La veleta dijo Sur

martes, 29 de noviembre de 2011

EL HORROR 3

Nacido en Belgrado, Marko había crecido en el ambiente alegre y cosmopolita del Sarajevo de los sesenta. Su padre, directivo de una importante empresa estatal, pasaba la mayor parte del año en la capital, entregado a la construcción del milagro yugoslavo que comenzaría a agrietar una década más tarde. Como miembro de la Liga de los Comunistas disfrutaba de los privilegios de la clase dirigente: una casa de tres plantas con vistas al valle, viajes al extranjero, cuentas que fluían misteriosamente hacia un banco suizo, una pequeña compensación que los ciudadanos más libres de Europa del Este ofrecían a sus líderes por haberles mantenido fuera de la esfera soviética.
Su madre, una mujer culta y sensible, con la mirada dulcemente velada por la química y la depresión, oponía a su despreocupada vida la enfermiza añoranza de las costas de Dalmacia que habían dorado su piel en la juventud. Durante las largas tardes de invierno evocaba su feliz infancia en desvaídas acuarelas donde un sol perenne reverberaba en las velas de un yate de recreo, siempre el mismo, meciéndose en el Adriático. Marko la recordaba como una mujer frágil, incapaz de manifestar sus sentimientos más allá de la tristeza y la melancolía, una rosa indolente siempre rodeada de admiradores, escritores, artistas, intelectuales afectos al Régimen que soportaban estoicos su carácter veleidoso, a menudo irascible. Ella le había inculcado su amor por el arte y, especialmente, por los libros. Ignorado, incomprendido, testigo de frecuentes discusiones, Marko buscaba refugio en la soledad de su cuarto, donde dejaba pasar las horas entregado a la lectura, devorando ediciones ilustradas, colecciones completas que su padre solía enviarle como justificación de su ausencia. Más tarde podría presumir entre sus compañeros de instituto de haber leído a Sartre, Camus, Brecht a los catorce años; sólo años después comprendería hasta qué punto el aislamiento y la falta de naturalidad que había presidido su infancia configurarían su carácter.
Durante los meses de verano ocupaban una villa, cedida por el Estado, en el extremo oriental de la Isla de Korcula. El pueblo más cercano, una aldea de pescadores escondida entre bosques de pinos y arbustos espinosos, se hallaba a catorce kilómetros. La extrema timidez, el orgullo y la indisciplina se desataban en aquel entorno agreste, salvaje, transformando la frustración en rebeldía. Su padre se empeñaba año tras año en presentarle a otros jóvenes de su edad, visitas nada casuales, cuidadosamente planeadas, que solían concluir en fugas precipitadas y evidentes muestras de resentimiento. No tardaba en recuperar su libertad. Pese a los reproches y amenazas, en ocasiones secundadas por su madre, evitaba obstinadamente cualquier relación con hijos de otros miembros del Partido, muchachos tímidos, apáticos, tan confundidos como él mismo en aquel reducto elitista.
En sus excursiones solitarias descubriría pronto los motivos de la vergüenza inconfesable, el origen de su rebeldía: la alambrada que rodeaba el complejo, los guardias armados, las patrullas que recorrían los caminos de acceso. Como repetiría después, allí nació su profundo rencor hacia los tecnócratas, los políticos que, traicionando el espíritu del movimiento partisano, el socialismo, se aislaban del pueblo para perpetuar un sistema basado en la desigualdad, la represión y el miedo.
