Ella se había levantado poco antes del amanecer. Marko, fingiendo dormir,
la observaba en silencio, siguiendo sus movimientos en la penumbra de la
habitación mientras se vestía tratando de no hacer ruido. Con un esfuerzo
consciente, doloroso, reprimió el deseo de alargar su mano y retenerla, romper
la máscara de autodominio que ocultaba sus sentimientos. Anudada en la
garganta, se ahogaba la urgencia de hablarle de sus miedos, el terror que le
producía sucumbir ante la barbarie, entregarse a la furia vengativa, la
fascinación de la maldad absoluta, sin castigo, sin remordimientos… ¡Cómo
explicarle el placer experimentado al hundir la bayoneta en el cuerpo de aquel
soldado! Ahora era un combatiente, un personaje más en aquel teatro del
absurdo, y debía representar su papel hasta el final. En aquella obra no había
lugar para escenas románticas, devaneos amorosos o renuncias heroicas. Los dioses
permanecían impasibles ante los lamentos del coro, el monótono llanto
silenciado desde las montañas. Hado,
Necesidad, Destino. El Hado le
marcaba un sólo camino: combatir hasta hallar su Destino; la Necesidad
le espoleaba en la batalla inhibiendo cualquier atisbo de compasión. Era
sencillo recorrer aquel camino, aunque algunos se habían adentrado demasiado y
nunca lograrían regresar. Su mente había terminado por aceptarlo.
Pero ahora, lejos de las trincheras, la actividad frenética, la voluntad
sometida a las órdenes superiores, el tiempo parecía detenerse. Incapaz de
concentrarse en la lectura o reanudar el relato del asedio, tantas veces
proyectado, pasaba las horas tumbado, fumando sin descanso, recreando hasta el
delirio las imágenes del horror enquistadas en su memoria. Sólo cuando ella
regresaba parecía despertar de aquel letargo. La presencia de la muchacha le
perturbaba, estimulando sensaciones que debían permanecer enterradas en sus
sueños, antes de que las pesadillas se adueñaran del terreno conquistado
durante el día. No era sólo el deseo de poseerla lo que le inquietaba. Como
había dicho Mirsad, la carne humana era un producto más en el mercado del
hambre. En lo más profundo de su alma sentía la urgente necesidad de aferrarse
a un ser cercano, un espíritu no corrompido todavía por la guerra, sobre quien
proyectar cierta esperanza: quizá lograse sobrevivir a todo aquello, y entonces
necesitaría tener a alguien a su lado para empezar de nuevo. Apenas pensaba ya
en Nadja, la carta que le hizo llegar a través de un periodista. “Mi alma está
muerta. Si supieras las cosas que he hecho… No quiero volver a verte”.
Suada regresó al mediodía. Su rostro enflaquecido, con manchas violáceas
bajo los ojos, sonrió desde la puerta:
- ¿Has dormido bien? Mira… - su mano sostenía una manzana de piel arrugada
- No me preguntes cómo la he conseguido…
- ¿No habrás estado traficando en el mercado negro? – ella bajó la vista
simulando sentirse escandalizada - ¿Hay noticias?
- Todavía no…
- Cuando pueda andar intentaré averiguar algo. No te preocupes, si le
hubiera ocurrido algo ya lo sabríamos…
Asintió vagamente y salió. La imaginó recorriendo los hospitales, la
morgue, comprobando las listas de
desaparecidos… Regresó un minuto después.
- La gente empieza a murmurar, abajo en el refugio…
- Es normal, no tienen nada en qué pensar. ¿Y qué dice tu amiga Mirela? - últimamente
la anciana se mostraba excesivamente amable; sus frecuentes visitas se
alargaban más allá de la simple cortesía.
- No dice nada, le parece bien que te cuide - protestó - Además, sabe que
no dormimos juntos…
- Quizá cuando llegue el invierno… - se arrepintió de inmediato - ¿Y ese
amigo tuyo, Afan? Ya no viene por aquí.
- Te tiene miedo - dijo riendo - Teme que le obligues a alistarse. ¿No lo harás
verdad?
- No, aunque no me gusta. Creo que está enamorado de ti…
Ella se sonrojó. Su expresión desconcertada parecía decir: “¿Qué quieres de
mí?”. Entonces percibió su fragilidad, la indefensión de una niña abandonada en
un mundo de adultos enloquecidos que sólo veían un cuerpo deseable, una promesa
del placer y posesión. Se preguntó si sería consciente de todos los peligros
que se ocultaban tras la aparente amabilidad de los comerciantes, la solicitud
de los milicianos, la interesada protección que él mismo le ofrecía.
- Perdona, sólo estaba bromeando – dijo - Puedes confiar mí. Yo…
Una explosión retumbó cercana. El polvo traído por la onda expansiva
oscureció de pronto la habitación mientras la pintura del techo se desprendía
en forma de minúsculos copos. Suada permanecía arrodillada en el umbral,
protegiendo su cabeza con las manos crispadas. Después alzó el rostro y, a
pesar de las lágrimas, consiguió sonreír.
- Prepara tus cosas, dormiremos en el refugio.
Se recreó en la contemplación de su cuerpo, los huesos prominentes en la
espalda, el cabello encrespado recogido sobre la nuca, su pecho, apenas
insinuado bajo la holgada camiseta; el reflejo protector, adolescente, al
intuir que la observaba.
- ¿Crees que soy una buena enfermera? – preguntó volviéndose, muy seria.
- ¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?
- Entonces tendrás que dejar que te bañe. Hueles a soldado.
Cuando bajaron al refugio Marin Ostojic reía a carcajadas. Los demás lo
miraban con gesto de fastidio.
- No le veo la gracia por ningún lado - dijo el joven Plasic.
Sobre la mesa humeaba un televisor. El muchacho había intentado hacerlo
funcionar conectando los cables a una batería de coche. Algo salió mal y ahora
el aparato, envuelto en humo, emitía un inquietante siseo.
- Pues a mi amigo le funcionó… - dijo sin decidirse a tocar los cables.
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