sábado, 31 de marzo de 2012
EL HORROR 28
3 de agosto, 1992.
“Hoy es, por el momento, el día más triste de mi vida. Mamá y Aída se han marchado a Croacia en el convoy. Cuando pienso en estos últimos años que hemos pasado juntas se me desgarra el corazón. Aunque me había prometido a mí misma no llorar, no he podido evitarlo. ¡Me arrepiento de tantas cosas! No quiero escribirlas aquí, las llevaré dentro todo el tiempo que estemos separadas. ¿Por qué no me daría cuenta antes? Si hubiera sido más cariñosa y responsable con ellas seguramente me sentiría mejor. Es como cuando se murió Neretva, nuestra perra, y me acordaba de la patada que le di una vez sin querer… Es un ejemplo exagerado, pero no se me ocurre otra forma de explicar cómo me siento.
Papá vino con nosotros aunque los vecinos le dijeron que era peligroso dejarse ver. Las cosas deben ir muy mal porque las patrullas se llevan también a los hombres mayores. Belmir tiene cuarenta y dos, pero parece más joven. Cada vez que nos cruzábamos con los soldados me ponía a temblar. Para tranquilizarnos nos dijo que conocía un truco infalible: si les miraba fijamente a los ojos creerían que era alguien importante. El secreto está en no bajar la vista, demostrar que no tienes miedo. Además se ha cortado el pelo y dice que parece un general de permiso… Es imposible no reírse con él, incluso en un día como hoy.
En la estación había mucha gente, sobre todo mujeres con niños pequeños y varios equipos de televisión extranjeros filmando las escenas más emocionantes. Los autobuses eran muy viejos y estaban bastante sucios, algunos con agujeros de balas y cristales rotos pegados con cinta adhesiva, aunque los chetniks han prometido no disparar contra los convoyes. Mirela dice que los americanos tienen aviones preparados para bombardear si les hacen algo. Supongo que es otra de sus pequeñas mentiras – no me importa porque lo hace con buena intención, y yo disimulo – pero, ¿quién sería capaz de hacer una cosa así? Nuestro autobús era casi el último de la columna, por el apellido, así que tuvimos que atravesar todo el vestíbulo. Podíamos haber dado un rodeo, pero era peligroso salir de la estación. La gente se peleaba por los mejores sitios, cerca de los muros, mientras esperaban. Si llegan a disparar un mortero hubiera sido peor que la masacre de la panadería: había allí mil personas por lo menos… Después, todo pasó muy rápido. Cuando llegamos al control un hombre leía en voz alta los nombres, recogía los permisos del gobierno y subían al autobús. A mamá le tocó enseguida, así que no tuvimos mucho tiempo para despedirnos. Un abrazo y muchos besos. Apenas recuerdo nada de lo que me dijo. Aída sólo ha llorado cuando ha visto que papá no iba con ellas. Parece que ya contaba con que yo me quedaba… Se han dado un largo beso en la boca, muy romántico, sin hacer caso del hombre del autobús. Eso ha sido lo único bonito del día. ¡Ah, casi se me olvida! Pasó una cosa graciosa. Mientras se besaban un viejecito le dijo al conductor: ¡Déjalos tranquilos, hombre! ¡Quién sabe cuándo volverán a verse! - ¿Tu familia viaja en el autobús? – le ha dicho el otro. – No, están en Turquía desde hace un año. – Entonces, ¿qué haces aquí? – Es que aquí estoy más seguro que en mi casa. Vivo en Skenderija… La gente se ha reído mucho, hasta mamá, aunque creo que se le ha contagiado por los nervios. Se han sentado en el lado contrario, así que hemos tenido que empujar otra vez para dar la vuelta. Parecíamos dos tontos allí parados, mandando besos y sonriendo, haciendo gestos, diciendo que nos escriban y nos envíen fotografías, mamá llorando todo el tiempo. Aída estaba asustada y tenía calor. Otra mujer se ha sentado a su lado, con un niño más pequeño. Espero que no sea uno de esos niños insoportables que no paran de quejarse… No había nadie para despedirles, así que le he mandado saludos, pero no sé si me ha visto. Me he sentido muy triste al pensar que su marido podría estar en el frente, o herido. O algo peor. Entonces una nube ha tapado el sol y durante un instante me ha parecido verlo todo en blanco y negro, como en una película antigua. Ha durado poco, de repente la gente ha empezado a moverse y se ha escuchado algún grito. Todos hemos mirado hacia arriba, por la costumbre, pero sólo era el ruido de los motores arrancando. ¡Menudo susto! El nuestro soltaba un humo azul y sonaba muy mal. Papá me ha dicho que había otros autobuses más modernos esperando fuera de la ciudad. Me lo he creído justo hasta ahora que lo escribo… Luego hemos seguido a la columna por las calles, más que nada para protegernos, hasta la Avenida Putnica. Allí han girado a la derecha y nosotros a la izquierda, hacia las calles seguras. No hemos hablado mucho por el camino. Me llevaba cogida por el hombro, apretándome al llegar a los cruces. Hubiera sido emocionante atravesar todos esos túneles que se meten en las casas, los refugios donde viven los milicianos, si no fuese por la despedida, claro. Pero no quiero pensar más en eso.
