La veleta dijo Sur

martes, 29 de noviembre de 2011

EL HORROR 3

Nacido en Belgrado, Marko había crecido en el ambiente alegre y cosmopolita del Sarajevo de los sesenta. Su padre, directivo de una importante empresa estatal, pasaba la mayor parte del año en la capital, entregado a la construcción del milagro yugoslavo que comenzaría a agrietar una década más tarde. Como miembro de la Liga de los Comunistas disfrutaba de los privilegios de la clase dirigente: una casa de tres plantas con vistas al valle, viajes al extranjero, cuentas que fluían misteriosamente hacia un banco suizo, una pequeña compensación que los ciudadanos más libres de Europa del Este ofrecían a sus líderes por haberles mantenido fuera de la esfera soviética.
Su madre, una mujer culta y sensible, con la mirada dulcemente velada por la química y la depresión, oponía a su despreocupada vida la enfermiza añoranza de las costas de Dalmacia que habían dorado su piel en la juventud. Durante las largas tardes de invierno evocaba su feliz infancia en desvaídas acuarelas donde un sol perenne reverberaba en las velas de un yate de recreo, siempre el mismo, meciéndose en el Adriático. Marko la recordaba como una mujer frágil, incapaz de manifestar sus sentimientos más allá de la tristeza y la melancolía, una rosa indolente siempre rodeada de admiradores, escritores, artistas, intelectuales afectos al Régimen que soportaban estoicos su carácter veleidoso, a menudo irascible. Ella le había inculcado su amor por el arte y, especialmente, por los libros. Ignorado, incomprendido, testigo de frecuentes discusiones, Marko buscaba refugio en la soledad de su cuarto, donde dejaba pasar las horas entregado a la lectura, devorando ediciones ilustradas, colecciones completas que su padre solía enviarle como justificación de su ausencia. Más tarde podría presumir entre sus compañeros de instituto de haber leído a Sartre, Camus, Brecht a los catorce años; sólo años después comprendería hasta qué punto el aislamiento y la falta de naturalidad que había presidido su infancia configurarían su carácter.
Durante los meses de verano ocupaban una villa, cedida por el Estado, en el extremo oriental de la Isla de Korcula. El pueblo más cercano, una aldea de pescadores escondida entre bosques de pinos y arbustos espinosos, se hallaba a catorce kilómetros. La extrema timidez, el orgullo y la indisciplina se desataban en aquel entorno agreste, salvaje, transformando la frustración en rebeldía. Su padre se empeñaba año tras año en presentarle a otros jóvenes de su edad, visitas nada casuales, cuidadosamente planeadas, que solían concluir en fugas precipitadas y evidentes muestras de resentimiento. No tardaba en recuperar su libertad. Pese a los reproches y amenazas, en ocasiones secundadas por su madre, evitaba obstinadamente cualquier relación con hijos de otros miembros del Partido, muchachos tímidos, apáticos, tan confundidos como él mismo en aquel reducto elitista.
En sus excursiones solitarias descubriría pronto los motivos de la vergüenza inconfesable, el origen de su rebeldía: la alambrada que rodeaba el complejo, los guardias armados, las patrullas que recorrían los caminos de acceso. Como repetiría después, allí nació su profundo rencor hacia los tecnócratas, los políticos que, traicionando el espíritu del movimiento partisano, el socialismo, se aislaban del pueblo para perpetuar un sistema basado en la desigualdad, la represión y el miedo.
