El Gobierno bosnio, confiado en el reconocimiento de la comunidad internacional – que había condicionado su dictamen a la celebración de un referéndum democrático – declaró la independencia por aplastante mayoría mientras grupos de serbios armados levantaban barricadas en los barrios periféricos. La radio y la televisión emitían canciones pacifistas, lanzaban mensajes esperanzadores a la población que, desafiando a los francotiradores, se manifestaba por un estado multiétnico. Desde Belgrado, Radovan Karadjic anunciaba: “Comparado con Bosnia, el Ulster será un lugar de vacaciones”. Los hechos parecían darle la razón. En Bjeljina, junto a la frontera serbia, paramilitares apoyados por soldados federales atacaban la ciudad portando símbolos chetnik. De Kupres, Capljnja o Derventa llegaban noticias de tiroteos, asesinatos, auténticos combates entre policías leales al gobierno y grupos irregulares, equipados con armas pesadas y bien organizados. Mientras en Bruselas se reunía con urgencia la Conferencia de Paz para Yugoslavia, el caos reinaba en Sarajevo. Guerrilleros vestidos a los Rambo, pistoleros adolescentes y bandas de delincuentes se había apoderado de las calles, delimitando con barricadas y puestos de control los diferentes barrios en los que actuaban con total impunidad. Pese a las advertencias y los comunicados públicos, miles de ciudadanos atemorizados trataban de abandonar la ciudad en toda clase de vehículos colapsando las carreteras en su desesperada huida. Los más afortunados conseguían regresar, disuadidos por los controles que surgían en cada esquina, las emboscadas en los caminos y las solitarios pistas forestales. Otros veían como sus coches, las escasas pertenencias reunidas a toda prisa, eran requisadas a punta de fusil. Algunos simplemente desaparecían.
Marko había pasado la mañana recorriendo los bancos, tratando de conseguir algún dinero. Las tiendas que no habían sido saqueadas se encontraban repletas de compradores histéricos, temerosos de que los precios se disparasen, especuladores, acaparadores, mafiosos incipientes armados de fusiles de asalto. Al fin, abrumado por la muchedumbre agolpada frente al Yugobank, la muralla de policías apostados en la entrada, tuvo que desistir. Compró cigarrillos, por el doble de su precio habitual, a un vendedor ambulante y decidió pasar por el café en busca de noticias. El interior, siempre en penumbra, se hallaba casi vació. Media docena de clientes dejaban reposar el café observando a la gente que deambulaba por las calles, hombres y mujeres de edad madura, ancianos, con el miedo pintando sus rostros congestionados, los puños crispados, grupos dispersos que aceleraban el paso a un tiempo, afanándose por llegar los primeros a un acontecimiento desconocido, una oportunidad incierta, reservada sólo para los más rápidos. Algunos habituales se detenían pensativos en la puerta, evaluando la posibilidad de retomar la costumbre ritual, la conversación con los viejos amigos. Después, algo avergonzados, saludaban y seguían su camino adentrándose en la corriente humana que fluía en todas direcciones.
- ¿Me invitas a un café? Emir alzó la vista del pequeño televisor japonés – una novedad – colocado en el extremo de la barra.
- No creo que tarden en echarme, así que… - dijo paseando la mirada por las mesas vacías.
- Entonces ponme algo fuerte. ¿Te has fijado? Apenas pasa gente joven.
- Los mayores recuerdan todavía recuerdan la guerra, el hambre tiene memoria…
- Sí, es cierto pero, ¿dónde están los jóvenes entonces?
- ¿Tú qué crees?
Rieron mientras el camarero servía dos generosas copas de aguardiente. Brindaron hermanando sus sonrisas amargas, por los buenos tiempos.
- Por cierto, ¿has visto a Mirsad por aquí? – preguntó con fingida indiferencia.
- Sé que anda por ahí pegando tiros, con una gente peligrosa… - bajó la voz – Todo el mundo está cambiando demasiado deprisa.
