David Callaghan maldecía en gaélico. Había adquirido aquella costumbre en
los tiempos duros de Belfast, cuando no era más que un muchacho, un aprendiz de
reportero dispuesto a meterse en toda clase de líos para conseguir una buena
historia. A pesar de su pasaporte estadounidense, su origen irlandés le había
creado grandes dificultades con las autoridades británicas, lo que le permitió,
según le gustaba repetir, aprender una lección fundamental: “Nunca confíes en
los informes oficiales, y menos si proceden del bando más fuerte”. La segunda
premisa, “La peor guerra es siempre la siguiente”, la descubriría años más
tarde, cuando se convirtió en reportero profesional. Cada vez que abandonaba un
país en guerra dejando atrás epidemias, hambruna, genocidios o integrismo, se
preguntaba qué gobierno, qué facción conseguiría subir el listón en la escala
de la barbarie. A mediados de 1991 encontraría la respuesta en la misma Europa.
El mortero había estallado en el cruce frente a ellos, a menos de cien
metros del coche. El conductor, un veterano corresponsal francés, no logró
controlar la dirección y fue a estrellarse contra un muro antitanque. Los
cuatro ocupantes, repuestos de la sorpresa, permanecieron en silencio un
instante, comprobando si sus cuerpos seguían intactos bajo el chaleco
antibalas.
- ¡Tenemos que salir de aquí! - gritó David.
Corrieron cegados por el polvo en suspensión hasta el edificio más cercano,
un ruinoso bloque de apartamentos entre Cengic Vila y Nuevo Sarajevo. Un minuto
más tarde el artillero se desquitó de su error con un impacto directo que lanzó
el coche blindado sobre una parada de autobús.
- ¡Cuarenta mil dólares al carajo! - exclamó David - ¡Es el segundo en tres
meses!
Todos rieron liberando la tensión con ruidosas carcajadas. Se encontraban
en un amplio vestíbulo, paneles de madera formando figuras geométricas
superpuestas en los muros laterales. Alguien había arrancado las láminas
inferiores dejando a la vista una capa de cemento y yeso. Frases obscenas y grafitis ilegibles decoraban las paredes
desnudas. Montones de basura poblados por ratas y cucarachas se acumulaban en
los rincones.
- Así que esto es la vieja Europa… - dijo el irlandés.
- ¡Déjate de bromas! – Philip Bennett, componía su larga melena aplastada
por el casco de kevlar. Al otro lado
del río, en Hrasno y Otoka, la infantería sostenía un intenso intercambio de
fuego. - Tenemos que largarnos antes del toque de queda.
La silueta color mostaza del Holiday Inn, donde se alojaban los
periodistas, se encontraba a menos de un kilómetro en línea recta pero, para
llegar hasta allí, debían cruzar una zona batida por los francotiradores de
Vraca y la artillería.
Oscar Zalduegui, el freelance
español que se había apuntado a aquella visita al frente urbano, se sentó en el
suelo y encendió un cigarrillo. A diferencia del resto, incluida la traductora
contratada por David, prescindía del casco y el chaleco antibalas, aunque no
parecía preocuparse demasiado por ello. En realidad, su aparente desprecio por
tan incómodas y costosas prendas ocultaba una absoluta falta de medios. Tras
dejar a su novia y los estudios de periodismo en Barcelona, había recorrido
media Europa a bordo de un coche de tercera mano, con su mochila y el equipo
fotográfico como único equipaje, hasta llegar, milagrosamente vivo, a Sarajevo.
Durante los primeros días tuvo que buscarse la vida a base de algún préstamo y
grandes dosis de buena suerte; cuando andaba escaso de dinero salía en busca de
material de primera, instantáneas a pie de trinchera que no tardaba en revender
a fotógrafos que preferían la comodidad del bar del hotel a las exclusivas. Oscar
se había ganado su fama de suicida, un compañero demasiado peligroso cuando las
cosas se ponían feas: solía ser el primero en llegar y siempre era el último en
marcharse. Quizá por eso, David había decidido adoptarle: le recordaba otros
tiempos, cuando él mismo tenía que jugarse el tipo para obtener un buen
reportaje.
- Saldré a echar un vistazo - dijo levantándose de un salto.
David, imaginando la conversación que mantendría esa misma noche con sus
productores, reprimió su impulso de
acompañarle mientras se acercaba resuelto a la entrada. Antes de salir escrutó
cautelosamente ambos lados de la calle, el cielo limpio del crepúsculo. El eco
de la fusilería le llegaba ahora amortiguado, lejano.
- Voy a buscar ayuda. Esperadme aquí - Arrojó el cigarro al suelo y echó a correr
apretando la cámara contra el pecho.
- Hay que reconocer que los tiene bien puestos - Philip se secaba el sudor
que le corría por la frente. Se sentía culpable por no haberle ofrecido ninguna
protección: después de todo se estaba arriesgando para sacarlos de allí.
Ivana, la inseparable traductora de David, afirmó muy seria:
- ¡Estos españoles están locos!
Los dos hombres asintieron sonriendo. El rostro de Ivana se tensó de
repente. Siguiendo su mirada descubrieron una figura humana, una sombra salpicada
de reflejos metálicos surgiendo de un oscuro corredor. La aparición habló en
voz baja, con tono imperioso, y un grupo de milicianos vestidos de negro se
desplegó a su alrededor. Eran seis en total: rostros angulosos, con los pómulos
prominentes bajo el camuflaje verde y negro, observándoles con curiosidad y
recelo. El jefe del grupo se acercó mostrando sus dientes amarillos en lo que
parecía una sonrisa conciliadora. Con voz cavernosa les preguntó qué hacían
allí.
- Le han disparado a nuestro coche - contestó la traductora- Somos
periodistas, extranjeros - añadió con énfasis - Tenemos los permisos…
El oficial les observaba en silencio, sin dejar de sonreír. Los milicianos
se mantenían a distancia, con las armas preparadas, admirando los cascos, los
chalecos, el costoso equipo fotográfico, calculando mentalmente cuánto podrían
obtener en el mercado negro. David se adelantó ofreciéndoles tabaco con gesto
casual, despreocupado. Uno de los soldados le arrebató el paquete sosteniendo
la mirada retadora a escasos centímetros de su rostro. Los demás reían algo
cohibidos, esperando con impaciencia el desenlace de aquella situación,
recreándose en la novedad del encuentro. El oficial había dejado de sonreír.
Ahora hablaba con tono malhumorado, la mano derecha apoyada en la culata de la
pistola mientras Ivana asentía mirando al suelo.
- Dice que tenemos que marcharnos inmediatamente. El toque de queda obliga
a todo el mundo… Dice que si nos matan los chetniks, quizá entonces vuestros
gobiernos les envían armas…
David trataba de decidir con rapidez, atento al retumbar de los obuses que
llegaba del exterior. A menudo se había visto envuelto en situaciones
parecidas: soldados desmoralizados, borrachos, exaltados ante la idea de
humillar al poderoso hombre de occidente, símbolo del progreso, la riqueza, la
injusticia. Podría ofrecerles dinero, un salvoconducto universal, infalible
pero… Un coche frenó bruscamente haciendo derrapar las ruedas sobre la acera.
Oscar apareció en el umbral gritando:
- ¡Vámonos, rápido!
De camino al hotel, sobreponiéndose al rugido del motor y el reanudado
bombardeo, les contó cómo había encontrado cerca de allí a un taxista con el
que solía hacer negocios. El hombre se ofreció a ayudarles a cambio de
doscientos marcos alemanes, una suma desmesurada y, por supuesto, innegociable.
Ahora conducía su Volkswagen a toda
velocidad, esquivando los obstáculos sin pisar el pedal de freno hasta la
puerta trasera del hotel.
Más tarde, ya en el bar, los cinco saboreaban el whisky escocés que David
guardaba para las grandes ocasiones.
- ¡Si hubieras visto la cara de los milicianos cuando apareciste! ¡Te
debemos una, muchacho!
Philip liaba un enorme canuto ante la mirada reprobatoria de la traductora.
- Lo que me debéis son doscientos marcos, aunque también acepto dólares… - objetó
Oscar, complacido.
El taxista, ocultando su bigote a lo Stalin
con gesto recatado, río con ellos.
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