Durante la noche del veintiséis de agosto, como represalia a la ofensiva de
las fuerzas bosnias en Ilidza, la artillería lanzó un brutal ataque sobre la
capital. Miles de proyectiles de todos los calibres arrasaron el centro y los
barrios periféricos desatando una devastadora tormenta de fuego y metralla. Los
bomberos, desbordados por los numerosos incendios que se propagaban rápidamente,
surgían como figuras fantasmales entre el resplandor de las llamas,
sumergiéndose en los edificios habitados mientras las bombas incendiarias
multiplicaban los focos en cualquier punto de la ciudad.
Afan Bijedic contemplaba hipnotizado las lenguas de fuego que escapaban a
través de las ventanas, los cristales de la fachada principal ondulando en su
caída las tranquilas aguas del río. La Biblioteca
Nacional ardía sin remedio emitiendo el doloroso quejido de los estantes al
derrumbarse, las vitrinas reventando, exponiendo a la voracidad de las llamas
los tesoros literarios acumulados durante siglos: manuscritos árabes, hebreos,
otomanos, un monumental compendio de sabiduría sometido a la tiranía de las
leyes balísticas, el cálculo aleatorio de los jefes de batería; quizá la
voluntad consciente de destruir el legado cultural, un acto que, borrando el
pasado, la historia de un pueblo, negase también el futuro.
Al amanecer llegaron refuerzos: milicianos, camiones cisterna, numerosos
voluntarios que habían dejado los refugios respondiendo al llamamiento de las
autoridades, las noticias alarmantes que transmitía Radio Sarajevo. Las cornisas y almenas que remataban la fachada
comenzaban a desprenderse mientras en el interior la bóveda ennegrecida
amenazaba con desplomarse. En el espacio central, junto a la linterna que
coronaba la bóveda, se amontonaban los escombros, vigas y muebles quemados.
Ajenos al peligro, algunos ciudadanos penetraban en el edificio encaramándose a
las ventanas, rescatando de las llamas cuanto podían trasportar.
Afan corrió hasta la entrada cegado por el humo. Varias figuras se movían
en las salas laterales, apilaban libros en el suelo, bajo los arcos de
herradura mientras el fuego se extendía por los anaqueles elevándose hasta las
molduras, el trabajo de yesería que adornaba los muros, las galerías
superiores. Una mujer joven, con los ojos enrojecidos, le hizo un gesto para
que se acercara.
- ¡Coge todos los que puedas y ven conmigo! – grito con voz ronca.
Afan escogió una pila al azar, grandes volúmenes con cubiertas de piel
oscura, y la siguió por una galería lateral hasta una puerta derribada por los
bomberos. En la acera, sobre una manta, se amontonaban decenas de libros, hojas
sueltas manuscritas en caracteres árabes, cirílicos, latinos, sujetas con
piedras. Un anciano, ocultando las terribles marcas del hambre bajo un pijama
de rayas, escribía frenéticamente sobre un papel arrugado; a su lado, un
miliciano gritaba el título de los libros antes de depositarlos en el maletero
de un coche.
- ¿Dónde los llevan? – preguntó Afan.
- No lo sé. Supongo que al búnker de la Presidencia, o algún otro lugar
seguro… - dijo ella descubriéndose el rostro.
No aparentaba más de veinte años. Vestía unos pantalones de color
indefinible manchados de polvo y ceniza y una camiseta que en algún momento fue
blanca. Pequeñas manchas lechosas salpicaban su cuerpo delgado, los brazos, el
cuello, el estigma de la falta de vitamina. En sus ojos, irritados por el humo,
se adivinaba ese valor y decisión que Afan había envidiado en algunos
milicianos. Iba a preguntarle su nombre cuando escuchó una voz a su espalda: un
oficial se acercaba a grandes zancadas mientras gritaba por la radio portátil.
- ¡Maldita sea, avisa para que no venga más gente! ¡Están empezando a
disparar! - Al descubrir a la muchacha suavizó su gesto airado - ¿Qué haces aquí,
por qué no estás en el refugio?
Una bala perdida rebotó en la pared y se estrelló contra el parabrisas del
coche. La agarró del brazo y corrieron hasta un portal abierto mientras los
proyectiles silbaban en la calle. Se internaron en el vestíbulo hasta descubrir
un sótano abandonado precipitadamente durante el bombardeo. Una enorme rata lamía
despreocupada un charco de sangre vertido sobre las mantas que cubrían el
suelo. En un rincón, una muñeca de trapo contemplaba sonriente la escena.
Suada le contó su historia: una tarde había regresado al refugio y lo
encontró vacío. Mientras acudí al reparto de víveres en la Bascarsija habían bombardeado el barrio. Nadie supo decirle dónde
estaba su padre. Sí, su madre y la pequeña Aída se habían marchado en un
convoy. Durante tres días esperó su regreso, sola escuchando caer las bombas,
sumergida en una especie de letargo, un sueño del que creyó no iba a despertar.
- Entonces llegaron unos soldados. Al principio pensé que iban a violarme –
contaba – y les pedí que me mataran. Se asustaron tanto al oírme gritar que
salieron corriendo. Dejaron una ración de emergencia y un poco de agua. Cuando
me sentí lo bastante fuerte empecé a vagar por las calles, buscando comida,
durmiendo en sitios como este.
Marko escuchaba asombrado. Le sorprendía el contraste entre la fragilidad
de su cuerpo, su juventud, y la seguridad con la que hablaba, la determinación
de superviviente que había demostrado en su relato. Ella buscaba sus ojos
intensamente, como si quisiera enfatizar la veracidad de sus palabras. Se
estremeció al pensar que la dura prueba vivida, la desaparición de su padre,
quizá alguna experiencia inconfesable, la habían trastornado. Sintió una
inesperada ola de compasión, el deseo inaplazable de protegerla, saber que se
encontraba a salvo mientras él combatía. Encendió un cigarrillo y entonces
reparó en aquel tipo que aguardaba junto a la entrada sin apartar la vista del
paquete de Marlboro.
- ¿Y tú quién eres? Acércate – le tendió el paquete.
- Me llamo Afan Bijedic… Oí lo de la biblioteca en la radio y vine a echar
una mano –aspiraba el humo entornando los ojos con deleite.
- ¿Y cómo es que no te han reclutado todavía?
- Estoy enfermo… - se ruborizó ante la sonrisa de lobo de su rival – En mayo
me llevaron al frente, pero tuve un ataque y me dejaron marchar. El médico
firmó los papeles – se llevó la mano al bolsillo buscando comprensión en los
ojos de la muchacha – Yo quiero ayudar…
Se levantó jadeando, al borde de las lágrimas, y fue hasta la entrada,
donde el anciano del pijama y un grupo de soldados esperaban a que cesara el
bombardeo.
Cuando estuvieron solos, Marko evaluó sus posibilidades. Pasado aquel absurdo
arrebato de ternura, las palabras afloraban confusas, tratando de manifestar su
deseo de protegerla evitando el paternalismo, cualquier connotación
sentimental. Ella aguardaba expectante, observándole con curiosidad al encender
un nuevo cigarrillo.
- Deberías volver al refugio. Es posible que tu padre esté allí,
preocupado, esperándote – dijo al fin.
- Me aterroriza la idea de regresar y saber… Enterarme de que le ha
ocurrido algo horrible.
- Lo entiendo, pero no puedes seguir viviendo así, es muy peligroso… Puedes
quedarte en mi apartamento hasta que le encuentres. Ya conoces a Mirela, ella
tiene la llave. Mi compañero no volverá y yo no suelo ir por allí, así que
nadie te molestará.
- De acuerdo, creo que puedo confiar en usted – dijo recuperando la
sonrisa. Cuidaré de su casa hasta que vuelva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario