaron una ración de emergencia y un poco de agua. Cuando me sentí lo bastante fuerte empecé a vagar por las calles, buscando comida, durmiendo en sitios como este.
Marko escuchaba asombrado. Le sorprendía el contraste entre la fragilidad de su cuerpo, su juventud, y la seguridad con la que hablaba, la determinación de superviviente que había demostrado en su relato. Ella buscaba sus ojos intensamente, como si quisiera enfatizar la veracidad de sus palabras. Se estremeció al pensar que la dura prueba vivida, la desaparición de su padre, quizá alguna experiencia inconfesable, la habían trastornado. Sintió una inesperada ola de compasión, el deseo inaplazable de protegerla, saber que se encontraba a salvo mientras él combatía. Encendió un cigarrillo y entonces reparó en aquel tipo que aguardaba junto a la entrada sin apartar la vista del paquete de Marlboro.
- ¿Y tú quién eres? Acércate – le tendió el paquete.
- Me llamo Afan Bijedic… Oí lo de la biblioteca en la radio y vine a echar una mano –aspiraba el humo entornando los ojos con deleite.
- ¿Y cómo es que no te han reclutado todavía?
- Estoy enfermo… - se ruborizó ante la sonrisa de lobo de su rival – En mayo me llevaron al frente, pero tuve un ataque y me dejaron marchar. El médico firmó los papeles – se llevó la mano al bolsillo buscando comprensión en los ojos de la muchacha – Yo quiero ayudar…
Se levantó jadeando, al borde de las lágrimas, y fue hasta la entrada, donde el anciano del pijama y un grupo de soldados esperaban a que cesara el bombardeo.
Cuando estuvieron solos, Marko evaluó sus posibilidades. Pasado aquel absurdo arrebato de ternura, las palabras afloraban confusas, tratando de manifestar su deseo de protegerla evitando el paternalismo, cualquier connotación sentimental. Ella aguardaba expectante, observándole con curiosidad al encender un nuevo cigarrillo.
- Deberías volver al refugio. Es posible que tu padre esté allí, preocupado, esperándote – dijo al fin.
- Me aterroriza la idea de regresar y saber… Enterarme de que le ha ocurrido algo horrible.
- Lo entiendo, pero no puedes seguir viviendo así, es muy peligroso… Puedes quedarte en mi apartamento hasta que le encuentres. Ya conoces a Mirela, ella tiene la llave. Mi compañero no volverá y yo no suelo ir por allí, así que nadie te molestará.
- De acuerdo, creo que puedo confiar en usted – dijo recuperando la sonrisa. Cuidaré de su casa hasta que vuelva.

