sábado, 28 de enero de 2012
EL HORROR 15
Cuando despertó el familiar sonido de los morteros retumbaba en el valle. Estiró los miembros entumecidos tratando de recordar dónde se encontraba. Entonces vio la nota de Mirsad sobre la mesilla: “Estoy bien, sobrevivo en Grbavica. Espero que te guste la nueva decoración. Ya nos veremos. O no”
Al regresar de madrugada apenas había tenido tiempo de leer fugazmente la nota mientras buscaba un lugar donde dormir. Mirsad había hecho un trabajo concienzudo: las ventanas estaban cegadas con plásticos, colchones y tablas clavadas a la pared; los muebles, cuadros, el televisor y varias cajas repletas de libros se apilaban en un cuarto orientado al lado norte de la avenida. En la cocina había reunido algunas provisiones: leche en polvo, harina, café, arroz, conservas y una docena de cajetillas de tabaco. Desayunó esperando a que la bañera se llenase de agua tibia, teñida de óxido. Mientras se afeitaba buscó en su rostro alguna señal que revelase la lucha que mantenía en su interior, un resto de locura en su mirada, el estigma del asesino… El espejo sólo reflejaba su gesto cansado, los ojos enrojecidos, la piel reseca, pálida, tirante sobre los pómulos descarnados. Se despidió de su imagen con una sonrisa burlona.
Cuando salió a la calle la ciudad parecía contener la respiración antes de lanzarse a la rutina que la guerra comenzaba a imponer. Los ciudadanos, sometidos a la tiranía de la necesidad, trataban de mantener un resto de dignidad oponiendo a la barbarie un aspecto pulcro, incluso elegante. Algunas mujeres lucían trajes de primavera, faldas cortas, medias de seda y zapatos de piel, con la suela reforzada contra los fragmentos de cristal, mientras corrían entre edificios en ruinas arrastrando carros cargados de leña y bidones de agua. Sus rostros demacrados se rebelaban contra el pánico bajo el abundante maquillaje. Los escasos hombres que habían evitado el reclutamiento forzoso salían a la calle cuidadosamente afeitados, caminando con paso firme, despreocupado, hasta que un disparo lejano, el eco de una explosión, convertía su heroico paseo en una patética carrera hasta el refugio más próximo.
A la sombra de la Presidencia los milicianos se agrupaban esperando instrucciones. Un hombre joven gritaba golpeándose la frente con las manos. Los demás le observaban en silencio.
- ¿Qué clase de hombres son esos? – decía agitando los brazos.
- ¿Qué le pasa?
- Han bombardeado el Hospital Maternal – contestó Dusan enseñando los dientes con rabia – Su hermana estaba allí…
Un funcionario se asomó quejándose del alboroto entre los sacos terreros del primero piso. Disuadido por las miradas de los soldados desapareció rápidamente.
- ¡Ya os tocará salir a vosotros! – explotó uno de los veteranos.
- ¿No hay órdenes?
- Nada… Esperar. Esta noche han intentado cruzar el río por Skenderija. Dicen que estaban preparando el terreno para los tanques, el asalto final…
El asalto final. Rumores. Llevaban dos semanas esperando esa columna de tanques, la incursión desde el Cuartel de Lukavika hasta el edificio de la Presidencia, dividiendo en dos la ciudad. Todos los cohetes y armas anti-carro se habían concentrado en los alrededores de la sede del Gobierno, protegiendo las vías de acceso sembradas de minas y barricadas. Sólo podían esperar… El estampido de un mortero pesado produjo un movimiento de tensa alerta. Corrieron a refugiarse mientras el silbido del proyectil anunciaba el impacto cercano. La onda expansiva hizo vibrar las paredes del búnker levantando una nube de polvo.
- ¡Ha caído en el centro! – gritó alguien.
Salieron precipitadamente, cuando un segundo mortero inició su caída. Marko corría hacia los gritos procedentes de Vase Miskina, un clamor ascendente de lamentos, sirenas, gente que huía del lugar lanzando miradas furtivas, horrorizadas a su espalda, figuras fantasmales emergiendo de una niebla lechosa. La tercera explosión sacudió el aire frente a él lanzándole de espaldas. Sintió como algo le golpeaba la cabeza, una luz cegadora, oscuridad, silencio…
Cuando abrió los ojos una ambulancia llegaba a toda velocidad derrapando al frenar en la calle pavimentada. Tenía la vista desenfocada, un agudo zumbido en los oídos; las sienes le palpitaban bombeando sangre caliente a través de una brecha abierta en la frente, sobre el ojo derecho. Se incorporó lentamente y entonces contempló una escena sacada de la pesadilla de un loco: decenas de cuerpos horriblemente mutilados se arrastraban sobre un lecho viscoso de sangre y polvo lanzando alaridos inhumanos, suplicando ayuda con voz entrecortada, encogidos en silencio, muecas incrédulas petrificadas en los rostros deformados por el dolor, pintados con el color ceniciento de la muerte. Restos humanos aún humeantes, vísceras, masas retorcidas de músculos y huesos cercenados se amontonaban junto a la pared ensangrentada donde, minutos antes, doscientas personas hacían cola frente a la panadería.
Las ambulancias partían frenéticas hacia Kosevo y el Hospital Francés cuando los francotiradores comenzaron a disparar. Quienes habían logrado sobrevivir a la metralla intentaban poner a salvo a los heridos maldiciendo a gritos transportando los cuerpos destrozados bajo una lluvia de balas. Numerosos periodistas, alertados por los comunicados urgentes que emitían las emisoras locales, llegaban a toda prisa disparando sin descanso las cámaras, filmando los restos del horror que enrojecían el suelo, la evacuación de los heridos, despojos humanos contemplando alucinados sus cuerpos desmembrados antes de desmayarse o morir.
Gateó hasta un portal sintiendo la sangre resbalar por el cuello. Permaneció inmóvil, tratando de comprender lo ocurrido. Sentía un odio inmenso hacia todos aquellos cuerpos, hombres que se dejaban matar como animales cegados por el hambre. “Morir como un perro”… No lo permitiría, moriría matando. Deseaba con todas su fuerzas ver aparecer aquellos tanques… Sí esa era la respuesta, morir tan lleno de odio y deseos de venganza que su propia desaparición física, la conciencia nublada de ira, carecería de importancia…
Una enfermera, atraída por el reguero de sangre, se asomó precavida, sin decidirse a entrar.
- No es nada – murmuró tranquilizándola.
La mujer, con el terror reflejado en sus grandes ojos claros, le vendó la cabeza con manos temblorosas. Su cuerpo emitía un acre olor a sudor mezclado con el hedor dulzón de la carne humana abrasada.
EL HORROR 14
Samir asoma la cabeza con cuidado, contiene la respiración atento a los sonidos que llenan la sala, jadeos, suspiros, los ronquidos de la señora Radic que tanto les hacen reír antes de dormirse. Siente el rostro cercano de Alma, el olor tibio que desprende su pequeño cuerpo encogido. Retira la manta y se incorpora lentamente. Se aleja gateando, los zapatos unidos por los cordones colgando del cuello. Entonces se le ocurre la idea: retrocede y coloca la almohada bajo la manta como hacía aquel preso en la película antes de fugarse. Sonríe al pensar en la cara que pondrán los otros cuando se lo cuente.
En la calle la noche es fría, sin luna. Se sube el cuello del abrigo y se ajusta el gorro en la nuca, sobre los ojos. “¡Si tuviera un pasamontañas!”. Un escalofrío le recorre la espalda al recordar las imágenes de la televisión, los chetniks deteniendo aquel coche en un control, la mirada terrible de sus ojos, el rostro oculto bajo el pasamontañas negro… “Algunos tienen un agujero en la boca, para fumar” – había explicado Djuro. A Djuro le gustaría estar con los chetniks, disparar uno de esos lanzacohetes.
