La veleta dijo Sur

sábado, 18 de febrero de 2012

EL HORROR 24

- Cuando rompieron nuestras líneas corrimos a escondernos en un sótano. Oíamos sus pasos acercándose, decían que no nos harían nada, que nos tratarían como prisioneros… Salí por uno de los túneles cuando tiraron las granadas. Después empezaron a disparar, primero ráfagas, luego los remataron uno a uno…
Vuk Pejic hablaba entre sollozos, goleándose la frente con las manos huesudas.
- ¿Cómo conseguiste escapar?
- Me oculté entre los escombros y esperé hasta que se hizo de noche, escuchando los disparos, los gritos. Pusieron música a todo volumen, canciones chetniks, y se burlaban de nosotros, llamándonos para que nos entregáramos. Creí que iba a volverme loco, pero… ¡No podía hacer nada, me hubieran matado a mí también!
Una patrulla le había interceptado al cruzar el río por Verbanja. Era uno de los pocos milicianos que logró sobrevivir a la toma de Dobrinja. Los serbios habían esperado a que los defensores agotaran las municiones antes de iniciar el asalto final. Las fuerzas de la Defensa Territorial enviadas en su ayuda fueron rechazadas por la artillería desplegada en Lukavica y el aeropuerto, dejando a miles de civiles a merced de los paramilitares. Sólo en los polígonos uno y dos seguían resistiendo algunas unidades.
El relato de las atrocidades cometidas en el suburbio aumentaba a medida que los fugitivos llegaban a la ciudad. Según los informes, los guerrilleros pasaban a cuchillo a todos los hombres en edad de combatir; los niños y ancianos eran tomados como rehenes para intercambiarlos por prisioneros. Algunos sirvieron como escudos humanos, obligados a avanzar por delante de la vanguardia serbia, despejando el camino de minas y trampas explosivas. Cuando se les preguntaba por las mujeres, los supervivientes bajaban la cabeza con un gesto de rabia e impotencia; se hablaba de padres que habían degollado a sus hijas para evitar que fuesen violadas… Muchas emprenderían un penoso viaje a los campos de detención, centros de descanso donde los combatientes saciaban libremente sus instintos, víctimas de vejaciones, torturas, la humillación, en caso de quedar embarazadas, del repudio de sus familias.
- Durante dos semanas comimos los tallos de una parra que crecía cerca de las trincheras. Cuando se agotaron, nos turnamos para cazar ratas, hasta que descubrimos que se habían estado alimentando de nuestros propios muertos. Entonces…  - Vuk se derrumbó, atormentado por los recuerdos.
- Ahora debes marcharte – decía el teniente ofreciéndole la botella de aguardiente – Escóndete unos días. Las patrullas de Caco reclutan a todos los hombres desocupados… ¿Conoces a alguien en la ciudad?
- ¡No! – gritó Vuk irguiéndose vacilante - ¡Dadme un fusil, ya no tengo nada más que perder!
Tras la toma de Dobrinja a mediados de junio, el gobierno bosnio decretó el estado de guerra y la movilización general. Todos los hombres en edad militar, voluntarios o no, debían contribuir a la defensa de la ciudad. Numerosas patrullas, bajo el mando de Musan Topalovic Caco, recorrían las calles, los cafés, los centros de refugiados, reclutando nuevos combatientes, enviando al frente a quienes habían perdido su trabajo; otros, más afortunados, con contactos o divisas suficientes, ayudaban cavando trincheras, levantando barricadas, muros antitanque. Funcionarios, incluso miembros del Gobierno, terminaban en comisaría o en los centros de reclutamiento hasta que conseguían demostrar su identidad. Adoptada la consigna de resistir en espera de ayuda exterior, se restringieron los permisos de salida para evitar la huida masiva de civiles. Sin su presencia, el temor de los sitiadores a un baño de sangre ante las cámaras de televisión de todo el mundo, la toma de la ciudad sería cuestión de días. Quizá por ello, para disuadir a testigos incómodos, se redoblaron los ataques contra los centros de prensa, hoteles y vehículos identificados como TV o Press. Reorganizadas las fuerzas tras el rotundo fracaso de la ofensiva, se crearon unidades femeninas, comandos especiales y un grupo de francotiradores de élite.
Ése mismo día, la sede de la Presidencia sufría el ataque de la artillería: cientos de proyectiles convertían el centenario edificio austro-húngaro en una desvencijada masa de piedra y ladrillo carcomida por la metralla. En su interior se trabajaba frenéticamente tratando de organizar un país en llamas: desde todas las regiones bajo control gubernamental llegaban noticias de masacres, deportaciones masivas, desesperadas peticiones de ayuda. En Foca, Gorazde o Visegrad, junto a la frontera serbia, los radioaficionados hablaban de muertes por enfermedades comunes o desnutrición: “No tenemos nada para comer, pero seguimos luchando porque sabemos lo que nos espera si nos rendimos. Si no nos envían municiones y víveres urgentemente, no quedará nadie para contar lo que ocurrió.”
La gente moría de hambre en las ciudades sitiadas, en los pueblos, aldeas, quemada viva en el interior de sus casas, mezquitas e iglesias, en las columnas de refugiados sorprendidas en las montañas mientras los frentes se hundían ante el imparable avance de las fuerzas serbias.





