La veleta dijo Sur

sábado, 30 de junio de 2012

EL HORROR 31


El verano avanzaba y las esperanzas de los habitantes de Sarajevo se diluían entre las continuas violaciones de los acuerdos de alto el fuego, los ataques contra las fuerzas de la ONU desplegadas en la ciudad, sin capacidad para responder, y los convoyes de ayuda humanitaria, la impunidad con que la artillería serbia bombardeaba las concentraciones de civiles. Tras la matanza del mercado de Alipasino el odio irracional y la sospecha se extendieron entre la población. Numerosos serbios, hombres y mujeres que, en muchos casos, habían decidido correr la misma suerte que sus vecinos, poblaban las cárceles y centros de internamiento. El más leve indicio de colaboración con el enemigo, una frase inoportuna pronunciada ante un testigo excitado, hambriento, solía terminar un largo interrogatorio acompañado de golpes, palizas, torturas…
Ivan Jozakovic permanecía esposado en un pequeño cuarto junto a otros siete sospechosos. Llevaba tres días detenido. En el primer interrogatorio un policía gordo, de nariz aplastada, le había roto varios dientes. Al parecer, su delito consistía en vivir en la única planta del edificio que no había recibido ningún impacto directo de la artillería. Su defensa, basada en el azar, la orientación de las ventanas y la buena suerte, se había venido abajo ante una prueba irrefutable: las ventanas orientas al noreste, en dirección a Pale, estaban protegidas con plásticos procedentes de una empresa dirigida por un familiar de Milosevic. Según la policía, se trataba de una señal convenida, un mensaje cifrado que garantizaba su inmunidad. Cuando intentó explicar que había encontrado los plásticos en la calle el comisario le golpeó con el puño hasta hacerle perder el conocimiento. Ivan, atormentado por la sed – sólo había bebido un cazo de agua que le ayudó a tragar la abundante sangre que manaba de sus encías – miraba aterrorizado a los dos policías que le quitaban las esposas. Le llevaron a empujones hasta una habitación blindada de sacos terreros. El Jefe de distrito, un hombre corpulento, extrañamente parecido al que le había roto los dientes, sonreía malicioso a través del humo del cigarrillo.
- Hoy es tu día de suerte – dijo observando con desagrado una nota escrita a mano. Iván no podía apartar la mirada de las latas de conserva apiladas tras una enorme barra de pan. Sus glándulas se disparaban mezclando saliva con trozos de sangre coagulada – Necesitamos gente en Dobrinja – tomó el papel y lo agitó frente a él - Tus amigos jugarán al tiro al blanco mientras cavas trincheras…
En los Polígonos de Dobrinja se combatía casa por casa. Los defensores del barrio habían logrado mantener en su poder algunos sectores disputando con furia suicida cada metro de ruinas en aquel moderno Stalingrado. La artillería, desplegada en el cercano cuartel de Lukavica, barría la zona con proyectiles de gran calibre mientras los infantes consolidaban sus posiciones en los bloques del lado sur. A pocos metros de allí, los Cascos Azules que controlaban el aeropuerto asistían atónitos e impotentes al salvaje intercambio de fuego. Las hileras de casas bajas, antiguas residencias de atletas olímpicos, mostraban sus estructuras desnudas, esqueletos de hormigón agujereados, saturados de impactos y metralla. En las calles que delimitaban los distintos polígonos los coches convertidos en amasijos de hierro oxidado se apilaban en los cruces a modos de barricadas, escudos contra los francotiradores. Parecía imposible que alguien pudiera vivir en aquel escenario surrealista; sin embargo, más de veinte mil personas se apiñaban en los sótanos, un submundo plagado de túneles y pasadizos subterráneos en los que ratas, hierbas y raíces constituían el único alimento.
Para Iván, veterano del asedio, aquello era lo más parecido al infierno que podía imaginar. Las normas básicas de supervivencia que imperaban en el valle adquirían ahora una nueva dimensión. Al acercarse al barrio, los milicianos que escoltaban a los prisioneros les habían advertido:
- Si queréis seguir vivos haced sólo lo que hagamos nosotros. Aquí cualquier distracción puede matarte…
Avanzaban gateando por una zanja sembrada de casquillos. Un extraño silencio flotaba en el ambiente, roto tan sólo por el crujido metálico que producía la larga fila al avanzar. Un Hércules sobrevolaba el aeropuerto trazando círculos sobre las montañas.
- ¡No levantéis la cabeza!
La orden recorrió la hilera haciendo que aplastaran sus cuerpos contra el suelo. Por fin, llegaron a un túnel excavado bajo un edificio humeante. En el extremo del pasadizo, un garaje servía de refugio a un grupo de milicianos, varias mujeres. Los soldados permanecieron en silencio, observando con curiosidad a los recién llegados. Vestían ropas civiles, uniformes gastados, prendas oscuras en contraste con su piel pálida, extrañamente transparente. Los rostros femeninos, apenas distinguibles en la penumbra, mostraban una sombra oscura, insolente, sobre el labio superior. Profundas ojeras rodeaban sus ojos de mirada intensa, alucinada. Iván se preguntó cuántos días llevarían encerrados allí sin ver la luz del sol.
- ¿Estos son los refuerzos que pedimos? – tronó un soldado abriéndose paso, la melena recogida con una estrecha cinta negra sobre la frente - ¿Dónde están sus armas?
- Son prisioneros, sospechosos de colaborar con los chetniks. Ayudarán a construir barricadas, pero tendréis que vigilarles – el jefe de la escolta sonreía conciliador – Si alguno intenta escapar tenéis permiso para disparar.
- ¡A la mierda tú y tus prisioneros! ¡Dales armas y que luchen!
El suboficial dudó un instante. Al contemplar aquellos rostros esculpidos por el hambre, desesperados, comprendió que discutir no era una buena idea.
- Está bien, son tuyos. ¡Haz lo que quieras con ellos, yo me vuelvo a la ciudad! ¡Pero te hago responsable si ocurre algo que no les guste a mis jefes!
Los milicianos explotaron en carcajadas, coreando con bromas e insultos la precipitada retirada. Una mujer de cabello color ceniza repartió algunas granadas de fabricación casera entre los nuevos reclutas, indicándoles sobre un gastado plano dónde se ocultaban las avanzadas serbias.
Ivan se acomodó en un estrecho agujero en el extremo de la trinchera. Se había librado del reclutamiento ocultándose durante meses en las ruinas de Nuevo Sarajevo. Ahora se preguntaba si lograría sobrevivir a aquel día.

