A principios de septiembre la situación pareció estabilizarse en el frente
urbano. Después de varias ofensivas fallidas, los generales bosnios,
conscientes de la superioridad artillera del enemigo, trataban de consolidar
sus posiciones en el irregular perímetro defensivo establecido a lo largo del valle.
Los combates se reducían a un intercambio de fuego sostenido en las márgenes
del río, réplicas nocturnas de reclutas demasiado nerviosos, duelos de
francotiradores y ataques limitados, esporádicos, en los sectores más
disputados. Los serbios, pese a las continuas amenazas de la comunidad internacional, las sanciones
económicas y el embargo, continuaban bombardeando sistemáticamente la capital,
atacando objetivos estratégicos mientras los francotiradores sembraban el
pánico en las calles manteniendo en constante progresión el número de víctimas.
Rusia, aliado circunstancial de la serbia ortodoxa, vetaba cualquier propuesta
de intervención militar en el Consejo de Seguridad. El verano tocaba a su fin y
los ciudadanos, comprendiendo que los defensores tratarían de resistir hasta el
final, se preparaban ya para el largo invierno acaparando alimentos y
combustible.
En aquellos días Marko resultó herido en un ataque con morteros. Un
fragmento de metralla se incrustó en su muslo abriéndose paso hasta el fémur.
En el hospital, después de una interminable espera en el pasillo repleto de
heridos, le extrajeron un minúsculo pedazo de acero estriado utilizando
aguardiente casero como desinfectante. Una vez convencido de que no le
amputarían la pierna, y bastante borracho – habían utilizado el resto de la
botella como anestesia –, dos milicianos le llevaron al apartamento en un coche
requisado a un funcionario extranjero.
Cuando despertó, una débil luz se filtraba a través del plástico que cubría
la ventana. Reconoció su antigua habitación. Incorporándose con precaución
sobre el costado comprobó que la pierna seguía allí. Bajo el vendaje se
adivinaba la prominencia inflamada, sangre reseca sobre la precipitada sutura.
Junto al colchón extendido en el suelo encontró una vela, tabaco y cerillas.
Encendió un cigarrillo mientras el eco lejano de una explosión tensaba sus
músculos. Por un momento se sintió culpable, lejos de las trincheras, de sus
hombres… ¿Dónde estarían ahora? Trató de recordar lo sucedido la noche
anterior, o quizá aquella misma mañana. No, debía de haber dormido toda la
noche. ¡Suada! No había vuelto a verla desde aquel día, en la biblioteca. ¿Seguiría
viviendo allí? Miró a su alrededor buscando algún indicio de su presencia. En
la penumbra creyó distinguir su ropa doblada sobre una silla; la visión de las
botas, colocadas simétricamente, la puntera apuntando hacia dentro, le hizo
sonreír. Se sentía mareado. Vomitó el aguardiente, el dolor aguijoneándole la
pierna, un doloroso pálpito bombeando sangre caliente.
Ahora ella le cogía la mano sentada a su lado. Olía a ropa húmeda, recién
lavada. Su pelo le acariciaba la frente al inclinarse, los ojos cerrados, todos
sus sentidos concentrados en aquel instante, despertando a la nueva realidad de
su presencia. Una oleada de ternura y felicidad casi olvidadas le hizo
estremecer.
- Te he cambiado el vendaje. La herida ha vuelto a abrirse, pero la he
desinfectado.
Inmediatamente, el pánico dominó aquel sentimiento engañoso. No podía
durar, tenía que ocurrir algo. Si abría los ojos encontraría un rostro extraño,
horriblemente mutilado… Ella, intuyendo su inquietud, le apretaba suavemente la
mano.
- ¡Debes descansar, aquí estamos a salvo! – susurró echándose a su lado.
Suada aprovechaba las inciertas horas de calma para aislarse en el
apartamento. Venciendo la aprensión, se decidió a abrir las cajas de libros
almacenadas en el cuarto de Mirsad. Allí pasaba las tardes, leyendo hasta que
la oscuridad y el silencio multiplicaban la sensación de peligro, la amenaza
invisible que la instaba a buscar la compañía de los demás en el refugio. Seguía
sin tener noticias de su padre, aunque se sentía extrañamente aliviada al
pensar que se encontraba lejos, tal vez fuera de la ciudad.
- Es un sentimiento muy normal, mucha gente soporta mejor las adversidades
cuando sabe que sus seres queridos no corren peligro – le explicaba Mirela.
- ¡Eso mismo decía él! Pero sé que nunca se habría marchado dejándome aquí…
Ausente su familia, la anciana se habría convertido en su amiga y
confidente. Mientras las paredes del refugio vibraban con el retumbar del
bombardeo, le contaba historias de su juventud, una vida alegre y despreocupada
en las montañas del norte. La mujer conseguía mantener la calma aún en los
peores momentos, cuando parecía que el edificio entero iba a venirse abajo.
Agotadas las provisiones, Suada acompañaba al resto de mujeres en su penoso
peregrinaje. Antes del amanecer, amparadas en la neblina, caminaban varios
kilómetros hasta la panificadora Klas
– la única que continuaba funcionando en la ciudad – donde hacían cola con la
mirada puesta en las montañas, tratando de adivinar la trayectoria de los obuses.
Durante las treguas ocasionales concedidas por los sitiadores, acudían al
reparto de víveres en la Bascarsija donde, con un poco de suerte, podrían
conseguir un paquete de arroz, harina o latas de conserva. En el caos que
seguía a la llegada de los camiones, Suada debía emplear toda su fuerza, la
ventaja de su juventud. Debatiéndose entre la masa desesperada, trataba de
aproximarse a los milicianos que contemplaban impotentes y asqueados la
avalancha de ciudadanos hambrientos, suplicando su ayuda con el rostro,
maquillado para la ocasión, bañado en lágrimas. Cuando el hambre le
proporcionaba el valor necesario, llegaba a ofrecer su cuerpo a cambio de los
codiciados paquetes de la ONU. Cuando algún soldado caía en la trampa, escapaba
con el botín confundiéndose entre la muchedumbre. Ya en el refugio, contribuía
a la comida común, un plato único cuidadosamente racionado, en el que cada una
aportaba parte de lo conseguido; el resto lo escondía en el apartamento en
espera de tiempos peores.
Cuando los milicianos trajeron a Marko, todas las preguntas planteadas
durante su ausencia se agolparon urgentes: ¿Estaba enamorada de aquel hombre al
que apenas conocía? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Había decidido ayudarla sólo
por lástima? A pesar de su juventud, su inexperiencia, imaginaba cuales podrían
ser los deseos de un soldado después de meses de combates, viendo morir a sus
compañeros, sintiendo cada día la delgada línea que le separaba de ellos. A
menudo experimentaba la voluptuosa sensación de entregarse a él, el abrazo
protector de su cuerpo alejando el fantasma de la soledad, el terror cotidiano.
- Todavía eres muy joven. - decía recelosa Mirela - Son tiempos difíciles
para los sentimientos. Piensa que él puede morir cualquier día. Olvida lo que
cuentan las novelas, - Suada estaba
leyendo Guerra y paz - aquí las balas
son de verdad.
Ahora, mientras escuchaba su respiración agitada, el acre olor que emanaba
de su cuerpo ardiendo de fiebre, todos sus temores habían desaparecido.
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