sábado, 7 de abril de 2012

EL HORROR 29

Cuando llegó al Cementerio del León el funeral había terminado. El Imam, un hombre alto y delgado, con la barba entrecana enmarcando su rostro famélico, surcado por diminutas venas azules, se despedía de los asistentes: un grupo de soldados de la Defensa Territorial y dos civiles armados con las Skorpio de la policía secreta. Un sargento con una enorme cicatriz cruzándole la frente pareció reconocerle. Se acercó tendiéndole la mano.
- ¿Teniente Bregovic? Soy Sefir, nos conocimos en su apartamento…
- Sí, te recuerdo. ¿Estabas con él cuando ocurrió?
- Sí. Fue en Dobrinja, hace dos días. Salió de la trinchera a rescatar un herido. Era una locura, ni siquiera teníamos que estar allí, pero no pudimos detenerle. El muchacho aullaba de dolor, tenía las tripas reventadas. Cuando llegó junto a él un francotirador le alcanzó en la cabeza – hablaba despacio, con la mirada perdida, reviviendo la escena como si todavía estuviera en las trincheras – Murió en el acto, pero no pudimos recuperar el cuerpo hasta la noche. El otro también murió…
- ¿Y su familia? – preguntó mientras los soldados se despedían, observándoles desde la entrada.
- Sus padres siguen en Tuzla. He informado por radio a nuestra gente allí, supongo que ya deben saberlo…
- ¿Y Fátima? – ni siquiera sabía si seguían viéndose.
- No estaba en casa.
- Gracias por avisarme – apretó su brazo sintiendo la flacidez de la carne bajo el uniforme – Iré a verla esta noche.
- No la encontrará, ya no vive allí…
Dudó un instante, reprimiendo las palabras en los labios resecos. Después sonrió hastiado y se marchó colina arriba con el fusil balanceándose en la espalda.
Localizó la tumba, un estrecho túmulo de tierra oscura coronado por una sencilla estela de madera sin desbastar con el nombre, la fecha de nacimiento y la de su muerte pintados a mano. Se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. No sentía nada. Una ligera desazón, la inquietud de encontrarse en terreno abierto, la inusual amplitud del horizonte. El cementerio se extendía por la ladera salpicando la tierra con el blanco de las tumbas más antiguas, lápidas de mármol y granito, muchas de ellas adornadas con una estrella, el rojo desvaído por el tiempo. Más abajo, en la llanura, se sucedían muy juntos los montículos alargados, simples tablas marcadas con trazos convencionales, producto de la costumbre, el trabajo impersonal de un artesano demasiado ocupado para entretenerse en detalles. Allí yacían en oscura metáfora combatientes serbios, croatas, bosnios, eslovenos, voluntarios extranjeros junto a cientos de civiles; niños sorprendidos por las bombas en mitad del sueño, jugando en la calle; ancianos hastiados, demasiado débiles para adaptarse a las nuevas normas de supervivencia,  que se dejaban matar en las avenidas, familias enteras confiadas en la seguridad de los refugios, miles de historias uniendo su dolor en un grito silenciado por el poder de las armas. Sobre la tierra removida se adivinaban pequeños embudos, cráteres abiertos por los morteros y los cañones antiaéreos: los artilleros llevaban su voluntad de extermino hasta el mismo cementerio.
Por su mente vagaban, caleidoscópicas, imágenes de su amigo muerto. Ahora, al contacto de la tierra tibia, sentía el dolor enquistado ya en su interior, anudado en la garganta, hermanándose con la corriente de frustración e impotencia que arrastraba sus pensamientos a una sima de soluciones imposibles, palabras jamás pronunciadas, el tiempo perdido saltando en el pecho, un reproche inútil. En su delirio envidiaba a los silenciosos habitantes de aquel lugar, ajenos ya al terror, la aniquilación sistemática, liberados de la pesada carga de despertar al horror cotidiano. ¡Cuántos conocidos, estudiantes, vecinos, camaradas, hombres y mujeres con los que se había cruzado en la calle, en los cafés, habían muerto absurdamente! ¡Cómo podía seguir creyendo en la justicia, la humanidad, la compasión, principios universales orientados a una finalidad racional cuando al lado de un soldado anónimo yacía Jasmina Jovic, muerta a los dos años! ¿Existía un límite a tanto sufrimiento?
El sol del atardecer comenzaba a ocultarse entre las montañas cuando la idea surgió resplandeciente, iluminando una senda escondida, un camino en realidad que se abría entre la espesa niebla de la incredulidad: tenía que vivir, continuar la lucha, sacrificarse para mantener encendida la frágil llama del recuerdo, la memoria de los caídos. Debía sobrevivir para contar la verdad cuando todo acabara, señalar a los culpables y mostrar al mundo el precio pagado por los inocentes, combatir la barbarie con todas sus fuerzas para que todos aquellos seres sepultados a sus pies recuperasen la dignidad perdida, honrar a los muertos para que algún día sus hermanos, sus hijos, pudieran volver a caminar orgullosos por las calles. Cada orden, cada disparo, adquirían un nuevo sentido.
Se levantó invadido por una extraña alegría, el espíritu exaltado de los visionarios. Sobre el cementerio planeaban los cuervos coreando con sus graznidos el eco de las explosiones. Una mujer se acercaba lentamente entre los túmulos, deteniéndose a leer los nombres grabados en las lápidas. Sonreía de un modo extraño.
- Jasmina – murmuró al llegar a su lado. Desprendió una pequeña flor del ramo que guardaba en su bolso y la depositó con cuidado a los pies de la tumba.
- ¿Cómo murió? – preguntó mecánicamente.
- No la conozco. Traigo flores a todos los niños – dijo sin mirarle – Las cultivo yo misma en el jardín.
Sacudió la tierra del uniforme. Esperó hasta que el último rayo, un suave reflejo ambarino, desapareciera en la cresta del monte Trebevic. Entonces se volvió para mirar la lápida por última vez. En septiembre, Mirsad habría cumplido veinticuatro años.