Miro y Dimitri están fumando en el fondo del zaguán. Meten el cigarro en un bote de conservas vacío para que el resplandor de la llama no les delate.
- Así lo hacen los milicianos en las trincheras. Me lo ha dicho mi hermano – susurra Miro.
Samir decide no contarles el truco de la almohada: teme que se burlen de él. Dimitri “el rojo” bizquea cómicamente al aspirar el humo. Al reír se atraganta y comienza a toser.
- ¡Estáis muertos!
Los muchachos quedan paralizados. Samir siente un viento helado en la nuca, intenta gritar pero ningún sonido sale de su garganta.
- ¡Soy yo idiotas! – dice Djuro riendo a su espalda - ¡Os he sorprendido por la retaguardia! Si fuera un chetnik ya estaríais muertos.
- ¡Imbécil, vaya susto!
- ¿Por qué has tardado tanto?
- No encontraba la linterna. Luego se me ocurrió daros una sorpresa.
Aunque Miro es el mayor – pronto cumplirá los catorce -, Djuro es el jefe de la banda. Unas semanas antes la metralla de un mortero le había herido en la pierna. Le dieron nueve puntos y ahora tiene una cicatriz en forma de media luna. Los soldados que le llevaron al hospital dijeron que era una señal, y que pronto le dejarían alistarse para ir al frente con ellos. Cuando salió del hospital volvieron a votar y le nombraron Capitán.
- ¿Dónde vamos? – pregunta Samir.
- A Bistrik. Ayer cayeron muchas bombas.
- ¡Pero hay que cruzar el río! – protesta Dimitri.
- ¡Si te da miedo no vengas! – Djuro le ilumina el rostro con la linterna. Su cabeza proyecta una sombra grotesca en la pared, las orejas prominentes, el pelo revuelto formando salientes que parecen cuernos. El rojo está a su lado y no puede verlo, pero ríe con ellos.
Avanzan pegados a las paredes, deteniéndose en los cruces a contemplar el arco de las trazadoras surcando el cielo. Caen algunas bombas hacia Skenderija y Grbavica, y más al oeste, en Ilidza. Al llegar al puente divisan una patrulla, cuatro soldados agazapados tras la pila de sacos terreros en la esquina. Djuro, que marcha siempre el primero, retrocede y se reúnen en un portal.
- No podemos cruzar. Iremos a Vratnik – Todos disimulan su alivio.
En una cuesta empinada descubren una casa de dos plantas, las paredes chamuscadas, un gran boquete en el lado sur. Sólo las ventanas del primer piso permanecen selladas con tablones.
- Probaremos aquí… ¿A quién le toca?
- ¡A Miro! – exclaman los demás a un tiempo.
Miro asiente resignado y cruza la calle con el rostro vuelto hacia el río: “si ves llegar la bala no te matará” – le había dicho su hermano. Dobla la esquina y desaparece. Mientras esperan, Samir se pregunta si habrán notado su ausencia. Sabe que Alma se pondrá a llorar y despertará a todo el mundo si descubre que se ha ido… Miro les hace señales desde el otro lado. Cruzan de uno en uno. Samir tropieza en la acera y está a punto de caer. El Capitán suspira, pero no dice nada. El zaguán está en silencio, huele a excrementos y orina. Mala señal. Suben directamente al primer piso, tanteando las paredes desconchadas, los escalones de piedra rezumando humedad.
- Aquí – susurra Djuro en cabeza.
Se reúnen jadeando frente a una puerta. Hay un papel clavado junto al marco. Cuando se acostumbran a la luz de la linterna leen: “Haris Sarovic. Reclutado”. Djuro empuja suavemente la puerta; después se encarama a los hombros de Miro y desliza la mano por el marco. La llave le golpea la cabeza y cae al suelo. Permanecen inmóviles un instante, escuchando. Nada. La puerta produce un leve chirrido al abrirse. Samir, agachado, mira entre las piernas de los otros, el corazón latiendo con fuerza. Al fin, se decide a entrar.
- ¡Desplegaos! – ordena Djuro.
Samir entra en la cocina, a la izquierda. Agita la pequeña linterna hasta que emite una débil luz amarillenta. Recorre los azulejos blancos, la mesa con el frutero vacío, los estantes del fondo repletos de cacharros metálicos. “Somos los primeros” – piensa. Alguien grita en la habitación de al lado. Apaga la linterna y se oculta bajo la mesa.
- ¡Samir, ven a ver esto!
Un olor extraño, repulsivo, como de fruta demasiado madura, flota en la habitación. Un cono de luz ilumina las sábanas azules, luego un pie, la piernas desnuda, el camisón blanco se hunde, se eleva en el pecho… Cierra los ojos, los aprieta con fuerza.
- ¡Eh, Samir no se atreve a mirar! – grita Dimitri ocultando su propio miedo.
Entonces ve el rostro de cera, los diminutos dientes, como de rata asomando entre los labios agrietados, los ojos muy abiertos, oscuros, fijos en el techo. Djuro sonríe, mira la ventana sellada con tablas y enciende un Drina. Miro está pálido, un hilo de saliva se desliza por su barbilla. Se da la vuelta y vomita apoyado en la pared.
- Se ha tomado las pastillas – dice Djuro sosteniendo un pequeño tarro de cristal.
- ¿Crees que lleva mucho tiempo…?
- No, aún no huele, y no hay gusanos.
- Deberíamos avisar a alguien.
- ¿Y qué decimos, que es nuestra tía y hemos venido a visitarla? – dice mirándole con desprecio.
- ¿Te atreves a tocarla? – pregunta Dimitri.
- ¿Y tú?
- Yo me atrevo a desnudarla…
Samir reprime las arcadas. Regresa a la cocina y vomita en la pila. Miro se sienta a su lado y le ofrece el cigarro.
Antes de marcharse Djuro revisa la mercancía: un juego de té, dos botella de licor, una radio, un reloj que parece de oro, un anillo, pulseras, pendientes, una maleta llena de ropa de mujer.
- El televisor es demasiado grande – se lamenta – Metedlo todo en los sacos, luego lo repartiremos.
Ya en el cuartel general fuman el último cigarrillo.
- ¿Qué hicisteis en la habitación?
Dimitri y Djuro cruzan una mirada cómplice y sonríen.
EL HORROR 13
Llevaba tres días sin dormir y estaba a punto de derrumbarse. Durante las últimas semanas su vida se había convertido en una pesadilla cotidiana, una prueba constante para sus nervios, el cerebro dispuesto a dar el gran salto hacia la locura. En el cruce, frente a él, un hombre se arrastraba junto a un coche en llamas mientras las piernas, seccionadas por encima de las rodillas, ardían en el interior. Un mortero le había alcanzado cuando intentaba cruzar la glorieta de Marindvor, una zona abierta, batida continuamente por la artillería. Los milicianos contemplaban la escena en silencio, impotentes: sabían que los francotiradores acechaban, esperando a que alguien se decidiera a acudir en su ayuda… Una extraña sensación de alivio le envolvió cuando un tirador impaciente puso fin a su agonía atravesándole el cuello con un disparo certero. Algunos no lo soportaron. Haris Redzovic aullaba como un lobo mientras sostenía en sus brazos el cuerpo de la niña que había logrado rescatar de entre los restos del coche. Tenía el vientre destrozado por la metralla, las vísceras colgando de la cadera, asomando bajo el vestido rasgado por el acero. Cuando consiguieron arrebatarle el cadáver se quedó sentado, la mirada perdida, incapaz de asimilar el horror que enrojecía sus manos. Un día más, entre endurecerse o volverse loco, Marko eligió el camino más largo.
