El Gobierno bosnio, confiado en el reconocimiento de la comunidad internacional – que había condicionado su dictamen a la celebración de un referéndum democrático – declaró la independencia por aplastante mayoría mientras grupos de serbios armados levantaban barricadas en los barrios periféricos. La radio y la televisión emitían canciones pacifistas, lanzaban mensajes esperanzadores a la población que, desafiando a los francotiradores, se manifestaba por un estado multiétnico. Desde Belgrado, Radovan Karadjic anunciaba: “Comparado con Bosnia, el Ulster será un lugar de vacaciones”. Los hechos parecían darle la razón. En Bjeljina, junto a la frontera serbia, paramilitares apoyados por soldados federales atacaban la ciudad portando símbolos chetnik. De Kupres, Capljnja o Derventa llegaban noticias de tiroteos, asesinatos, auténticos combates entre policías leales al gobierno y grupos irregulares, equipados con armas pesadas y bien organizados. Mientras en Bruselas se reunía con urgencia la Conferencia de Paz para Yugoslavia, el caos reinaba en Sarajevo. Guerrilleros vestidos a los Rambo, pistoleros adolescentes y bandas de delincuentes se había apoderado de las calles, delimitando con barricadas y puestos de control los diferentes barrios en los que actuaban con total impunidad. Pese a las advertencias y los comunicados públicos, miles de ciudadanos atemorizados trataban de abandonar la ciudad en toda clase de vehículos colapsando las carreteras en su desesperada huida. Los más afortunados conseguían regresar, disuadidos por los controles que surgían en cada esquina, las emboscadas en los caminos y las solitarios pistas forestales. Otros veían como sus coches, las escasas pertenencias reunidas a toda prisa, eran requisadas a punta de fusil. Algunos simplemente desaparecían.
Marko había pasado la mañana recorriendo los bancos, tratando de conseguir algún dinero. Las tiendas que no habían sido saqueadas se encontraban repletas de compradores histéricos, temerosos de que los precios se disparasen, especuladores, acaparadores, mafiosos incipientes armados de fusiles de asalto. Al fin, abrumado por la muchedumbre agolpada frente al Yugobank, la muralla de policías apostados en la entrada, tuvo que desistir. Compró cigarrillos, por el doble de su precio habitual, a un vendedor ambulante y decidió pasar por el café en busca de noticias. El interior, siempre en penumbra, se hallaba casi vació. Media docena de clientes dejaban reposar el café observando a la gente que deambulaba por las calles, hombres y mujeres de edad madura, ancianos, con el miedo pintando sus rostros congestionados, los puños crispados, grupos dispersos que aceleraban el paso a un tiempo, afanándose por llegar los primeros a un acontecimiento desconocido, una oportunidad incierta, reservada sólo para los más rápidos. Algunos habituales se detenían pensativos en la puerta, evaluando la posibilidad de retomar la costumbre ritual, la conversación con los viejos amigos. Después, algo avergonzados, saludaban y seguían su camino adentrándose en la corriente humana que fluía en todas direcciones.
- ¿Me invitas a un café? Emir alzó la vista del pequeño televisor japonés – una novedad – colocado en el extremo de la barra.
- No creo que tarden en echarme, así que… - dijo paseando la mirada por las mesas vacías.
- Entonces ponme algo fuerte. ¿Te has fijado? Apenas pasa gente joven.
- Los mayores recuerdan todavía recuerdan la guerra, el hambre tiene memoria…
- Sí, es cierto pero, ¿dónde están los jóvenes entonces?
- ¿Tú qué crees?
Rieron mientras el camarero servía dos generosas copas de aguardiente. Brindaron hermanando sus sonrisas amargas, por los buenos tiempos.
- Por cierto, ¿has visto a Mirsad por aquí? – preguntó con fingida indiferencia.
- Sé que anda por ahí pegando tiros, con una gente peligrosa… - bajó la voz – Todo el mundo está cambiando demasiado deprisa.
Una fuerte explosión retumbó en el local haciendo vibrar los cristales. Los clientes escuchaban inmóviles, intercambiando miradas cómplices mientras la gente corrí en la calle.
- Ya ha empezado – anunció un elegante anciano, moviendo la cabeza sin levantar la vista del periódico.