A los pies de la villa, siguiendo un sendero empedrado que serpenteaba hasta la costa, se abría una pequeña cala, una playa minúscula sembrada de guijarros dividida en dos por el muelle artificial donde anclaban los yates. Allí, una tarde de principios de agosto, sería testigo de un hecho excepcional: un barco permanecía fondeado frente al embarcadero mientras su padre, a bordo de una lancha a motor, se encaramaba a la escala y le sonreía desde cubierta; instantes después, el Mariscal Tito, vestido con un traje azul, gorra de plato y gafas oscuras, aparecía en el puente. Le reconoció de inmediato, pero se negaba a aceptar que aquel anciano decrépito, de aire tan vulnerable aún en la distancia, fuese el mismo que contemplaba altivo e inmutable el horizonte en los retratos que presidían aulas y salones, el sobrenatural héroe de los tebeos, las películas, amigo y anfitrión de las estrellas de Hollywood. Aterrorizado, corrió hasta la casa y se encerró en su habitación. Nunca lograría explicarse el motivo de su huida, las lágrimas que derramó, por última vez, sobre la almohada.
El verano siguiente conoció a Nadja, una muchacha de ojos verdes, nieta de un general que vivía durante todo el año en una de las villas. Concentrado en el desenlace de Los hermanos Karamazov, apenas tuvo tiempo de ocultar el pesado tomo, removerse inquieto en su refugio rocoso y reprimir un gesto de fastidio. Una breve y educada conversación bastaron para convertir un encuentro indeseado en horas de angustiosa espera.
Años después, ya en Sarajevo, recordarían entre risas cómo Nadja le disuadió de la idea, largamente meditada, de seguir los pasos de Aliosha, el joven y atormentado monje de la novela:
- Piensa que en el monasterio no habrá chicas a las que besar…
Al cumplir los diecisiete, durante una corta estancia en la ciudad, su padre le había propuesto ingresar en el ejército.
- Tu madre te mima demasiado. Mírate, estás demasiado flaco, aunque eres alto para tu edad. Y ése peinado, ¿de qué película lo has copiado? – sonriendo, le ofreció un cigarrillo que él, sorprendido de su audacia, aceptó – Ya sé que en parte es culpa mía, pero necesitas disciplina, aprender a relacionarte y valerte por ti mismo. Allí harás carrera rápidamente, tengo buenos amigos en la academia…
- Quiero ir a la universidad, estudiar una carrera - consciente de lo que se esperaba de él, no quiso ir más allá.
- Puedes hacer lo que quieras, no voy a obligarte, pero no te librarás del servicio. ¿Qué prefieres ser, un oficial o un recluta más?
Para su padre, huérfano de un héroe nacional, con estatua y calle en Belgrado, muerto en la guerra partisana, el mundo se dividía entre triunfadores y dominados. Sólo un inexplicable capricho de la naturaleza, en forma de ausencia de curvatura en la planta de sus pies, le apartó del camino marcado, heredado como se hereda el carácter, el gusto por las subordinadas y la buena vida. Marko, en cambio, había leído suficientes novelas como para despreciar una vida gris, regida por absurdos reglamentos, el doble encierro de la vida castrense y la casta social. Nadja le animaba a rebelarse y seguir su propio camino; le garantizaba incluso el apoyo de su abuelo, aún antes de pedírselo. Su madre, fiel aliada, se reponía de enfermedades imaginarias en algún balneario europeo. Aquella misma tarde decidió, con su negativa, triunfar en el feliz anonimato de los dominados.
Tres meses más tarde, cuando regresaban de un viaje por Grecia, sus padres morían en un accidente de automóvil. Marko pasó los dos años siguientes en un internado para jóvenes hijos del partido, una época oscura, plagada de silencios, una dura prueba para su espíritu rebelde de la que extrajo algunas enseñanzas: austeridad, rigor en los estudios, la disciplina mental necesaria para reorientar su capacidad de análisis, la tendencia a la ensoñación y el pensamiento abstracto, hacia una finalidad concreta.
Tras cumplir el servicio militar cerca de la frontera Húngara se trasladó a Sarajevo, donde terminó sus estudios especializándose en literatura eslava.