EL HORROR 23

A mediados de junio George Bush se negaba a aprobar el envío de tropas a Bosnia y Croacia para tratar de detener la guerra: “No somos la policía del mundo” – argumentaba. Mientras, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas estudiaba la posibilidad de utilizar el aeropuerto de Sarajevo para el envío de ayuda humanitaria a las zonas más castigadas. En la capital se combatía en Ilidza, el cementerio judío, Vraca, las colinas desde donde los francotiradores disparaban indiscriminadamente alcanzado a civiles, periodistas, ambulancias, miembros de la Misión de la ONU… Los edificios ardían en el monte Hum y Nuevo Sarajevo derramando sobre las calles toneladas de escombros, cristales, restos carbonizados que se desprendían de los esqueletos agujereados por la furia destructiva de la artillería. A pocos metros del aeropuerto, en la antigua residencia olímpica de Dobrinja, la gente moría de hambre en los refugios, agotadas ya las provisiones, perros, gatos, ratas, toda clase de plantas arrancadas de los jardines y los parques. En Grbavica, los guerrilleros serbios reclutados en las montañas saqueaban las casas maravillados por los despojos abandonados en la huida, retratándose con pose de conquistador ante sus trofeos: televisores a color, lavadoras, coches importados… Radio Sarajevo informaba del enésimo alto el fuego ofrecido por Karadjic mientras en los hospitales se cavaban fosas para enterrar los cadáveres amontonados en la morgue.
Una mañana soleada Marko y el sargento Dragic visitan a los heridos en el Hospital de Kosevo. Sólo cuatro de los treinta hombres que componían el escuadrón han logrado sobrevivir a la ofensiva. Doce de ellos se dan por desaparecidos. En una gran sala de la planta baja el estudiante Alex Sisic mira desconcertado bajo la sábana que cubre su pierna amputada. Cuando se acercan a saludarle, el soldado esboza una tímida sonrisa.
- No está… - murmura inquieto. Después rompe a llorar tapándose el rostro con las manos.
A su alrededor, cientos de milicianos languidecen en silencio. Sienten el reproche en las miradas, la envidia, el odio reflejado en los ojos febriles. Contemplan abrumados los rostros de cera de los desahuciados, condenados a una muerte lenta y dolorosa. En el fondo de la sala un miliciano de larga barba comienza a gritar, trata de arrancarse los vendajes que cubren su cabeza, el rostro hinchado, horriblemente deformado por la metralla. Dos enfermeros le sujetan con cuerdas a la camilla, pero continúa golpeando la cabeza contra la almohada manchada de sangre. Una débil protesta se eleva entre los heridos con fuerzas para gemir.
- Por las noches – se disculpa la doctora Knecevic – los aullidos despiertan a los demás pacientes, pero no tenemos nada para calmar el dolor.
Apenas hay visitantes. Los parientes y amigos aprovechan las primeras horas de la mañana, cuando la neblina dificulta el fuego de la artillería. Un par de corresponsales intentan sin éxito detener el frenético movimiento de los médicos, siguen a los cirujanos hasta la puerta de los quirófanos, toman notas, consultan las listas de bajas en el pasillo. Reservan las fotografías para la morgue y la sala infantil. Junto a la recepción, el profesor Zojadic yace con el cuerpo rígido, inmovilizado con gruesas correas. Su cabeza está rodeada por un extraño atalaje metálico. Una bala le atravesó el cuello rozándole la artería. Tuvo mala suerte.
- Dentro de una semana saldré de aquí – susurra con dificultad – Volveré a Skenderija con mi familia.
Su rostro, blanco azulado, se contrae en un espasmo nervioso. Él no lo sabe, pero no volverá a levantarse.
Llegan nuevos heridos. Un camillero les pide malhumorado que despejen el pasillo. Dos milicianos sacan del maletero de un coche a un camarada herido. La enorme hemorragia en la pierna va dejando un reguero viscoso. Mal asunto, sangre arterial. Un anciano sube la cuesta con un niño en brazos, la ropa hecha jirones, sangre seca y moscas, el pequeño cuerpo erizado de astillas de cristal. En la entrada respiran con ansia aire fresco y fuman un cigarrillo mientas contemplan el vuelo de las trazadoras que caen sobre el centro.
- ¡Cañones antiaéreos! – exclama Dragic - ¡Disparan antiaéreos contra las casas!
Al reír, Marko siente la tensión en los músculos de la cara, la piel tirante alrededor de los ojos. Una enfermera joven les mira sorprendida.
- ¿Sois los de Trebevic?
- No, ¿por qué lo pregunta?
- Esta mañana recogieron a un soldado… Está tan… Nadie ha podido identificarle. ¡Nunca había visto algo así!
- ¿No llevaba ningún documento, una carta? – sugiere Marko.
La enfermera le mira con los ojos muy abiertos, se lleva la mano a la frente como si evocase una imagen desagradable.
- Tenía el uniforme completamente quemado, pegado a la piel, como un tatuaje – dice antes de alejarse apresuradamente, respondiendo a una llamada inexistente.
- Dicen que fue duro ahí arriba – la voz de Dragic es neutra, desprovista de emoción – Vamos a beber algo, conozco un sitio por aquí.
El local es una vieja bodega subterránea. Todavía huele a leña húmeda y carbón. Lo regenta un tipo vestido con ropa deportiva, gafas de espejo y cabello rapado, que no se inmuta al verles entrar: aplomo de mafioso. Un grupo de soldados bebe en la barra, agotan las horas de permiso emborrachándose a conciencia, olvidando la visita al hospital. Alejados de las bombillas que cuelgan de la única hilera central se sientan los civiles, traficantes, refugiados, dos médicos con las batas todavía manchadas. El humo se mece al ritmo cadencioso de una balada tradicional convertida en canción de moda.
- Van a ascendernos, por lo del búnker… - dispara el sargento en cuanto sirven las bebidas -  Alguien lo vio y se lo contó al comandante.
Marko apura su vaso y niega rotundo. Los rumores de los últimos días se confirman.
- ¡Yo no tengo experiencia, no sabría qué hacer, cómo dirigir a los hombres! – Dragic observa el fondo de su vaso - ¡Estaba allí por casualidad, no pienso aceptar!
- No tienes elección. Apenas hay oficiales y muchos veteranos cayeron en la ofensiva.
- ¿Oficiales? ¡Espera, de qué me estás hablando!
- ¿Tú eres profesor, no? Hiciste el servicio en el JNA, y tu padre era serbio. ¡Eso es bueno para la causa!
- ¿La causa o la propaganda?
- ¿Y no son la misma jodida cosa? Vamos – Dragic sonríe resignado – tenemos que presentarnos dentro de una hora.

Hospital de Kosevo



EL HORROR 22

Las sirenas de alarma comenzaron a sonar de madrugada, cuando los primeros obuses caían sobre Irbina y Radic, cerca de la avenida. Belmir se detuvo junto a la hilera de contenedores que protegían las proximidades del puente. A través de una rendija podía ver las colinas recortándose en el cielo estrellado, las siluetas grises de las casas en Soukbunar, los troncos plateados de los álamos en la ribera. Avanzó gateando hasta encontrar la abertura, oculta tras una pieza metálica. La separó unos centímetros, lo suficiente para divisar la carretera, los raíles del tranvía, el muro de piedra. Calculó unos treinta metros. Se estremeció al escuchar el murmullo de la corriente. Era un buen nadador y el agua no debía estar muy fría en aquella época. Las palabras de Marin acudían implacables: “Cada día aparecen más cadáveres flotando, cuerpos hinchados, desfigurados. Vienen del rio Dobrinja”. Sacudió la cabeza alejando aquella imagen; guardó los zapatos en la mochila, respiró hondo y se arrastró hasta el otro lado.
En el refugio, Suada leía la lista de víctimas que publicaba el Oslobodenje. Una semana después de la ofensiva, los desaparecidos y los milicianos fallecidos en los hospitales seguían llenando varias páginas. Al final aparecían los nombres de quince muertos y treinta y cinco heridos por los bombardeos del día anterior. Su madre acariciaba el pelo de Aida, dormida en su regazo.
- ¿A qué hora se fue?
- De madrugada… No te preocupes, no tardará en volver.
Sostuvo su mirada un instante; sabía que mentía, podía leerlo en sus ojos, la sonrisa forzada, la mano helada que posó sobre la suya. Su padre nunca había salido tan temprano a buscar comida. Además, según informaba Radio Sarajevo, debido al bombardeo no habría reparto en la Bascarsija. Le irritaba su actitud reservada, ahora que había asumido sus nuevas responsabilidades, la condición de adulta de la que tanto le hablaban. Durante los últimos días les veía discutir con frecuencia, largas conversaciones que se prolongaban hasta la noche, bajo la manta que compartían: él hablaba mucho, trataba de convencerla; ella negaba. Suada intuía el motivo de aquellas discusiones: la palabra convoy aparecía con frecuencia.
- ¡Ya está aquí! – Mirela apareció sonriente en la entrada.
- ¡Lo ha conseguido!  - exclamó un hombre tras ella.
Al fin, entró Belmir. Tenía la ropa empapada, mechones brillantes pegados a la frente. Sonreía. Su madre dejó a Aída sobre el colchón y corrió a abrazarle. Buscó ropa seca y se reunió con ellos en el apartamento de Mirela.
- Al principio se negaban a dejarme pasar, decían que estaba prohibido a los civiles, – contaba – pero les expliqué lo de los documentos y logré convencerles.
Suada le secaba el pelo con una toalla. Trataba de contener las lágrimas, manifestando su enfado friccionando con fuerza el cabello lacio, entrecano.
- ¡Bravo Belmir! – Marin Ostojic entró sosteniendo una botella de rakija - ¡Toma, caliéntate el estómago!
- Ahora no habrá problemas… - calló y alzó el rostro. Suada sintió su mano áspera en la mejilla – Será mejor que bajemos, están tirando otra vez.
Al caer la noche la artillería bombardeaba Hrasno y Otoka, al oeste. Radio Sarajevo anunció la reanudación del suministro de agua durante dos horas. Ayudó a su padre a llenar los bidones en el primer piso y almacenarlos en el cuarto que Mirela les había cedido. Allí guardaban la ropa, el álbum familiar, la comida repartida por la Benevolencia o la Cruz Roja, las escasas pertenencias que habían podido transportar al abandonar su casa.
- ¿Tuviste miedo?
- Un poco, al cruzar el río… ¡El agua estaba helada!
- ¿Qué eran esos papeles tan importantes? – aventuró.
- Sí, será mejor que te lo cuente – suspiró y se sentó en el colchón. Suada se recostó sobre su hombro sosteniendo la vela; cuando él encendió un cigarrillo, la apagó - ¡Ah, guardas las velas para cuando subes a leer a escondidas! – exclamó haciéndola reír – Verás, necesitaba esos papeles para que tu madre y Aída puedan marcharse en un convoy. Sólo pueden salir mujeres y niños pequeños, por el momento. Además, ella es serbia, y ya sabes lo que eso significa ahora…
- ¿Y dónde irán? – sentía un extraño alivio, una idea inconfesable, turbadora, que le hizo ruborizarse.
- A Split, allí tenemos amigos. Yo quería que fueras con ellas, pero de momento es imposible…
- ¡Yo no quiero irme! ¡No puedes quedarte aquí solo!
- Comprende que para mí sería más fácil saber que estáis lejos, a salvo.
Mientras esperaba a que encendiera otro cigarrillo se prometió a sí misma pensar bien las cosas antes de decirlas, comportarse como una mujer adulta, dejar de ser un problema para ellos y transformarse en una chica responsable, merecedora de toda su confianza.
- ¿Crees que durará mucho todo esto?
- ¡No, ya verás como pronto volvemos a casa!
¡A casa! Todavía no le había preguntado: temía la respuesta y obligarle a mentir. Imaginaba a aquellos brutos en su habitación, revolviéndolo todo, riéndose de sus cosas, sus recuerdos, las fotografías, durmiendo en su cama… Cedió al deseo de sincerarse, hablarle de sus miedos, la vergüenza que sentía viviendo allí, refugiados entre extraños.
- ¡Cómo hecho de menos mi habitación! – dijo hundiendo la cabeza en su pecho - ¡Poder estar sola sin que nadie me mire!
Belmir suspiró, acarició sus cabellos y no dijo nada.
La noche resultó inusualmente tranquila. Tuvo un sueño agradable: celebraban su cumpleaños, en casa. Acudían muchos invitados, compañeros del instituto, profesores, vecinos, rostros conocidos, sonrientes, saludables, comida abundante preparada por ella misma; incluso le dejaron probar un poco de licor de ciruelas. Todo fue bien hasta que subió a probarse un vestido nuevo, regalo de Masha y las otras. Cuando regresó, el salón se encontraba repleto de desconocidos, hombres vestidos de negro, soldados muy pálidos, de mirada triste, algunos terriblemente mutilados, mujeres que murmuraban observándola con desprecio. Una muchacha reía a carcajadas mientras sostenía un espejo frente a ella: estaba desnuda.