- Pienso largarme un día de estos… - dijo Emir. Su voz parecía venir de muy lejos, como si aquel pensamiento hubiese recorrido un largo camino.
- Dicen que las carreteras están cortadas. Sólo dejan pasar a los serbios.
- Tú eres medio serbio. Dime, ¿qué tengo que hacer para ser como tú?
Los dos rieron con excesivo énfasis. En la televisión, varios hombres de uniforme rodeaban una pieza de artillería. La cámara, alineada con el cañón del arma, abrió el plano ligeramente desenfocado hasta encuadrar el edificio del Parlamento.
- ¡Eso es el monte Trebevic, conozco ése mirador! – exclamó Emir.
- ¡No puedo creer que estén tan cerca! Ahora mismo deben estar apuntándonos…
Un soldado de rostro achatado arrojó el cigarrillo al suelo, lo pisó y asintió mirando inquieto a su alrededor. “Tenemos a tiro toda la ciudad… Sólo esperamos órdenes.” Confirmando sus palabras, la cámara recorrió el valle de este a oeste, las torres de la ciudad nueva, las avenidas poco transitadas aquella mañana, las colinas veladas de niebla.
- Es curioso. Si disparasen ahora podríamos ver nuestra propia muerte por televisión…
Marko se sintió mareado, el aguardiente le revolvía el estómago vacío.
- No me encuentro bien, me voy a casa.
- Sí, creo que todos deberíamos marcharnos a casa - Emir miraba hipnotizado la pantalla en blanco y negro. Ya en la puerta, se volvió y saludó con la mano.
- Buena suerte…
De regreso al apartamento se preguntó si volvería verle. “¡Buena suerte!”. Todos la iban a necesitar… Mientras una ráfaga saludaba con amenazante premura la llamada a la oración en las mezquitas, imaginó a aquel hombre golpeado furiosamente por un grupo de soldados vestidos de negro, los rostros ocultos por pasamontañas. Emir se mantenía erguido, encajando los culatazos con una extraña sonrisa de triunfo. En Vase Miskina, cerca de la Catedral, los milicianos del gobierno habían instalado una oficina de reclutamiento: una mesa plegable y dos sillas protegidas por una lona de camuflaje. Algunos curiosos de detenían a escuchar el discurso de un joven oficial. - ¡Sí, soy un desertor del Ejército Federal! – clamaba con el rostro juvenil enrojecido por el esfuerzo – ¡Cuando estaba en Eslavonia combatiendo con nuestros hermanos croatas comprendí que aquella no era mi guerra, nuestra guerra! – tomó aliento esperando quizá unos aplausos que no llegaron - ¡Ahora os pido que os alistéis en las milicias para defender nuestra tierra de la agresión serbia y montenegrina! Las mismas palabras: “nuestra tierra, la agresión serbia…” ¿Por qué incluían a los montenegrinos con tanta insistencia? ¿Era una estrategia de los políticos para forzar su implicación? Un soldado le miraba fijamente, un rostro familiar, tal vez un antiguo estudiante. Se alejó con paso rápido sin volverse al escuchar su nombre.
domingo, 18 de diciembre de 2011
EL HORROR 5
Mirsad regresó al mediodía. Se sobresaltó al descubrir su cama ocupada, las huellas del insomnio y la ansiedad en las mantas retorcidas. Su esfuerzo por sonreír se transformó en una mueca desagradable. El rostro demacrado, sin afeitar, reflejaba la actividad frenética de los últimos días.
- ¡Tienes un aspecto horrible! – saludó Marko.
- ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir en un día como hoy?
Marko sostenía su mirada sorprendido por el brillo de triunfo que había en sus ojos, tan cercano a la maldad. Entonces vio la culata nacarada de la pistola asomando del interior de la chaqueta.
- Me la ha pasado un amigo, por si acaso…
Asintió vagamente y fue a la cocina a calentar el café. Mirsad le seguía conteniendo su impaciencia. Le agarró del brazo haciéndole volverse violentamente.
- ¡Escucha! Creo que no tienes ni idea de lo que está ocurriendo ahí fuera…
- Necesitas dormir, no tomes café ahora y come algo. Ya me contarás tus aventuras más tarde.
Mirsad suspiró largamente, acercó una silla y se sentó frente a él.