EL HORROR 2

Con la llegada del nuevo año una corriente de inquietud y pesimismo, aventada por el duro invierno, parecía extenderse silenciosa sobre la ciudad. Las declaraciones tranquilizadoras de los dirigentes bosnios que, abrumados por la violencia política de sus oponentes, trataban de detener el éxodo masivo de la población, la llegada de refugiados desde las zonas rurales, los actos multitudinarios a favor de la paz, reclamando el fin de la guerra en Croacia, el regreso de los reservistas, apenas conseguían disipar la tensión contenida que se respiraba en las calles. Desde los lugares más remotos llegaban rumores sobre movimientos de tropas, actos de sabotaje contra instalaciones del Ejército Federal, asaltos a depósitos de armas, asesinatos, secuestros… En este ambiente de psicosis generalizada los soldados acuartelados en la capital eran observados con suspicacia – especialmente tras la renuncia formal del gobierno bosnio a crear un ejército propio, lo que se veía como una arriesgada concesión a los radicales – mientras los ciudadanos se convertían en sospechosos militantes para los asustados reclutas.
El anuncio de la convocatoria de un referéndum sobre la independencia, fijado para el primero de marzo, no hizo sino aumentar el pánico de quienes veían en la actual situación los mismos precedentes que habían llevado a la frustrada invasión de Eslovenia y el enfrentamiento abierto en Croacia. Para la mayoría, era el momento de tomar partido, elegir entre el futuro incierto que traería la secesión, la creación de un estado independiente, federado en términos de amistad y cooperación con el resto de repúblicas – la descomposición natural de Yugoslavia inscrita en los cambios políticos de la Europa post-comunista, o la permanencia en una Yugoslavia dominada por Serbia, la sumisión a un poder que había demostrado sobradamente su determinación belicista, bajo supuestos porcentajes, mayorías, referencias a la supremacía étnica que recordaban los tiempos más oscuros de la Historia.
Marko, abrumado ante la vehemencia y la agresividad con que ambas partes defendían sus argumentos, había decidido abstenerse en lo posible de los acontecimientos, evitando participar de la euforia nacionalista adoptada por muchos de sus amigos. Partidario convencido de una salida negociada, la misma complejidad del conflicto le impedía materializar sus propuestas, convertir las buenas intenciones, la defensa de la convivencia pacífica, el rechazo absoluto a secundar con las armas cualquier postura, mayoritaria o no, en soluciones concretas, aplicables más allá de su planteamiento general. Como muchos otros, se sentía ciudadano antes que serbio; creía sinceramente en un estado plural, sin exclusiones ni prejuicios, una sociedad capaz de olvidar los horrores del pasado, la legendaria condición de frontera de la civilización que algunos se empeñaban en otorgar a los Balcanes, e integrarse en el proyecto de la nueva Europa.
Sin embargo, cuando exponía sus ideas en público, terminaba por sentirse frustrado, impotente ante las críticas de los estudiantes más radicales, que le acusaban de favorecer las pretensiones panserbias con su pacifismo extremo, su idealismo tachado de estéril, infantil.
- ¡No se pueden detener tanques con palabras! – le había gritado un estudiante islámico, el mismo que, según supo después, había empapelado las paredes del aula con una famosa fotografía: la multitud encaramada a un tanque soviético en la Hungría del 56.
Incluso los editores de las revistas con las que colaboraba se negaban ahora a publicar sus artículos, alegando una nueva línea editorial para adaptarse a los nuevos tiempos.
- ¡Bregovic, la cultura oficial ha muerto! – clamaba un editor recién llegado del exilio americano - Las glorias de la Literatura Nacional ya no interesan a nadie, suena reaccionario, polvo comunista… Investigue, busque textos antiguos que hablen de proyectos federales, cantonalismo, regiones autónomas… ¡Nacionalismo, eso es lo que el público de toda Europa quiere leer!
Desmoralizado, trataba de justificar su actitud a cada momento, sintiéndose irritantemente sospechoso cada vez que se reunía con Mirsad y sus amigos, fervientes partidarios de la secesión.
- ¡Ha llegado nuestra hora! –anunciaba Ramiz, un militante del SDA que había pasado varios años en la cárcel por sus actividades subversivas - ¡Turcos, austriacos, serbios, alemanes, comunistas! ¡Ahora los líderes bosnios gobernarán a los bosnios y a quienes quieran convivir con ellos!
¿Qué tierra era aquella? Bosnia era un laberinto de fronteras históricas, regiones étnicamente uniformes, productos de quince siglos de invasiones, migraciones y repoblaciones forzosas, salpicadas de cantones, valles y aldeas habitadas por familias mixtas, ciudades donde la pluralidad y la convivencia sólo resultaban pintorescas a los académicos y estudiosos de la Historia balcánica, viajeros con la mochila cargada de prejuicios que buscaban, sin éxito, avivar los rescoldos de incendios sofocados por más de cuatro décadas de titismo.
- Sin un dictador como Tito, ¿quién va a gobernar un país con dos alfabetos, tres religiones, cuatro lenguas y seis Repúblicas con sus respectivas minorías? – se preguntaba cínicamente un profesor de visita en la ciudad.
Ramiz y sus seguidores parecían tener claras las bases geográficas y étnicas del futuro estado: la actual República de Bosnia, sus fronteras históricas, los habitantes que no decidieran marcharse libremente antes del referéndum. Pero, ¿qué ocurriría con los bosnios partidarios de la Federación Yugoslava, los serbios y croatas contrarios a formar parte de una entidad separada de sus hermanos? En Croacia, los serbios se habían levantado en los enclaves donde constituían la mayoría formando entidades independientes, defendiendo con las armas – y el apoyo encubierto del Ejército Federal – lo que consideraban su tierra. ¿Por qué iban a actuar de otro modo después del referéndum? Sus propios líderes llevaban meses contestando, en forma de ultimátum y amenazas.
Mirsad se mostraba comprensivo. A menudo, cuando la conversación subía de tono y veía a su amigo acorralada entre rostros coléricos, vociferantes, zanjaba la cuestión con su humor condescendiente:
- Tu padre era serbio, tu madre croata… Los médicos de Tito debieron manipular tus genes para crear el yugoslavo perfecto, sin una gota de sangre nacionalista en tus venas, simplemente un tipo que habita en las tierras del sur. Sólo tenemos que buscar una mujer que piense igual que tú, y esperar unas cuantas generaciones…

