El verano avanzaba y las esperanzas de los habitantes de Sarajevo se
diluían entre las continuas violaciones de los acuerdos de alto el fuego, los
ataques contra las fuerzas de la ONU desplegadas en la ciudad, sin capacidad
para responder, y los convoyes de ayuda humanitaria, la impunidad con que la
artillería serbia bombardeaba las concentraciones de civiles. Tras la matanza
del mercado de Alipasino el odio irracional y la sospecha se extendieron entre
la población. Numerosos serbios, hombres y mujeres que, en muchos casos, habían
decidido correr la misma suerte que sus vecinos, poblaban las cárceles y
centros de internamiento. El más leve indicio de colaboración con el enemigo,
una frase inoportuna pronunciada ante un testigo excitado, hambriento, solía
terminar un largo interrogatorio acompañado de golpes, palizas, torturas…
Ivan Jozakovic permanecía esposado en un pequeño cuarto junto a otros siete
sospechosos. Llevaba tres días detenido. En el primer interrogatorio un policía
gordo, de nariz aplastada, le había roto varios dientes. Al parecer, su delito
consistía en vivir en la única planta del edificio que no había recibido ningún
impacto directo de la artillería. Su defensa, basada en el azar, la orientación
de las ventanas y la buena suerte, se había venido abajo ante una prueba irrefutable:
las ventanas orientas al noreste, en dirección a Pale, estaban protegidas con
plásticos procedentes de una empresa dirigida por un familiar de Milosevic.
Según la policía, se trataba de una señal convenida, un mensaje cifrado que
garantizaba su inmunidad. Cuando intentó explicar que había encontrado los
plásticos en la calle el comisario le golpeó con el puño hasta hacerle perder
el conocimiento. Ivan, atormentado por la sed – sólo había bebido un cazo de
agua que le ayudó a tragar la abundante sangre que manaba de sus encías –
miraba aterrorizado a los dos policías que le quitaban las esposas. Le llevaron
a empujones hasta una habitación blindada de sacos terreros. El Jefe de
distrito, un hombre corpulento, extrañamente parecido al que le había roto los
dientes, sonreía malicioso a través del humo del cigarrillo.
- Hoy es tu día de suerte – dijo observando con desagrado una nota escrita
a mano. Iván no podía apartar la mirada de las latas de conserva apiladas tras
una enorme barra de pan. Sus glándulas se disparaban mezclando saliva con
trozos de sangre coagulada – Necesitamos gente en Dobrinja – tomó el papel y lo
agitó frente a él - Tus amigos jugarán al tiro al blanco mientras cavas
trincheras…
En los Polígonos de Dobrinja se combatía casa por casa. Los defensores del
barrio habían logrado mantener en su poder algunos sectores disputando con
furia suicida cada metro de ruinas en aquel moderno Stalingrado. La artillería, desplegada en el cercano cuartel de
Lukavica, barría la zona con proyectiles de gran calibre mientras los infantes
consolidaban sus posiciones en los bloques del lado sur. A pocos metros de
allí, los Cascos Azules que
controlaban el aeropuerto asistían atónitos e impotentes al salvaje intercambio
de fuego. Las hileras de casas bajas, antiguas residencias de atletas
olímpicos, mostraban sus estructuras desnudas, esqueletos de hormigón
agujereados, saturados de impactos y metralla. En las calles que delimitaban
los distintos polígonos los coches convertidos en amasijos de hierro oxidado se
apilaban en los cruces a modos de barricadas, escudos contra los
francotiradores. Parecía imposible que alguien pudiera vivir en aquel escenario
surrealista; sin embargo, más de veinte mil personas se apiñaban en los
sótanos, un submundo plagado de túneles y pasadizos subterráneos en los que
ratas, hierbas y raíces constituían el único alimento.
Para Iván, veterano del asedio, aquello era lo más parecido al infierno que
podía imaginar. Las normas básicas de supervivencia que imperaban en el valle
adquirían ahora una nueva dimensión. Al acercarse al barrio, los milicianos que
escoltaban a los prisioneros les habían advertido:
- Si queréis seguir vivos haced sólo lo que hagamos nosotros. Aquí
cualquier distracción puede matarte…
Avanzaban gateando por una zanja sembrada de casquillos. Un extraño
silencio flotaba en el ambiente, roto tan sólo por el crujido metálico que
producía la larga fila al avanzar. Un Hércules
sobrevolaba el aeropuerto trazando círculos sobre las montañas.
- ¡No levantéis la cabeza!
La orden recorrió la hilera haciendo que aplastaran sus cuerpos contra el
suelo. Por fin, llegaron a un túnel excavado bajo un edificio humeante. En el
extremo del pasadizo, un garaje servía de refugio a un grupo de milicianos, varias
mujeres. Los soldados permanecieron en silencio, observando con curiosidad a
los recién llegados. Vestían ropas civiles, uniformes gastados, prendas oscuras
en contraste con su piel pálida, extrañamente transparente. Los rostros
femeninos, apenas distinguibles en la penumbra, mostraban una sombra oscura,
insolente, sobre el labio superior. Profundas ojeras rodeaban sus ojos de
mirada intensa, alucinada. Iván se preguntó cuántos días llevarían encerrados
allí sin ver la luz del sol.
- ¿Estos son los refuerzos que pedimos? – tronó un soldado abriéndose paso,
la melena recogida con una estrecha cinta negra sobre la frente - ¿Dónde están
sus armas?
- Son prisioneros, sospechosos de colaborar con los chetniks. Ayudarán a construir barricadas, pero tendréis que
vigilarles – el jefe de la escolta sonreía conciliador – Si alguno intenta
escapar tenéis permiso para disparar.
- ¡A la mierda tú y tus prisioneros! ¡Dales armas y que luchen!
El suboficial dudó un instante. Al contemplar aquellos rostros esculpidos
por el hambre, desesperados, comprendió que discutir no era una buena idea.
- Está bien, son tuyos. ¡Haz lo que quieras con ellos, yo me vuelvo a la
ciudad! ¡Pero te hago responsable si ocurre algo que no les guste a mis jefes!
Los milicianos explotaron en carcajadas, coreando con bromas e insultos la
precipitada retirada. Una mujer de cabello color ceniza repartió algunas
granadas de fabricación casera entre los nuevos reclutas, indicándoles sobre un
gastado plano dónde se ocultaban las avanzadas serbias.
Ivan se acomodó en un estrecho agujero en el extremo de la trinchera. Se
había librado del reclutamiento ocultándose durante meses en las ruinas de
Nuevo Sarajevo. Ahora se preguntaba si lograría sobrevivir a aquel día.
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