Una fuerte explosión retumbó en el local haciendo vibrar los cristales. Los clientes escuchaban inmóviles, intercambiando miradas cómplices mientras la gente corrí en la calle.
- Ya ha empezado – anunció un elegante anciano, moviendo la cabeza sin levantar la vista del periódico.
- Pienso largarme un día de estos… - dijo Emir. Su voz parecía venir de muy lejos, como si aquel pensamiento hubiese recorrido un largo camino.
- Dicen que las carreteras están cortadas. Sólo dejan pasar a los serbios.
- Tú eres medio serbio. Dime, ¿qué tengo que hacer para ser como tú?
Los dos rieron con excesivo énfasis. En la televisión, varios hombres de uniforme rodeaban una pieza de artillería. La cámara, alineada con el cañón del arma, abrió el plano ligeramente desenfocado hasta encuadrar el edificio del Parlamento.
- ¡Eso es el monte Trebevic, conozco ése mirador! – exclamó Emir.
- ¡No puedo creer que estén tan cerca! Ahora mismo deben estar apuntándonos…
Un soldado de rostro achatado arrojó el cigarrillo al suelo, lo pisó y asintió mirando inquieto a su alrededor. “Tenemos a tiro toda la ciudad… Sólo esperamos órdenes.” Confirmando sus palabras, la cámara recorrió el valle de este a oeste, las torres de la ciudad nueva, las avenidas poco transitadas aquella mañana, las colinas veladas de niebla.
- Es curioso. Si disparasen ahora podríamos ver nuestra propia muerte por televisión…
Marko se sintió mareado, el aguardiente le revolvía el estómago vacío.
- No me encuentro bien, me voy a casa.
- Sí, creo que todos deberíamos marcharnos a casa - Emir miraba hipnotizado la pantalla en blanco y negro. Ya en la puerta, se volvió y saludó con la mano.
- Buena suerte…
De regreso al apartamento se preguntó si volvería verle. “¡Buena suerte!”. Todos la iban a necesitar… Mientras una ráfaga saludaba con amenazante premura la llamada a la oración en las mezquitas, imaginó a aquel hombre golpeado furiosamente por un grupo de soldados vestidos de negro, los rostros ocultos por pasamontañas. Emir se mantenía erguido, encajando los culatazos con una extraña sonrisa de triunfo. En Vase Miskina, cerca de la Catedral, los milicianos del gobierno habían instalado una oficina de reclutamiento: una mesa plegable y dos sillas protegidas por una lona de camuflaje. Algunos curiosos de detenían a escuchar el discurso de un joven oficial. - ¡Sí, soy un desertor del Ejército Federal! – clamaba con el rostro juvenil enrojecido por el esfuerzo – ¡Cuando estaba en Eslavonia combatiendo con nuestros hermanos croatas comprendí que aquella no era mi guerra, nuestra guerra! – tomó aliento esperando quizá unos aplausos que no llegaron - ¡Ahora os pido que os alistéis en las milicias para defender nuestra tierra de la agresión serbia y montenegrina! Las mismas palabras: “nuestra tierra, la agresión serbia…” ¿Por qué incluían a los montenegrinos con tanta insistencia? ¿Era una estrategia de los políticos para forzar su implicación? Un soldado le miraba fijamente, un rostro familiar, tal vez un antiguo estudiante. Se alejó con paso rápido sin volverse al escuchar su nombre.

Imagen: manifestante se protegen de los disparos de los francotiradores. Sarajevo, marzo de 1992.
ResponderEliminar¡Qué horror da el horror!
ResponderEliminarEl horror es como la sal: escuece sin más... Y a la sal de mi vida le digo sal de mi vida.
¿Por qué una de esas dos sales no llevará tilde?
El mundo ortográfico es cruel y despiadado... Como el horror.
Un beso, Marko.
Nadie dijo que fuera fácil... Besos.
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