viernes, 25 de noviembre de 2011

EL HORROR 1

Al terminar las clases Marko Bregovic solía compartir café y conversación con sus alumnos en un pequeño local de la Bascarsija. Alguna noches se sumaban a la tertulia otros profesores, estudiantes inquietos vestidos a lo occidental – prueba irrefutable de su talante liberal – agitadores políticos, espectadores silenciosos entre los que no faltaban policías de incógnito a la caza de desertores o simples curiosos ávidos de noticas. Lo angosto del local, el ambiente cargado de humo y miradas expectantes, la excitación de lo clandestino, facilitaban que el inicial intercambio de saludos y comentarios triviales fluyese naturalmente hacia el recurrente tema de la guerra en Croacia y la difícil situación política de la región, noticias y rumores enriquecidos con cada nueva intervención. Ya de madrugada, haciendo coincidir la entrada del propietario del local – un mafioso con reconocida fama de delator – con el pago de las escasas consumiciones, las posturas inamovibles y la absoluta convicción se iban debilitando, dejando espacio para un posterior debate.
Aquella tarde el local estaba poco concurrido. Marko conversaba en la barra con Emir, un camarero de melena cuidadosamente enmarañada que siempre parecía dispuesto a abandonar la ciudad y probar fortuna en países exóticos, Australia, Canadá, Chile, los paraísos en los que habían depositados su esperanzas miles de jóvenes post-comunistas frustrados por la crisis económica, la corrupción generalizada, las tensiones nacionalistas que habían traído la guerra, el reclutamiento obligatorio. Cada vez que coincidían en el café parecía inventar una nueva excusa, un impedimento insólito, en ocasiones misterioso, que le obligaba a mantenerse en su puesto. Marko le seguía el juego mostrándose comprensivo, incitándole con rebuscadas soluciones que estimulaban el ingenio de su oponente.
- Estoy seguro, es por una mujer – Emir enarcaba las cejas simulando sentirse ofendido – No importa, terminaré averiguándolo… Ahora dime, ¿es de confianza ése amigo tuyo?
- Es casi de la familia, os llevaréis bien.
Unos días antes, pese a su declarada neutralidad en cuestiones políticas, al menos en público, había recibido una nota anónima en la que se le invitaba a abandonar su piso, un apartamento alquilado en un viejo edificio cercano a la universidad, habitado mayoritariamente por croatas. El administrador, un anciano taciturno que tenía por costumbre no contestar a sus saludos, había perdido recientemente a uno de sus hijos en el sitio de Vukovar. Atemorizado por los rumores que circulaban por la ciudad, decidió no denunciar el hecho a la policía y buscar un apartamento para compartir. Emir se ofreció a ayudarle, poniéndole en contacto con Mirsad, un amigo de la infancia.
- Conozco a una pareja que va a dejar su piso en Mariscal Tito – decía Mirsad, tras las presentaciones – El pobre muchacho lleva seis meses escondiéndose de la policía, por el reclutamiento. Ahora ha reunido algo de dinero entre la familia, los amigos… Los padres de ella no saben nada, pero ya tienen los pasajes para Alemania.
A Marko le resultó simpático aquel tipo desgarbado, de mirada franca, que lucía con aire desenvuelto su uniforme de mecánico con restos de grasa. Trabajaba como jefe de taller en la central de tranvías, pero su sueño era emigrar a Italia y entrar en la escudería Ferrari.
- ¡Esos tíos ganan mucha pasta, y encima viajan gratis por todo el mundo! – decía imitando los gestos de un mafioso de película.
- ¡Creí que presumías de marxista, y nacionalista bosnio! – objetó Emir con exagerada ingenuidad.
- Eran otros tiempos, – contestó algo picado – pero ya que superé la enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo…
Todos rieron la broma, Marko conteniendo la réplica ante la cita fuera de contexto, absurda.
- Y tú, ¿en qué trabajas?
- Soy profesor adjunto en la universidad…
Emir emitió un prolongado silbido; un brillo socarrón iluminó sus ojos al sonreír. Emir respondió a su mirada encogiéndose de hombros.
- Además hago traducciones para revistas extranjeras, francesas, alemanas… Pero me temo que la literatura yugoslava no interesa demasiado hoy en día.
- Sí, hablas como un profesor. ¿Tienes novia?
- Tenía, pero se marchó a estudiar a París.
- Yo tengo algo parecido a una novia, pero no molesta, – aclaró – es de las tradicionales.
- Creo que hacéis buena pareja – terció Emir – Un profesor y un obrero viviendo juntos… ¡Si papá Tito levantara la cabeza se echaría a llorar de la emoción!
Durante el resto de la tarde Marko escuchó complacido la inagotable conversación de su compañero, recreándose en la vehemencia con que exponía las ideas más extravagantes, una curiosa mezcla de candidez e ironía en la que intuía un contrapunto ideal para su carácter.
- Los libros están bien para vosotros los burgueses pero, ¿qué puede aprender un obrero de la vida de un noble ruso? Yo tengo suficiente con Haris Vijak.
- ¿Quién es?
-¿No lo conoces? Escribe los mejores manuales de mecánica aplicada…
Quizá fuera aquello lo que necesitaba para alejar los oscuros pensamientos que poblaban su mente, el ambiente de violencia latente que se respiraba en los pasillos de la facultad, el vacío dejado por Nadja. Se sentía eufórico, predispuesto a la sorpresa, la novedad que supondría convivir con un desconocido.
Poco antes de la ocho Emir conectó la radio: en el frente croata proseguían los combates en los suburbios de Osijek, el bloqueo de la carretera Zagreb- Belgrado, la antigua Autopista de la Amistad, apostillaba el irónico locutor; la expulsión de miles de civiles de la Krajina croata y Eslavonia oriental. Mientras Dubrovnik soportaba nuevos bombardeos, la ONU ultimaba los preparativos para el despliegue de tropas en las regiones disputadas. En Sarajevo se esperaba otra noche gélida, viento del oeste…
- ¿Crees que habrá guerra, aquí en Bosnia?
- ¡No, Europa no lo permitiría, sería demasiado peligroso! Creo que no tardarán en llegar a algún tipo de acuerdo con los serbios. Las sanciones económicas…
- ¡Ya, las sanciones! – cortó Mirsad – No te hagas ilusiones. Están tan sedientos de sangre que no se conformarán con aplastar a los croatas. ¡Antes de lo que imaginas tendremos la guerra en casa!
- Espero que te equivoques…
Se sentía irritado, incómodo antes aquella peligrosa idea. De repente, todas las soluciones planteadas en los debates universitarios, las llamadas a la razón, la unidad, las referencias al polvorín bosnio que llenaban las páginas de los periódicos independientes, parecían ceder, derrumbarse ante la convicción con la que Mirsad, un ciudadano corriente, permeable a la propaganda de los medios oficiales, el lenguaje apocalíptico, amenazador de los políticos más radicales, invocaba lo inevitable de la guerra. Alarmado, me preguntaba si otros, convencidos ya de la inutilidad de las palabras, hastiados de declaraciones vacías, se preparaban en secreto para un enfrentamiento inminente.
- Creo que tiene razón – sentenció Emir – Será mejor tomar la última ronda antes de que lleguen los malos tiempos…