Agrupados en torno a la Presidencia, los milicianos permanecían en continua alerta. Derrotados por el cansancio, la actividad febril de los últimos días, dormitaban con el fusil apretado contra el pecho; otros, demasiado nerviosos, concentraban su mirada en un punto distante, lugares que ya no existían, mientras por su mente enferma vagaban imágenes erráticas, caos, muerte y destrucción entrelazándose en un torbellino vertiginoso. Cuando llegaban nuevas órdenes volvían a ponerse en marcha, caminando como sonámbulos hasta los coches requisados.
Aquel día en Grvabica un tipo enorme con uniforme de las Fuerzas Especiales organizaba la defensa del sector bajo la colina de Vraca, cerca del cementerio judío. El oficial gesticulaba como un guardia de tráfico en pleno atasco, ignorando las balas que pasaban a un metro de su cabeza. Los recién llegados, novatos reclutados en su mayoría, le observaban con temor reverente, agazapados en una zanja excavada a pico en mitad de la calle.
- ¡Vosotros dos, disparad desde esa casa! Hay gente nuestra allí, así que avisad antes de entrar…
Marko y Dusan, un miliciano al que la guerra había sorprendido pocos días antes de su boda, se dirigieron a un edificio de tres plantas que mostraba las huellas de un incendio reciente. Corrían con el cuerpo doblado, el sudor resbalando por su frente, la espalda empapada bajo la mochila. Al llegar a al entrada se detuvieron indecisos. Una ametralladora disparaba sin descanso desde el interior. Intentó hacerse oír sobre el sonido metálico de las vainas al golpear el suelo:
- ¡Eh, los de dentro, vamos a entrar! - gritó. La ametralladora dejó de disparar dejando en el aire el eco de la última ráfaga.
- ¡Contraseña! – contestó una voz nerviosa.
- ¡No la sabemos, pero somos de los vuestros! – intervino Dusan.
- ¡Está bien, entrad!
Avanzaron a tientas por el oscuro pasillo, guiándose por el ruido del cambio de cinta. En lo que antes había sido un amplio salón, dos soldados reglares se turnaban disparando a través de un boquete abierto por un impacto directo sobre la fachada.
- ¿Sois tiradores? – preguntó una voz a su espalda. Una figura surgió entre las sombras, la pistola brillando amenazadora en su mano.
- Un oficial nos envió aquí. Tenemos fusiles con mira y granadas…
- ¡Eso ya lo veo! – Marko se sentía como un novato estúpido ante aquella presencia que irradiaba seguridad. El hombre se adelantó mostrando un rostro anguloso de penetrantes ojos negros. En su mejilla brillaba una cicatriz reciente cosida por una mano inexperta. Pensó si se la habría cosido él mismo – Subid al tercer piso, colocad el alza a cuatrocientos y buscad a sus tiradores en los edificios del la derecha. Esto os ayudará a manteneros despiertos… - en su manos había dos pastillas blancas. Las tragaron sin hacer preguntas.
Subieron con precaución, evitando exponerse a las ventanas del lado sur. Sabían que un francotirador experto podía hacer blanco si les descubría a través de cualquier orificio abierto en la pared. A llegar al tercer piso se arrastraron entre restos de comida y cajas de munición; el lugar ya había sido utilizado como puesto de tiro, lo que aumentaba peligrosamente las posibilidades de ser localizados por la artillería, que se dedicaba a barrer sistemáticamente los edificios ocupados por los milicianos. Se instalaron frente a dos ventanas separadas por una pared carcomida de metralla que se mantenía en pie milagrosamente. En el suelo, junto a una gran mancha de sangre seca, se veían algunas postales de la costa dálmata con los bordes chamuscados. Se situó a dos metros de la ventana, en la zona de sombra, según le habían recomendado los tiradores más veteranos. Apoyó el Dragunov en el respaldo de una silla y trató de ponerse cómodo. Sintió la tentación de dormir unos minutos, pero el recuerdo del hombre de la cicatriz le hizo desistir de su idea. Ajustó el alza y se concentró en el visor reconociendo lentamente su sector: los edificios de Nuevo Sarajevo, las grandes torres recortándose contra el fondo verde de las colinas lejanas, abriendo con asombro sus ventanas destripadas al sol de mediodía. Innumerables agujeros abiertos por las balas y la metralla corroían las fachadas, como si una legión de voraces insectos hubiese decidido alimentarse de cemento y hormigón. Se preguntó si seguiría viviendo gente allí. Era imposible. Por su situación estratégica, a escasos metros del río, se había convertido en el centro de los combates por el control de la ciudad. Los habitantes de aquella zona debían haber huido hacía tiempo. Sin embargo… La idea de matar civiles inocentes le había atormentado desde el primer día. Incluso en aquella guerra donde el caos y la locura parecían apoderarse de las conciencias debía existir un límite moral, una frontera entre la necesidad de combatir y el placer del exterminio. Trato de concentrarse en su misión, aunque su mente vagaba errática, saturada por los dilemas que se le planteaban a cada instante. “Abajo en las calles es más fácil – pensaba – Detrás delas barricadas están los chetniks, los soldados federales con sus uniformes, sus blindados, no es posible el error…” Entonces le vio. El uniforme de camuflaje azul y gris se destacaba claramente: podía ver el emblema de su unidad cosido en la manga, el águila de dos cabezas. Tenía el fusil apoyado en la pared mientras miraba a través de los prismáticos. Quizá se trataba de un observador avanzado, aunque no había equipo de radio a la vista. Apretó la culata en el hombro y relajó los músculos repartiendo el peso del arma sobre el asiento de la silla. Evitó mirar su rostro al presionar suavemente el disparador, la respiración contenida, el corazón golpeándole el pecho. Expulsó lentamente el aire por la nariz, la mira centrada en la cabeza. El disparo le sorprendió cuando empezaba a cerrar los ojos. No veía el cuerpo, pero estaba seguro, le había alcanzado. Dusan dijo algo desde el otro lado.
- Me he cargado a uno – respondió maquinalmente.
No podía apartar la mirada de la ventana; sentía completamente vacío, liberado de cualquier emoción. “Ahora ya puedo morir” – pensó.
EL HORROR 12
- El primer día fue el peor. Me llevaron en un coche hasta el edificio de la Presidencia. Estaba tan asustado que no me atreví a preguntar nada. Creo que ellos disfrutaban… Cuando llegamos, el conductor bajó la ventanilla y gritó a los milicianos: “¡Dadle un fusil a éste y decidle hacia dónde tiene que disparar!”. Salí del coche convencido de que todo aquello era una pesadilla. Un tipo con mono de obrero me dio un Mauser y un puñado de balas grasientas y señaló un bloque de apartamentos: “¡Dispara a las ventanas del cuarto piso, se han escondido allí!”. Así que me tumbé detrás de un árbol y en menos de cinco minutos había gastado toda la munición sin ver un solo chetnik.
Mirsad reía con ganas. Se habían encontrado casualmente mientras corrían a protegerse de un ataque con morteros en la Bascarsija. Llevaba varios días sin dormir, aguantando a base de anfetaminas y aguardiente.
- Me sentía como un bolchevique, uno de esos campesinos de la guerra de España – seguía contando Marko – Me quedé allí quieto, no sé cuánto tiempo, sin saber qué hacer. Se olvidaron de mí hasta que empezó a anochecer. Entonces me llevaron a un cuartel, me dieron un plato de sopa y cinco balas más.