En el refugio hemos cenado col hervida con guisantes. Papá se reía porque sabe el asco que me da la col, pero se han acabado los caprichos… Mirela se ha sentado a mi lado y no me ha soltado la mano en toda la noche. Ella también está sola y creo que ha decidido “adoptarme”. Antes de marcharse, mamá habló mucho tiempo con ella. Supongo que le pidió que cuidara de mí cuando papá está fuera. Me gustan las historias que cuenta y conoce muchos libros interesantes. También entiende de música, de arte... Creo que voy a aprender mucho con ella.
Papá ha estado muy cariñoso y comprensivo. A partir de ahora las cosas entre nosotros van a cambiar. Tendré que perder la vergüenza y confiar más en él, aunque para las “cosas de chicas” es un alivio saber que puedo contar con Mirela. Hoy me han dejado subir al apartamento para poder escribir esto a solas. No quiero que piensen que soy rara, o poco sociable, pero necesito algún momento de intimidad. Me he preparado un rincón en el salón con cojines y una mesilla para las velas. Aprovecharé para leer hasta que vengan a buscarme. Mañana nos entregan las cartillas de racionamiento para recibir ayuda humanitaria. Intentaré ir yo misma al reparto para evitar que puedan reclutarle. ¡Cuántos cambios en tan poco tiempo! Me asusta un poco la responsabilidad, pero siempre me han dicho que soy muy madura para mi edad… Alguien sube, debe ser Mirela…”
domingo, 11 de marzo de 2012
EL HORROR 27
La infantería serbia, apoyada por tanques y lanzacohetes Katiushka, avanzaba desde sus posiciones en Polinje, al noreste, hacia Kobilja Glava tratando de recuperar el escaso terreno perdido en la ofensiva de mayo. El teniente Bregovic recibió la orden de reforzar con su escuadrón las defensas del sector. Al amanecer dejaron el refugio de Soukbunar, donde las fuerzas de la Defensa Territorial soportaban un intenso bombardeo.
Kobilja era un enclave estratégico situado junto a la carretera de Vogosca, salida natural hacia las principales ciudades del norte, Zenica y Tuzla, controladas todavía por fuerzas bosnias. A pocos kilómetros, fuera del alcance de los defensores, la fábrica de municiones Pretis, un objetivo inalcanzable, defendido por decenas de búnker, tropas escogidas y una extensa red de trincheras. Cuando se desplegaron en las posiciones asignadas los tanques atacaban las casas donde los milicianos se hallaban atrincherados, respondiendo al fuego con un mortero de fabricación casera. Encontró al jefe del sector en un garaje donde algunos hombres trataban de arrancar una camioneta blindada con planchas de acero soldadas a la carrocería. Sobre la cabina habían instalado una ametralladora ligera. Sólo tenían que conseguir que arrancara y acercarse lo suficiente.
- ¿Cuántos hombres tienes? – preguntó Marko sin responder a su saludo.
- Unos veinte, pero no tenemos nada contra los tanques… - el muchacho le miraba sonriente, como si realmente se estuviese divirtiendo con todo aquello. Pareció intuir la siguiente pregunta – Teníamos un sargento, de las milicias, pero lo mataron hace tres días – dijo, repentinamente serio.
- Tú ocúpate de los flancos y déjanos los tanques a nosotros. ¡Avísame si tratan de rodearnos!