- Ayer uno de los nuestros mató a un serbio en una boda. ¡No digas nada, deja que termine! – sacó un cigarrillo y lo hizo girar entre los dedos sin decidirse a encenderlo – El tipo salió del coche con una bandera en mitad de la Bascarsija. Dicen que tenían bordada el águila chetnik, o la bandera roja, no estoy seguro, yo no estaba allí. El chico se puso nervioso, discutieron, aparecieron las pistolas… El serbio murió, y hay un pope herido – esperó a que dijera algo, después suspiró expulsando el humo por la nariz – Ahora la familia buscará venganza, ya sabes cómo son estas cosas, y seguro que hay jaleo así que más vale estar preparado.
- Dirán que es una provocación, la excusa que necesitan para desplegar el ejército y proteger a los serbios.
- ¡Esto no tiene nada que ver con el ejército! Fue una pelea, un accidente…
- No entiendo vuestra forma de hacer política, con pistolas… ¿Por qué iba armado ese amigo tuyo?
- No es mi amigo. Además, ya no tiene remedio, olvídalo.
Dudó un instante. Mirsad se recostó en la silla soltando un gruñido de placer al estirar las piernas. No era el momento de hacerle razonar.
- Fátima ha estado rondando por aquí toda la semana. Parecía preocupada, deberías hablar con ella.
- No le hagas caso, en el fondo está orgullosa de mí. La llamaré cuando me levante.
- ¡Está loca por ti, verdad! – dijo riendo – Un tipo duro…
Mirsad agradeció la tregua con un gesto burlón.
- ¿Y tú que has estado haciendo? ¿Fuiste a votar?
- ¡No! No estoy seguro de quién tiene razón. Además, con el boicot el resultado…
Se detuvo alarmado al escuchar dos golpes fuertes, apremiantes en la puerta.
- Tranquilo, no hagas ruido – susurró Mirsad amartillando la pistola.
Rodeó con las manos la taza caliente para contener el temblor. Mirsad intercambió unas palabras en la puerta antes de volver acompañado de un hombre joven, con el aspecto pulcro de un estudiante islámico, al que Marko no había visto nunca.
- Este es Sefir. Mi compañero Marko Bregovic…
Sefir vestía un largo abrigo negro. De su cadera colgaba un fusil con la culata plegada, con brillos de aceitado reciente. El rostro moreno, de barba cuidadosamente recortada, ligeramente inclinado, como si evaluase a un enemigo potencial. Se preguntó si habría sido él quien había disparado en la boda.
-No te preocupes, puedes hablar – dijo Mirsad, muy serio en su retomado papel de activista.
- Tenemos que volver. Los chetniks han levantado barricadas y están disparando a los nuestros. Hay que defender la Asamblea.
- Esperadme en el coche, voy enseguida.
Sefir parecía no comprender mientras les miraba. Al fin asintió sonriendo y salió con calculada lentitud.
- ¡Mierda, creo que no voy a poder dormir! – apuró de un trago el café que Marko le ofrecía, se guardó un pedazo de pan en el bolsillo y sonrió con amargura - ¡Cuando uno se mete en un lío debe ir hasta el final!
- Ten cuidado…
- No te preocupes, todo se arreglará. Somos más que ellos y tenemos razón.
Conectó la radio. ZID, la emisora independiente, emitía un boletín urgente: francotiradores serbios, apostados en los pisos altos del hotel Holyday Inn disparaban contra una multitudinaria manifestación por la paz. Varios heridos habían sido trasladados a los hospitales. En las montañas, como respuesta al triunfo de los independentistas, cientos de radicales armados bloqueaban las carreteras de acceso a la capital. Se sentó frente al televisor temiendo encenderlo. “Quizá sólo sea una demostración de fuerza – pensaba -, una vuelta de tuerca para obtener concesiones”. No, era el miedo lo que le impedía materializar sus temores en imágenes reconocibles, escenarios cotidianos ahora amenazados. Podía ver a la multitud huyendo aterrada, movimientos bruscos de la cámara, un zoom furtivo recorriendo las ventanas del hotel en busca de tiradores ocultos. Le espantaba la idea de reconocer a algún herido, el rostro congelado de un muerto, un amigo, alguno de sus alumnos, su propio rostro… Se recostó en el sofá cerrando los ojos con fuerza, obligándose a respirar rítmicamente, reconociendo el pánico.