- Es una guerra de locos… -Se lamentaba Mirsad. El cigarrillo se consumía lentamente en su mano manchada de pólvora – No creo que podamos resistir mucho tiempo. Ellos tienen los tanques, los cañones, aviación… Los nuestros no saben a quién tienen que disparar. Hace un par de días dos cazas pasaron sobre nosotros. Los muchachos les dispararon con sus fusiles, bromeando, gastando balas – Marko asentía sonriendo: había oído contar aquella historias decenas de veces – Si consiguen atravesar el río no duraremos ni una semana, y entonces…
Se volvió hacia la calle. Un hombre corría con el cuerpo doblado, haciendo crujir los cristales que alfombraban el suelo. Se detuvo un instante a tomar aire, sonrió resignado y siguió su camino.
- ¡Están por todas partes! – exclamó Marko recogiendo una aguja de cristal – Son más peligrosas que las balas…
Antes deseaba que todo terminase rápidamente. Sería fácil ocultarse hasta que llegasen los vencedores. Entonces, pensaba, sólo tendría que inventar una historia convincente, eliminar las delatoras manchas de pólvora en las manos, apelar a su origen serbio, el nombre de su padre, mostrarse agradecido, liberado… Ahora, tras haber sobrevivido a la primera semana de combates, ya no estaba seguro de nada.
- Dime, ¿has matado a alguno? – Mirsad fumaba compulsivamente, aspirando el humo con fuerza, la espalda recostada contra la pared del portal en penumbra.
Marko se sobresaltó ante el tono de su voz, casual, neutro, la terrible intrascendencia que había en sus palabras.
- Un día, en Ilidza, localicé a uno de ellos, en la tercera planta del hotel. Disparé sin tiempo para apuntarle bien, pero creo que le di. Sabes, a veces me asusta la facilidad con que me he acostumbrado a esto – se detuvo sorprendido por la simplicidad con que había planteado una cuestión que trataba de mantener oculta, incluso para sí mismo.
- ¿Qué quieres decir? - Mirsad observaba preocupado los agujeros que la metralla había abierto en las paredes: aquel lugar no era seguro.
- Creí que no iba a poder soportarlo – confesó – Los tiroteos, ya sabes, pensar que hay alguien apuntándote al otro lado, salir corriendo o volverte loco…
- Cuando te llega el momento da igual donde te escondas. Si es tu día, lo mejor es que llegue sin avisar. Lo único que me preocupa es que no acaben el trabajo a la primera, perder una pierna, o un brazo – sonrió mostrando sus dientes amarillos de nicotina - ¡Prefiero un tiro limpio en la cabeza!
- No tenemos elección, ¿verdad?
De nuevo sintió la necesidad de reafirmar lo inevitable, el origen de aquella extraña fuerza que se había apoderado de él durante los últimos combates. La idea de que un enemigo implacable había irrumpido en su vida destruyendo todo lo que amaba comenzaba a arraigar en su interior. Al principio no era más que un ejercicio consciente, una justificación recurrente a cada disparo. Lentamente, la excusa iba adquiriendo un rostro concreto, una presencia tangible, amenazante: el francotirador que disparaba desde la azotea, el artillero que cargaba los cañones, hombres llegados de lejos, atraídos por el olor de la sangre, eran individuos dominados por la voluntad de matar, la maldad absoluta. Si él dudaba, ellos no lo harían…
- Había un muchacho en mi unidad, Bojan… Le dieron en la rodilla con una bala explosiva. Jugaba al fútbol, era bueno, iba a fichar por un equipo alemán. Cuando vio que le habían amputado la pierna se pegó un tiro. ¿Lo harías por mí? - Mirsad le miraba con los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas – Pegarme un tiro si me quedo paralítico…
- No lo sé. Supongo que trataría de convencerte… No, no creo que pudiera hacerlo. Te daría una pistola, pero sólo cuando estuviera convencido de que no querías seguir viviendo.
- Eso mismo dijo Fátima. ¿Y si no tuviera brazos, como el de aquella película?
- “Johnny cogió su fusil”. Veo que has pensado en todo – dijo riendo – ¿Así que has vuelto a verla?
- Ya sabes, el descanso del guerrero – evitaba su mirada con fingida timidez, un gesto reconfortante, de los viejos tiempos. Después explotó a reír.
- Creí que era de las tradicionales, que ella no… - provocó, evocando su primera conversación, tan lejana.
Una mujer apareció en el recodo de la escalera. La penumbra dejaba entrever un rostro afilado, la nariz aguileña asomando curiosa.
- ¿Se ha acabado ya?
- Hace tiempo que no tiran, pero yo no saldría todavía.
Les lanzó una mirada cargada de rencor antes de desaparecer, murmurando en voz baja. Un niño lloraba en algún lugar del edificio.
- Será mejor que volvamos, te llevarás una buena bronca.
- ¿Qué te parece si me uno a tu grupo? ¿Podrías arreglarlo? - propuso Marko - Así nos veríamos más a menudo.
- No, no creo que te gustase interrogar prisioneros, detener sospechosos. Ya sabes, nosotros hacemos el trabajo sucio.
- Tienes razón. De todos modos no notarán mi ausencia – lo pensó mejor. Se levantó y estudió la calle desierta – Puede que mis cinco balas decidan la batalla…
viernes, 27 de enero de 2012
jueves, 26 de enero de 2012
EL HORROR 11
A medida que el cerco se estrechaba haciendo imposible la huida y los bombardeos se convertían en algo cotidiano, los habitantes de Sarajevo comprendían que el conflicto iba más allá de una simple disputa política. El Gobierno de Belgrado ignoraba las amenazas de la comunidad internacional, que en su mayor parte había reconocido la independencia de la República Bosnia, apoyando abiertamente a las milicias serbias. Las tropas acantonadas en la región, purgadas ya de desertores y elementos incómodos, de dudosa filiación, cambiaron sin excesivos traumas los emblemas federales y la estrella roja por los símbolos chetniks adoptados por los radicales: el águila bicéfala y el escudo ancestral, tibias y calaveras resucitadas de la tumba de Mihajlovic y sus seguidores, ahora convertidos en mártires, masacrados por los partisanos al finalizar la guerra mundial. Siguiendo las instrucciones del Estado Mayor de Milosevic respaldaban con aviación, artillería y blindados las acciones de los paramilitares, bandas de milicianos fanáticos, delincuentes y saqueadores llegados de las montañas, campesinos empobrecidos de Serbia y Montenegro traicionados por sus vecinos ricos del sur, expulsados con sus familias de las provincias que aún controlaban los croatas, mercenarios rusos, ucranianos, soldados de fortuna dispuestos a enriquecerse entre los despojos de la ciudad una vez depurada por las llamas.
Karadjic atendía solícito a los periodistas desplazados a las Conferencias de Paz:
- ¿Qué harían los españoles si es País Vasco o Cataluña se declararan independientes? ¿Y los franceses en Córcega?
Con sus aires cosmopolitas resucitaba los fantasmas del nacionalismo europeo, extendiendo la dimensión del problema hasta difuminarlo mientras sus milicias arrasaban los valles, ponían cerco a las ciudades limpiando los territorios conquistados de impurezas humanas invocando la sagrada autodefensa, erigiéndose como antaño en defensores de la cristiandad frente al avance del Islam, del mismo modo que en Croacia se defendían del fascismo.
En la capital, prácticamente aislada del exterior, la situación empeoraba día a día. Los barrios más castigados carecían de suministro eléctrico, gas, agua potable; las medicinas y los alimentos básicos comenzaban a agotarse, bloqueados los convoyes en las autopistas. Las mujeres que se aventuraban hasta los mercados, los puestos improvisados en las calles más seguras, regresaban a sus casas con las bolsas de la compra vacías, vencidas por la escasez y los precios desorbitados. El fuego de la artillería desplegada en las colinas convertía las calles en una pista de obstáculos, una carrera contra el propio destino penalizada con la muerte o una larga agonía en los hospitales desbordados. Allí, durante las primeras semanas, cientos de civiles fueron alcanzados entre edificios agujereados por la metralla y los obuses, coches calcinados y fragmentos de cristal que se desprendían de las fachadas reflejando en su mortífera caída los rayos del tibios sol de mayo.