Recordaba aquel lugar. Al otro lado de la carretera debía estar el restaurante donde servían cordero asado, el comedor al aire libre, siempre lleno de excursionistas… Distribuyó a los hombres por el perímetro: cuatrocientos metros de trincheras poco profundas que se internaban entre las casas y volvían a aparecer en la calle, entre coches oxidados, volcados lateralmente para ganar altura, y bloques de hormigón. Se puso a cubierto en un garaje y, acompañado del operador de radio, estudió la zona buscando los puntos débiles por donde trataría de infiltrarse el enemigo. Comprendió que los tanques no se arriesgarían en terreno abierto sin saber de qué armas disponían: se limitarían a destruir sus refugios y cubrir a la infantería. Debían frenar su avance, evitar que llegaran a las casas y tuvieran tiempo para fortificarse. Transmitía las órdenes con rapidez, improvisando soluciones lógicas ante cada nueva situación, calculando riesgos, posibilidades… En aquellos momentos, cuando debía tomar decisiones vitales, su mente parecía replegarse desechando los pensamientos inútiles, las cuestiones que le atormentaban en los escasos momentos de inactividad. Había terminado por aceptar su condición de combatiente, el papel de oficial responsable de la vida de sus hombres, víctimas potenciales de su indecisión, de su ineptitud o su miedo. Más tarde, al analizar su comportamiento tras el combate, sentía como el terror le invadía mientras reconstruía mentalmente cada escena, recreándose con enfermiza insistencia en el peligro que había corrido. Sólo entonces era consciente de su vulnerabilidad, la sutil frontera que le separaba de la aniquilación: fumando en algún rincón apartado, se preguntaba cómo había podido soportarlo.
Los guerrilleros serbios avanzaban entre los árboles confiando en el apoyo de los tanques y la artillería. Un carro blindado apareció en el flanco derecho haciendo chirriar las cadenas al girar sobre el asfalto. La torre, camuflada con franjas blancas y verde oscuro, giraba lentamente buscando su objetivo, el cañón alzándose y descendiendo con el zumbido del motor hidráulico. Protegidos tras el blindaje, invulnerable a aquella distancia, los infantes se desplegaron a menos de cien metros de las trincheras disparando sus fusiles automáticos.
A Horvat Dako, un estudiante croata de diecinueve años, le temblaban las piernas cuando le dieron el lanzagranadas. Había cometido la imprudencia de contar cómo dos hombres de su anterior unidad emboscaron un tanque en las calles de Ilidza hasta lograr destruirlo. Cuando comprendió su error era demasiado tarde.
- ¡Recuerda, sólo tienes una oportunidad! ¡Si el tanque llega hasta aquí, estamos jodidos! – Marko le quitó el cigarro, olvidado entre los labios - Espera hasta que esté a cincuenta metros.
El tanque disparaba su cañón de ciento veinticinco contra las casas, que se derrumbaban levantando nubes de polvo mientras las ametralladoras barrían las trincheras manteniendo a los milicianos pegados al suelo, masticando tierra saturada de metralla. Cuando estallaron las granadas que debían servir como distracción, Horvat apareció tras una esquina, el tubo apretado entre la cara y el hombro, las piernas separadas para compensar el retroceso del arma. Tardó tres segundos en apuntar a la base de la torre y disparar, un estampido hueco, como el descorchar de una enorme botella. El cohete aún estaba en el aire cuando le alcanzó una ráfaga. Después llegó la explosión, ruido de metales entrechocando, los gritos del conductor, único superviviente del infierno humeante en que se había convertido el blindado. Los milicianos, espoleados por aquella pequeña victoria tras varias semanas soportando el fuego enemigo en las trincheras, se lanzaron al asalto disparando a la carrera sobre el bosque, haciendo retroceder a los serbios. Encaramado en la torreta, Kemal Hadravic maldecía a gritos: se había abrasado las manos al intentar abrir la escotilla.
Horvat estaba tumbado boca arriba, los ojos abiertos, espantados. Le habían alcanzado en el estómago. De la herida surgían brillantes trozos de intestino, un líquido claro teñido de sangre y moscas. No lograría sobrevivir. Metieron el cuerpo en un coche junto a otros tres heridos. Mientras la ambulancia se alejaba a toda velocidad Marko ordenó retirar del tanque las ametralladoras, cualquier arma o repuesto que no hubiera resultado dañado por la explosión. Sentía las miradas cargadas de odio en los hombres que le rodeaban: una vez más, él había elegido quién debía arriesgarse y morir. Durante un instante trató de encontrar una disculpa, una palabra que restituyera su integridad ante aquella continua matanza… Era inútil. Un mortero cayó a su espalda. Ya habría tiempo para los remordimientos.