Al abrir los ojos Nadja le miraba desde el retrato. ¿Cuánto tiempo? ¿Seis meses, siete? Aquella tarde, mientras ella estudiaba, había estado jugando con la cámara, persiguiendo su rostro esquivo, malhumorado, sonriente al fin. ¿Entendería su situación, la urgente necesidad de mitigar su terror con un eco lejano de normalidad, aferrarse al mundo civilizado en el que ella vivía? Sin duda se sentiría decepcionada al conocer su decisión, no entendería su rechazo a participar en un proceso que ella apoyaba desde París, más allá de sus repercusiones, el peligro de un levantamiento armado, la posibilidad de recibir un disparo, morir en la calle…
Una voz femenina se disculpaba amablemente: las líneas estaba saturadas. Siguió intentándolo durante toda la mañana. Era inútil, el auricular le devolvía ahora un pitito interminable, la suma – pensó – de todas las voces que buscaban normalidad o consuelo en la distancia. Tomó el retrato y lo contempló largamente, concentrándose en detalles olvidados por la costumbre, la camisa masculina prestada, rayas finas, pasada de moda, los diminutos pendientes, el labio superior sobresaliendo en un mohín de disgusto, hasta que las sombras del atardecer disolvieron aquellos rasgos, privados ya de expresión.
- ¡Tienes un aspecto horrible! – saludó Marko.
- ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir en un día como hoy?
Marko sostenía su mirada sorprendido por el brillo de triunfo que había en sus ojos, tan cercano a la maldad. Entonces vio la culata nacarada de la pistola asomando del interior de la chaqueta.
- Me la ha pasado un amigo, por si acaso…
Asintió vagamente y fue a la cocina a calentar el café. Mirsad le seguía conteniendo su impaciencia. Le agarró del brazo haciéndole volverse violentamente.
- ¡Escucha! Creo que no tienes ni idea de lo que está ocurriendo ahí fuera…
- Necesitas dormir, no tomes café ahora y come algo. Ya me contarás tus aventuras más tarde.
Mirsad suspiró largamente, acercó una silla y se sentó frente a él.
- Ayer uno de los nuestros mató a un serbio en una boda. ¡No digas nada, deja que termine! – sacó un cigarrillo y lo hizo girar entre los dedos sin decidirse a encenderlo – El tipo salió del coche con una bandera en mitad de la Bascarsija. Dicen que tenían bordada el águila chetnik, o la bandera roja, no estoy seguro, yo no estaba allí. El chico se puso nervioso, discutieron, aparecieron las pistolas… El serbio murió, y hay un pope herido – esperó a que dijera algo, después suspiró expulsando el humo por la nariz – Ahora la familia buscará venganza, ya sabes cómo son estas cosas, y seguro que hay jaleo así que más vale estar preparado.
- Dirán que es una provocación, la excusa que necesitan para desplegar el ejército y proteger a los serbios.
- ¡Esto no tiene nada que ver con el ejército! Fue una pelea, un accidente…
- No entiendo vuestra forma de hacer política, con pistolas… ¿Por qué iba armado ese amigo tuyo?
- No es mi amigo. Además, ya no tiene remedio, olvídalo.
Dudó un instante. Mirsad se recostó en la silla soltando un gruñido de placer al estirar las piernas. No era el momento de hacerle razonar.
- Fátima ha estado rondando por aquí toda la semana. Parecía preocupada, deberías hablar con ella.
- No le hagas caso, en el fondo está orgullosa de mí. La llamaré cuando me levante.
- ¡Está loca por ti, verdad! – dijo riendo – Un tipo duro…
Mirsad agradeció la tregua con un gesto burlón.
- ¿Y tú que has estado haciendo? ¿Fuiste a votar?
- ¡No! No estoy seguro de quién tiene razón. Además, con el boicot el resultado…
Se detuvo alarmado al escuchar dos golpes fuertes, apremiantes en la puerta.
- Tranquilo, no hagas ruido – susurró Mirsad amartillando la pistola.
Rodeó con las manos la taza caliente para contener el temblor. Mirsad intercambió unas palabras en la puerta antes de volver acompañado de un hombre joven, con el aspecto pulcro de un estudiante islámico, al que Marko no había visto nunca.
