En 1984, poco antes de los Juegos Olímpicos de Invierno, los folletos turísticos describían Sarajevo como “una lección de Historia que discurre pausadamente por el valle del río Miljacka, ejemplo de convivencia entre pueblos, culturas y religiones donde el viajero puede disfrutar de la sólida y armoniosa arquitectura austro-húngara, estilizados minaretes y mezquitas del periodo otomano junto a las sobrias y acogedoras iglesias ortodoxas…”
Mediado el verano de 1992, mientras el mundo volvía sus ojos a Barcelona, espesas columnas de humo se elevaban entre edificios calcinados, barrios enteros asolados por el fuego incesante de la artillería, el fantasmal escenario de la tragedia que había comenzado cuatro meses antes. Las instalaciones olímpicas de Zetra y Skenderija, símbolos orgullosos de una época llena de esperanza, servían ahora de refugio a francotiradores, milicianos, centros de acogida para los civiles expulsados de los suburbios. Las residencias construidas en Dobrinja para alojar a los participantes se veían reducidas a escombros, testigos silenciosos de la lucha cuerpo a cuerpo en las trincheras, ejecuciones, hambre, violaciones, un mundo subterráneo, aislado, donde sobrevivir era a menudo peor que la muerte. Junto a los trampolines de Igman o las pistas de esquí de Trebevic, los sitiadores habían desplegado cientos de cañones, armas de todos los calibres con los que bombardeaban la ciudad una mañana más.
En la desierta avenida Putnica las ambulancias zigzagueaban sorteando chasis de vehículos carbonizados, cráteres abiertos por los obuses, postes derribados y contenedores anti francotiradores: un tanque serbio había disparado contra un grupo de niños que recogía cerezas en un bosquecillo al norte de la ciudad, matando a ocho de ellos. Mientras tanto, en el antiguo edificio de correos, los observadores de la ONU, protegidos por los gruesos muros cubiertos de sacos terreros, contabilizaban los proyectiles lanzados sobre Kobilja Glava, Dobrinja y Grbavica: seiscientos obuses y morteros en apenas cuatro horas.
En la relativa seguridad de los refugios miles de ciudadanos atrapados dejaban pasar los días resistiendo al hambre y las bombas hasta que alguien – Francia, los americanos, la OTAN, no importaba quién – acudiese en su ayuda. La brutalidad del asedio convertía la vida de los más de cuatrocientos mil habitantes de Sarajevo en una grotesca parodia de la condición humana, hombres y mujeres que en cien días habían visto como sus vidas prósperas, los sueños cosmopolitas, paneuropeos, se transformaban en un dramático descenso a los infiernos, una prueba de resistencia frente a la locura destructora de una mente enferma de crueldad y odio que contemplaba su obra desde las montañas.
En respuesta a la agresión serbia, el genocidio, las deportaciones masivas, la comunidad internacional puso en marcha – quizá para lavar sus conciencias ante el horror y la barbarie que habían sido incapaces de detener – una enorme operación de ayuda humanitaria a través del aeropuerto: a diario, toneladas de alimentos y medicinas llegaban hasta la capital, diluyéndose luego en el tamiz de las organizaciones, étnicamente uniformes, encargadas del reparto y las masas de ciudadanos hambrientos que, espoleadas por la necesidad, se lanzaban sobre los camiones y los centros de distribución abriéndose paso con el brillo del animal acorralado en los ojos. Los más débiles, los enfermos, lloraban su impotencia mientras las raciones de emergencia, el pan, el aceite, la harina o la leche en polvo desaparecían en pocos minutos.
Al amanecer, mientras soldados de la ONU izan la bandera azul en el aeropuerto, la artillería serbia celebra el alto el fuego anunciado por sus líderes en Pale atacando distintos barrios. Radio Sarajevo confirma los rumores sobre la reapertura del aeropuerto. Muchos desconfían de este cambio de actitud de los países europeos: “¡Enviadnos armas para defenderos y liberar la ciudad! – se oye decir - ¡Hoy alimentáis a los muertos de mañana!”.
Zelma Vilic contempla la fina lluvia que cae sobre Dobrinja. Es un blanco fácil para los tiradores que cubren el avance de la infantería, pero ha decidido dejar de ocultarse. La pequeña Mirjiana murió durante la noche, cuando su frágil cuerpo agotó las últimas energías, renunciando con un suspiro a proseguir su batalla contra el hambre. La última comida, tres días antes, consistió en un poco de agua mezclada con jugo de ortigas. