El primero de marzo, día de las elecciones, decidió quedarse en casa. Ante el temor a un golpe de mano de los militares y los seguidores radicales de Karadjic, terminó por rendirse a la prudencia, confiar en la objetividad y perspectiva que ofrecía seguir los acontecimientos a través de la radio y las cadenas extranjeras de televisión.
Mirsad se había marchado para participar en la campaña del SDA. Durante las últimas semanas sus actividades se habían convertido en motivo constante de discusión. Mirsad, apremiado a explicar el misterio de sus salidas nocturnas, el carácter secreto de las reuniones, aludía vagamente a intereses superiores aceptando con visible impaciencia, y un extraño sentimiento de vergüenza infantil, el paternalismo de su amigo:
- Los políticos se sirven de personas como tú para favorecer sus intereses. Ellos nunca se responsabilizan de las consecuencias, os utilizan…
Lo que más le irritaba, sin embargo, eran las continuas visitas de Fátima. La muchacha acudía cada tarde, al salir del hotel donde trabajaba, con la esperanza de encontrarse con Mirsad. Ante su insistencia, Marko no tenía más remedio que inventar excusas poco convincentes que ella fingía creer.
A media tarde se escucharon los primeros disparos, ráfagas de armas automáticas retumbando en el valle con siniestras cadencia. Desde las ventanas observaba a la gente reunida en animados grupos, comentando las últimas noticias, rumores, ignorando las detonaciones como algo previsto, la sensación de peligro realzando la solemnidad de una jornada histórica. Coches repletos de jóvenes circulaban a toda velocidad por la avenida; sus ocupantes, asomando el cuerpo por las ventanillas, lazaban gritos y consignas a favor de la secesión entre el ondear de banderas y algunos fusiles. Policías de paisano y civiles armados patrullaban las calles con la tensión dibujada en los rostros, limitándose a observar el paso de los vehículos y anotar el número de las matrículas. Acostumbrados al orden y la férrea disciplina, la represión de cualquier disidencia, parecían desorientados ante la nueva situación. La televisión local insistía en la ausencia de incidentes, destacando la participación de gran número de serbios que habían decidido ignorar el boicot anunciado por el SDS de Karadjic y el resto de partidos contrarios al referéndum.
Pasó el resto del día pendiente de las noticias, deambulando inquieto entre el salón y las ventanas, tratando de contagiarse del optimismo que transmitían los locutores, el abierto partidismo de los comunicados oficiales, los primeros resultados. Acostumbrado al análisis desapasionado, objetivo, el espíritu crítico, se rebelaba contra las declaraciones que convertían la independencia en un hecho consumado, obviando las reacciones de las fuerzas contrarias. Tenía la impresión de que el gobierno había adoptado la peligrosa consigna: “sigamos adelante y ya veremos que ocurre”, lo que constituía una auténtica provocación para los serbo-bosnios más radicales. “En realidad – pensaba – el resultado del referéndum no es tan importante como la voluntad de los partidos serbios y croatas de respetar el deseo de la mayoría”. Y no lo habían hecho en Eslovenia, donde apenas vivían ciudadanos serbios, ni en Croacia. Después del boicot, anunciado meses antes de la consulta, nadie podía esperar que dirigentes como Karadjic o Seselj cambiaran sus amenazas por una actitud dialogante. Además del problema de las regiones de mayoría serbia que habían proclamado su autonomía siguiendo el ejemplo de sus hermanos de Croacia, el principal temor provenía de las tropas federales acuarteladas en territorio bosnio: soldados evacuados de Eslovenia, reservistas llegados de Montenegro, unidades desplegadas en las fronteras, junto a los puentes y autopistas, puntos estratégicos incluidas las grandes ciudades. Forzar su salida de una república teóricamente independiente, sin ejército propio, no parecía una cuestión fácil de resolver. Aunque no podía descartarse la posibilidad de llegar a un acuerdo político, una resolución más de la ONU, pocos confiaban en que los generales, todavía fieles en su mayoría a una Yugoslavia inexistente, sometidos otros a los dictados del Estado Mayor controlado por Milosevic, aceptaran abandonar los cuarteles, los depósitos de munición, fábricas de armas o aeródromos. La herida de la humillante derrota en Eslovenia no se había cerrado y los éxitos de la campaña croata, con un tercio de la región ocupada por los rebeldes serbios, constituía una amenazadora muestra del poder del Ejército Federal. Como había escrito el profesor Nacirovic, su mentor en la universidad antes de exiliarse: “el escenario está preparado para la batalla entre los civilizados habitantes de las ciudades y los bárbaros de las montañas, aferrados a la tierra, la iglesia y las sagradas tradiciones. Si los militares se alían con ellos, estamos perdidos…”
Durante la noche fue creciendo la intensidad del tiroteo. Se escuchaban disparos aislados hacia el sur, al otro lado del río. Arcos de luz rojiza, provocados por el fósforo de las balas trazadoras, se elevaban sobre los edificios más altos del centro. En la avenida, un grupo de jóvenes celebraba por anticipado la victoria agitando la bandera con la flor de lis, disparando al aire sus pistolas ante la mirada impotente de la policía. Radio Sarajevo informaba sobre el bloqueo de la carretera de Belgrado cerca de Pale, bastión de los radicales, movimientos de tropas en los alrededores del aeropuerto y el edificio de la televisión.
Rendido al insomnio preparó café y se sentó a escribir sus impresiones. Las ideas y sentimientos contradictorios afloraban con urgencia: el miedo, la sensación de libertad, el ansiado espíritu revolucionario, “la solemnidad de aquel día, comparable al acto de reunificación alemana” del que hablaban en la radio, el nacimiento de una nueva era. El sonido de los disparos le impedía concentrarse. En realidad, asumió, se sentía terriblemente solo y asustado. Recordó que apenas había comido durante el día mientras apuraba en último cigarrillo. Apagó las luces y se tumbó en la cama de Mirsad, bajo la ventana orientada al norte, al otro lado de la avenida. Nadja… En su última carta se burlaba de los franceses: “Me acogieron como a una disidente, una refugiada. Son tan ingenuos… Aquí los comunistas tienen soluciones para todo. Los jóvenes burgueses envían dinero al Partido Comunista Indio. Creen que Milosevic y los suyos tienen razón sólo porque se autodenominan socialistas, los legítimos herederos de Tito. No imaginas los desilusionados que se sintieron cuando retiraron la estrella roja de la bandera…” ¿Cuánto costaría un billete a París? Fátima debía saberlo. Debía hablar con Nadja, pedirle que le buscara trabajo, un lugar donde vivir. Tal vez aquel editor se acordase de él…
Al amanecer la situación pareció calmarse. Después de una noche de insomnio, concentrado en el inquietante tableteo de las ráfagas, calculando mentalmente la distancia, el barrio desde donde se disparaba, el repentino silencio se hizo insoportable.

Imagen: manifestación a favor de la paz.
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