La veleta dijo Sur

domingo, 11 de marzo de 2012

EL HORROR 27

La infantería serbia, apoyada por tanques y lanzacohetes Katiushka, avanzaba desde sus posiciones en Polinje, al noreste, hacia Kobilja Glava tratando de recuperar el escaso terreno perdido en la ofensiva de mayo. El teniente Bregovic recibió la orden de reforzar con su escuadrón las defensas del sector. Al amanecer dejaron el refugio de Soukbunar, donde las fuerzas de la Defensa Territorial soportaban un intenso bombardeo.
Kobilja era un enclave estratégico situado junto a la carretera de Vogosca, salida natural hacia las principales ciudades del norte, Zenica y Tuzla, controladas todavía por fuerzas bosnias. A pocos kilómetros, fuera del alcance de los defensores, la fábrica de municiones Pretis, un objetivo inalcanzable, defendido por decenas de búnker, tropas escogidas y una extensa red de trincheras. Cuando se desplegaron en las posiciones asignadas los tanques atacaban las casas donde los milicianos se hallaban atrincherados, respondiendo al fuego con un mortero de fabricación casera. Encontró al jefe del sector en un garaje donde algunos hombres trataban de arrancar una camioneta blindada con planchas de acero soldadas a la carrocería. Sobre la cabina habían instalado una ametralladora ligera. Sólo tenían que conseguir que arrancara y acercarse lo suficiente.
- ¿Cuántos hombres tienes? – preguntó Marko sin responder a su saludo.
- Unos veinte, pero no tenemos nada contra los tanques… - el muchacho le miraba sonriente, como si realmente se estuviese divirtiendo con todo aquello. Pareció intuir la siguiente pregunta – Teníamos un sargento, de las milicias, pero lo mataron hace tres días – dijo, repentinamente serio.
- Tú ocúpate de los flancos y déjanos los tanques a nosotros. ¡Avísame si tratan de rodearnos!
Recordaba aquel lugar. Al otro lado de la carretera debía estar el restaurante donde servían cordero asado, el comedor al aire libre, siempre lleno de excursionistas… Distribuyó a los hombres por el perímetro: cuatrocientos metros de trincheras poco profundas que se internaban entre las casas y volvían a aparecer en la calle, entre coches oxidados, volcados lateralmente para ganar altura, y bloques de hormigón. Se puso a cubierto en un garaje y, acompañado del operador de radio, estudió la zona buscando los puntos débiles por donde trataría de infiltrarse el enemigo. Comprendió que los tanques no se arriesgarían en terreno abierto sin saber de qué armas disponían: se limitarían a destruir sus refugios y cubrir a la infantería. Debían frenar su avance, evitar que llegaran a las casas y tuvieran tiempo para fortificarse. Transmitía las órdenes con rapidez, improvisando soluciones lógicas ante cada nueva situación, calculando riesgos, posibilidades… En aquellos momentos, cuando debía tomar decisiones vitales, su mente parecía replegarse desechando los pensamientos inútiles, las cuestiones que le atormentaban en los escasos momentos de inactividad. Había terminado por aceptar su condición de combatiente, el papel de oficial responsable de la vida de sus hombres, víctimas potenciales de su indecisión, de su ineptitud o su miedo. Más tarde, al analizar su comportamiento tras el combate, sentía como el terror le invadía mientras reconstruía mentalmente cada escena, recreándose con enfermiza insistencia en el peligro que había corrido. Sólo entonces era consciente de su vulnerabilidad, la sutil frontera que le separaba de la aniquilación: fumando en algún rincón apartado, se preguntaba cómo había podido soportarlo.
Los guerrilleros serbios avanzaban entre los árboles confiando en el apoyo de los tanques y la artillería. Un carro blindado apareció en el flanco derecho haciendo chirriar las cadenas al girar sobre el asfalto. La torre, camuflada con franjas blancas y verde oscuro, giraba lentamente buscando su objetivo, el cañón alzándose y descendiendo con el zumbido del motor hidráulico. Protegidos tras el blindaje, invulnerable a aquella distancia, los infantes se desplegaron a menos de cien metros de las trincheras disparando sus fusiles automáticos.
A Horvat Dako, un estudiante croata de diecinueve años, le temblaban las piernas cuando le dieron el lanzagranadas. Había cometido la imprudencia de contar cómo dos hombres de su anterior unidad emboscaron un tanque en las calles de Ilidza hasta lograr destruirlo. Cuando comprendió su error era demasiado tarde.
- ¡Recuerda, sólo tienes una oportunidad! ¡Si el tanque llega hasta aquí, estamos jodidos! – Marko le quitó el cigarro, olvidado entre los labios - Espera hasta que esté a cincuenta metros.
El tanque disparaba su cañón de ciento veinticinco contra las casas, que se derrumbaban levantando nubes de polvo mientras las ametralladoras barrían las trincheras manteniendo a los milicianos pegados al suelo, masticando tierra saturada de metralla. Cuando estallaron las granadas que debían servir como distracción, Horvat apareció tras una esquina, el tubo apretado entre la cara y el hombro, las piernas separadas para compensar el retroceso del arma. Tardó tres segundos en apuntar a la base de la torre y disparar, un estampido hueco, como el descorchar de una enorme botella. El cohete aún estaba en el aire cuando le alcanzó una ráfaga. Después llegó la explosión, ruido de metales entrechocando, los gritos del conductor, único superviviente del infierno humeante en que se había convertido el blindado. Los milicianos, espoleados por aquella pequeña victoria tras varias semanas soportando el fuego enemigo en las trincheras, se lanzaron al asalto disparando a la carrera sobre el bosque, haciendo retroceder a los serbios. Encaramado en la torreta, Kemal Hadravic maldecía a gritos: se había abrasado las manos al intentar abrir la escotilla.
Horvat estaba tumbado boca arriba, los ojos abiertos, espantados. Le habían alcanzado en el estómago. De la herida surgían brillantes trozos de intestino, un líquido claro teñido de sangre y moscas. No lograría sobrevivir. Metieron el cuerpo en un coche junto a otros tres heridos. Mientras la ambulancia se alejaba a toda velocidad Marko ordenó retirar del tanque las ametralladoras, cualquier arma o repuesto que no hubiera resultado dañado por la explosión. Sentía las miradas cargadas de odio en los hombres que le rodeaban: una vez más, él había elegido quién debía arriesgarse y morir. Durante un instante trató de encontrar una disculpa, una palabra que restituyera su integridad ante aquella continua matanza… Era inútil. Un mortero cayó a su espalda. Ya habría tiempo para los remordimientos.

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