- Este es Sefir. Mi compañero Marko Bregovic…
Sefir vestía un largo abrigo negro. De su cadera colgaba un fusil con la culata plegada, con brillos de aceitado reciente. El rostro moreno, de barba cuidadosamente recortada, ligeramente inclinado, como si evaluase a un enemigo potencial. Se preguntó si habría sido él quien había disparado en la boda.
-No te preocupes, puedes hablar – dijo Mirsad, muy serio en su retomado papel de activista.
- Tenemos que volver. Los chetniks han levantado barricadas y están disparando a los nuestros. Hay que defender la Asamblea.
- Esperadme en el coche, voy enseguida.
Sefir parecía no comprender mientras les miraba. Al fin asintió sonriendo y salió con calculada lentitud.
- ¡Mierda, creo que no voy a poder dormir! – apuró de un trago el café que Marko le ofrecía, se guardó un pedazo de pan en el bolsillo y sonrió con amargura - ¡Cuando uno se mete en un lío debe ir hasta el final!
- Ten cuidado…
- No te preocupes, todo se arreglará. Somos más que ellos y tenemos razón.
Conectó la radio. ZID, la emisora independiente, emitía un boletín urgente: francotiradores serbios, apostados en los pisos altos del hotel Holyday Inn disparaban contra una multitudinaria manifestación por la paz. Varios heridos habían sido trasladados a los hospitales. En las montañas, como respuesta al triunfo de los independentistas, cientos de radicales armados bloqueaban las carreteras de acceso a la capital. Se sentó frente al televisor temiendo encenderlo. “Quizá sólo sea una demostración de fuerza – pensaba -, una vuelta de tuerca para obtener concesiones”. No, era el miedo lo que le impedía materializar sus temores en imágenes reconocibles, escenarios cotidianos ahora amenazados. Podía ver a la multitud huyendo aterrada, movimientos bruscos de la cámara, un zoom furtivo recorriendo las ventanas del hotel en busca de tiradores ocultos. Le espantaba la idea de reconocer a algún herido, el rostro congelado de un muerto, un amigo, alguno de sus alumnos, su propio rostro… Se recostó en el sofá cerrando los ojos con fuerza, obligándose a respirar rítmicamente, reconociendo el pánico.
Al abrir los ojos Nadja le miraba desde el retrato. ¿Cuánto tiempo? ¿Seis meses, siete? Aquella tarde, mientras ella estudiaba, había estado jugando con la cámara, persiguiendo su rostro esquivo, malhumorado, sonriente al fin. ¿Entendería su situación, la urgente necesidad de mitigar su terror con un eco lejano de normalidad, aferrarse al mundo civilizado en el que ella vivía? Sin duda se sentiría decepcionada al conocer su decisión, no entendería su rechazo a participar en un proceso que ella apoyaba desde París, más allá de sus repercusiones, el peligro de un levantamiento armado, la posibilidad de recibir un disparo, morir en la calle…
Una voz femenina se disculpaba amablemente: las líneas estaba saturadas. Siguió intentándolo durante toda la mañana. Era inútil, el auricular le devolvía ahora un pitito interminable, la suma – pensó – de todas las voces que buscaban normalidad o consuelo en la distancia. Tomó el retrato y lo contempló largamente, concentrándose en detalles olvidados por la costumbre, la camisa masculina prestada, rayas finas, pasada de moda, los diminutos pendientes, el labio superior sobresaliendo en un mohín de disgusto, hasta que las sombras del atardecer disolvieron aquellos rasgos, privados ya de expresión.
EL HORROR 4
El primero de marzo, día de las elecciones, decidió quedarse en casa. Ante el temor a un golpe de mano de los militares y los seguidores radicales de Karadjic, terminó por rendirse a la prudencia, confiar en la objetividad y perspectiva que ofrecía seguir los acontecimientos a través de la radio y las cadenas extranjeras de televisión.
