29 de agosto, 1992.
“Escribo estas palabras desde el apartamento del Teniente Bregovic. ¡En su
propia cama! En realidad no es más que un simple colchón con una sábana, pero
cuando pienso que alguien puede leer esto… Son las doce y la noche ha sido
tranquila. Mamá no ha escrito todavía. Supongo que es demasiado pronto, pero ya
han pasado tres semanas desde que pude hablar con ella desde el teléfono humanitario… A menudo recuerdo
nuestra conversación, cada palabra, aunque cada vez cambio más cosas,
especialmente estos últimos días. ¿Será que me siento culpable, o la vergüenza
que me persigue a todas partes? Me gusta poder escribir todo esto porque no
tengo a quién contárselo.
Mirela volvió ayer del Centro de
Acogida, pero todavía no tengo suficiente confianza con ella. Además, ¿qué
le voy a contar? A veces me asusto de mis propios pensamientos. No es como
cuando estaba sola en el refugio. ¡Demasiados cambios! Belmir – ya no puedo
escribir papá – sigue sin aparecer.
Todos me dan ánimos y me dicen que volverá un día de estos, pero cada minuto
que pasa tengo más miedo de que le haya ocurrido algo. Él siempre me ha dicho
que soy fuerte y valiente, pero… ¡Cuándo pienso que le han reclutado, que está
en una de esas horribles trincheras! Esta mañana he vuelto a la oficina que se
ocupa de las personas desaparecidas. No está en la lista de reclutados, ni en
la de ingresos en el hospital. Tienen su nombre marcado con un gran
interrogante rojo. Tampoco está detenido; eso me lo ha dicho el señor Jovicic,
que es policía. En fin, habrá que esperar un día más. Si sigue en la ciudad,
¿por qué no se pone en contacto conmigo? Algún día, seguro que muy pronto, se
aclarará todo y nos reiremos juntos…
Después de cenar – otra vez esa sopa que lleva un poco de todo – he hablado
con Mirela. Me ha enseñado un par de trucos para cuando llegan esos “malditos
días”. Al principio no sabía de qué me hablaba: debe de ser una expresión de
sus tiempos. Cuando era joven, las mujeres tenían que arreglárselas así. Se ha
sorprendido mucho cuando le he contado mi encuentro con el teniente y le he
pedido la llave, pero no ha dicho nada. La casa es pequeña, exactamente igual
que la de Mirela, aunque aquí tengo más espacio y me siento más cómoda, sin
nadie que me moleste. He limpiado el polvo, la cocina y el baño. También he lavado
las sábanas, aprovechando la tormenta, para que no piense que soy una
desagradecida. No me atrevo a entrar en la habitación cerrada, donde dormía su
compañero. Murió en el frente. No tengo miedo, pero me da tanta pena…
Mirela me ha contado historias de la guerra partisana. Sólo me hablaba de
cosas buenas, algunas divertidas: bailes en los prados celebrando las
victorias, el día que encontraron una manada de vacas y se las comieron todas
en una noche, los amores entre soldados y enfermeras… Me daba risa imaginármela
vestida de uniforme, bailando con la escopeta al hombro. Al final me ha dicho
algo interesante: “Siempre hay alguien que está peor que tú”. Creo que tiene
razón. A partir de ahora, cuando me sienta triste, pensaré en los soldados que
arriesgan su vida por nosotros, en los vecinos que han perdido a sus hijos.
También me consuela pensar que Belmir y mamá me observan cuando salgo a por
comida, a la fuente. Sé que están orgullosos de mí, y eso me da muchas fuerzas.
¡Y una nueva idea! Cuando acabe la guerra y me reúna con Masha, Amra y las
demás, ¡cuántas cosas voy a contarles!
Y ahora viene la confesión: no he podido resistir la tentación de mirar un
poco entre las cosas del teniente. No había mucho que ver, pero he encontrado
un álbum de fotos antiguas. Ha sido divertido jugar a averiguar quién era cada
personaje. Sus padres, él con bigote, muy estirado, ella con una sonrisa
triste; los amigos del servicio militar, todos pelados, riéndose con cara de
tontos; una chica muy guapa que aparecía a menudo, toda la parte final dedicada
a ella. Se les ve muy enamorados, la clásica pareja feliz. Eso me ha hecho
pensar. ¿Estará ella en la ciudad? Seguramente no, aunque hay parejas que se
han tenido que separar por la guerra y viven muy cerca, separadas por los
puentes, pero sin poder verse. Las últimas fotos estaban hechas en París, y
también había algunas postales. Ahora se me ocurre que puede presentarse aquí
cualquier día… ¡Menuda situación! Me siento un poco tonta por haberme hecho
ilusiones, tener celos de una persona que ni siquiera conozco. ¡Cómo me
gustaría poder contárselo a Masha! Eso no quiere decir que esté enamorada. Me
gusta un poco. No es muy guapo, pero le sienta bien el uniforme. Y tiene una
bonita voz, tan amable y educado… Debe de ser muy inteligente, ¡tiene miles de
libros guardados en cajas! Me recuerda a los héroes de Pushkin…
¿Está mal pensar en estas cosas cuando debería preocuparme por Belmir? Creo
que no, necesito distraerme, pensar en otras cosas. Por eso hablo con la gente
de abajo, aunque no me gusten. Es la mejor solución hasta que vuelva. ¡Mañana!
¡Presiento que mañana!”
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