sábado, 10 de marzo de 2012
EL HORROR 26
En 1984, poco antes de los Juegos Olímpicos de Invierno, los folletos turísticos describían Sarajevo como “una lección de Historia que discurre pausadamente por el valle del río Miljacka, ejemplo de convivencia entre pueblos, culturas y religiones donde el viajero puede disfrutar de la sólida y armoniosa arquitectura austro-húngara, estilizados minaretes y mezquitas del periodo otomano junto a las sobrias y acogedoras iglesias ortodoxas…”
Mediado el verano de 1992, mientras el mundo volvía sus ojos a Barcelona, espesas columnas de humo se elevaban entre edificios calcinados, barrios enteros asolados por el fuego incesante de la artillería, el fantasmal escenario de la tragedia que había comenzado cuatro meses antes. Las instalaciones olímpicas de Zetra y Skenderija, símbolos orgullosos de una época llena de esperanza, servían ahora de refugio a francotiradores, milicianos, centros de acogida para los civiles expulsados de los suburbios. Las residencias construidas en Dobrinja para alojar a los participantes se veían reducidas a escombros, testigos silenciosos de la lucha cuerpo a cuerpo en las trincheras, ejecuciones, hambre, violaciones, un mundo subterráneo, aislado, donde sobrevivir era a menudo peor que la muerte. Junto a los trampolines de Igman o las pistas de esquí de Trebevic, los sitiadores habían desplegado cientos de cañones, armas de todos los calibres con los que bombardeaban la ciudad una mañana más.
En la desierta avenida Putnica las ambulancias zigzagueaban sorteando chasis de vehículos carbonizados, cráteres abiertos por los obuses, postes derribados y contenedores anti francotiradores: un tanque serbio había disparado contra un grupo de niños que recogía cerezas en un bosquecillo al norte de la ciudad, matando a ocho de ellos. Mientras tanto, en el antiguo edificio de correos, los observadores de la ONU, protegidos por los gruesos muros cubiertos de sacos terreros, contabilizaban los proyectiles lanzados sobre Kobilja Glava, Dobrinja y Grbavica: seiscientos obuses y morteros en apenas cuatro horas.
En la relativa seguridad de los refugios miles de ciudadanos atrapados dejaban pasar los días resistiendo al hambre y las bombas hasta que alguien – Francia, los americanos, la OTAN, no importaba quién – acudiese en su ayuda. La brutalidad del asedio convertía la vida de los más de cuatrocientos mil habitantes de Sarajevo en una grotesca parodia de la condición humana, hombres y mujeres que en cien días habían visto como sus vidas prósperas, los sueños cosmopolitas, paneuropeos, se transformaban en un dramático descenso a los infiernos, una prueba de resistencia frente a la locura destructora de una mente enferma de crueldad y odio que contemplaba su obra desde las montañas.
En respuesta a la agresión serbia, el genocidio, las deportaciones masivas, la comunidad internacional puso en marcha – quizá para lavar sus conciencias ante el horror y la barbarie que habían sido incapaces de detener – una enorme operación de ayuda humanitaria a través del aeropuerto: a diario, toneladas de alimentos y medicinas llegaban hasta la capital, diluyéndose luego en el tamiz de las organizaciones, étnicamente uniformes, encargadas del reparto y las masas de ciudadanos hambrientos que, espoleadas por la necesidad, se lanzaban sobre los camiones y los centros de distribución abriéndose paso con el brillo del animal acorralado en los ojos. Los más débiles, los enfermos, lloraban su impotencia mientras las raciones de emergencia, el pan, el aceite, la harina o la leche en polvo desaparecían en pocos minutos.
Al amanecer, mientras soldados de la ONU izan la bandera azul en el aeropuerto, la artillería serbia celebra el alto el fuego anunciado por sus líderes en Pale atacando distintos barrios. Radio Sarajevo confirma los rumores sobre la reapertura del aeropuerto. Muchos desconfían de este cambio de actitud de los países europeos: “¡Enviadnos armas para defenderos y liberar la ciudad! – se oye decir - ¡Hoy alimentáis a los muertos de mañana!”.