sábado, 31 de marzo de 2012

Sarajevo, agosto de 1992

http://youtu.be/wg0gL7SMX7c

EL HORROR 28

3 de agosto, 1992.
“Hoy es, por el momento, el día más triste de mi vida. Mamá y Aída se han marchado a Croacia en el convoy. Cuando pienso en estos últimos años que hemos pasado juntas se me desgarra el corazón. Aunque me había prometido a mí misma no llorar, no he podido evitarlo. ¡Me arrepiento de tantas cosas! No quiero escribirlas aquí, las llevaré dentro todo el tiempo que estemos separadas. ¿Por qué no me daría cuenta antes? Si hubiera sido más cariñosa y responsable con ellas seguramente me sentiría mejor. Es como cuando se murió Neretva, nuestra perra, y me acordaba de la patada que le di una vez sin querer… Es un ejemplo exagerado, pero no se me ocurre otra forma de explicar cómo me siento.
Papá vino con nosotros aunque los vecinos le dijeron que era peligroso dejarse ver. Las cosas deben ir muy mal porque las patrullas se llevan también a los hombres mayores. Belmir tiene cuarenta y dos, pero parece más joven. Cada vez que nos cruzábamos con los soldados me ponía a temblar. Para tranquilizarnos nos dijo que conocía un truco infalible: si les miraba fijamente a los ojos creerían que era alguien importante. El secreto está en no bajar la vista, demostrar que no tienes miedo. Además se ha cortado el pelo y dice que parece un general de permiso… Es imposible no reírse con él, incluso en un día como hoy.
En la estación había mucha gente, sobre todo mujeres con niños pequeños y varios equipos de televisión extranjeros filmando las escenas más emocionantes. Los autobuses eran muy viejos y estaban bastante sucios, algunos con agujeros de balas y cristales rotos pegados con cinta adhesiva, aunque los chetniks han prometido no disparar contra los convoyes. Mirela dice que los americanos tienen aviones preparados para bombardear si les hacen algo. Supongo que es otra de sus pequeñas mentiras – no me importa porque lo hace con buena intención, y yo disimulo – pero, ¿quién sería capaz de hacer una cosa así? Nuestro autobús era casi el último de la columna, por el apellido, así que tuvimos que atravesar todo el vestíbulo. Podíamos haber dado un rodeo, pero era peligroso salir de la estación. La gente se peleaba por los mejores sitios, cerca de los muros, mientras esperaban. Si llegan a disparar un mortero hubiera sido peor que la masacre de la panadería: había allí mil personas por lo menos… Después, todo pasó muy rápido. Cuando llegamos al control un hombre leía en voz alta los nombres, recogía los permisos del gobierno y subían al autobús. A mamá le tocó enseguida, así que no tuvimos mucho tiempo para despedirnos. Un abrazo y muchos besos. Apenas recuerdo nada de lo que me dijo. Aída sólo ha llorado cuando ha visto que papá no iba con ellas. Parece que ya contaba con que yo me quedaba… Se han dado un largo beso en la boca, muy romántico, sin hacer caso del hombre del autobús. Eso ha sido lo único bonito del día. ¡Ah, casi se me olvida! Pasó una cosa graciosa. Mientras se besaban un viejecito le dijo al conductor: ¡Déjalos tranquilos, hombre! ¡Quién sabe cuándo volverán a verse! - ¿Tu familia viaja en el autobús? – le ha dicho el otro. – No, están en Turquía desde hace un