Mirsad se había marchado para participar en la campaña del SDA. Durante las últimas semanas sus actividades se habían convertido en motivo constante de discusión. Mirsad, apremiado a explicar el misterio de sus salidas nocturnas, el carácter secreto de las reuniones, aludía vagamente a intereses superiores aceptando con visible impaciencia, y un extraño sentimiento de vergüenza infantil, el paternalismo de su amigo:
- Los políticos se sirven de personas como tú para favorecer sus intereses. Ellos nunca se responsabilizan de las consecuencias, os utilizan…
Lo que más le irritaba, sin embargo, eran las continuas visitas de Fátima. La muchacha acudía cada tarde, al salir del hotel donde trabajaba, con la esperanza de encontrarse con Mirsad. Ante su insistencia, Marko no tenía más remedio que inventar excusas poco convincentes que ella fingía creer.
A media tarde se escucharon los primeros disparos, ráfagas de armas automáticas retumbando en el valle con siniestras cadencia. Desde las ventanas observaba a la gente reunida en animados grupos, comentando las últimas noticias, rumores, ignorando las detonaciones como algo previsto, la sensación de peligro realzando la solemnidad de una jornada histórica. Coches repletos de jóvenes circulaban a toda velocidad por la avenida; sus ocupantes, asomando el cuerpo por las ventanillas, lazaban gritos y consignas a favor de la secesión entre el ondear de banderas y algunos fusiles. Policías de paisano y civiles armados patrullaban las calles con la tensión dibujada en los rostros, limitándose a observar el paso de los vehículos y anotar el número de las matrículas. Acostumbrados al orden y la férrea disciplina, la represión de cualquier disidencia, parecían desorientados ante la nueva situación. La televisión local insistía en la ausencia de incidentes, destacando la participación de gran número de serbios que habían decidido ignorar el boicot anunciado por el SDS de Karadjic y el resto de partidos contrarios al referéndum.
Pasó el resto del día pendiente de las noticias, deambulando inquieto entre el salón y las ventanas, tratando de contagiarse del optimismo que transmitían los locutores, el abierto partidismo de los comunicados oficiales, los primeros resultados. Acostumbrado al análisis desapasionado, objetivo, el espíritu crítico, se rebelaba contra las declaraciones que convertían la independencia en un hecho consumado, obviando las reacciones de las fuerzas contrarias. Tenía la impresión de que el gobierno había adoptado la peligrosa consigna: “sigamos adelante y ya veremos que ocurre”, lo que constituía una auténtica provocación para los serbo-bosnios más radicales. “En realidad – pensaba – el resultado del referéndum no es tan importante como la voluntad de los partidos serbios y croatas de respetar el deseo de la mayoría”. Y no lo habían hecho en Eslovenia, donde apenas vivían ciudadanos serbios, ni en Croacia. Después del boicot, anunciado meses antes de la consulta, nadie podía esperar que dirigentes como Karadjic o Seselj cambiaran sus amenazas por una actitud dialogante. Además del problema de las regiones de mayoría serbia que habían proclamado su autonomía siguiendo el ejemplo de sus hermanos de Croacia, el principal temor provenía de las tropas federales acuarteladas en territorio bosnio: soldados evacuados de Eslovenia, reservistas llegados de Montenegro, unidades desplegadas en las fronteras, junto a los puentes y autopistas, puntos estratégicos incluidas las grandes ciudades. Forzar su salida de una república teóricamente independiente, sin ejército propio, no parecía una cuestión fácil de resolver. Aunque no podía descartarse la posibilidad de llegar a un acuerdo político, una resolución más de la ONU, pocos confiaban en que los generales, todavía fieles en su mayoría a una Yugoslavia inexistente, sometidos otros a los dictados del Estado Mayor controlado por Milosevic, aceptaran abandonar los cuarteles, los depósitos de munición, fábricas de armas o aeródromos. La herida de la humillante derrota en Eslovenia no se había cerrado y los éxitos de la campaña croata, con un tercio de la región ocupada por los rebeldes serbios, constituía una amenazadora muestra del poder del Ejército Federal. Como había escrito el profesor Nacirovic, su mentor en la universidad antes de exiliarse: “el escenario está preparado para la batalla entre los civilizados habitantes de las ciudades y los bárbaros de las montañas, aferrados a la tierra, la iglesia y las sagradas tradiciones. Si los militares se alían con ellos, estamos perdidos…”
Durante la noche fue creciendo la intensidad del tiroteo. Se escuchaban disparos aislados hacia el sur, al otro lado del río. Arcos de luz rojiza, provocados por el fósforo de las balas trazadoras, se elevaban sobre los edificios más altos del centro. En la avenida, un grupo de jóvenes celebraba por anticipado la victoria agitando la bandera con la flor de lis, disparando al aire sus pistolas ante la mirada impotente de la policía. Radio Sarajevo informaba sobre el bloqueo de la carretera de Belgrado cerca de Pale, bastión de los radicales, movimientos de tropas en los alrededores del aeropuerto y el edificio de la televisión.