Zelma Vilic contempla la fina lluvia que cae sobre Dobrinja. Es un blanco fácil para los tiradores que cubren el avance de la infantería, pero ha decidido dejar de ocultarse. La pequeña Mirjiana murió durante la noche, cuando su frágil cuerpo agotó las últimas energías, renunciando con un suspiro a proseguir su batalla contra el hambre. La última comida, tres días antes, consistió en un poco de agua mezclada con jugo de ortigas. Su marido está en las trincheras, a menos de trescientos metros de la casa, combatiendo a los guerrilleros que mantienen cercado el barrio. En la nota que ha dejado junto a la entrada le explica lo ocurrido: las horas de angustia buscando cualquier resto de comida, arañando con sus manos la tierra del jardín, arrancando raíces, recogiendo agua de lluvia… Todo había resultado inútil. Ella misma enterró el cuerpo envuelto en una sábana bajo un álamo tronchado. Desde la ventana destripada, Zelma sonríe apreciando la ironía: un Hércules cargado de alimentos aterriza en las pistas del aeropuerto.
En la glorieta de Marindvor, el psiquiatra Borislav Dragoje cruza la calle ante la mirada atónita de la patrulla que monta guardia en la esquina. Es el cruce de la muerte, una de las zonas más peligrosas de la ciudad, el campo de prácticas donde los francotiradores del otro lado del río se disputan las víctimas con rivalidad deportiva. Borislav viste un traje negro cruzado, corbata de seda sobre la camisa color burdeos, la ropa hecha a medida con la que solía recibir a sus pacientes unos meses antes. Pocos le reconocerían hoy: pálido, demacrado, sin afeitar, su cabello ha encanecido completamente. En sus ojos grises se lee la determinación de quien no teme a la muerte, el hombre que, con un esfuerzo supremo de la voluntad, decide elegir el lugar y el momento de su último acto, sustraerse a la tiranía del azar, el destino.
Mientras camina, ajeno a los gritos de los milicianos, la mirada morbosa de algún curioso, contempla los bosques de abetos cubiertos por una ligera neblina, se despide del hermoso escenario que fue testigo de su gloria, consciente de la inutilidad del esfuerzo: no quiere correr más, sentir el pánico apoderándose de su mente, compartir su humillación en un sótano repleto de clientes potenciales, casos perdidos, víctimas inocentes de la monstruosa broma que otro psiquiatra, allá en las montañas, ha urdido contra ellos.
La primera detonación, una minúscula nube que se diluye en la lluvia, surge de la colina de Vraca. Ya en el suelo, se concentra en un último esfuerzo de autodominio; siente el dolor agudo, insoportable en la pierna. “El golpe no duele, es el aire penetrando en la herida lo que causa el dolor. ¡No grites!”. El tirador, impaciente, se decide a rematar a su presa. Borislav enseña los dientes con rabia mientras una vibración infinitesimal se aproxima hasta penetrar en el cráneo con un desagradable crujido.
domingo, 4 de marzo de 2012
EL HORROR 25
En la discoteca, las vibrantes guitarras de Guns N’ Roses se elevan sobre el monótono zumbido del grupo electrógeno. Milicianos de permiso, mafiosos, funcionarios de la ONU y corresponsales extranjeros beben cerveza caliente, aguardiente o destilados pagados a precio de oro mientras algunas chicas demasiado jóvenes descargan adrenalina con movimientos sinuosos en la penumbra de la pista. La lluvia de noviembre se derrama por los altavoces en una noche de tensa calma. Tras la inesperada visita del presidente Mitterrand algunos se atreven a soñar con la intervención de Francia, los aliados europeos, el fin de la guerra; la mayoría, rendida ya a las miserias cotidianas, se conforma con la reapertura del aeropuerto, la llegada de alimentos y medicinas que alivien su situación.
Mirsad se sienta solitario en un rincón, concentrado en la exasperante ausencia de explosiones, tratando de dominar su ansiedad fumando un cigarrillo tras otro. Una chica se acerca con sonrisa insinuante; unos tejanos deshilachados enfundan sus largas piernas, la camiseta negra muy ajustada con brillantes formando un corazón. Cuando se sienta a su lado Mirsad lanza un gruñido enseñando los dientes manchados de nicotina. La muchacha le muestra el dedo corazón, la uña teñida de un rosa pálido.
- ¡Jódete cabrón! – exclama al levantarse; después se aleja contoneándose hasta una mesa ocupada por cuatro soldados del Primer Cuerpo.
Las miradas de reproche, la posibilidad de una pelea, se diluyen rápidamente cuando descubren los emblemas de la Policía Militar.
Al fin, ve aparecer a su amigo acompañado de un tipo corpulento al que no conoce. Sonríe al contemplar el uniforme nuevo, ajustado, las botas relucientes, la formalidad y el aplomo demasiado evidente al avanzar entre las mesas, buscándole.