año. – Entonces, ¿qué haces aquí? – Es que aquí estoy más seguro que en mi casa. Vivo en Skenderija… La gente se ha reído mucho, hasta mamá, aunque creo que se le ha contagiado por los nervios. Se han sentado en el lado contrario, así que hemos tenido que empujar otra vez para dar la vuelta. Parecíamos dos tontos allí parados, mandando besos y sonriendo, haciendo gestos, diciendo que nos escriban y nos envíen fotografías, mamá llorando todo el tiempo. Aída estaba asustada y tenía calor. Otra mujer se ha sentado a su lado, con un niño más pequeño. Espero que no sea uno de esos niños insoportables que no paran de quejarse… No había nadie para despedirles, así que le he mandado saludos, pero no sé si me ha visto. Me he sentido muy triste al pensar que su marido podría estar en el frente, o herido. O algo peor. Entonces una nube ha tapado el sol y durante un instante me ha parecido verlo todo en blanco y negro, como en una película antigua. Ha durado poco, de repente la gente ha empezado a moverse y se ha escuchado algún grito. Todos hemos mirado hacia arriba, por la costumbre, pero sólo era el ruido de los motores arrancando. ¡Menudo susto! El nuestro soltaba un humo azul y sonaba muy mal. Papá me ha dicho que había otros autobuses más modernos esperando fuera de la ciudad. Me lo he creído justo hasta ahora que lo escribo… Luego hemos seguido a la columna por las calles, más que nada para protegernos, hasta la Avenida Putnica. Allí han girado a la derecha y nosotros a la izquierda, hacia las calles seguras. No hemos hablado mucho por el camino. Me llevaba cogida por el hombro, apretándome al llegar a los cruces. Hubiera sido emocionante atravesar todos esos túneles que se meten en las casas, los refugios donde viven los milicianos, si no fuese por la despedida, claro. Pero no quiero pensar más en eso.
En el refugio hemos cenado col hervida con guisantes. Papá se reía porque sabe el asco que me da la col, pero se han acabado los caprichos… Mirela se ha sentado a mi lado y no me ha soltado la mano en toda la noche. Ella también está sola y creo que ha decidido “adoptarme”. Antes de marcharse, mamá habló mucho tiempo con ella. Supongo que le pidió que cuidara de mí cuando papá está fuera. Me gustan las historias que cuenta y conoce muchos libros interesantes. También entiende de música, de arte... Creo que voy a aprender mucho con ella.
Papá ha estado muy cariñoso y comprensivo. A partir de ahora las cosas entre nosotros van a cambiar. Tendré que perder la vergüenza y confiar más en él, aunque para las “cosas de chicas” es un alivio saber que puedo contar con Mirela. Hoy me han dejado subir al apartamento para poder escribir esto a solas. No quiero que piensen que soy rara, o poco sociable, pero necesito algún momento de intimidad. Me he preparado un rincón en el salón con cojines y una mesilla para las velas. Aprovecharé para leer hasta que vengan a buscarme. Mañana nos entregan las cartillas de racionamiento para recibir ayuda humanitaria. Intentaré ir yo misma al reparto para evitar que puedan reclutarle. ¡Cuántos cambios en tan poco tiempo! Me asusta un poco la responsabilidad, pero siempre me han dicho que soy muy madura para mi edad… Alguien sube, debe ser Mirela…”