sábado, 11 de febrero de 2012

EL HORROR 21

Antes del alba los milicianos tomaron posiciones. Marko siguió al sargento hasta la última barricada de la Avenida Dakovica. Más allá se extendía la tierra de nadie, un túnel silencioso, plagado de amenazas invisibles, el aliento húmedo de la muerte flotando en el aire transparente. A su derecha, Dragan murmuraba una oración elevando sus ojos hacia las estrellas, que parecían contemplar expectantes la tragedia que estaba a punto de comenzar. Trató de encontrar en su interior un último resto de fe, una señal, algún indicio de esperanza que lograse aplacar su pánico… Demasiado tarde. Dragic consultó su reloj, desenfundó la pistola y dio la señal de avanzar.
Corrieron zigzagueando entre bloques de hormigón y coches calcinados, escuchando alarmados el eco de sus propios pasos, hasta llegar a campo abierto. La ola de sombras se movía con rapidez entre los restos de un parque, un rumor creciente de ropas, respiraciones agitadas, el tintineo de las armas al balancearse, el impulso indescifrable de la masa lanzada al asalto. Inexplicablemente, nada se movía frente a ellos.
- ¡No es detengáis, vamos! – imploraba Dragic entre dientes.
Aceleró el paso y se acercó a él, aterrorizado ante la idea de quedar rezagado. “¡El sabe dónde está el mayor peligro, tiene información secreta, no se separes, te sacará de aquí!”… Un hombre cayó a su lado. “¡Ya ha empezado!”. El otro blasfemó, se puso en pie y continuó la carrera.
Los serbios debían estar dormidos cuando el centinela dio la voz de alerta. Avanzaron más de cien metros antes de escuchar las primeras ráfagas, erráticas, dispersas. Habían dejado atrás las pistas de patinaje, los edificios que ocuparía la segunda oleada y en los que podrían refugiarse si el ataque fracasaba. Milagrosamente, el escuadrón alcanzó las trincheras sin sufrir ninguna baja: los defensores, sorprendidos, disparaban sobre sus cabezas, gritando mientras corrían a retaguardia.
- ¡Demasiado fácil! – Dragic movía la cabeza incrédulo. Recogió un fusil abandonado en la huida y guardó la pistola - ¡Seguid avanzando, adelante!
Era vital ganar terreno antes de que los serbios reaccionasen, mantenerse lo suficientemente cerca de ellos para limitar el fuego de sus armas pesadas. Trepó por la pendiente de la trinchera. Durante un instante se abandonó al inmenso júbilo de la victoria, creyó que era posible romper el cerco, acabar con los bombardeos, el hambre. Desligado de su cuerpo, se sentía capaz de correr más allá de los montes, todavía invisibles, abriendo camino a los demás con su sólo empuje, la rabia y el odio acumulados durante meses… El primer obús estalló a su derecha. Una ola gigantesca le lanzó de espaldas; después, una lluvia de metralla, piedras y tierra quemada inundó el espacio a su alrededor.
La artillería había corregido el ángulo de tiro, previsto en caso de infiltración, y ahora machacaba la zona con cohetes, cañones, morteros y carros blindados desatando una brutal tormenta de fuego en torno a los milicianos. Gritos de pánico, lamentos de heridos, imprecaciones, voces asomándose al umbral de la locura, llamadas a todos los dioses, acallados por el estruendo colérico de las explosiones. Decenas de cuerpos se arrastraban hasta los cráteres entre tierra triturada, la vegetación desintegrada, sombras furtivas que, al resplandor del fuego, se revelaban despojos retorcidos, humeantes. Algunos hombres trataban de escapar de la matanza corriendo con el rostro desencajado, olvidadas ya las armas, arrancándose los uniformes destrozados. Otros, paralizados por el terror, permanecían inmóviles, aferrándose a la tierra antes de saltar por los aires, víctimas del azar, el capricho de las trayectorias.
Cuando abrió los ojos un fragmento de metralla se apagaba lentamente a pocos centímetros de su mano. Al tocarlo comprendió que si soportaba el dolor lograría levantarse y salir de allí. Sentía la tierra vibrando bajo su cuerpo, el temblor que retorcía sus vísceras con cada explosión, pero no podía oír nada. Un líquido viscoso le taponaba el oído. Al incorporarse vomitó sobre sus rodillas. La garganta saturada de pólvora quemada se contraía haciéndole boquear en busca de oxígeno. “¿Quieres vivir, quieres vivir?”. El zumbido que embotaba su cerebro se transformó repentinamente en un chasquido reconocible, el crepitar de las balas golpeando el parapeto del embudo.
- ¡A la izquierda, hacia el bunker!
Era la voz de Dragic. Le pareció asombroso, una especie de broma, que alguien siguiera combatiendo en mitad de aquel infierno. Levantó la cabeza. Unos metros más adelante la silueta de un bunker se perfilaba contra el horizonte. Desde el interior, una ametralladora pesada disparaba sin tregua, rasgando la pálida luz del amanecer con los destellos metálicos que surgían del cañón al rojo. La máquina barría la única zona por la que podían escapar, una ligera pendiente tras la que se adivinaba la achatada estructura del estadio. Una granada alcanzó la casamata sin dañarla aunque los ocupantes, aturdidos, dejaron de disparar. Se puso en pie apoyándose en el fusil y corrió hasta allí disparando hacia la entrada lateral. Dos hombres salieron tambaleándose; una ráfaga les alcanzó de lleno y les derribó. Dragic apareció tras ellos con el fusil humeante, metió una granada por la tronera y se protegió contra el muro de hormigón. La explosión ahogó los gritos procedentes del interior. Después, una nube de polvo y humo negro, silencio y olor a carne quemada.
Cuando entraron, los servidores de la ametralladora agonizaban entre una montaña de casquillos: la granada les había reventado por dentro. Dragic contemplaba con curiosidad los cuerpos ennegrecidos, los brillantes cuajarones pegados a la piel, recreándose quizá en la vulnerabilidad del enemigo, hombres después de todo. Entonces reparó en su presencia.
- ¡Bregovic! ¿Quieres hacerlo tú?
No esperó demasiado la respuesta: extrajo la pistola de su funda, se agachó hasta encontrar sus cabezas y les disparó en la frente.
Marko temblaba palpándose el uniforme empapado, pegado a las piernas, buscando una herida inexistente, asombrado por su buena suerte. Bebió un largo trago de la cantimplora de uno de los muertos.
- ¡Es aguardiente rebajado!  - resonó su voz ronca.
El sargento echó un trago. Usó el resto para limpiar la sangre seca del oído. Se preguntó si Dusan lo habría conseguido. Habían transcurrido menos de dos horas desde que se iniciara el ataque; la ofensiva había fracasado en aquel sector y nadie podría reprocharles que regresaran. Lo había intentado, había resistido al pánico y seguía vivo…
- Bregovic, tenemos que salir de aquí – Dragic observaba el terreno batido por la artillería a través de la tronera orientada hacia el sur - Los demás están muertos o enterrados en las trincheras esperando que dejen de disparar.
- ¡Ahora es demasiado peligroso, podemos esperar aquí!
- ¡No! Lo haremos ahora, confía en mí. Corre hacia el estadio, yo te cubriré…
Recordó las palabras de Mirsad: “Cuando llega tu hora da igual lo que hagas”.
- Está bien.
- ¡Corre tan rápido como puedas, y grita para que vean que eres de los nuestros! Yo iré detrás…
Se colgó el fusil a la espalda, salió al exterior y corrió, corrió debatiéndose entre las ondas de las explosiones, esquivando fosos, cráteres, saltando sobre los restos humeantes de milicianos, miembros separados, cabezas sujetas al casco, perseguido por la metralla y las balas…