- ¡Enhorabuena, teniente! – estrecha su mano, burlón.
- Este es el teniente Dragic – presenta Marko – Estábamos juntos en la ofensiva.
El camarero sirve tres cervezas sin preguntar y vasos razonablemente limpios.
- Cuarenta – informa lacónico mirando de reojo la mesa contigua: un miliciano borracho discute con una adolescente de mirada triste.
- Te busqué en la lista del periódico – dice Mirsad – Sinceramente, pensé que no lo conseguirías…
- S, tuve que aprender unos cuantos trucos, pero si sigo con vida se lo debo a él…
Dragic brinda con ellos, se desentiende de la conversación, pide otra ronda, incómodo. Pasan lista a los amigos caídos, los que consiguieron un salvoconducto o el dinero suficiente para escapar de la ciudad. Más allá de las palabras son dos desconocidos. Se miran en silencio tratando de recuperar imágenes lejanas, recuerdos de normalidad, cuando lo cotidiano aún formaba parte de sus vidas. Apenas reconoce a su amigo tras la máscara imperturbable que es su rostro consumido, los ojos hundidos sonriendo maliciosos, un asomo de desprecio en su dura mirada que parece decir: “¡He aquí el íntegro, el idealista, un hombre capaz de matar cada día, el oficial que envía a sus reclutas a la muerte! ¿Dónde están ahora tus libros, la sabiduría con que alimentabas tu espíritu?”. Marko busca inútilmente las palabras que logren franquear el muro de frustración que les separa.
- ¿Has vuelto al apartamento? ¿Sigue todo en orden?
- Ahora que lo dices, una chica me preguntó por ti, hace un par de días. No estaba mal, un poco flacucha, claro… No recuerdo su nombre.
- No sé cómo se llama, sólo le presté unos libros – protesta entre risas.
- ¡Vaya, tú también! – Marko le mira sin comprender, expectante - ¿No te has dado cuenta? ¡Todo el mundo está enamorado en esta maldita ciudad! Las chicas que antes ni te saludaban en el bulevar se derriten si les enseñas un pedazo de jabón. Hasta el tipo más impresentable lleva colgada del brazo una belleza dispuesta a todo, siempre que pueda mantenerla, claro… ¡Mi propia hermana se vendería a un mafioso por un frasco de perfume! – Ha dejado de sonreír, escupe las palabras con patética ironía, cargadas de un odio profundo - ¿Ves a ese tipo? – señala a un hombre de unos cincuenta años, piel morena y aspecto sospechosamente saludable que comparte mesa con dos policías de uniforme – ¡Ése puede conseguir cualquier cosa que desees! Vírgenes, viudas, muchachitos complacientes… Sólo tienes que pagar con divisas, marcos o dólares.
Estrella su vaso contra el suelo. Los dos policías sostienen su mirada desafiante sin mover un solo músculo. El mafioso esboza una sonrisa blanda, comprensiva. Marko apura la cerveza de un trago, piensa en la refugiada. El deseo se dispara estimulado por el alcohol, la visión de aquellos cuerpos meciéndose en la pista. Quizá ella estaría dispuesta… En la barra una muchacha ríe abrazada a un soldado que se tambalea peligrosamente. La agarra por la muñeca con su único brazo y la besa en el cuello.
- Ése perdió un brazo en Trebevic – dice Mirsad siguiendo su mirada – Se niega a licenciarse, va a las trincheras con una pistola y la radio a la espalda.
- Si fuera de los míos no lo permitiría…
- ¿Crees que necesita tu compasión? No lo hace por patriotismo, sólo quiere vengarse.
Dragic permanece en silencio, concentrado en el contenido de su vaso. Un miliciano se acerca, espera el permiso de Mirsad para hablar, mirando con desconfianza a su alrededor.
- Hemos cogido a otro – anuncia complacido – Te están esperando para interrogarle.
- ¿Francotirador?
- No ha confesado, pero tiene marcas en el hombro. Le cogieron en Mojmilo, con una mujer. También está detenida.
- Tengo que irme – Mirsad se levanta bruscamente, le estrecha la mano, se inclina con exagerada ceremonia antes Dragic – Alguien tiene que hacer el trabajo sucio…
Marko le mira y siente como el vínculo que les unía se aleja con él, quizá para siempre. A través de los altavoces una voz aguda repite: “No necesito vuestra guerra civil”.
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