EL HORROR

Sarajevo, 21 de diciembre, 1991


Danilo Versovic se acerca al televisor, sube el volumen y se acomoda en el sofá. Mientras lía un cigarrillo Nizama se sienta a su lado, estira el borde de la falda hasta cubrir las rodillas y recoge sus manos en el regazo.
En la pantalla, una columna de blindados cruza un pueblo destruido. De las ruinas calcinadas se eleva una densa humareda que se funde en lo alto con un cielo gris de acero. Un rugido ensordecedor hace vacilar la cámara en manos del operador que corre a protegerse tras un muro de piedra: surgiendo de la niebla que cubre los maizales una batería de lanza cohetes abre fuego contra un grupo de casas entre las que se alza la torre blanca de una iglesia. Cuando el humo se disipa el campanario ha desaparecido.
Ahora la cámara recorre a ras de suelo las calles embarradas, la nieve sucia salpicada de vainas y carcasas vacías, se detiene sobresaltada ante el cuerpo de un miliciano que yace boca abajo, enfoca la bota que se apoya impúdica sobre la cabeza ensangrentada. Un soldado federal saluda con gesto victorioso mostrando una bandera capturada al enemigo. A su espalda, el escudo chetnik se destaca en rojo sobre la pared agujereada del ayuntamiento: “Sólo la unidad salvará a los serbios”.
- No van a parar hasta llegar a Zagreb – murmura Danilo.
Nizama le mira sin comprender, todavía asustada. Es el ritual de todas las noches: desde que su hijo fue reclutado busca sus rostro en cada combatiente, los cadáveres abandonados en la huida pudriéndose en las cunetas, comparando furtivamente las imágenes con la fotografía del joven soldado que sonríe despreocupado junto a un retrato de un Tito envejecido en uniforme de almirante.
Más tarde Nenad Pejic, presentador del informativo de la noche, habla con tono grave, desafiando a la audiencia con la mirada:
- ¡Apaguen ahora mismo las luces quienes estén a favor de la paz!
Danilo se levanta decidido y pulsa el interruptor suavemente, como si aquel acto intrascendente hubiese adquirido una dimensión especial. Cuando se vuelve, Nizama está junto a la ventana. Desde la colina los edificios altos del centro se adivinan oscuros, imponentes. El viento helado que recorre el valle trae el leve rumor del tráfico en las avenidas. En Vraca y Grvabica algunas ventanas permanecen iluminadas, siluetas recortándose en los cuadros de luz que parecen sonreír con desprecio. A la derecha, en Nuevo Sarajevo, un bromista enciende y apaga las luces continuamente.
- Creo que hay más de los nuestros – aventura Nizama mientras limpia los cristales empañados con la manga.
Danilo sonríe condescendiente. Por su mente vuelve a circular la idea de la guerra inminente, fantasmas del pasado, recuerdos de su infancia que vuelven cada noche…
- La ciudad despierta un día más bajo el bombardeo – continúa el locutor – Los agresores serbios y montenegrinos atacan Dubrovnik por tierra y mar. La antigua Ragusa, Patrimonio de la Humanidad, arde sin remedio…
La cámara se eleva desde una fuente de piedra protegida con sacos terreros mostrando un paisaje desolado, un mar de tejados rojos perforados por los obuses, edificios en llamas, la gran plaza desierta nublada de cenizas, cascotes y vigas quemadas. A lo lejos, fuera del alcance de los defensores, los barcos de guerra trazan siniestras estelas recreándose en su impunidad.
La imagen de un hombre corpulento abriéndose paso entre flashes y micrófonos encabeza la información local. Radovan Karadjic, el psiquiatra que lidera a los nacionalistas serbios, acompaña sus palabras con enérgicos movimientos de su puño crispado:
- Si los separatistas croatas y musulmanes se empeñan en destruir Yugoslavia nosotros, los serbios de Bosnia, proclamaremos nuestra propia república antes del quince de enero…
A su espalda, dos hombres armados con fusiles automáticos observan con recelo a los periodistas que rodean al político.
- ¡Se han vuelto locos! – sentencia Danilo - ¡Completamente locos!
Danilo es serbio, su mujer musulmana; su único hijo lucha en Eslavonia contra los secesionistas croatas. Algunos vecinos, compañeros de la fábrica, antiguos camaradas del ejército, le miran con silencioso rencor cuando se cruzan en la calle. Esa noche, antes de dormir, recuerda las palabras del orador instalado frente a la catedral: “Esos rostros asustados, los refugiados que lloran cada noche su impotencia ante las cámaras, son los supervivientes de nuestra guerra civil ¿Vamos a permitir que la historia se repita?”.

VII

Estaba harto así que, en contra de mi costumbre de esperar a que la tormenta amainase, decidí llamarla y citarnos en un café:
- No aguanto más, me siento como un muñeco de pim pam pum... - dije tras un simple saludo.
- ¡Ves, a eso me refiero! ¡Nadie habla así! A veces pienso que vienes de otra época... ¿Por qué no dices "me siento como un dummy"?
Pasé por alto su referencia a nada que yo hubiera dicho o hecho en los últimos treinta segundos.
- ¿Un dummy? ¿Y qué narices es un dummy?
- Uno de esos muñecos que meten en los coches para probar la seguridad, salen en los anuncios. Pero, claro, tú no ves anuncios...
- Un dummy, ahora soy un dummy...
Nos separamos, por supuesto, y no volvimos a vernos, pero sigo estremeciéndome cada vez que uno de esos desdichados muñecos se estrella contra un muro.

VI

Un amigo estoico me invitó a tomar café en su casa. Mientras volvía de la cocina descubrí una extraña criatura que me miraba fijamente desde un extremo del salón.
- Es un perro, pero no tiene patas - me tranquilizó.
- ¿Y cómo se llama? - pregunté, empatizando con la pobre bestia...
- Para que lo voy a llamar, si no va a venir.
Asentí algo confuso y me quemé los labios con el café hirviendo.
Me enterneció tanto el pobre chucho que, días después, tras conversar con un amigo científico, decidí hipotecar mi vida y colocarle cuatro peludas, casi reales, patitas protésicas. El estoico me lo regaló con gran placer, ya que la compasión alteraba su búsqueda de la virtud. Ahora acude meneando alegremente la cola cada vez que lo llamo, haciendo resonar sus zarpitas canoplásticas contra el empedrado, bajo el puente. Nunca he sido tan feliz.

sábado, 19 de noviembre de 2011

V


 Ella me había engañado con un filólogo así que decidí dejarla sutilmente:
- Cariño, ¿sal lleva tilde?
 - ¡No, cómo va a llevar tilde! - contestó escandalizada.
- Bueno, no es lo mismo decir: sal de mi vida, que sal de mi vida.
No lo entendió a la primera, así que tuve que escribírselo. Mientras lo hacía pensé: ¡qué demonios, no voy a encontrar otra igual! Compramos una perrita, y la llamamos Sal.