EL HORROR 20

Al amanecer del siete de junio los milicianos a las órdenes de Yuka se desplegaron en las inmediaciones de Kosevo. Según el plan previsto, debían avanzar hasta las posiciones serbias en las antiguas instalaciones olímpicas, las pistas de hielo y el estadio. Si conseguían sobrepasarlas, continuarían hacia Zuc y la carretera de Vogosca, un enlace vital con las ciudades del norte. Mientras, por el sur, las fuerzas de la Defensa Territorial tratarían de romper el cerco desde la colina de Vraca y Soukbunar hasta las alturas del monte Trebevic. La ofensiva culminaría con la liberación de Dobrinja, un estratégico suburbio situado junto al aeropuerto donde más de treinta mil personas permanecían completamente asiladas desde abril.
El Gobierno, consciente de que la capital no lograría resistir más tiempo sin ayuda, decidió movilizar a todas las fuerzas disponibles para romper el frente en distintos puntos y contactar con las unidades bosnias y croatas que combatían en la región. Los más realistas se conformaban con la conquista de alguna de las cuatro alturas que dominaban la ciudad, Zuc al norte, Mojmilo, Vraca y Vidikovac al sur, y mitigar, al menos, los efectos de los bombardeos.
Durante la noche, miles de hombres aguardaban la orden de atacar ocultándose en refugios improvisados a escasos metros de las líneas serbias. Viejos Mauser, fusiles automáticos, pistolas y algunos lanzagranadas constituían el patético arsenal con que los inexpertos milicianos de Yuka, muchos de ellos reclutados a la fuerza, debían enfrentarse a los sitiadores atrincherados en las montañas, soldados profesionales, veteranos de Croacia, voluntarios montenegrinos y mercenarios respaldados por armas pesadas, cañones, tanques y morteros procedentes del Ejército Federal.
En el búnker los milicianos trataban de ocultar su pesimismo, la ansiedad de la espera que explotaba en bromas, risas nerviosas, histéricas, conmovedoras muestras de entusiasmo, el ambiente irrespirable de humo y sudor. Marko limpiaba su fusil metódicamente, intentando recordar los trucos aprendidos en el ejército. A su alrededor, una curiosa congregación de obreros, estudiantes, funcionarios, aprendices de mafioso y desertores del JNA engrasaban sus armas, disimulando el temblor de sus manos con movimientos febriles. Dragan Krikangic dominaba las conversaciones con su potente voz de barítono; el corpulento croata relataba sus hazañas amorosas respondiendo con gestos obscenos a las muestras de incredulidad de su auditorio. A su lado, el profesor Zojadic seguía torpemente las instrucciones del sargento, que le enseñaba a manejar la ametralladora Thompson, una oxidada reliquia de la guerra partisana. Algunos hombres dormitaban echados en el suelo, recostados contra los muros de hormigón, la mirada perdida entre las volutas de humo que ascendían hasta el techo, recordando, intentado olvidar… Se preguntó cuántos conseguirían sobrevivir al día siguiente. Se rumoreaba que los generales habían calculado un treinta por ciento de bajas para aquel sector del frente. Recurriendo a la estadística paseó su mirada seleccionando a los más débiles, los novatos, los mismos rostros que le sonreían con gesto cómplice, uno de cada tres. Era inútil. Hundió el rostro entre las manos ocultando las lágrimas de impotencia, sometido por completo a la lógica irrebatible de la muerte. Sólo la vergüenza, el orgullo, un absurdo sentimiento de camaradería, ahogaban sus deseos de gritar. Pero, ¿qué significaban aquellas ridículas excusas ante la absoluta certeza de la aniquilación? Todos eran consciente de su destino, y sin embargo seguían conversando, riendo, escribían cartas, leían, rezaban… ¿Cual era el secreto? Al pasar lista tres hombres no se habían presentado. ¿Por qué estaba allí todavía? Alguien se sentó a su lado.
- Unas esto, así no te verán – Dusan le ofrecía un pedazo de corcho quemado con el que había oscurecido su cara pecosa, el cuello, el dorso de las manos – No te preocupes, saldremos de esta…
- ¿Qué crees que les harán si les cogen? A Los desertores…
- No sé, supongo que los meterán en la cárcel – no había sospecha en sus ojos: le había visto matar – Si no los fusilan se morirán de hambre. Apenas hay comida para nosotros, así que imagino que los matarán.
- ¿Tienes miedo?
- ¡Claro! Todos lo tenemos, incluso ese fanfarrón de Dragan. Lo mejor es no pensar en nada, o mejor, pensar en lo que vas a hacer mañana – se recreaba en su inesperada influencia, sonriente – Por la noche iré a ver a mi novia…
Le devolvió la sonrisa preguntándose cuántos millones de hombres habían experimentado aquel mismo sentimiento, la reconfortante camaradería mancillada por el deseo de la muerte del otro, la adjudicación expiatoria del papel de víctima. Al cerrar los ojos evocó las trincheras de otra guerra grises de barro y agua sucia, los soldados harapientos, lívidos, sin esperanza en los ojos, de los viejos documentales. Dragan se acercó y le tendió la botella de aguardiente.
- Yo puedo saber quién va a morir con sólo mirarle a los ojos… Tú vivirás. ¡Bebe!- bebió un largo trago sintiendo la penetrante mirada del soldado – No debí mirarme al espejo esta mañana – dijo, y se alejó tambaleándose.
- Quiero que guardes esto, por si acaso…  - Dusan le entregó un papel doblado – La dirección está dentro.
- ¿No creerás en esas tonterías?
- ¡Nunca se sabe!
Salió al patio a respirar aire fresco. La noche era agradable, la suave brisa impregnada del olor de los abetos. Recordó los bosques de Korcula, el ulular del viento entre los pinos, el cosquilleo de las agujas en lo tobillos mientras paseaba, la navaja suiza en el bolsillo, la luna helada, libre y salvaje…
- ¡Piensa en tu mujer, en tus hijos! – murmuraba alguien - ¿Quieres que caigan en sus manos?
- ¡Sargento, no puedo evitarlo! – sollozó una sombra antes de vomitar.
Se acercó, extrañamente sereno, a recoger la munición: dos cargadores por hombre, una granada para los que debían tomar al asalto los bunkers.
- ¡Escuchad! – el sargento Dragic hablaba encaramado a la mesa – No voy a mentiros. Sólo tenemos una oportunidad. Si les cogemos desprevenidos tal vez lo consigamos. ¡Recordad, no malgastéis la munición, asegurad los blancos! Si alguien se pierde – sonrió con ironía – que retroceda y se una a otro grupo. No os detengáis a recoger a los heridos, lo harán los de la segunda oleada… - paseó sus ojos brillantes de emoción sobre sus hombres - ¡Ánimo muchachos!

Asalto a las cuatro colinas. 8 de junio de 1992.

viernes, 10 de febrero de 2012

EL HORROR 19

“Diario de una refugiada. Por Suada Sabovic, dieciocho años”
Cambió dieciocho por diecinueve. Después se arrepintió: todavía faltaban tres semanas para su cumpleaños, y si no contaba toda la verdad desde el principio…
“Antes de empezar contaré algo sobre mi vida. No es demasiado interesante, pero lo considero fundamental” – demasiado solemne. Cambió fundamental por importante. Resopló de impaciencia. ¡Había que tener en cuenta tantas cosas! Acomodó la manta doblada en su espalda y cerró los ojos respirando hondo. Eso siempre le ayudaba con las redacciones. Resolvió que lo mejor era escribir lo que se le ocurriera, espontáneamente, y corregir el estilo más tarde.
“Mi padre se llama Belmir – continuó – y trabajaba en el aeropuerto de Sarajevo. Es ingeniero aeronáutico. A los veintidós años se casó con Marija, profesora de física y matemáticas. Eran vecinos y se hicieron novios casi desde niños, lo que me parece muy romántico. Oficialmente, él es Musulmán, no practicante ni creyente, y ella serbia, pero eso se consideraba hasta hace unos meses lo más normal. Poco antes de mi nacimiento se trasladaron del barrio de Butmir a la casa de Grbavica, donde el aire era más sano. Allí crecí y fui a la escuela. Después llegó Aída, que ahora tiene cinco años. Mis abuelos murieron: los hombres en la guerra antifascista, así que las dos abuelas tuvieron que cuidar solas a los hijos. Eran tiempos difíciles, peores incluso que los de ahora, y puede que por eso murieran también pronto. Casi no me acuerdo de ellas. El resto de la familia vive en otras ciudades: Belgrado, Jajce, Zenica, así que no les vemos mucho. Ahora que lo pienso, quizá es mejor así. Ya sufro bastante pensando en mis amigas, especialmente en Masha, de la que no he vuelto a saber nada desde hace semanas” – y estampó un beso en la cuartilla.
“En cuanto a mí, estudio el último curso del instituto, pero seguramente los alumnos perderemos todo el año por culpa de la guerra. Yo sigo estudiando cada día, por si acaso. Quiero ir a la Universidad de Sarajevo y ser profesora, como mi madre, pero me gustaría dedicarme a los niños, ya que los chicos del instituto se las saben todas, y los considero insoportables” – aquello le gustó. Se sentía bien hablando de sí misma. Ahora escribía con más ritmo, más segura en terreno conocido – “Desde principios de abril vivimos refugiados en un sótano de la Avenida Tito. No me gusta la palabra refugiado, me pongo de mal humor cuando la escucho, pero eso es lo que somos. Después de perder el trabajo por su origen familiar, mi padre recibió amenazas y llamas anónimas por la noche. Los serbios del barrio, hasta los amigos de toda la vida, dijeron a los que no pensaban como ellos que tenían que marcharse: muchos serbios, decían, habían perdido sus casas por culpa de nuestro Gobierno, y ahora tenían derecho a vivir en ellas.
Quemaron algunas viviendas, y una noche tiraron una granada en el salón de la familia Sehic. ¡Menos mal que dormían en el piso de arriba! Ese día cerraron los colegios y las tiendas, y nadie salió de casa. Por la noche empezaron los disparos. No vi a los que disparaban, pero imagino que ese…” - se reservó el insulto – “de Rado Lazovic iba con ellos. Dejó de ir a las clases el día de las elecciones y dicen que se paseaba por el barrio con una escopeta cargada. Cuando vino su padre a decirnos que nos fuésemos de allí no me atreví a salir. Pasamos dos noches solos en el garaje, escuchando las bombas y los tiros. Se rompían muchos cristales. No salíamos nunca y hacíamos nuestras necesidades en un rincón detrás del coche, aunque yo me aguantaba todo lo que podía” – dejó entre paréntesis esto último y miró el reloj: todavía faltaban dos horas para la cena comunitaria –. “Cuando se acabó la comida y el agua Belmir decidió subir a la cocina, pero era peligroso y Marija no le dejó. La última tarde llegaron unos soldados. Dijeron que eran bosnios leales al Gobierno y que no nos harían nada. Nos dieron agua, pero no tenían comida. Daba pena verlos, tan sucios, con esas ojeras y esa cara de susto. No es lo mismo pegar tiros, o recibirlos a veces, que pasar tres días en un garaje, pero creo que yo tenía menos miedo que ellos. Parecían buenos muchachos, aunque alguno me miraba…” - Decidió que llevaría el diario siempre con ella y no dejaría que nadie lo leyera, ni siquiera su madre – “No estaban allí para rescatarnos. ¡Qué desilusión! Lo que querían era llevarse nuestro coche para usarlo como ambulancia y poner una ametralladora en la casa, en el segundo piso. No me creí lo de la ambulancia, ¡pero cualquiera se lo dice! Hablaron con Belmir un buen rato. Cuando dejaron de disparar subió a recoger ropa, el dinero y algunos papeles. Yo me imaginé lo que pasaba. Mamá no lloró, pero estaba triste y muy enfadada. Nos acompañaron hasta el puente y prometieron que no robarían nada. ¡Ja, ja! Nada más cruzar, junto a la biblioteca, nos encontramos a una mujer mayor que nos guió por las calles menos peligrosas. Me sorprendió mucho lo bien que conocía el barrio, los trucos para engañar a los francotiradores. Le dimos tanta pena que nos ofreció ir a su casa, sin cobrarnos nada. Y aquí estamos todavía…”
Sonrió tímidamente y comprobó el estado del lápiz. Mirela le había dado tres, pero si seguía a ese ritmo los gastaría muy pronto. Le sacó punta con cuidado y releyó los escrito corrigiendo la ortografía, remarcando las palabras confusas. Pensó añadir algo sobre el hambre, lo sucia que se sentía, pero temiendo que alguien lo leyese por casualidad lo dejó para más adelante. Aída la miraba desdeñosa, aburrida en aquel encierro donde el terror había enmudecido los juegos, las risas infantiles. Le sacó la lengua. Le devolvió el gesto en el momento en que Mirela se acercaba. Avergonzada, abrió el diario y fingió leer con atención.
- ¿Has empezado? – preguntó la anciana sonriente.
- Sí, ya he escrito la introducción, pero no es tan fácil como yo creía…
- No siempre es sencillo expresar los propios sentimientos. Especialmente cuando no hay intimidad.
Se ruborizó. No podía evitar enrojecer de vergüenza cuando escuchaba aquella palabra.
- Voy a ayudar a Marija con la cena. He conseguido algunas verduras.
“Lo peor de ser una refugiada” – escribió al fin -, “más que el hambre, el frío o el miedo a las bombas, es que no hay intimidad. Aquí vivimos juntos hombres y mujeres, y también algunos niños. Al fondo hay una especie de habitación cerrada con mantas donde nos cambiamos. No hay chicos jóvenes, están todos con los milicianos, o escondidos, pero ¡cómo echo de menos mi habitación! Paso mucho tiempo leyendo en las escaleras, aprovechando la luz. Papá no me dejó coger ninguno de mis libros, sólo los del instituto. Tenía razón, pesaban demasiado, así que tengo que conformarme con los que me prestó aquel profesor que se llevaron a la fuerza. Por suerte, parece tener buen gusto. Cuando vuelva, si está vivo todavía… si no le han herido, tengo que hacer un esfuerzo, olvidarme de mi timidez, y darle las gracias”.