La gente, aterrorizada por el continuo bramar de los cañones, permanecía oculta en los refugios. Sólo cuando la intensidad del bombardeo parecía remitir, regresaban a sus casas con el temor de encontrarlas destruidas. Los más desesperados, temerarios a la fuerza, salían en busca de comida o agua, o simplemente a respirar el aire saturado de polvo, ceniza, el acre olor de la devastación. Entonces, respondiendo a una señal invisible, una llamada silenciosa, los cañones redoblaban su furia sorprendiendo a los que no había logrado resguardarse a tiempo.
Desde el primer momentos los sitiadores se empeñaron en demostrar que no existían lugares seguros: hospitales, colegios, mercados o refugios, cualquier posible concentración de civiles estaba marcada en el mapa del terror colectivo, las modernas armas de destrucción a distancia sometidas a las normas inmutables del asedio clásico. Así, los ciudadanos morían en las calles, levantando barricadas anti-tanque, sofocando incendios, haciendo la compra o en el autobús; pero también sentados en sus casas, en el baño, durmiendo, haciendo el amor…
A la destrucción sistemática causada por las bombas se sumó pronto un nuevo motivo de alarma: desde las colinas que dominaban el valle y las altas torres del centro, francotiradores emboscados, armados con fusiles de largo alcance y potentes miras telescópicas, seleccionaban fácilmente a sus víctimas, introduciendo un elemento aleatorio, estresante, desmoralizador, que aumentaba la sensación de vulnerabilidad, convirtiendo cualquier salida, la más fugaz exposición al exterior, en una cuestión de suerte. Ases del tiro olímpico, fanáticos religiosos, adolescentes alucinados o civiles frustrados en busca de venganza, los tiradores, invisibles en sus posiciones elevadas, se aplicaban con fervor y eficiencia a la caza del hombre. Al caer la noche, los visores nocturnos y las cámaras térmicas prolongaban y hacían más excitante el trabajo.
Con las últimas lluvias de la primavera, las calles aparecían desiertas. Los escasos vehículos que circulaban al amparo del azar y la neblina - coches convertidos en improvisadas ambulancia, camiones de bomberos, autobuses con pasajeros invisibles tras los chasis ametrallados – lo hacían a toda velocidad, sorteando montañas de escombros, árboles tronchados, barricadas, zigzagueando peligrosamente para tratar de despistar a los artilleros y francotiradores. Sólo algunos lo conseguían.
Transcurrido apenas un mes desde la declaración de independencia, los actos festivos que iniciaban una nueva época, un futuro llena de esperanza, más de cuatrocientas mil personas se veían obligadas a elegir entre permanecer hacinadas en refugios húmedos, malolientes, plagados de ratas y parásitos, o emprender un viaje incierto hasta el hospital o el cementerio. Eran muchos los que criticaban en privado el irredentismo oficial, las llamadas a la resistencia, la confianza suicida en las propias fuerzas o la inminente ayuda exterior. “¡No pueden matarnos a todos! ¿Por qué no entregar la ciudad y negociar un acuerdo? Tarde o temprano entrarán…” La consigna del Gobierno era clara: resistir. Con el reconocimiento internacional, emisarios en la Conferencia de Paz y decenas de corresponsales transmitiendo en directo el asedio a una ciudad indefensa, ejemplo de convivencia étnica, cada nuevo día suponía una victoria moral ante la opinión pública mundial, los indecisos líderes occidentales. A la prioridad militar se unía la urgente reorganización de las instituciones, garantizar el funcionamiento de los servicios básicos, mantener la ilusión de normalidad en aquellos momentos críticos. Quienes no acudieran a su puesto de trabajo serían despedidos y reemplazados. Así, médicos, ingenieros, funcionarios, conductores de autobús o tranvía, enfermeras y periodistas, debían retar a la muerte cada mañana, sortear los disparos y presentarse en su trabajo. En Sarajevo se jugaba el futuro de Bosnia: si la capital caía, la joven República se derrumbaría con ella.
EL HORROR 10
Al amanecer despertó sobresaltado. Con el corazón desbocado, percibía el agudo silbido de los obuses precediendo a las explosiones, los cristales vibrando alarmantemente tras los impactos. Reconoció el característico sonido de los morteros, un estampido sordo seguido de unos instantes de silencio, el terrorífico chirrido del proyectil al descender y la detonación final, el crujido de cristales, muros derrumbándose, gritos, sirenas… Se arrastró hasta la ventana: la gente corría en todas direcciones, buscaba refugio en los portales abiertos, entre los coches abandonados en mitad de la calle.
El suministro de gas estaba cortado. Bebió un sorbo de café frío y trató de encender un cigarrillo. La vibración de las explosiones se transmitía desde el suelo hasta su estómago. Reprimió una arcada y se dejó caer contra la pared en el lado opuesto a la avenida, desnudo, temblando bajo la manta. Conectó la radio: a las seis se había iniciado un ataque con morteros desde las montañas; varios proyectiles habían alcanzado el edificio de la Televisión provocando graves daños y un número aún sin confirmar de muertos y heridos. Se aconsejaba a la población no asomarse a las ventanas, evitar salir a la calle y ponerse a cubierto en sótanos y garajes subterráneos. Colegios y centros públicos permanecerían cerrados hasta nuevo aviso. El Gobierno pedía a los hombres en edad de combatir que se alistasen en las milicias para defender la ciudad de los extremistas chetniks…
Decidió no correr riesgos. Se vistió y descendió la escalera a oscuras hasta el sótano, forzándose a mantener una actitud despreocupada, levemente irónica, para disimular el pánico que estremecía sus miembros. La mayor parte de los vecinos se encontraba ya allí: familias enteras apiñadas en los rincones, protegiéndose con mantas y abrigos del frío amanecer; el llanto de los niños ahogado por las explosiones que hacían vacilar las llamas de las velas. Algunos hombres fumaban en silencio con aire avergonzado; otros, más audaces, regresaban de la calle comentando en voz baja las últimas noticias: “¡Están atacando la Televisión!...Tiran con morteros y artillería… ¡Los milicianos se agrupan en la Presidencia! ¡Parece que esta vez va en serio!
Un militar jubilado, vestido con un raído uniforme de los tiempos partisanos, asentía con gesto avezado.
- ¡Cómo en el cuarenta y uno, igual que en el cuarenta y uno! – repetía paseando su mirada febril en busca de complicidad.
