Mirsad regresó al mediodía. Se sobresaltó al descubrir su cama ocupada, las huellas del insomnio y la ansiedad en las mantas retorcidas. Su esfuerzo por sonreír se transformó en una mueca desagradable. El rostro demacrado, sin afeitar, reflejaba la actividad frenética de los últimos días.
- ¡Tienes un aspecto horrible! – saludó Marko.
- ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir en un día como hoy?
Marko sostenía su mirada sorprendido por el brillo de triunfo que había en sus ojos, tan cercano a la maldad. Entonces vio la culata nacarada de la pistola asomando del interior de la chaqueta.
- Me la ha pasado un amigo, por si acaso…
Asintió vagamente y fue a la cocina a calentar el café. Mirsad le seguía conteniendo su impaciencia. Le agarró del brazo haciéndole volverse violentamente.
- ¡Escucha! Creo que no tienes ni idea de lo que está ocurriendo ahí fuera…
- Necesitas dormir, no tomes café ahora y come algo. Ya me contarás tus aventuras más tarde.
Mirsad suspiró largamente, acercó una silla y se sentó frente a él.
- Ayer uno de los nuestros mató a un serbio en una boda. ¡No digas nada, deja que termine! – sacó un cigarrillo y lo hizo girar entre los dedos sin decidirse a encenderlo – El tipo salió del coche con una bandera en mitad de la Bascarsija. Dicen que tenían bordada el águila chetnik, o la bandera roja, no estoy seguro, yo no estaba allí. El chico se puso nervioso, discutieron, aparecieron las pistolas… El serbio murió, y hay un pope herido – esperó a que dijera algo, después suspiró expulsando el humo por la nariz – Ahora la familia buscará venganza, ya sabes cómo son estas cosas, y seguro que hay jaleo así que más vale estar preparado.
- Dirán que es una provocación, la excusa que necesitan para desplegar el ejército y proteger a los serbios.
- ¡Esto no tiene nada que ver con el ejército! Fue una pelea, un accidente…
- No entiendo vuestra forma de hacer política, con pistolas… ¿Por qué iba armado ese amigo tuyo?
- No es mi amigo. Además, ya no tiene remedio, olvídalo.
Dudó un instante. Mirsad se recostó en la silla soltando un gruñido de placer al estirar las piernas. No era el momento de hacerle razonar.
- Fátima ha estado rondando por aquí toda la semana. Parecía preocupada, deberías hablar con ella.
- No le hagas caso, en el fondo está orgullosa de mí. La llamaré cuando me levante.
- ¡Está loca por ti, verdad! – dijo riendo – Un tipo duro…
Mirsad agradeció la tregua con un gesto burlón.
- ¿Y tú que has estado haciendo? ¿Fuiste a votar?
- ¡No! No estoy seguro de quién tiene razón. Además, con el boicot el resultado…
Se detuvo alarmado al escuchar dos golpes fuertes, apremiantes en la puerta.
- Tranquilo, no hagas ruido – susurró Mirsad amartillando la pistola.
Rodeó con las manos la taza caliente para contener el temblor. Mirsad intercambió unas palabras en la puerta antes de volver acompañado de un hombre joven, con el aspecto pulcro de un estudiante islámico, al que Marko no había visto nunca.
- Este es Sefir. Mi compañero Marko Bregovic…
Sefir vestía un largo abrigo negro. De su cadera colgaba un fusil con la culata plegada, con brillos de aceitado reciente. El rostro moreno, de barba cuidadosamente recortada, ligeramente inclinado, como si evaluase a un enemigo potencial. Se preguntó si habría sido él quien había disparado en la boda.
-No te preocupes, puedes hablar – dijo Mirsad, muy serio en su retomado papel de activista.
- Tenemos que volver. Los chetniks han levantado barricadas y están disparando a los nuestros. Hay que defender la Asamblea.
- Esperadme en el coche, voy enseguida.
Sefir parecía no comprender mientras les miraba. Al fin asintió sonriendo y salió con calculada lentitud.
- ¡Mierda, creo que no voy a poder dormir! – apuró de un trago el café que Marko le ofrecía, se guardó un pedazo de pan en el bolsillo y sonrió con amargura - ¡Cuando uno se mete en un lío debe ir hasta el final!
- Ten cuidado…
- No te preocupes, todo se arreglará. Somos más que ellos y tenemos razón.
Conectó la radio. ZID, la emisora independiente, emitía un boletín urgente: francotiradores serbios, apostados en los pisos altos del hotel Holyday Inn disparaban contra una multitudinaria manifestación por la paz. Varios heridos habían sido trasladados a los hospitales. En las montañas, como respuesta al triunfo de los independentistas, cientos de radicales armados bloqueaban las carreteras de acceso a la capital. Se sentó frente al televisor temiendo encenderlo. “Quizá sólo sea una demostración de fuerza – pensaba -, una vuelta de tuerca para obtener concesiones”. No, era el miedo lo que le impedía materializar sus temores en imágenes reconocibles, escenarios cotidianos ahora amenazados. Podía ver a la multitud huyendo aterrada, movimientos bruscos de la cámara, un zoom furtivo recorriendo las ventanas del hotel en busca de tiradores ocultos. Le espantaba la idea de reconocer a algún herido, el rostro congelado de un muerto, un amigo, alguno de sus alumnos, su propio rostro… Se recostó en el sofá cerrando los ojos con fuerza, obligándose a respirar rítmicamente, reconociendo el pánico.
Al abrir los ojos Nadja le miraba desde el retrato. ¿Cuánto tiempo? ¿Seis meses, siete? Aquella tarde, mientras ella estudiaba, había estado jugando con la cámara, persiguiendo su rostro esquivo, malhumorado, sonriente al fin. ¿Entendería su situación, la urgente necesidad de mitigar su terror con un eco lejano de normalidad, aferrarse al mundo civilizado en el que ella vivía? Sin duda se sentiría decepcionada al conocer su decisión, no entendería su rechazo a participar en un proceso que ella apoyaba desde París, más allá de sus repercusiones, el peligro de un levantamiento armado, la posibilidad de recibir un disparo, morir en la calle…
Una voz femenina se disculpaba amablemente: las líneas estaba saturadas. Siguió intentándolo durante toda la mañana. Era inútil, el auricular le devolvía ahora un pitito interminable, la suma – pensó – de todas las voces que buscaban normalidad o consuelo en la distancia. Tomó el retrato y lo contempló largamente, concentrándose en detalles olvidados por la costumbre, la camisa masculina prestada, rayas finas, pasada de moda, los diminutos pendientes, el labio superior sobresaliendo en un mohín de disgusto, hasta que las sombras del atardecer disolvieron aquellos rasgos, privados ya de expresión.

Imagen: Hotel Holyday Inn a finales de 1991.
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