domingo, 11 de marzo de 2012

EL HORROR 27

La infantería serbia, apoyada por tanques y lanzacohetes Katiushka, avanzaba desde sus posiciones en Polinje, al noreste, hacia Kobilja Glava tratando de recuperar el escaso terreno perdido en la ofensiva de mayo. El teniente Bregovic recibió la orden de reforzar con su escuadrón las defensas del sector. Al amanecer dejaron el refugio de Soukbunar, donde las fuerzas de la Defensa Territorial soportaban un intenso bombardeo.
Kobilja era un enclave estratégico situado junto a la carretera de Vogosca, salida natural hacia las principales ciudades del norte, Zenica y Tuzla, controladas todavía por fuerzas bosnias. A pocos kilómetros, fuera del alcance de los defensores, la fábrica de municiones Pretis, un objetivo inalcanzable, defendido por decenas de búnker, tropas escogidas y una extensa red de trincheras. Cuando se desplegaron en las posiciones asignadas los tanques atacaban las casas donde los milicianos se hallaban atrincherados, respondiendo al fuego con un mortero de fabricación casera. Encontró al jefe del sector en un garaje donde algunos hombres trataban de arrancar una camioneta blindada con planchas de acero soldadas a la carrocería. Sobre la cabina habían instalado una ametralladora ligera. Sólo tenían que conseguir que arrancara y acercarse lo suficiente.
- ¿Cuántos hombres tienes? – preguntó Marko sin responder a su saludo.
- Unos veinte, pero no tenemos nada contra los tanques… - el muchacho le miraba sonriente, como si realmente se estuviese divirtiendo con todo aquello. Pareció intuir la siguiente pregunta – Teníamos un sargento, de las milicias, pero lo mataron hace tres días – dijo, repentinamente serio.
- Tú ocúpate de los flancos y déjanos los tanques a nosotros. ¡Avísame si tratan de rodearnos!
Recordaba aquel lugar. Al otro lado de la carretera debía estar el restaurante donde servían cordero asado, el comedor al aire libre, siempre lleno de excursionistas… Distribuyó a los hombres por el perímetro: cuatrocientos metros de trincheras poco profundas que se internaban entre las casas y volvían a aparecer en la calle, entre coches oxidados, volcados lateralmente para ganar altura, y bloques de hormigón. Se puso a cubierto en un garaje y, acompañado del operador de radio, estudió la zona buscando los puntos débiles por donde trataría de infiltrarse el enemigo. Comprendió que los tanques no se arriesgarían en terreno abierto sin saber de qué armas disponían: se limitarían a destruir sus refugios y cubrir a la infantería. Debían frenar su avance, evitar que llegaran a las casas y tuvieran tiempo para fortificarse. Transmitía las órdenes con rapidez, improvisando soluciones lógicas ante cada nueva situación, calculando riesgos, posibilidades… En aquellos momentos, cuando debía tomar decisiones vitales, su mente parecía replegarse desechando los pensamientos inútiles, las cuestiones que le atormentaban en los escasos momentos de inactividad. Había terminado por aceptar su condición de combatiente, el papel de oficial responsable de la vida de sus hombres, víctimas potenciales de su indecisión, de su ineptitud o su miedo. Más tarde, al analizar su comportamiento tras el combate, sentía como el terror le invadía mientras reconstruía mentalmente cada escena, recreándose con enfermiza insistencia en el peligro que había corrido. Sólo entonces era consciente de su vulnerabilidad, la sutil frontera que le separaba de la aniquilación: fumando en algún rincón apartado, se preguntaba cómo había podido soportarlo.
Los guerrilleros serbios avanzaban entre los árboles confiando en el apoyo de los tanques y la artillería. Un carro blindado apareció en el flanco derecho haciendo chirriar las cadenas al girar sobre el asfalto. La torre, camuflada con franjas blancas y verde oscuro, giraba lentamente buscando su objetivo, el cañón alzándose y descendiendo con el zumbido del motor hidráulico. Protegidos tras el blindaje, invulnerable a aquella distancia, los infantes se desplegaron a menos de cien metros de las trincheras disparando sus fusiles automáticos.
A Horvat Dako, un estudiante croata de diecinueve años, le temblaban las piernas cuando le dieron el lanzagranadas. Había cometido la imprudencia de contar cómo dos hombres de su anterior unidad emboscaron un tanque en las calles de Ilidza hasta lograr destruirlo. Cuando comprendió su error era demasiado tarde.
- ¡Recuerda, sólo tienes una oportunidad! ¡Si el tanque llega hasta aquí, estamos jodidos! – Marko le quitó el cigarro, olvidado entre los labios - Espera hasta que esté a cincuenta metros.
El tanque disparaba su cañón de ciento veinticinco contra las casas, que se derrumbaban levantando nubes de polvo mientras las ametralladoras barrían las trincheras manteniendo a los milicianos pegados al suelo, masticando tierra saturada de metralla. Cuando estallaron las granadas que debían servir como distracción, Horvat apareció tras una esquina, el tubo apretado entre la cara y el hombro, las piernas separadas para compensar el retroceso del arma. Tardó tres segundos en apuntar a la base de la torre y disparar, un estampido hueco, como el descorchar de una enorme botella. El cohete aún estaba en el aire cuando le alcanzó una ráfaga. Después llegó la explosión, ruido de metales entrechocando, los gritos del conductor, único superviviente del infierno humeante en que se había convertido el blindado. Los milicianos, espoleados por aquella pequeña victoria tras varias semanas soportando el fuego enemigo en las trincheras, se lanzaron al asalto disparando a la carrera sobre el bosque, haciendo retroceder a los serbios. Encaramado en la torreta, Kemal Hadravic maldecía a gritos: se había abrasado las manos al intentar abrir la escotilla.
Horvat estaba tumbado boca arriba, los ojos abiertos, espantados. Le habían alcanzado en el estómago. De la herida surgían brillantes trozos de intestino, un líquido claro teñido de sangre y moscas. No lograría sobrevivir. Metieron el cuerpo en un coche junto a otros tres heridos. Mientras la ambulancia se alejaba a toda velocidad Marko ordenó retirar del tanque las ametralladoras, cualquier arma o repuesto que no hubiera resultado dañado por la explosión. Sentía las miradas cargadas de odio en los hombres que le rodeaban: una vez más, él había elegido quién debía arriesgarse y morir. Durante un instante trató de encontrar una disculpa, una palabra que restituyera su integridad ante aquella continua matanza… Era inútil. Un mortero cayó a su espalda. Ya habría tiempo para los remordimientos.

sábado, 10 de marzo de 2012

EL HORROR 26

En 1984, poco antes de los Juegos Olímpicos de Invierno, los folletos turísticos describían Sarajevo como “una lección de Historia que discurre pausadamente por el valle del río Miljacka, ejemplo de convivencia entre pueblos, culturas y religiones donde el viajero puede disfrutar de la sólida y armoniosa arquitectura austro-húngara, estilizados minaretes y mezquitas del periodo otomano junto a las sobrias y acogedoras iglesias ortodoxas…”
Mediado el verano de 1992, mientras el mundo volvía sus ojos a Barcelona, espesas columnas de humo se elevaban entre edificios calcinados, barrios enteros asolados por el fuego incesante de la artillería, el fantasmal escenario de la tragedia que había comenzado cuatro meses antes. Las instalaciones olímpicas de Zetra y Skenderija, símbolos orgullosos de una época llena de esperanza, servían ahora de refugio a francotiradores, milicianos, centros de acogida para los civiles expulsados de los suburbios. Las residencias construidas en Dobrinja para alojar a los participantes se veían reducidas a escombros, testigos silenciosos de la lucha cuerpo a cuerpo en las trincheras, ejecuciones, hambre, violaciones, un mundo subterráneo, aislado, donde sobrevivir era a menudo peor que la muerte. Junto a los trampolines de Igman o las pistas de esquí de Trebevic, los sitiadores habían desplegado cientos de cañones, armas de todos los calibres con los que bombardeaban la ciudad una mañana más.
En la desierta avenida Putnica las ambulancias zigzagueaban sorteando chasis de vehículos carbonizados, cráteres abiertos por los obuses, postes derribados y contenedores anti francotiradores: un tanque serbio había disparado contra un grupo de niños que recogía cerezas en un bosquecillo al norte de la ciudad, matando a ocho de ellos. Mientras tanto, en el antiguo edificio de correos, los observadores de la ONU, protegidos por los gruesos muros cubiertos de sacos terreros, contabilizaban los proyectiles lanzados sobre Kobilja Glava, Dobrinja y Grbavica: seiscientos obuses y morteros en apenas cuatro horas.
En la relativa seguridad de los refugios miles de ciudadanos atrapados dejaban pasar los días resistiendo al hambre y las bombas hasta que alguien – Francia, los americanos, la OTAN, no importaba quién – acudiese en su ayuda. La brutalidad del asedio convertía la vida de los más de cuatrocientos mil habitantes de Sarajevo en una grotesca parodia de la condición humana, hombres y mujeres que en cien días habían visto como sus vidas prósperas, los sueños cosmopolitas, paneuropeos, se transformaban en un dramático descenso a los infiernos, una prueba de resistencia frente a la locura destructora de una mente enferma de crueldad y odio que contemplaba su obra desde las montañas.
En respuesta a la agresión serbia, el genocidio, las deportaciones masivas, la comunidad internacional puso en marcha – quizá para lavar sus conciencias ante el horror y la barbarie que habían sido incapaces de detener – una enorme operación de ayuda humanitaria a través del aeropuerto: a diario, toneladas de alimentos y medicinas llegaban hasta la capital, diluyéndose luego en el tamiz de las organizaciones,  étnicamente uniformes, encargadas del reparto y las masas de ciudadanos hambrientos que, espoleadas por la necesidad, se lanzaban sobre los camiones y los centros de distribución abriéndose paso con el brillo del animal acorralado en los ojos. Los más débiles, los enfermos, lloraban su impotencia mientras las raciones de emergencia, el pan, el aceite, la harina o la leche en polvo desaparecían en pocos minutos.