La luz del sol comenzaba a filtrarse a través de los respiraderos que se abrían sobre la acera de la avenida. Marko sintonizaba la emisión internacional de la BBC en el transistor que había rescatado del apartamento cuando un grupo de personas precedido por Mirela Babic, una profesora de piano jubilada que vivía sola en el primer piso, apareció en el umbral. La mujer elevó su delicada voz sobre el murmullo general:
- La familia Sabovic viene de Grbavica huyendo de los combates. Por favor, háganles sitio…
Acompañó al grupo hasta un rincón desocupado, bajo un ramal de tuberías oxidadas y colocó unas mantas en el suelo. Un hombre alto y fornido, de unos cincuenta años, cargaba con un gran saco de lona en el que se adivinaba el urgente bagaje de los refugiados. Su mujer, con las huellas del miedo y el cansancio marcando su rostro de rasgos suaves, se deshacía en agradecimientos hacia la anciana. Una muchacha, encorvada de fatiga y timidez, sostenía en brazos a una niña que ocultaba el rostro en su pecho. Una vez instalados, y a petición de un vecino curioso, el hombre contó su historia: se llamaba Belmir Sabovic y trabajaba como ingeniero en el aeropuerto. El seis de marzo, cuando el Ejército Federal se apoderó de las instalaciones, fue obligado, junto con otros muchos trabajadores, a abandonar su puesto. Habían pasado los últimos días encerrados en un pequeño cuarto, protegiéndose con colchones y muebles apilados contra las ventanas del creciente fuego entre los milicianos leales al Gobierno y las fuerzas serbias que disparaban desde Vraca. La noche anterior, aprovechando un momento de calma, recogieron ropa de abrigo y algo de comida y trataron de llegar al centro. Tras un par de encuentros con las patrullas habían logrado cruzar el río antes del alba. Después, la buena suerte había puesto a la señora Babic en su camino…
En el exterior continuaba el bombardeo. Los cañones y morteros retumbaban a lo lejos imponiendo su rugido al intenso fuego de fusilería, un tableteo seco, inquietantemente cercano. En el improvisado refugio, los hombres discutían. Había allí gentes cuyo origen era, tan sólo unos meses antes, un simple detalle administrativo, un dato estadístico; numerosas familias mixtas, nacidas de la normalización que siguió a la guerra, atrapadas en una espiral de violencia incomprensible; vecinos que se miraban con recelo, buscando culpables, aventurando soluciones para explicar un conflicto que, con independencia de su filiación, la pertenencia a una comunidad determinada, les había hermanado como víctimas potenciales.
- ¡Ya lo advirtió Milosevic! – decía alguien – No se puede declarar la independencia sin contar con los demás, ni con el ejército…
- ¿Milosevic? – replicó con sorna el militar – Si el Padre Tito era Lenin, Milosevic es Stalin…
- ¿Dónde has leído eso, abuelo?
- ¿Qué opina usted, profesor?
Las conversaciones cesaron bruscamente cuando dos hombres aparecieron en la entrada. No aparentaban más de veinte años, pero el uniforme de camuflaje y las ametralladoras les otorgaban un poder incontestable. Tras lanzar una mirada escrutadora a su alrededor uno de ellos fijó su atención en Marko.
- ¡Tú! – resonó su voz en el garaje - ¿Cómo te llamas?
Entonces reconoció al miliciano del puesto de reclutamiento, un estudiante cuyo nombre no recordaba, seguidor de Ramiz y la línea dura del nacionalismo bosnio. Un escalofrío recorrió su espalda mientras la idea de arrodillarse en un gesto de súplica cruzaba fugazmente su mente. En aquel segundo interminable decidió rendirse al destino, acelerar el desenlace cuyo único resultado posible era la muerte.
- Bregovic… Marko.
- Ven con nosotros.
- ¿Estoy detenido? – aventuró repentinamente iluminado, pensando en Mirsad, la salvación…
- ¡Reclutado!
Podía sentir las miradas atemorizadas, curiosas, rostros furtivos volviéndose a su paso, el alivio de los hombres más jóvenes, toses nerviosas, una voz infantil, una pregunta sin respuesta. Tropezó en la escalera, las piernas sosteniéndole apenas. El sacrificio se consumaba sin que nadie, ni siquiera él mismo, se atreviera a alzar la voz.
sábado, 14 de enero de 2012
EL HORROR 9
Los días que siguieron resultaron especialmente penosos. Mirsad volvió a marcharse dejando como muda despedida una generosa provisión de café, tabaco, leche en polvo y latas de conserva. Se resistió a tocar nada de aquel regalo de dudosa procedencia hasta que la situación se hizo insostenible. Conseguir comida era ya una auténtica aventura que solía terminar en decepción. Las tiendas estaba vacías, saqueadas por civiles hambrientos, asaltadas por los propios milicianos. El mercado negro, dominado por grupos mafiosos que controlaban las rutas de abastecimiento, comenzaba a aflorar con precios prohibitivos y el fuego cruzado convertía cada salida en una arriesgada carrera por una ciudad fantasma que casi no reconocía.
Como muchos otros ciudadanos de Sarajevo, desde que había comenzado la batalla por el control de la ciudad, los bombardeos indiscriminados, cada día más intensos, de los rebeldes serbios instalados en las montañas que rodeaban la capital, pasaba el día encerrado en casa, racionando la comida y el agua, acaparando provisiones en espera del temible invierno de la guerra. Humillado, aplastado por los acontecimientos, deambulaba por el apartamento en penumbra con la voluntad y la conciencia anuladas en mar de ideas dispersas, debatiéndose entre el impulso heroico de permanecer en la ciudad y la posibilidad de la huida, aceptar la proposición de Mirsad y combatir a los culpables de aquella situación con argumentos y palabras; un exilio digno y excusable hasta que la ONU o la Comunidad Europea impusieran una solución. A través de la radio y la televisión, sus únicos contactos con el exterior, llegaban noticias preocupantes: quienes habían logrado burlar los controles hablaban de combates generalizados en todo el territorio, pueblos y aldeas arrasadas, abandonados al saqueo y el fuego purificador de los paramilitares. La televisión local, que apenas unas semanas antes mostraba los combates en Eslavonia o la Krajina croata, emitía en directo los ataques a Dobrinja, el aeropuerto, Grbavica, barrios situados en la orilla sur del río, a menos de mil metros del centro.
Las palabras de Mirsad resonaban en su mente; su visión apocalíptica se hacía realidad. Enfermo de pánico y neurosis, prisionero del insomnio, envidiaba la determinación con que su amigo había decidido afrontar la nueva realidad. En los relatos de otras guerras, revoluciones, levantamientos contra un poder injusto, tiránico, era fácil identificarse con los milicianos españoles, los brigadistas, participar del entusiasmo y voluntad de sacrificio de los partisanos que adornaban el imaginario de tantas generaciones de adolescentes. Nadie moría inútilmente, en la más absoluta soledad; quedaba el ejemplo para los testigos, los futuros lectores. Sin embargo, la idea de convertirse en protagonista de toda aquella locura, exponerse al vértigo de la amenaza constante, invisible, le sumía en un estado de ansiedad insoportable. En sus delirios, estimulados por las imágenes de las víctimas, los heridos en los bombardeos, se veía en mitad de la batalla, desarmado, indefenso ante el enjambre de proyectiles y metralla incandescente que zumbaba a su alrededor. Paralizado por el pánico esperaba impotente, patéticamente vulnerable, a que una bala penetrase en su carne atravesando la piel, desgarrando músculos, reventando órganos que derramaban sus fluidos viscosos, humeantes, su cuerpo convertido en anónimo festín de moscas y gusanos… Entonces despertaba bañado en sudor, dispuesto a afrontar una nueva pesadilla.
Cuando la fiebre remitió trató de ponerse en contacto con algunos amigos, pero las líneas estaban saturadas o cortadas en algunos barrios. Desesperado, rebuscó en una vieja agenda hasta dar con el número de Safet Masic, un antiguo camarada del ejército. Safet vivía con su familia en un apartamento de Grbavica.
- ¿Quién? ¡Ah, Bregovic! ¿Cómo te va? – de fondo se escuchaban gritos, voces acaloradas.
- ¿Podemos vernos? ¡Necesito hablar con alguien!
Después de unos segundos los gritos cesaron.
- Ahora no es posible, hay problemas. Esos cabrones están disparando desde las colinas. Dime, ¿te has alistado ya?
- Todavía no… Pero, ¿cómo empezó? ¿Quién dispara?
- ¡Quién coño va a ser, los chetniks! ¿Estás en Sarajevo? ¡Disparan a las casas, a todo el mundo! Sus debían estar avisados y se marcharon hace días… - los gritos volvían – Escucha, ¿por qué no te pasas por aquí? Necesitamos buenos tiradores…
- Yo… no creo que pueda - balbució antes de colgar.