Cuando cruzo las avenidas de los francotiradores vuelvo el rostro para que, si me dan, mi cara no asuste a los niños en el entierro...



domingo, 5 de febrero de 2012

EL HORROR 18

Los rumores sobre la gran ofensiva que se preparaba para las próximas semanas velaban como un negro presagio la mente de los milicianos que, con las huellas de la batalla impresas aún en el rostro, deambulaban solitarios por las calles. Ignorando las sirenas que anunciaban un nuevo bombardeo, Marko caminaba como un sonámbulo, arrastrando las pesadas botas, el cuerpo vencido de tensión, agotamiento, la piel cenicienta manchada de barro y pólvora seca. Una sola idea dominaba urgente, obsesiva, las imágenes confusas de la noche anterior, la amalgama de sensaciones y sonidos que saturaban su cerebro sobreexcitado: tenía que llegar a casa y dormir.
En el centro arreciaba el bombardeo. Cerca de la Presidencia un obús perforó la fachada de un edificio hasta salir por el lado opuesto. Después, una nube de cascotes y cemento pulverizado barrió la calle. Tres hombres que compartían las noticias del Oslobodenje corrieron a protegerse tras una esquina, observando con temor el cielo limpio de nubes. Sobre la acera yacía una mujer, el rostro vuelto hacia ellos, el terror del último momento paralizado en una mueca de sorpresa: la onda expansiva le había alcanzado mientras cruzaba. Un hilo de sangre oscura le caía de la boca entreabierta formando un pequeño charco en el suelo. Marko encendió un cigarrillo. El cuerpo de la mujer, encogido bajo el traje negro, aparentemente intacto, parecía advertir de un peligro cercano, una barrera invisible que le impedía continuar su camino. Los hombres le miraban con curiosidad, esperando quizá que se aventurase a rescatar el cadáver. Aplastó la colilla y se internó por una calle transversal preguntándose qué hubiera hecho si la mujer estuviese herida.
Tardó más de dos horas en llegar a la avenida. Las baterías serbias continuaban disparando con furia demencial sobre la ciudad, convertida en un humeante escenario de pesadilla. En el edificio las explosiones retumbaban como una tormenta lejana. Los vecinos, junto con varias familias llegadas de la periferia, vivían permanentemente en el refugio, instalados sobre mantas y colchones, la esperanza diluyéndose entre el hambre, la impotencia y el terror, simplemente esperando sobrevivir un día más. El interior del sótano despedía un olor nauseabundo, una mezcla de humedad y hacinamiento extrañamente parecido al de los cadáveres abandonados en las calles. Una paloma se ensartaba sobre la pequeña hoguera que presidía el lugar, vigilada atentamente por dos niños. Saludó con un gesto a la anciana Babic; la mujer se mostró muy sorprendida al reconocerle:
- ¡Qué cambiado está usted señor Bregovic!  - exclamó.
- Sólo estoy cansado… Me gustaría subir y dormir un poco. ¿Hay agua arriba?
- Hace días que no subo, desde la desgracia de los Tulic – la mujer entornó los ojos con tristeza – Sacamos el agua de una tubería rota en el primer piso, pero no debe beberla…
Ni siquiera preguntó qué desgracia era aquella. Recordaba vagamente a un tal Tulic, su joven esposa, siempre enferma. La escalera olía a orina y comida rancia. Comprobó aliviado que el apartamento no había resultado dañado por las bombas. Una fina capa de polvo rojizo lo cubría todo, pero las paredes y el techo sólo evidenciaban muestras de abandono, telarañas y manchas de humedad. Se desnudó y se lavó por partes con el agua de un bidón, sonriendo ante la idea de morir en aquella ridícula situación. Encontró desinfectante para la herida, que no terminaba de cicatrizar, antibióticos y aspirinas en un cajón olvidado. Entonces decidió reunir todos los enseres útiles que pudiera encontrar y dejarlas en lugar seguro: pilas, camisas para hacer vendas, cinta adhesiva, velas, una linterna un par de libros y algunos utensilios de cocina. Después añadió sus viejas botas, calcetines de lana y jabón. Satisfecho, lo guardó todo en una maleta junto a la comida que había dejado Mirsad y una botella de aguardiente.
Mirela prometió hacerse cargo de la maleta hasta su regreso.
- No se preocupe, los hombres hacen turnos por la noche para mantener a raya a los saqueadores.
- La comida puede repartirla ahora – dijo señalando la improvisada cocina.
- Es lo único que se puede conseguir ahora – se disculpó la mujer – Nadie vende comida, la gente la guarda, por si vienen tiempos peores…
- Dele estos libros a la chica – la refugiada les observaba desde la entrada; al comprender que hablaban de ella desapareció en la oscuridad del pasillo – Si no los quiere pueden servir para alimentar el fuego.
Encendió un cigarrillo mientras la certeza de la muerte – la sensación persistía al despertar – se extendía por su cuerpo inundándole como un líquido viscoso. Recuerdos de otros tiempos, tan lejanos que parecían pertenecer a una vida anterior, se entrelazaban en relámpagos distorsionados con imágenes fugaces del horror cotidiano, instantes en que la razón le abandonaba empujada por sentimientos oscuros, indescifrables; el deseo de sobrevivir enfrentándose al incontenible impulso asesino, la necesidad de aniquilar al enemigo, condición indispensable para vencer el odio y recuperar el equilibrio, volcado ahora hacia el caos y la ausencia de futuro. Volvían los tiempos felices de la universidad, la curiosidad con que estudiaba el Ate, la presencia de la pulsión homicida en los textos griegos. Ahora, aquella pretensión intelectual reivindicaba su modernidad. Había matado a algunos hombres y, al hacerlo, experimentaba un placer inconfesable. La satisfacción del superviviente se manifestaba a menudo cuando contemplaba fascinado las ruinas sembradas de cadáveres, los cuerpos anónimos abandonados en tierra de nadie… “Es necesario que unos cuantos se sacrifique para que el futuro de los demás no desaparezca… pero mejor tú que yo” – había bromeado alguien. Esta idea, inadmisible muestra de egoísmo entonces, asomaba ahora con naturalidad entre los resquicios de su conciencia asolada. ¿Valía la pena arriesgar la vida para averiguar quién era aquella mujer tirada en la calle? ¿Qué nuevos preceptos morales tendría que descartar para cumplir sus obligaciones, lo que se esperaba de él? Entonces recordó la ofensiva, la carnicería que se avecinaba. “Mañana estaré muerto” – pensaba -, y su corazón se rebelaba dolorosamente ante aquella idea mientras el cerebro, implacable, se negaba a admitir la más mínima posibilidad de escapar a la matanza; la ilusión de un acuerdo que acabase con la guerra, el rumor, sin duda difundido para elevar la moral de los soldados, de una tregua que aplazase aquel suicidio premeditado…
La imagen de Nadja surgió de repente. Durante las últimas semanas su rostro sereno, comprensivo, aparecía en los momentos en que la desesperación amenazaba con aplastarle. En sus sueños conscientes recreaba el encuentro inesperado, la conversación interminable, cada uno de sus gestos… Era un bálsamo que le mantenía unido al mundo de los vivos, una invocación a la felicidad posible. ¡Cómo deseaba abrazarla, sentir su cuerpo tembloroso, la mano acariciando su pelo, recorriendo con ternura las cicatrices mientras sus ojos le miraban con tal intensidad que lograban despertar sentimientos olvidados, alejar por un instante la sensación de violencia que lo envolvía todo, el vértigo ineludible de la muerte. Entonces, al acercarse, aquel rostro difuminado de distancia y silencio, se transmutaba en otros rasgos apenas entrevistos. Era la joven refugiada quien le besaba. Se levantó riendo a carcajadas.
- ¡Ahora ya tienes un motivo por el que morir! ¡Corre insensato, corre hacia la muerte!