A los pies de la villa, siguiendo un sendero empedrado que serpenteaba hasta la costa, se abría una pequeña cala, una playa minúscula sembrada de guijarros dividida en dos por el muelle artificial donde anclaban los yates. Allí, una tarde de principios de agosto, sería testigo de un hecho excepcional: un barco permanecía fondeado frente al embarcadero mientras su padre, a bordo de una lancha a motor, se encaramaba a la escala y le sonreía desde cubierta; instantes después, el Mariscal Tito, vestido con un traje azul, gorra de plato y gafas oscuras, aparecía en el puente. Le reconoció de inmediato, pero se negaba a aceptar que aquel anciano decrépito, de aire tan vulnerable aún en la distancia, fuese el mismo que contemplaba altivo e inmutable el horizonte en los retratos que presidían aulas y salones, el sobrenatural héroe de los tebeos, las películas, amigo y anfitrión de las estrellas de Hollywood. Aterrorizado, corrió hasta la casa y se encerró en su habitación. Nunca lograría explicarse el motivo de su huida, las lágrimas que derramó, por última vez, sobre la almohada.
El verano siguiente conoció a Nadja, una muchacha de ojos verdes, nieta de un general que vivía durante todo el año en una de las villas. Concentrado en el desenlace de Los hermanos Karamazov, apenas tuvo tiempo de ocultar el pesado tomo, removerse inquieto en su refugio rocoso y reprimir un gesto de fastidio. Una breve y educada conversación bastaron para convertir un encuentro indeseado en horas de angustiosa espera.
Años después, ya en Sarajevo, recordarían entre risas cómo Nadja le disuadió de la idea, largamente meditada, de seguir los pasos de Aliosha, el joven y atormentado monje de la novela:
- Piensa que en el monasterio no habrá chicas a las que besar…
Al cumplir los diecisiete, durante una corta estancia en la ciudad, su padre le había propuesto ingresar en el ejército.
- Tu madre te mima demasiado. Mírate, estás demasiado flaco, aunque eres alto para tu edad. Y ése peinado, ¿de qué película lo has copiado? – sonriendo, le ofreció un cigarrillo que él, sorprendido de su audacia, aceptó – Ya sé que en parte es culpa mía, pero necesitas disciplina, aprender a relacionarte y valerte por ti mismo. Allí harás carrera rápidamente, tengo buenos amigos en la academia…
- Quiero ir a la universidad, estudiar una carrera - consciente de lo que se esperaba de él, no quiso ir más allá.
- Puedes hacer lo que quieras, no voy a obligarte, pero no te librarás del servicio. ¿Qué prefieres ser, un oficial o un recluta más?
Para su padre, huérfano de un héroe nacional, con estatua y calle en Belgrado, muerto en la guerra partisana, el mundo se dividía entre triunfadores y dominados. Sólo un inexplicable capricho de la naturaleza, en forma de ausencia de curvatura en la planta de sus pies, le apartó del camino marcado, heredado como se hereda el carácter, el gusto por las subordinadas y la buena vida. Marko, en cambio, había leído suficientes novelas como para despreciar una vida gris, regida por absurdos reglamentos, el doble encierro de la vida castrense y la casta social. Nadja le animaba a rebelarse y seguir su propio camino; le garantizaba incluso el apoyo de su abuelo, aún antes de pedírselo. Su madre, fiel aliada, se reponía de enfermedades imaginarias en algún balneario europeo. Aquella misma tarde decidió, con su negativa, triunfar en el feliz anonimato de los dominados.
Tres meses más tarde, cuando regresaban de un viaje por Grecia, sus padres morían en un accidente de automóvil. Marko pasó los dos años siguientes en un internado para jóvenes hijos del partido, una época oscura, plagada de silencios, una dura prueba para su espíritu rebelde de la que extrajo algunas enseñanzas: austeridad, rigor en los estudios, la disciplina mental necesaria para reorientar su capacidad de análisis, la tendencia a la ensoñación y el pensamiento abstracto, hacia una finalidad concreta.
Tras cumplir el servicio militar cerca de la frontera Húngara se trasladó a Sarajevo, donde terminó sus estudios especializándose en literatura eslava.

1 comentario:

  1. Imagen: la costa rocosa de la Isla de Korcula, hoy Croacia. Seguramente entre estas rocas Marko rodaba salvaje y asilvestrado...

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