El invierno se cernía sobre Sarajevo como una amenaza silenciosa, sumándose
a la larga lista de miserias que la agotada población soportaba desde hacía más
de ocho meses. El hambre, las enfermedades, los bombardeos y los
francotiradores rivalizaban en una macabra competición a la que ponían
contrapunto la frustración y el desengaño provocados por la llegada esporádica
de ayuda humanitaria. La panacea de
los dirigentes de la ONU, los cargamentos que servían para justificar la
pasividad de los gobiernos ante la opinión pública, era utilizada como moneda
de cambio, administrada con sádicos criterios por los sitiadores, que podían
atacar el aeropuerto o impedir la entrada de los convoyes por carretera
mientras los ciudadanos trataban de sobrevivir al límite de su resistencia.
Desde el final del verano la gente comenzó a almacenar madera, leña procedente
de los bosques cercanos, jardines y parques, con la mirada puesta en las nubes
que coronaban las montañas, las grandes nevadas del invierno perfilándose ya en
el horizonte; un temor agravado por la falta de agua, gas, electricidad, el estado
ruinoso de los edificios. Una prueba más para los asediados, que se rendían
humillados a los instintos más primitivos: crueldad, egoísmo, indiferencia ante
el sufrimiento ajeno.
Desde el exterior llegaban noticias alarmantes. Las fuerzas serbias, en su
intento por aislar totalmente la capital ampliando el anillo exterior, consolidaban
la reciente toma de Jajce atacando el sector de Travnik, en el noroeste; en el
norte se combatía en Tesanj y Maglj mientras Tuzla, la segunda ciudad más
poblada antes de la guerra, resistía tras cinco meses de asedio. Los estrategas,
aprovechando la debilidad de la alianza entre croatas y bosnios, reforzaban sus
posiciones antes de que la nieve paralizase su avance, cortando las
comunicaciones por carretera con Sarajevo y los principales núcleos de defensa.
Ante esta caótica situación, los dirigentes bosnios comprendieron que sólo la
resistencia desesperada en ciudades como Bihac, Travnik o Gorazde y el
mantenimiento de diferentes frentes a lo largo de toda la región conseguirían
salvar la capital de caer en manos serbias. Este frágil equilibrio constituía a
un tiempo la fuerza y la debilidad de la coalición: la práctica inexistencia de
una estrategia conjunta, las dificultades para trasmitir órdenes y planes de
acción a gran escala, hacían que cada unidad aislada defendiera encarnizadamente
los valles, las aldeas, enfrentándose con las únicas armas del sacrificio y la
improvisación a la inmensa superioridad del enemigo.
A mediados de noviembre Marko, repuesto ya de sus heridas, fue ascendido a
capitán. Con la voluntad y la conciencia sometidas, se había entregado a la
voracidad del destino. Durante la convalecencia en el refugio, en las largas
noches de insomnio bajo los bombardeos, pudo analizar los cambios que se habían
operado en su interior: el lento declinar de la responsabilidad hacia quienes
le rodeaban, la renuncia a solidarizarse con el sufrimiento de los demás ante
el propósito último de combatir al enemigo con todas sus fuerzas, sin permitir
que la duda, la piedad, los recuerdos, minasen su determinación. Había logrado
interiorizar este mandamiento espoleado por la necesidad de endurecerse,
replegarse en la efectividad de su misión, sabiendo que la única compensación a
su total entrega dependía tan sólo de dos premisas: el fin de la guerra y la
supervivencia. A medida que esta decisión anulaba las últimas defensas, su
actitud hacia Suada fue transformándose, evolucionando del paternalismo protector
salpicado de deseo, quizá de amor, hacía una dolorosa indiferencia. La muchacha
asumía con tristeza este cambio, aturdida por la repentina frialdad con la que
él acogía sus palabras; buscando con ansiedad la sonrisa condescendiente, el gesto
reprobatorio cuando le narraba sus solitarias incursiones por la ciudad.
La última noche, antes de volver al frente, decidió hacer una última
concesión a la esperanza:
- Vendrán a recogerme por la mañana… Antes de irme me gustaría decirte algo
- a medida que afloraban sus palabras comprendía la inutilidad del esfuerzo, la
inapelable llamada a las armas imponiéndose a cualquier intento de prolongar
aquella situación.
- ¡No digas nada! – ella, alarmada, cerró el libro y se dirigió a la puerta
- Tú piensas que todavía soy una niña, pero sé muchas cosas… Te esperaré.
- ¡No quiero que me esperes! Debes buscar a alguien, un hombre que te
proteja, que te saque de aquí…
- Cuando vuelvas estaré aquí - le interrumpió desafiante; sus ojos
brillaban de rabia infantil, patéticamente inofensiva.
Marco aplastó el cigarrillo sintiendo como el odio lo invadía. ¡Había tanta
determinación en sus palabras! Recordó a los soldados que habían caído con la
ilusión del reencuentro prendida en su último pensamiento, las cartas de
despedida depositadas en el búnker antes del combate, fotografías, cintas y
amuletos recuperadas de los cadáveres, aprisionados entre los dedos
petrificados. Cuando llegase su hora no quería pensar en nadie.
- ¡Escucha! - ahora la crueldad silbaba entre sus dientes - ¡Dentro de unos
días estaré muerto, pero tú debes vivir! Si no te marchas acabarás
convirtiéndote en la puta favorita de algún mafioso, y eso es lo mejor que te
puede ocurrir.
Suada le miró un instante sorprendida; después sonrió y salió sin decir
nada.
No era la culpa lo que le impedía dormir. “Renuncias heroicas, sacrificio…”
- pensaba forzándose a sonreír. Ella dormía en el refugio. No, no dormía, podía
ver sus labios apretados, la conciencia despertando al odio, el desengaño. ¿Se
lo habría contado ya a Mirela? La almohada conservaba el agradable olor del
jabón, el cabello húmedo. ¿Lograría retener aquel perfume en la memoria?
¿Evocarlo a voluntad para combatir el pestilente hedor de las trincheras, el
búnker? Los disparos sonaban lejanos, amortiguados en la noche extrañamente
tranquila. “Me están esperando, se reservan para mañana”.
Apenas hizo ruido con la llave; se movía con sigilo en la oscuridad,
rozando ligeramente las paredes. Se desnudó en el salón. Dudó un instante en la
puerta, quizá tratando de descubrir si dormía; después se deslizó bajo las
sábanas conteniendo el aliento. Temblaba. Se aproximó lentamente, rodeando su cintura
con el brazo, buscando su mano, entrelazando los dedos. Él no se movió. La dejó
hacer excitado por el leve contacto de su pecho en la espalda, sus torpes caricias
interrumpidas por la novedad, temeraria, desconcertada hasta que, girando el
cuerpo bruscamente, se echó sobre ella. Prendidas las muñecas, inmovilizó sus
brazos sobre la cabeza. Separó una pierna con la rodilla, buscó sus ojos y la
acometió con violencia. Ella exhaló un gemido agudo y apretó el vientre contra
el suyo, los brazos aferrados a su espalda, las piernas en tensión, atrayéndolo
ahora rítmicamente, sin una queja, un beso, una palabra…
Al amanecer, mientras contemplaba las calles desiertas desde el coche, se
sentía liberado, más fuerte. Ahora podía volver a matar, deseaba matar; y la
muerte, los temores que le habían atormentado en el pasado, no eran más que un
tránsito hacia la liberación total. Sólo esperaba que todo ocurriera rápidamente…
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