Yuka y sus milicianos. Imágenes de Sarajevo en 1992






EL HORROR 17

Aquella noche los milicianos recibieron la orden de partir hacia Nuevo Sarajevo, donde los serbios trataban de avanzar amenazando las posiciones de Grbavica. Proyectiles de gran calibre rasgaban el cielo en todas direcciones mientras se movían en la oscuridad tropezando entre montones de escombros que entorpecían continuamente la marcha. Una hora más tarde entraban en un refugio protegido con sacos terreros donde un hombre alto, muy delgado, contemplaba pensativo un gran plano de la ciudad clavado en la pared. A su lado, el jefe de la milicia del barrio trazaba gruesas líneas rojas sobre la geografía del asedio. El otro seguía sus atropelladas explicaciones con mirada desdeñosa.
- ¡Es Yuka! – gritó alguien.
Entre el denso humo de los cigarrillos Marko observaba a aquel tipo vestido de guerrillero que apoyaba su cuerpo, de apariencia frágil, en una muleta. Tenía la nariz torcida, el pelo negro alisado sobre la frente, rostro afilado y mejillas hundidas, el labio inferior prominente. Jusuf Prazina, mafioso, traficante, jefe oficioso de la policía de Sarajevo, se había convertido en una auténtica leyenda en aquella ciudad necesitada de héroes. Para sus seguidores era un símbolo de la resistencia patriótica frente a los agresores, un eficaz proveedor de armas y municiones en los primeros días del asedio, salvando al gobierno de su indecisión; un ejemplo de valor y lealtad. Según otros, conocedores de su turbulento pasado, no era más que un vulgar gangster que había mudado los trajes italianos por el uniforme simplemente para adaptarse y sobrevivir a los nuevos tiempos. Le rodeaban cuatro guardaespaldas con el pelo cortado a lo marine, gigantes bien alimentados, armados con modernos fusiles automáticos y chalecos antibalas.
Algunos milicianos se acercaron a saludarle, estrechando su mano con una mezcla de temor y admiración mientras los escoltas contemplaban la escena con desconfianza, el gesto tenso, expectante: se rumoreaba que los serbios habían puesto un elevado precio a su cabeza.
Cuando se marchó, después de repartir optimismo y algunas cajetillas de tabaco entre los soldados, el sargento Dragic se acercó a recibir instrucciones. De mediana estatura y aspecto atlético a sus cuarenta años, había escapado del Cuartel Mariscal Tito, en poder de los rebeldes, para transformar aquel grupo de aprendices en un escuadrón experimentado en las tácticas de defensa urbana. Ahora, la visita de Yuka sólo podía significar una cosa: los serbios intentarían infiltrase durante la noche.
Tras estudiar en el plano las posiciones que debían ocupar y supervisar el reparto de municiones, reunió a los hombres y salieron a la oscuridad. Se desplegaron entre las ruinas, a intervalos de veinte metros frente a las líneas enemigas: el sector era demasiado amplio, incluso contando con los refuerzos enviados por la Presidencia. Desde la plantaba baja de un edificio abandonado, Marko podía ver el resplandor de los obuses que la artillería serbia emplazada a su izquierda, hacia Lukavica y el monte Trebevic, disparaba sobre el valle. El espectáculo, despojado de su finalidad, resultaba dantesco, de una belleza sobrecogedora. Las baterías de cohetes lanzaban ráfagas con mortífera cadencia, emitiendo un rugido titánico, un relampagueo, aún en la distancia, deslumbrante. Las trazadoras mordían la noche danzando diabólicas antes de estrellarse contra sus objetivos invisibles, deshaciéndose en nubes de polvo incandescente. Sobreiluminados fugazmente por el flash de las explosiones, los edificios mostraban sus estructuras deformes, columnas desnudas, vigas retorcidas, resistiendo las punzadas de la metralla como animales heridos. El aire viciado de polvo, humo y cordita se llenaba de zumbidos, tableteos, silbidos de balas al rebotar, muros derrumbándose sobre montañas de escombros.
Cambió lentamente de postura tratando de no emitir ningún ruido. Las piernas, entumecidas por el frío y la humedad, se movían rígidas entre cascotes y agujas de cristal. Durante aquellas horas de interminable espera, los inciertos momentos de calma que precedían al combate, el terror asolaba su mente con una vertiginosa espiral de ideas, delirios conscientes entrelazándose, conduciendo invariablemente a las mismas preguntas, las mismas dudas: “¿Por qué sigo aquí? ¿Qué extraña fuerza me impide entregarme, atravesar los bosques e intentar escapar? Ideales, fidelidad a la causa, no son más que palabras cuyo sentido se desvanece cuando sientes la presencia de la muerte a tu lado, cuando ya es demasiado tarde para comprender… ¿Cuánto tiempo me queda?” Ahora, más que nunca antes, se sentía insignificante, un cuerpo anónimo más entregado al sacrificio. Lo único que le separaba de aquella ruinas, las piedras enterradas bajo su cuerpo, era el instante último, el dolor, aún por llegar, y la nada. “¿Ves ese cadáver? ¿Lo hueles? – le decía un viejo combatiente aquella misma a mañana - ¡Lleva el mismo uniforme que tú! Eres tú si te expones demasiado. Lucha por conservar tu vida. ¡Esa es la clave para seguir vivo, no te arriesgues nunca!”… “Conservar la vida. ¿Hasta cuando? ¿Mañana, esta noche?”.
Algo se movió al otro lado. Una silueta agazapada se recortaba contra la pared, sorprendida por el resplandor de una explosión cercana. Durante un instante pudo ver su rostro cadavérico, el fusil deteniendo bruscamente su giro. Desprendió cuidadosamente la granada prendida del cinturón; el corazón bombeaba su miedo latiendo enloquecido. Podía sentir las venas hinchadas, un doloroso hormigueo en los músculos tensos, repentinamente paralizados. “¡Nos han localizado! ¡Están tratando de rodearnos!”. Los hombres desplegados a su lado no daban muestras de haber detectado la presencia del enemigo. “Deben estar dormidos”. ¿Y si disparaba primero? La llamarada del fusil sin supresor delataría su posición… Contuvo la respiración y volvió a asomarse sobre el parapeto: un grupo de sombras se movía lentamente entre las ruinas, directamente hacia él. La conciencia de su absoluta soledad le golpeó de nuevo, haciendo que el pánico se derramara sobre su piel empapando el uniforme. Entonces sintió la vibración en el estómago. Se apretó contra el suelo, las uñas clavadas en la tierra húmeda. “¡No quiero morir, no quiero morir!”. Las granadas defensivas extendían su carga de metralla sobre el perímetro, miles de fragmentos de acero abriéndose paso en su ciega trayectoria, desgarrando uniformes, atravesando carne, rebotando milagrosamente en los cascos, los fusiles, oleadas de metal candente. Permaneció tumbado, con los dientes apretados para no gritar, abandonado al azar, esperando que todo terminase. Cuando agotaron las granadas, los milicianos se incorporaron sobre las trincheras disparando a ráfagas contra los fugitivos.
- ¡Alto el fuego! – gritaba Dragic.
No podía ver nada. El humo le quemaba en los ojos, la nariz, penetraba en los pulmones. Un bote de humo se consumía a su espalda. Consiguió levantarse y devolver la granada al cinto. Recordó el eco de una conversación, una advertencia: “¡Las balas!”. Sacó el cargador y vació la mitad ocultando los cartuchos en la tierra empapada. Si descubrían que no había disparado una sola vez…