Rendido al insomnio preparó café y se sentó a escribir sus impresiones. Las ideas y sentimientos contradictorios afloraban con urgencia: el miedo, la sensación de libertad, el ansiado espíritu revolucionario, “la solemnidad de aquel día, comparable al acto de reunificación alemana” del que hablaban en la radio, el nacimiento de una nueva era. El sonido de los disparos le impedía concentrarse. En realidad, asumió, se sentía terriblemente solo y asustado. Recordó que apenas había comido durante el día mientras apuraba en último cigarrillo. Apagó las luces y se tumbó en la cama de Mirsad, bajo la ventana orientada al norte, al otro lado de la avenida. Nadja… En su última carta se burlaba de los franceses: “Me acogieron como a una disidente, una refugiada. Son tan ingenuos… Aquí los comunistas tienen soluciones para todo. Los jóvenes burgueses envían dinero al Partido Comunista Indio. Creen que Milosevic y los suyos tienen razón sólo porque se autodenominan socialistas, los legítimos herederos de Tito. No imaginas los desilusionados que se sintieron cuando retiraron la estrella roja de la bandera…” ¿Cuánto costaría un billete a París? Fátima debía saberlo. Debía hablar con Nadja, pedirle que le buscara trabajo, un lugar donde vivir. Tal vez aquel editor se acordase de él…
Al amanecer la situación pareció calmarse. Después de una noche de insomnio, concentrado en el inquietante tableteo de las ráfagas, calculando mentalmente la distancia, el barrio desde donde se disparaba, el repentino silencio se hizo insoportable.
Mirsad se había marchado para participar en la campaña del SDA. Durante las últimas semanas sus actividades se habían convertido en motivo constante de discusión. Mirsad, apremiado a explicar el misterio de sus salidas nocturnas, el carácter secreto de las reuniones, aludía vagamente a intereses superiores aceptando con visible impaciencia, y un extraño sentimiento de vergüenza infantil, el paternalismo de su amigo:
- Los políticos se sirven de personas como tú para favorecer sus intereses. Ellos nunca se responsabilizan de las consecuencias, os utilizan…
Lo que más le irritaba, sin embargo, eran las continuas visitas de Fátima. La muchacha acudía cada tarde, al salir del hotel donde trabajaba, con la esperanza de encontrarse con Mirsad. Ante su insistencia, Marko no tenía más remedio que inventar excusas poco convincentes que ella fingía creer.
A media tarde se escucharon los primeros disparos, ráfagas de armas automáticas retumbando en el valle con siniestras cadencia. Desde las ventanas observaba a la gente reunida en animados grupos, comentando las últimas noticias, rumores, ignorando las detonaciones como algo previsto, la sensación de peligro realzando la solemnidad de una jornada histórica. Coches repletos de jóvenes circulaban a toda velocidad por la avenida; sus ocupantes, asomando el cuerpo por las ventanillas, lazaban gritos y consignas a favor de la secesión entre el ondear de banderas y algunos fusiles. Policías de paisano y civiles armados patrullaban las calles con la tensión dibujada en los rostros, limitándose a observar el paso de los vehículos y anotar el número de las matrículas. Acostumbrados al orden y la férrea disciplina, la represión de cualquier disidencia, parecían desorientados ante la nueva situación. La televisión local insistía en la ausencia de incidentes, destacando la participación de gran número de serbios que habían decidido ignorar el boicot anunciado por el SDS de Karadjic y el resto de partidos contrarios al referéndum.
