La veleta dijo Sur

sábado, 1 de septiembre de 2012

EL HORROR 37


El invierno se cernía sobre Sarajevo como una amenaza silenciosa, sumándose a la larga lista de miserias que la agotada población soportaba desde hacía más de ocho meses. El hambre, las enfermedades, los bombardeos y los francotiradores rivalizaban en una macabra competición a la que ponían contrapunto la frustración y el desengaño provocados por la llegada esporádica de ayuda humanitaria. La panacea de los dirigentes de la ONU, los cargamentos que servían para justificar la pasividad de los gobiernos ante la opinión pública, era utilizada como moneda de cambio, administrada con sádicos criterios por los sitiadores, que podían atacar el aeropuerto o impedir la entrada de los convoyes por carretera mientras los ciudadanos trataban de sobrevivir al límite de su resistencia. Desde el final del verano la gente comenzó a almacenar madera, leña procedente de los bosques cercanos, jardines y parques, con la mirada puesta en las nubes que coronaban las montañas, las grandes nevadas del invierno perfilándose ya en el horizonte; un temor agravado por la falta de agua, gas, electricidad, el estado ruinoso de los edificios. Una prueba más para los asediados, que se rendían humillados a los instintos más primitivos: crueldad, egoísmo, indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Desde el exterior llegaban noticias alarmantes. Las fuerzas serbias, en su intento por aislar totalmente la capital ampliando el anillo exterior, consolidaban la reciente toma de Jajce atacando el sector de Travnik, en el noroeste; en el norte se combatía en Tesanj y Maglj mientras Tuzla, la segunda ciudad más poblada antes de la guerra, resistía tras cinco meses de asedio. Los estrategas, aprovechando la debilidad de la alianza entre croatas y bosnios, reforzaban sus posiciones antes de que la nieve paralizase su avance, cortando las comunicaciones por carretera con Sarajevo y los principales núcleos de defensa. Ante esta caótica situación, los dirigentes bosnios comprendieron que sólo la resistencia desesperada en ciudades como Bihac, Travnik o Gorazde y el mantenimiento de diferentes frentes a lo largo de toda la región conseguirían salvar la capital de caer en manos serbias. Este frágil equilibrio constituía a un tiempo la fuerza y la debilidad de la coalición: la práctica inexistencia de una estrategia conjunta, las dificultades para trasmitir órdenes y planes de acción a gran escala, hacían que cada unidad aislada defendiera encarnizadamente los valles, las aldeas, enfrentándose con las únicas armas del sacrificio y la improvisación a la inmensa superioridad del enemigo.
A mediados de noviembre Marko, repuesto ya de sus heridas, fue ascendido a capitán. Con la voluntad y la conciencia sometidas, se había entregado a la voracidad del destino. Durante la convalecencia en el refugio, en las largas noches de insomnio bajo los bombardeos, pudo analizar los cambios que se habían operado en su interior: el lento declinar de la responsabilidad hacia quienes le rodeaban, la renuncia a solidarizarse con el sufrimiento de los demás ante el propósito último de combatir al enemigo con todas sus fuerzas, sin permitir que la duda, la piedad, los recuerdos, minasen su determinación. Había logrado interiorizar este mandamiento espoleado por la necesidad de endurecerse, replegarse en la efectividad de su misión, sabiendo que la única compensación a su total entrega dependía tan sólo de dos premisas: el fin de la guerra y la supervivencia. A medida que esta decisión anulaba las últimas defensas, su actitud hacia Suada fue transformándose, evolucionando del paternalismo protector salpicado de deseo, quizá de amor, hacía una dolorosa indiferencia. La muchacha asumía con tristeza este cambio, aturdida por la repentina frialdad con la que él acogía sus palabras; buscando con ansiedad la sonrisa condescendiente, el gesto reprobatorio cuando le narraba sus solitarias incursiones por la ciudad.
La última noche, antes de volver al frente, decidió hacer una última concesión a la esperanza:
- Vendrán a recogerme por la mañana… Antes de irme me gustaría decirte algo - a medida que afloraban sus palabras comprendía la inutilidad del esfuerzo, la inapelable llamada a las armas imponiéndose a cualquier intento de prolongar aquella situación.
- ¡No digas nada! – ella, alarmada, cerró el libro y se dirigió a la puerta - Tú piensas que todavía soy una niña, pero sé muchas cosas… Te esperaré.
- ¡No quiero que me esperes! Debes buscar a alguien, un hombre que te proteja, que te saque de aquí…
- Cuando vuelvas estaré aquí - le interrumpió desafiante; sus ojos brillaban de rabia infantil, patéticamente inofensiva.
Marco aplastó el cigarrillo sintiendo como el odio lo invadía. ¡Había tanta determinación en sus palabras! Recordó a los soldados que habían caído con la ilusión del reencuentro prendida en su último pensamiento, las cartas de despedida depositadas en el búnker antes del combate, fotografías, cintas y amuletos recuperadas de los cadáveres, aprisionados entre los dedos petrificados. Cuando llegase su hora no quería pensar en nadie.
- ¡Escucha! - ahora la crueldad silbaba entre sus dientes - ¡Dentro de unos días estaré muerto, pero tú debes vivir! Si no te marchas acabarás convirtiéndote en la puta favorita de algún mafioso, y eso es lo mejor que te puede ocurrir.
Suada le miró un instante sorprendida; después sonrió y salió sin decir nada.
No era la culpa lo que le impedía dormir. “Renuncias heroicas, sacrificio…” - pensaba forzándose a sonreír. Ella dormía en el refugio. No, no dormía, podía ver sus labios apretados, la conciencia despertando al odio, el desengaño. ¿Se lo habría contado ya a Mirela? La almohada conservaba el agradable olor del jabón, el cabello húmedo. ¿Lograría retener aquel perfume en la memoria? ¿Evocarlo a voluntad para combatir el pestilente hedor de las trincheras, el búnker? Los disparos sonaban lejanos, amortiguados en la noche extrañamente tranquila. “Me están esperando, se reservan para mañana”.
Apenas hizo ruido con la llave; se movía con sigilo en la oscuridad, rozando ligeramente las paredes. Se desnudó en el salón. Dudó un instante en la puerta, quizá tratando de descubrir si dormía; después se deslizó bajo las sábanas conteniendo el aliento. Temblaba. Se aproximó lentamente, rodeando su cintura con el brazo, buscando su mano, entrelazando los dedos. Él no se movió. La dejó hacer excitado por el leve contacto de su pecho en la espalda, sus torpes caricias interrumpidas por la novedad, temeraria, desconcertada hasta que, girando el cuerpo bruscamente, se echó sobre ella. Prendidas las muñecas, inmovilizó sus brazos sobre la cabeza. Separó una pierna con la rodilla, buscó sus ojos y la acometió con violencia. Ella exhaló un gemido agudo y apretó el vientre contra el suyo, los brazos aferrados a su espalda, las piernas en tensión, atrayéndolo ahora rítmicamente, sin una queja, un beso, una palabra…
Al amanecer, mientras contemplaba las calles desiertas desde el coche, se sentía liberado, más fuerte. Ahora podía volver a matar, deseaba matar; y la muerte, los temores que le habían atormentado en el pasado, no eran más que un tránsito hacia la liberación total. Sólo esperaba que todo ocurriera rápidamente…

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