IV


Leía el periódico cuando ella se acercó:
- Te he estado observando. ¿Me das tu teléfono? - dijo sonriendo.
- Es que... sólo tengo uno, y lo necesito. - contesté fingiendo una gran pena.
Su sonrisa se congeló mientras se alejaba.
- De menú ha comido tres postres. - apuntó el camarero - Tarta de chocolate, sorbete de sandía y natillas al toque de lavanda.
Maldije mi sentido del humor y corrí a la calle...

III

"Cuando despertó, el cepillo de dientes seguía allí".

MICRO-RELATOS II

Todavía recuerdo la conversación:
- Yo es que soy muy romántica...
 - Sí, en cuanto te vi pensé: ¡es una chica Amelie! - dije sonriendo.
- Bueno, me gusta, pero mi favorita es Pretty Woman...
- ¿Esa peli donde el primer cliente de una puta es, gracias a una conjura templaria, un millonario cansado del sexo seguro con mujeres tan aburridas como respetables?
Todavía guardo la caja de Durex, sin estrenar, con un post-it: "A las chicas les gusta Pretty Woman, no tu puta opinión sobre Pretty Woman".

MICRO RELATOS I

I Tomaba café con una amiga:
- Esta mañana me ha dicho... Espera, lo he apuntado: "henchido de amor al despertar, te contemplo plena, esencial, con las sutiles huellas del sueño tranquilo acariciando tu rostro"... ¿No es precioso?
- Sí, ¿pero le has dicho ya que se busque un trabajo?
- No, es tan... Mira, la "moleskine" me la ha decorado él, con granos de café y arroz, aunque se me van despegando... - sonrió ausente - Bueno, tengo que irme al aeropuerto.
 - ¿Cuánto tiempo dices que se quedan sus primos de Argentina?

EL VISITANTE

Tras una época turbulenta, de amoríos imposibles y proyectos frustrados, decidí alquilar una casita en las afueras, un lugar tranquilo donde disfrutar de la amarga paz de los solitarios y recuperar cierto equilibrio. Llevé a Sal, el melancólico perro sin patas, conmigo.
Aquella tarde, mientras tomaba una taza de café contemplando desde la ventana el cielo metálico, oscureciéndose tras las ramas del viejo olivo, en el patio, llamaron suavemente a la puerta. Sal hizo resonar alegremente sus patitas canoplásticas, quizá reconociendo a un visitante inesperado, camino de la puerta.
Cuando abrí, un anciano de cuidado aspecto, el blanco cabello coronado por una gorra de punto, se miraba la punta de los zapatos con lo que juzgué excesivo interés.
- ¿Puedo ayudarle? – pregunté solícito.
El anciano permaneció inmóvil, en silencio.
- ¿Desea algo?
Cuando alzó el rostro, lloraba.
- Perdone… - murmuró.
Pese a las lágrimas, sonreía, una mueca en la que había vergüenza, pero también decisión, impaciencia. Descarté la idea de que se hubiera perdido, un fallo de su memoria: aquel hombre deseaba algo, había llamado a mi puerta por algún motivo.
- ¿Conserva el olivo? – preguntó con vehemencia.
- Si, en el patio…
Contuvo el avance de su pie en el escalón, sonriendo ya sin lágrimas.
- Esta era mi casa, mis hijos la vendieron hace unos años…
- Entiendo… ¿Quiere pasar?
Me hice a un lado, bloqueando el paso a Sal, que observaba curioso al extraño visitante.
- Gracias – susurró salvando el escalón con dificultad.
La decoración era escasa, minimalista, habían dicho con sorna en alguna ocasión; muebles viejos, comprados y malvendidos en un centro que empleaba a discapacitados. El hombre, varado en el centro de la sala, lo observaba todo asintiendo, reconociendo, imaginé, el mismo espacio en otras épocas, otra vida, la memoria llenando espacios, redecorando el vestíbulo, el salón, apenas asomándose a la cocina, el dormitorio. Sal le seguía pegado a su pierna renqueante, extrañamente confiado.
- ¿Puedo…? – señaló el dormitorio.
Asentí resignado cediéndole el paso.
- Aquí murió mi padre – anunció.
Nunca me ha interesado el mundo oculto, las historias de fantasmas, ni he sentido curiosidad por saber más de lo que una mente que desea ante todo el equilibrio debe saber. Soy adulto, razonablemente materialista-dialéctico. Pero debo confesar que me asusté…
- Ahí estaba la cama, junto a la pared. En sus últimos días le gustaba contemplar el olivo desde aquí – siguió, ausente, evocando.
Carraspeé, sí, conscientemente. Empezaba a sentirme incómodo.
- ¿Puedo ofrecerle un café?
Pareció despertar de un sueño. Me contempló un instante, volviendo del mundo de las sombras y los muertos. Sonrió, muy cansado, pensé, del largo viaje.
Cambié, con excesivo y justificado celo, el café por una infusión relajante, nos sentamos frente a la ventana, a la vista del viejo olivo, y me contó su historia…