Pasó el resto del día pendiente de las noticias, deambulando inquieto entre el salón y las ventanas, tratando de contagiarse del optimismo que transmitían los locutores, el abierto partidismo de los comunicados oficiales, los primeros resultados. Acostumbrado al análisis desapasionado, objetivo, el espíritu crítico, se rebelaba contra las declaraciones que convertían la independencia en un hecho consumado, obviando las reacciones de las fuerzas contrarias. Tenía la impresión de que el gobierno había adoptado la peligrosa consigna: “sigamos adelante y ya veremos que ocurre”, lo que constituía una auténtica provocación para los serbo-bosnios más radicales. “En realidad – pensaba – el resultado del referéndum no es tan importante como la voluntad de los partidos serbios y croatas de respetar el deseo de la mayoría”. Y no lo habían hecho en Eslovenia, donde apenas vivían ciudadanos serbios, ni en Croacia. Después del boicot, anunciado meses antes de la consulta, nadie podía esperar que dirigentes como Karadjic o Seselj cambiaran sus amenazas por una actitud dialogante. Además del problema de las regiones de mayoría serbia que habían proclamado su autonomía siguiendo el ejemplo de sus hermanos de Croacia, el principal temor provenía de las tropas federales acuarteladas en territorio bosnio: soldados evacuados de Eslovenia, reservistas llegados de Montenegro, unidades desplegadas en las fronteras, junto a los puentes y autopistas, puntos estratégicos incluidas las grandes ciudades. Forzar su salida de una república teóricamente independiente, sin ejército propio, no parecía una cuestión fácil de resolver. Aunque no podía descartarse la posibilidad de llegar a un acuerdo político, una resolución más de la ONU, pocos confiaban en que los generales, todavía fieles en su mayoría a una Yugoslavia inexistente, sometidos otros a los dictados del Estado Mayor controlado por Milosevic, aceptaran abandonar los cuarteles, los depósitos de munición, fábricas de armas o aeródromos. La herida de la humillante derrota en Eslovenia no se había cerrado y los éxitos de la campaña croata, con un tercio de la región ocupada por los rebeldes serbios, constituía una amenazadora muestra del poder del Ejército Federal. Como había escrito el profesor Nacirovic, su mentor en la universidad antes de exiliarse: “el escenario está preparado para la batalla entre los civilizados habitantes de las ciudades y los bárbaros de las montañas, aferrados a la tierra, la iglesia y las sagradas tradiciones. Si los militares se alían con ellos, estamos perdidos…”
Durante la noche fue creciendo la intensidad del tiroteo. Se escuchaban disparos aislados hacia el sur, al otro lado del río. Arcos de luz rojiza, provocados por el fósforo de las balas trazadoras, se elevaban sobre los edificios más altos del centro. En la avenida, un grupo de jóvenes celebraba por anticipado la victoria agitando la bandera con la flor de lis, disparando al aire sus pistolas ante la mirada impotente de la policía. Radio Sarajevo informaba sobre el bloqueo de la carretera de Belgrado cerca de Pale, bastión de los radicales, movimientos de tropas en los alrededores del aeropuerto y el edificio de la televisión.
Rendido al insomnio preparó café y se sentó a escribir sus impresiones. Las ideas y sentimientos contradictorios afloraban con urgencia: el miedo, la sensación de libertad, el ansiado espíritu revolucionario, “la solemnidad de aquel día, comparable al acto de reunificación alemana” del que hablaban en la radio, el nacimiento de una nueva era. El sonido de los disparos le impedía concentrarse. En realidad, asumió, se sentía terriblemente solo y asustado. Recordó que apenas había comido durante el día mientras apuraba en último cigarrillo. Apagó las luces y se tumbó en la cama de Mirsad, bajo la ventana orientada al norte, al otro lado de la avenida. Nadja… En su última carta se burlaba de los franceses: “Me acogieron como a una disidente, una refugiada. Son tan ingenuos… Aquí los comunistas tienen soluciones para todo. Los jóvenes burgueses envían dinero al Partido Comunista Indio. Creen que Milosevic y los suyos tienen razón sólo porque se autodenominan socialistas, los legítimos herederos de Tito. No imaginas los desilusionados que se sintieron cuando retiraron la estrella roja de la bandera…” ¿Cuánto costaría un billete a París? Fátima debía saberlo. Debía hablar con Nadja, pedirle que le buscara trabajo, un lugar donde vivir. Tal vez aquel editor se acordase de él…
Al amanecer la situación pareció calmarse. Después de una noche de insomnio, concentrado en el inquietante tableteo de las ráfagas, calculando mentalmente la distancia, el barrio desde donde se disparaba, el repentino silencio se hizo insoportable.
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