Al amanecer, mientras soldados de la ONU izan la bandera azul en el aeropuerto, la artillería serbia celebra el alto el fuego anunciado por sus líderes en Pale atacando distintos barrios. Radio Sarajevo confirma los rumores sobre la reapertura del aeropuerto. Muchos desconfían de este cambio de actitud de los países europeos: “¡Enviadnos armas para defenderos y liberar la ciudad! – se oye decir - ¡Hoy alimentáis a los muertos de mañana!”.
Zelma Vilic contempla la fina lluvia que cae sobre Dobrinja. Es un blanco fácil para los tiradores que cubren el avance de la infantería, pero ha decidido dejar de ocultarse. La pequeña Mirjiana murió durante la noche, cuando su frágil cuerpo agotó las últimas energías, renunciando con un suspiro a proseguir su batalla contra el hambre. La última comida, tres días antes, consistió en un poco de agua mezclada con jugo de ortigas. Su marido está en las trincheras, a menos de trescientos metros de la casa, combatiendo a los guerrilleros que mantienen cercado el barrio. En la nota que ha dejado junto a la entrada le explica lo ocurrido: las horas de angustia buscando cualquier resto de comida, arañando con sus manos la tierra del jardín, arrancando raíces, recogiendo agua de lluvia… Todo había resultado inútil. Ella misma enterró el cuerpo envuelto en una sábana bajo un álamo tronchado. Desde la ventana destripada, Zelma sonríe apreciando la ironía: un Hércules cargado de alimentos aterriza en las pistas del aeropuerto.
En la glorieta de Marindvor, el psiquiatra Borislav Dragoje cruza la calle ante la mirada atónita de la patrulla que monta guardia en la esquina. Es el cruce de la muerte, una de las zonas más peligrosas de la ciudad, el campo de prácticas donde los francotiradores del otro lado del río se disputan las víctimas con rivalidad deportiva. Borislav viste un traje negro cruzado, corbata de seda sobre la camisa color burdeos, la ropa hecha a medida con la que solía recibir a sus pacientes unos meses antes. Pocos le reconocerían hoy: pálido, demacrado, sin afeitar, su cabello ha encanecido completamente. En sus ojos grises se lee la determinación de quien no teme a la muerte, el hombre que, con un esfuerzo supremo de la voluntad, decide elegir el lugar y el momento de su último acto, sustraerse a la tiranía del azar, el destino.
Mientras camina, ajeno a los gritos de los milicianos, la mirada morbosa de algún curioso, contempla los bosques de abetos cubiertos por una ligera neblina, se despide del hermoso escenario que fue testigo de su gloria, consciente de la inutilidad del esfuerzo: no quiere correr más, sentir el pánico apoderándose de su mente, compartir su humillación en un sótano repleto de clientes potenciales, casos perdidos, víctimas inocentes de la monstruosa broma que otro psiquiatra, allá en las montañas, ha urdido contra ellos.
La primera detonación, una minúscula nube que se diluye en la lluvia, surge de la colina de Vraca. Ya en el suelo, se concentra en un último esfuerzo de autodominio; siente el dolor agudo, insoportable en la pierna. “El golpe no duele, es el aire penetrando en la herida lo que causa el dolor. ¡No grites!”. El tirador, impaciente, se decide a rematar a su presa. Borislav enseña los dientes con rabia mientras una vibración infinitesimal se aproxima hasta penetrar en el cráneo con un desagradable crujido.