- “Alrededor de este olivo, te voy a hacer una casa”… Estas fueron las palabras con que mi padre, por entonces un mozo sin una perra, ni chica, ni gorda, conquistó el corazón de mi madre - comenzó a relatar, más tranquilo, dulcificada ya su sonrisa.
Sal se había echado a sus pies, y ronroneaba escuchando al anciano. Quizá había interpretado, travieso, la metáfora de su nuevo amigo.
- Cumplió su promesa, y construyó la casa. Eso fue a principios de siglo, bueno, ya me entiende, el siglo XX. Para mí el Siglo XXI nunca ha terminado de existir del todo… Estoy divagando – se disculpó adivinando mi sonrisa – Aquí vivieron felices, y aquí murieron los dos, junto a la pared – de nuevo sentí un escalofrío – Pero no tema, murieron felices…
Mientras sorbía ruidosamente la infusión, intuí una noche agitada, espíritus invocados, íncubos, súcubos...
- Aquí nacimos mi hermano y yo, él dos años antes, y crecimos y nos hicimos hombres, como me gusta decir: “a la sombra de un olivo”. Y entonces llegó la guerra… - asentí con un suspiro – Él se fue con los rojos, y yo me quedé. Sí, no tuve valor para sumarme a la Columna Durruti, aunque tenía mucha más conciencia política que él, más base, como se dice ahora… Cuando entraron los nacionales me humillé, alcé el brazo al paso de los moros, sonreí aliviado, como tantos otros, pagué por ocultar mi pasado, me confesé y me tocó un cura bueno, de los pocos que debía haber entonces, y no me delató. Tuve suerte, era tímido, apocado, me asustaba hablar en público, perorar, hacer discursos o mostrar mi entusiasmo en voz alta. Siempre he pensado que fue mi carácter lo que me salvó. Eso, e Isabel…
Cerró los ojos un instante, respirando con dificultad, las arrugas que circundaban sus ojos, la piel tirante, bronceada aún en otoño, trémula, mientras una única lágrima se deslizaba por su mejilla.
- Isabel era la novia de mi hermano. Le lloró, le guardó luto en silencio, soportando los insultos, el odio inhumano que trajo la paz de los cementerios. Conseguí trabajo de marinero, y navegué durante dos años en un buque de pesca. Cuando volví, me casé con ella… - deseé con toda mi alma que no me contara esa parte, y no lo hizo - Y, cuando murieron mis padres, nos vinimos a vivir aquí, alrededor del olivo – consiguió sonreír - y aquí nacieron mis cuatro hijos…
La brisa agitó las ramas más altas, trayendo un sonido de mar encrespado, un breve diálogo con el relato, pensé, el recuerdo del mar de Terranova acudiendo a la llamada…
- Hace tres años mis hijos decidieron venderla. Se habló de un proyecto para construir viviendas, una urbanización, parques, equipamientos, creo que los llaman, pero todo quedó en nada, y la inmobiliaria con la casa.
- ¿Y donde vive usted ahora?
- Me tienen en danza, de una casa a otra – rió con los ojos – Estoy bien. Isabel lo lleva peor, siempre ha sido una mujer de su casa, pero ahora con la diálisis… - reí, suspiré, di gracias a la gerontología: ¡Isabel vivía!
Nos quedamos en silencio, contemplando el viejo olivo, las hojas secas, ahora en calma, recortándose contra un cielo teñido de violeta, nubes palideciendo sobre las montañas.
- Puede volver a visitarme cuando quiera. Si hace bueno, podemos tomar café a la sombra del olivo.
Sal se levantó perezosamente, haciendo tintinear las baldosas con el metal de sus patitas. Intuía la despedida.
- No, se lo agradezco, pero no creo que vuelva. Ha sido muy amable, y muy paciente conmigo. Sí – añadió ante mis protestas – poca gente hubiera hecho lo que usted, abrirle la puerta a un viejo y escuchar su triste historia.
- No me ha parecido triste. Es una hermosa historia.
- Gracias – se levantó penosamente y estrechó mi mano – Gracias de corazón.
- ¿No quiere ver el olivo?
- No, pero le pediré algo… Su casa está triste, y usted también, permita que se lo diga este viejo. Encuentre una buena mujer, y construya algo hermoso alrededor del olivo.
Nos despedimos en la puerta, en mi mano su mano sarmentosa, de viejo olivo, fuerte, tenaz. Le vi alejarse lentamente, sin volver la vista atrás. Sal agitó la cola y ladró una despedida, sin atreverse, cobarde perro sin patas, a descender por el escalón. Tuve un sueño agitado, pero no lo recordé al despertar.