BBC Storyville: The Love of Books - A Sarajevo Story

Documental de la BBC en 4 capítulos. Con subtítulos en inglés.
BBC Storyville: The Love of Books - A Sarajevo Story (1/4)

EL HORROR 30


Durante la noche del veintiséis de agosto, como represalia a la ofensiva de las fuerzas bosnias en Ilidza, la artillería lanzó un brutal ataque sobre la capital. Miles de proyectiles de todos los calibres arrasaron el centro y los barrios periféricos desatando una devastadora tormenta de fuego y metralla. Los bomberos, desbordados por los numerosos incendios que se propagaban rápidamente, surgían como figuras fantasmales entre el resplandor de las llamas, sumergiéndose en los edificios habitados mientras las bombas incendiarias multiplicaban los focos en cualquier punto de la ciudad.
Afan Bijedic contemplaba hipnotizado las lenguas de fuego que escapaban a través de las ventanas, los cristales de la fachada principal ondulando en su caída las tranquilas aguas del río. La Biblioteca Nacional ardía sin remedio emitiendo el doloroso quejido de los estantes al derrumbarse, las vitrinas reventando, exponiendo a la voracidad de las llamas los tesoros literarios acumulados durante siglos: manuscritos árabes, hebreos, otomanos, un monumental compendio de sabiduría sometido a la tiranía de las leyes balísticas, el cálculo aleatorio de los jefes de batería; quizá la voluntad consciente de destruir el legado cultural, un acto que, borrando el pasado, la historia de un pueblo, negase también el futuro.
Al amanecer llegaron refuerzos: milicianos, camiones cisterna, numerosos voluntarios que habían dejado los refugios respondiendo al llamamiento de las autoridades, las noticias alarmantes que transmitía Radio Sarajevo. Las cornisas y almenas que remataban la fachada comenzaban a desprenderse mientras en el interior la bóveda ennegrecida amenazaba con desplomarse. En el espacio central, junto a la linterna que coronaba la bóveda, se amontonaban los escombros, vigas y muebles quemados. Ajenos al peligro, algunos ciudadanos penetraban en el edificio encaramándose a las ventanas, rescatando de las llamas cuanto podían trasportar.
Afan corrió hasta la entrada cegado por el humo. Varias figuras se movían en las salas laterales, apilaban libros en el suelo, bajo los arcos de herradura mientras el fuego se extendía por los anaqueles elevándose hasta las molduras, el trabajo de yesería que adornaba los muros, las galerías superiores. Una mujer joven, con los ojos enrojecidos, le hizo un gesto para que se acercara.
- ¡Coge todos los que puedas y ven conmigo! – grito con voz ronca.
Afan escogió una pila al azar, grandes volúmenes con cubiertas de piel oscura, y la siguió por una galería lateral hasta una puerta derribada por los bomberos. En la acera, sobre una manta, se amontonaban decenas de libros, hojas sueltas manuscritas en caracteres árabes, cirílicos, latinos, sujetas con piedras. Un anciano, ocultando las terribles marcas del hambre bajo un pijama de rayas, escribía frenéticamente sobre un papel arrugado; a su lado, un miliciano gritaba el título de los libros antes de depositarlos en el maletero de un coche.
- ¿Dónde los llevan? – preguntó Afan.
- No lo sé. Supongo que al búnker de la Presidencia, o algún otro lugar seguro… - dijo ella descubriéndose el rostro.
No aparentaba más de veinte años. Vestía unos pantalones de color indefinible manchados de polvo y ceniza y una camiseta que en algún momento fue blanca. Pequeñas manchas lechosas salpicaban su cuerpo delgado, los brazos, el cuello, el estigma de la falta de vitamina. En sus ojos, irritados por el humo, se adivinaba ese valor y decisión que Afan había envidiado en algunos milicianos. Iba a preguntarle su nombre cuando escuchó una voz a su espalda: un oficial se acercaba a grandes zancadas mientras gritaba por la radio portátil.