Se sentía avergonzado. Sus amigos combatían en las calles, desde sus propias casas, mientras él mantenía una batalla perdida contra la razón. Descolgó el teléfono y se tumbó en el sofá, el auricular sobre el pecho. “Sobrevivir, vivir para contarlo, eso es lo único que importa. No hay nada tan ridículo como ser el primer muerto en una guerra… o el último”. Sobrevivir pero, ¿a qué precio? Frente al sentimiento de culpa, la carcoma de la cobardía, se alzaba como un muro infranqueable la idea de una muerte absurda, resultar herido, mutilado, y todo en nombre de unas creencias que siempre había despreciado. Devorando un cigarrillo tras otro apenas prestaba atención a las noticias: un miembro del Gobierno amenazaba con severos castigos a los especuladores que acumulaban divisas; en la televisión, una cadena alemana ilustraba sus informativos con un mapa de Bosnia devorado por un imparable incendio digital.
Amanecía cuando llamaron a la puerta. Al abrir, Fátima escribía una nota.
- No está – dijo con tono impaciente, malhumorado – Disculpa, ¿quieres pasar?
- No, tengo prisa – hablaba escondiendo la mirada, avergonzada – Mirsad dice que el precio ha subido. Ahora son dos mil marcos.
- ¿Has estado con él? ¿Crees que podría ir a verle?
- Es peligroso Marko. He oído cosas… - se volvió hacia la escalera: un miliciano con uniforme de camuflaje esperaba más abajo – Deberías hacerle caso y marcharte. Si se lo pides, conseguirá el dinero…
- Dile que lo pensaré…
EL HORROR 8
En la mañana del ocho de abril Radio Sarajevo informaba sobre la creación en Pale de la República de los Serbios de Bosnia, la respuesta de Karadjic al reconocimiento de Bosnia como Estado independiente por la Comunidad Europea, confirmando la voluntad de constituir una entidad separada, homogénea étnica y territorialmente. Más allá de su significado político, esta declaración agotaba cualquier salida pacífica y negociada a la crítica situación que vivía el país. En realidad, sospechaban muchos, era la señal que esperaban las milicias radicales, los grupos paramilitares abastecidos por el JNA para hacerse con el control de las regiones habitadas por serbios, la justificación de las operaciones que se venían llevando a cabo en los últimos meses.
Mirsad dormía profundamente. Bajo las sábanas revueltas asomaba el cañón del kalashnikov, la culata de madera entre los pies desnudos. Marko preparaba el desayuno, todavía aturdido por lo ocurrido en la comisaría la noche anterior. Dos hombres de paisano le condujeron hasta allí sin ninguna explicación, aunque dadas las circunstancias su apellido era una excusa tan válida como cualquier otra. Su amigo, al verle entrar, se había acercado a los milicianos que le custodiaban, dos jóvenes que parecían tan asustados como su prisionero, despidiéndoles con gesto autoritario. Vestía un uniforme nuevo, ajustado al cuerpo, la melena recogida bajo la boina en la que brillaba la flor de lis.
- Espero que no hayas sido un chico malo durante mi ausencia -. Le llevó hasta un lugar apartado sonriendo maliciosamente, ignorando las miradas de los milicianos que abarrotaban la sala.
- Me pararon en la calle. La verdad es que me asusté un poco, así que les pregunté si te conocían… Parecían defraudados al saber que su jefe tiene un amigo serbio – trataba de disimular su nerviosismo, pero su tono sonaba ridículamente forzado.
- ¡Qué no vuelva a suceder o tendremos que ser más duros contigo! Pasear durante la noche se ha convertido en una actividad sospechosa.
Regresaron juntos al apartamento, deteniéndose en los numerosos controles que los milicianos habían establecido en las calles del centro.
- ¡Hacía años que no dormía tan bien! – Mirsad se desperezaba frente a la puerta de la cocina – Sólo necesito un café y un cigarrillo…
Marko le sirvió una taza y le mostró el paquete vació de Drina.
- Toma uno de los míos – ofreció Mirsad, que sonreía mostrando la cajetilla de Marlboro.
Aquel gesto de suficiencia terminó de ponerle de mal humor. La distancia que les separaba parecía aumentar con cada gesto, cada palabra. La humillación sufrida aquella noche y su actitud protectora no le irritaban tanto como la constatación de que había cientos de jóvenes dispuestos a enfrentarse en la calles a los radicales y el ejército, una organización oculta, quizá creada y equipada por el mismo gobierno que negociaba una salida pacífica en Ginebra… Al fin estalló.
- ¿Vas a decirme de una vez qué has estado haciendo todo este tiempo?
Mirsad se lo tomó con calma. Sorbía lentamente el café sosteniendo su mirada.
- A veces pienso que tanto leer te ha ablandado los sesos. ¿Acaso no ves lo que está ocurriendo? ¡Esos malditos chetniks se han propuesto acabar con nosotros! ¡Sí, ríete! Karadjic y los otros les han lavado el cerebro, les han acojonado con la idea de un estado islámico, el cuento de Pakistán, los muyahidines y toda esa mierda… Se han estado preparando durante años, consiguiendo armas. Ya han empezado en el norte, en Herzegovina. ¡Quieren construir la Gran Serbia! No me mires así, tenemos pruebas, documentos, testigos… Un día de estos bajarán de las montañas, y si no estamos preparados nos van a pasar por encima, igual que han hecho con los croatas.
En un gesto inconsciente se llevó la mano al costado, donde debía estar la pistola. Se relajó encendiendo otro cigarrillo. Marko le imitó tratando de leer en sus ojos hasta qué punto seguía un guión aprendido, la doctrina incendiaria de los nacionalistas. ¡Era tan sencillo manipular la conciencia colectiva de una sociedad sin tradición democrática! Tito lo había conseguido durante década. Ahora disidentes y exiliados empleaban las mismas armas para justificar el revisionismo histórico y defender el sagrado interés nacional.
- Dices que están preparados, y el Ejército Federal les apoya… Entonces, ¿por qué no han entrado todavía?
- ¡Acaso crees que cuando el gobierno renunció a tener un ejército propio nos quedamos parados! ¿Íbamos a dejarles todas las armas para que nos liquiden en una semana? No seas ingenuo. Saben que estamos organizados, se lo hemos hecho saber…
Era evidente que Mirsad disponía de información fiable. ¡Ingenuo! Deseaba creer en la verdad oficial, reducir un conflicto inevitable a simples ataques terroristas contra la democracia, actos subversivos de una minoría descontrolada… Cegado por el miedo, se negaba a ampliar la perspectiva y asumir las verdaderas intenciones de los radicales.
- Escucha, – siguió Mirsad adivinando su inquietud – yo no creo en todas esas historias sobre razas, culturas, religiones… ¡Sabes que no soy creyente! Yo sólo distingo entre amigos y enemigos. Creo que no lo entiendes, así que te daré un consejo: si no estás dispuesto a luchar en nuestro bando, haz las maletas y sal de la ciudad mientras puedas. Te ayudaré a cruzar nuestros controles, pero después será cosa tuya.
Se sentía desarmado. Su supuesta superioridad intelectual se desvanecía ante la absoluta falta de argumentos. Se resistía a creer en las palabras de su amigo pero, en los más profundo de su mente, el brillo de la verdad iluminaba todos sus miedos, un caóticos fluir de terrores posibles, cercanos, la certeza de que el mundo que conocía estaba a punto de derrumbarse arrastrándole en su caída.
- Esta es mi ciudad y no pienso marcharme. Podría reunirme con Nadja en París, lo he pensado y tengo dinero para el pasaje, pero sé que me arrepentiría el resto de mi vida.