EL HORROR 16

Safet Macanovic atiende el teléfono en su apartamento de Cengic Villa sin disimular su satisfacción: es uno de los afortunados que todavía dispone de línea con el exterior. Día tras día, inexplicablemente, consigue conectar con cualquier operador europeo. Su mujer y dos de sus hijos, los pequeños, lograron salir de la ciudad durante los primeros días del asedio y ahora viven en Alemania con unos parientes. Esa mañana numerosos vecinos, gente llegada de otros barrios persiguiendo un rumor, una esperanza, se agolpan en el pasillo esperando pacientemente su turno. Safet recibe ceremonioso, con fingida sorpresa, los regalos que le ofrecen a cambio de diez minutos, escrupulosamente medidos, de conversación: una radio con pilas, sábanas bordadas, un haz de leña, dos barras de pan blanco, conservas, aceite, una semana más sin arriesgar la vida en las calles. Creyente, practicante a medias, acepta cigarrillos, pero no licores. Mientras él negocia con los clientes su hijo Selim revende lo obtenido en el mercado. En ocasiones, cuando una mujer joven acude desesperada para hablar con su familia, sus hijos refugiados en algún lugar de Europa, Safet sale a comprar provisiones y el propio Selim pone el precio… Aunque no lo aprueba calla por temor al primogénito, un muchacho de carácter violento.
Al atardecer recibe al último cliente, un anciano esquelético que muestra azorado un abrigo de terciopelo negro, cuidadosamente plegado, en buen estado. Tras intercambiar algunas frases amistosas le despide prometiéndole una cita para el día siguiente. Después enciende su pipa, se acerca a la ventana intranquilo y contempla los edificios en ruinas a través de una abertura en el plástico: Selim se retrasa. Más que las balas o la metralla teme un encuentro con las patrullas que reclutan a la fuerza a todos los jóvenes desocupados. Él mismo ha de pagar todos los meses al mafioso local para garantizar su inmunidad. “He trabajado demasiados años para ponerme a cavar trincheras. Tengo un certificado firmado por el médico” – se excusa ante sus conocidos.
Cuando conecta la radio, el locutor recita con voz solemne la lista de muertos y heridos en la masacre de Vase Miskina. En la calle, junto a los muros carcomidos por los impactos y las manchas de sangre seca, la gente enciende velas y firma en un libro de condolencias. El Gobierno rebautizará el lugar con el nombre: “Calle de la resistencia antifascista”. Le gusta la idea, le recuerda los viejos tiempos. “El suministro eléctrico se ha reanudado a las seis”. Safet lo comprueba y enciende el televisor.
En las montañas, el observador detecta actividad en un edificio, un fugaz resplandor en el quinto piso. Rápidamente transmite las coordenadas a la batería desplegada en el bosque: tres grados de elevación, tiro casi horizontal, un juego de niños para los experimentados artilleros serbios. Unos segundos más tarde Safet fija su atención en la ventana, abre la boca para decir algo, sorprendido por el estruendo. La estela del obús le succiona el aire de los pulmones antes de atravesar la pared del salón.
Mientras, en el cruce entre Mariscal Tito y la Avenida Proletaria, yace inmóvil el cuerpo de un hombre joven. Tiene las piernas separadas, el pie izquierdo vuelto hacia dentro, descalzo. A pocos centímetros de su mano brillan los cristales de una botella de aguardiente rota, un estuche rojo de bordes dorados, una revista pornográfica desplegando su impudicia, latas de conserva… Un francotirador debió alcanzarle desde la colina de Vraca. Un solo disparo, un agujero limpio en la frente. Lleva allí más de seis horas sin que nadie se atreva a recuperar el cadáver: dos hombres han resultado heridos al intentarlo. En la esquina, un grupo de curiosos se reúne bajo el cartel escrito apresuradamente con pintura roja: “¡Peligro Francotiradores!”.
- Dicen que los serbios se visten de negro para que no les disparen – Marin Ostojic, funcionario jubilado, participa de la neurosis colectiva que convierte cada rumor en  fuente de sospechas y amenazas – Así pueden infiltrarse entre los nuestros y espiarles.
- Pues a este no le ha servido de nada. Dos metros más y lo hubiera conseguido – apunta un joven soldado de permiso – Además no es serbio, fíjate en su cara…
- Dime, ¿qué crees que habrá en ese estuche?
- Unos dicen que joyas, otros que está vació. Pero dos ya lo han intentado y no creo que nadie más se atreva hasta la noche.
- Debe ser un traficante – sugiere un tercero - ¡Si tuviéramos algo para enganchar las latas!
- Sí, una caña de pescar – sugiere Marin – ¡Pero si voy a buscarla cuando vuelva os habréis largado con todo!
- Cuando cayó intentaba coger el estuche, mira su mano. Debe ser algo valioso. Tal vez un sello del Gobierno para falsificar documentos…
- Pues no pienso quedarme aquí para averiguarlo – Marin se cala su vieja gorra partisana, recoge los bidones vacíos y se aleja por una calle lateral. Los otros le miran, sin decidirse a abandonar el misterioso botín.
Al día siguiente un anciano se detiene ante la puerta abierta de la familia Macanovic. Contempla sorprendido el enorme boquete, los muebles intactos, cubiertos de un fino polvo gris. El timbre no funciona, así que golpea tímidamente el marco con los nudillos; después atraviesa el pasillo sorteando fragmentos de ladrillo rojo y lascas de yeso hasta el salón. Para llegar hasta el teléfono debe atravesar la trayectoria del obús, exponerse a la vista de los artilleros, los francotiradores que acechan al otro lado. Suspira, se arrodilla y comienza a reptar manteniendo la cabeza pegada al suelo. El teléfono no da señal, cuelga y descuelga hasta convencerse de que la línea está cortada. Entonces ve su abrigo en el respaldo de una silla. Se lo acomoda sobre los hombros, vuelve a cruzar el salón arrastrándose, mira el teléfono por última vez, reprime su intención de sacudir el polvo al abrigo, y se marcha.