- ¡Maldita sea, avisa para que no venga más gente! ¡Están empezando a disparar! - Al descubrir a la muchacha suavizó su gesto airado - ¿Qué haces aquí, por qué no estás en el refugio?
Una bala perdida rebotó en la pared y se estrelló contra el parabrisas del coche. La agarró del brazo y corrieron hasta un portal abierto mientras los proyectiles silbaban en la calle. Se internaron en el vestíbulo hasta descubrir un sótano abandonado precipitadamente durante el bombardeo. Una enorme rata lamía despreocupada un charco de sangre vertido sobre las mantas que cubrían el suelo. En un rincón, una muñeca de trapo contemplaba sonriente la escena.
Suada le contó su historia: una tarde había regresado al refugio y lo encontró vacío. Mientras acudí al reparto de víveres en la Bascarsija habían bombardeado el barrio. Nadie supo decirle dónde estaba su padre. Sí, su madre y la pequeña Aída se habían marchado en un convoy. Durante tres días esperó su regreso, sola escuchando caer las bombas, sumergida en una especie de letargo, un sueño del que creyó no iba a despertar.
- Entonces llegaron unos soldados. Al principio pensé que iban a violarme – contaba – y les pedí que me mataran. Se asustaron tanto al oírme gritar que salieron corriendo. Dejaron una ración de emergencia y un poco de agua. Cuando me sentí lo bastante fuerte empecé a vagar por las calles, buscando comida, durmiendo en sitios como este.
Marko escuchaba asombrado. Le sorprendía el contraste entre la fragilidad de su cuerpo, su juventud, y la seguridad con la que hablaba, la determinación de superviviente que había demostrado en su relato. Ella buscaba sus ojos intensamente, como si quisiera enfatizar la veracidad de sus palabras. Se estremeció al pensar que la dura prueba vivida, la desaparición de su padre, quizá alguna experiencia inconfesable, la habían trastornado. Sintió una inesperada ola de compasión, el deseo inaplazable de protegerla, saber que se encontraba a salvo mientras él combatía. Encendió un cigarrillo y entonces reparó en aquel tipo que aguardaba junto a la entrada sin apartar la vista del paquete de Marlboro.
- ¿Y tú quién eres? Acércate – le tendió el paquete.
- Me llamo Afan Bijedic… Oí lo de la biblioteca en la radio y vine a echar una mano –aspiraba el humo entornando los ojos con deleite.
- ¿Y cómo es que no te han reclutado todavía?
- Estoy enfermo… - se ruborizó ante la sonrisa de lobo de su rival – En mayo me llevaron al frente, pero tuve un ataque y me dejaron marchar. El médico firmó los papeles – se llevó la mano al bolsillo buscando comprensión en los ojos de la muchacha – Yo quiero ayudar…
Se levantó jadeando, al borde de las lágrimas, y fue hasta la entrada, donde el anciano del pijama y un grupo de soldados esperaban a que cesara el bombardeo.
Cuando estuvieron solos, Marko evaluó sus posibilidades. Pasado aquel absurdo arrebato de ternura, las palabras afloraban confusas, tratando de manifestar su deseo de protegerla evitando el paternalismo, cualquier connotación sentimental. Ella aguardaba expectante, observándole con curiosidad al encender un nuevo cigarrillo.
- Deberías volver al refugio. Es posible que tu padre esté allí, preocupado, esperándote – dijo al fin.
- Me aterroriza la idea de regresar y saber… Enterarme de que le ha ocurrido algo horrible.
- Lo entiendo, pero no puedes seguir viviendo así, es muy peligroso… Puedes quedarte en mi apartamento hasta que le encuentres. Ya conoces a Mirela, ella tiene la llave. Mi compañero no volverá y yo no suelo ir por allí, así que nadie te molestará.
- De acuerdo, creo que puedo confiar en usted – dijo recuperando la sonrisa. Cuidaré de su casa hasta que vuelva.