Mirsad movía la cabeza desalentador. “No lo conseguirás” – pensaba mirándole, consciente de su debilidad. Había pasado el tiempo de las palabras; ahora la realidad de las armas, la violencia justificada por la necesidad de defenderse, se imponían con urgencia frente a aquella actitud idealista, bienintencionada de los profesores, los pacifistas. Muchos lo habían comprendido ya y se preparaban para salir del país. Quienes se quedaran esperando el milagro serían las primeras víctimas.
- Además, – propuso Marko muy serio – si ganáis necesitaréis a alguien que os escriba los discursos.
Mirsad se forzó a sonreír.
- Tú decides, pero el tiempo se acaba.
sábado, 7 de enero de 2012
EL HORROR 7
Suada nunca olvidaría aquel primer domingo de abril. El día anterior, por primera vez desde que era niña, no habían acudido a celebrar la fiesta del Bajram en el jardín de sus vecinos, la familia Sehic.
- Es peligroso – había advertido su padre – Anadi me ha pedido que este año no vayamos.
Después supo que algunos serbios del barrio, seguidores de Karadjic, habían amenazado con reventar la fiesta.
- ¿Por qué no avisas a la policía?
Su padre se limitó a mirarla fijamente y sonreír acariciándole la mejilla.
Masha telefoneó al mediodía: Amara y Minela se marchaban a Viena en un convoy. Pasaron lista de todos los compañeros que habían dejado la ciudad durante las últimas semanas hasta que se pusieron a llorar. Al fin, su madre se enfadó y le hizo colgar. Antes de dormir empezó a leer “Noches blancas”, pero la inquietud le impedía concentrarse.
Cuando despertó a la luz de la lámpara Aída estaba a su lado, le apretaba el brazo con fuerza.
- Hay ruidos – susurró la pequeña ante sus protestas.
- Ven, acuéstate conmigo…
Un instante después escuchó un sonido seco, un golpe vibrando en la noche. Se levantó y corrió a la ventana. La ciudad dormía tras el cristal empañado, inmóvil bajo el acuoso resplandor de las farolas. Conectó la radio: un violín tocaba “Sarajevo, mi amor”. Estrechó a la niña contra su pecho mientras unos perros aullaban a los lejos.
Belmir volvió mientras desayunaban. La besó junto a la sien musitando un “buenos días”, se sentó y abrió el periódico.
- Esta noche he oído algo… Creo que era un disparo.
- Sería el viento – contestó sin levantar la vista.
Parecía preocupado. Pese al afeitado reciente, el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, con ese estilo soviético que tanto la hacía reír, la camisa limpia, las marcas del planchado en los brazos fuertes, su figura parecía extrañamente abatida. Dudó antes de preguntar.
- Masha y las otras van a ir a la manifestación. ¿Puedo ir con ellas?
- ¡Por supuesto que no! – oyó decir a su madre en la cocina.
- ¡Pero también van a ir los profesores! – protestó.
Él le sonreía asomando los ojos por encima del periódico.
- Ya veremos… - concedió. Aída reía.
La mañana se le hacía interminable escuchando la radio junto a la ventana de su cuarto. El viento formaba remolinos de polvo y basura en el patio. En la otra orilla, la gente caminaba con paso rápido bajo los álamos, en dirección al centro. Una bolsa de plástico ondeaba prendida de una rama. “Bandera blanca – pensó – Nos rendimos”. Sintió deseos de trepar hasta allí y liberarla. Podía verse subida a las ramas, rodeada de periodistas inmortalizando su hazaña… Un grupo de muchachos se reunía en mitad del puente; cada vez que llegaba un nuevo miembro se saludaban abrazándose, intercambiando fuertes palmadas en la espalda. “¡Qué brutos!”. Parecían universitarios, con sus chaquetas de cuero y los largos abrigos oscuros. Seguro que iban a la manifestación, podía sentir la excitación del encuentro, la alegría inconsciente en los rostros juveniles… En la radio sólo daban noticias o canciones folclóricas. El locutor repetía el chiste de moda: “¿Por qué no hay guerra todavía en Bosnia? ¡Porque hemos pasado directamente a la final!”. Decidió retar a su madre y llamar a Masha.
- No, no me dejan ir… No, mi madre – dijo alzando la voz para que la escucharan desde el salón - ¿Qué se pone una para ir de manifestación?
- Lo más informal que tengas en el armario, como si fueses a un concierto de Nirvana – decía Masha riendo – ¿Sabes?, ha habido disparos, sí, esta mañana también. Puede que pase algo…
- Ten cuidado, y ven esta tarde a contarme…
Desde aquel estúpido accidente esquiando en Jahorina, el invierno anterior, Suada no soportaba permanecer encerrada en casa. Además, ahora que Belmir había perdido su trabajo se sentía humillada, extrañamente incómoda en su presencia.
- Seguro que ocurre algo emocionante, y yo voy a perdérmelo – Aída leía uno de sus cuentos, sin prestarle atención - ¡Y estará Denjo, ése chico tan guapo!
Belmir entró precipitadamente y cambió de canal. La televisión local emitía en directo.
“¡Disparan desde el hotel!… ¡Hay heridos en el puente!”. El locutor hablaba con tono pausado, pero su voz temblaba. La gente corría encogiendo los cuerpos a un tiempo, estremeciéndose rítmicamente con el sonido de los disparos, alejándose instintivamente de los cuerpos caídos. Desde un lugar elevado una segunda cámara filmaba el Holiday Inn, un feo edificio cuadrado pintado de amarillo, de donde supuestamente procedía el ataque. Suada se acercó a la ventana. Sí, eran los mismos disparos, apagados, distantes en la televisión, muy cercanos en realidad. Un tranvía frenó haciendo chirriar las ruedas junto al puente de Verbanja, bloqueado por las ambulancias.
- ¡Ven aquí! – gritó Belmir - ¡Agáchate y lleva a la niña a su cuarto! ¡Quédate con ella y no te acerques a la ventana!
Después de comer, apenas probó la sopa y mordisqueó una manzana, ayudó a tapar las ventanas del salón con colchones. Según decía Anadi, que había pasado para comprobar que se encontraban bien, era el mejor método para amortiguar los impactos de las balas. Colocaron muebles y sillas delante para que no se cayeran. Su madre se quedó con Aída en la cama, tratando de calmarla. Más tarde llamó Masha.
- ¡Ha sido horrible! Íbamos a cruzar el puente cuando empezaron a disparar. Una mujer se tiró sobre mí y no podía moverme - decía llorando – Le dieron a una chica. Creo que murió…
- ¿Y los otros? ¿Están todos bien?
- Creo que sí. Denjo y los demás nos acompañaron a casa. El profesor Zojadic se quedó atendiendo a los heridos.
Cenó con Belmir. Le apenaba dejarle sólo, con tantas preocupaciones. Calentó el resto de la sopa y se empeñó en servirle mientras veía las noticias.
- Me alegro de no haber ido. Si viera algo así podría traumatizarme para siempre.
- No pienses en eso ahora – él sonreía ahuyentando el humo del cigarrillo; nunca fumaba en casa – Ahora tienes que ser fuerte. Quizá pasen cosas desagradables, pero ya eres mayor… Tendrás que ayudarnos.
Aquella noche Borislav Lazovic, compañero de su padre en el aeropuerto, llegó acompañado de su hijo. Suada escuchó la conversación desde el pasillo: aquel chico la miraba de una forma extraña cuando se encontraban en el instituto.
- No se admitirán trabajadores musulmanes por el momento – decía con voz ronca.
- Pero tú sabes que no somos creyentes. ¡En mi vida he pisado una mezquita!
- Sí, lo sé, pero ellos no, y son los que mandan ahora. Ni siquiera son del barrio, Belmir, pero tienen armas…
Después bajaron la voz. Suada, temblando de rabia, sólo entendió una palabras:
- Habla con tu mujer… ¡Créeme, es lo mejor! ¡Debéis marcharos cuanto antes!
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