EL PRIMER AMOR




Le había pedido, en una de nuestras primeras conversaciones, que no me contara nada sobre su pasada y turbulenta vida sentimental. Cuando comenzó el relato de su primer amor no encontré el modo de detenerla sin descubrir mi impaciencia, así que tuve que escuchar la historia completa. Y me puse de un humor de perros.
- Es cierto que el primer amor nunca se olvida... - proclamó, con un significativo suspiro final - ¿Recuerdas el tuyo?
Debió percibir la sonrisa diabólica que acudió a mis labios, pero no dijo nada, me miró, esperando...
- Yo debía tener nueve años... Íbamos juntos a clase, así que tendría mi misma edad. No recuerdo su nombre. Sus padres eran los propietarios del piso en que vivíamos, justo frente al suyo. Un día, mientras jugaba al fútbol con mis amigos en un descampado... sí, todavía quedaban descampados en Valencia, se acercó resuelta, directamente hacia mí, deteniendo el partido. "¡Ven!", me dijo. La miré extrañado y, antes de darme tiempo a mandarla a la porra, que era donde mandábamos entonces a las chicas, añadió: "¡Si no me obedeces, le diré a mi padre que os eche de casa!". Obedecí. La seguí hasta una montaña de piedras que lindaba con el descampado y me senté a su lado, ocultos a las miradas y las crueles bromas de mis antiguos camaradas. "Ahora somos novios, y me tienes que besar". Mientras mi sistema endocrino elegía entre el desmayo o la huida, ella sujetó mi mano, acercó sus labios a los míos, apretando con fuerza, y los mantuvo allí, en una interminable sucesión de chasquidos, chuiks, sin que las lenguas asomaran en ningún momento, aguantando la respiración al límite de la asfixia... No me creerás, pero todavía recuerdo el sabor de aquellos labios. ¡Sabían a chufas! Si, el barrio limitaba con los que, entonces, nos parecían enormes campos de chufas. Desde aquel día, fui esclavo de sus caprichos. Acudía a buscarme mientras jugábamos en la calle, al salir del colegio, venía a casa a buscarme... Vivía aterrorizado por la responsabilidad que había recaído sobre mí: si no la complacía, si osaba oponerme a los deseos de su extraña mente infantil, acabaría viviendo en la calle, quizá debajo de un puente, como en los tebeos, junto con toda mi familia. Y, créeme, la creía capaz de cumplir sus amenazas. Un día, quizá estimulado por las burlas y amenazas de expulsión de la aguerrida tribu a la que orgullosamente pertenecía, decidí romper las cadenas. Me negué a acompañarla, al borde de las lágrimas, en mitad de un partido... Ella me miró, sonrío enigmática, terrible, y se marchó. Minutos después, mientras descansaba sentado en el escalón del portal, ocultando con saliva las heridas futbolísticas, abiertas en el combate sobre la dura tierra, algo pasó silbando junto a mi cabeza. La piedra rebotó sobre el suelo, de buen tamaño, afilada, elegida a conciencia. Alcé la cabeza y descubrí su coleta ondeando entre los coches aparcados. Me levanté, dispuesto a seguirla, mi mirada encontró el coche de su padre, agarré la piedra y, furioso, tracé una siniestra y chirriante diagonal sobre la pintura del capó... En fin, la cosa terminó con discusiones de mayores, un arreglo en el taller, un castigo de dos semanas que se fue diluyendo, y la noticia, el alivio inmenso, esa misma noche, de que nos mudábamos a un piso nuevo, en la otra punta de la ciudad...
- ¡Vaya historia! - exclamó desconcertada - Pero... yo te preguntaba por tu primer amor.
- ¡Ése fue mi primer amor! Y, sabes, creo que desde entonces mi vida sentimental no ha mejorado mucho...
Al día siguiente me mudé a otra ciudad. Poco después me regalaron un perro sin patas, y lo llamé Espartaco.

AQUELLA VIEJA PELÍCULA


Nos ordenaron desbrozar todo el perímetro de la base para facilitar el trabajo a los zapadores. Armados de picos y palas, nos encaminamos de mala gana y peor humor a limpiar la zona marcada con estacas, donde colocarían la doble línea de alambrada, de hierba seca, matorrales y escombros. Un joven sargento dirigía las operaciones. Trepó hasta un montículo desde donde dominaba toda la hilera, acomodó los pulgares sobre el ceñidor, y se colocó las "ray ban" de espejo con gesto casual. Apenas comenzó a resonar el metal sobre la tierra dura, pedregosa, una voz surgió del grupo a mi derecha:
- ¿Podemos quitarnos la guerrera, jefe?
¡Jefe! - pensé - ¡No ha dicho mi sargento, sino jefe! De inmediato acudió a mi mente la imagen: una vieja película, Paul Newman recluido en un penal de la América profunda, tipos rudos, rateros y delincuentes de poca monta limpiando de maleza las cunetas de una carretera bajo el sol...
- ¡Podéis quitaros la guerrera! - bramó el sargento incomodado. No era mal tipo, y todos sabíamos que no le gustaba vernos hacer el trabajo sucio.
Nos despojamos de las chaquetas y seguimos cavando, arrancando las raíces a golpe de pico entre la tierra reseca.
Entonces se me ocurrió:
- ¿Puedo beber, jefe? - grité tras secarme el sudor de la frente.
Comenzó con una risa nerviosa, seguramente del tipo a mi derecha. La carcajada creció y se extendió por la línea. Rostros sudorosos, pálidos entre el polvo, congestionados, una masa de verde oliva y pantalones de camuflaje doblada de risa, liberada por un instante. El sargento sostuvo mi mirada calculando sus posibilidades. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero decidió seguir el juego.
- ¡Puedes beber!
Bebí un largo trago de la cantimplora, y la pasé a los "convictos" más cercanos. Descubrí algunas sonrisas cómplices, confusas, asintiendo entre la nube de polvo, un par de miradas diciendo: sí, aquella película...
Trabajamos hasta la hora de comer, y después, hasta la puesta de sol. Hicimos un buen trabajo.
Por la noche, en la cantina, tomamos una cerveza con el joven sargento: alguien se lo había contado. Prometió pedirle al comandante de la base que nos enviasen aquella vieja película. Nunca nos llegó.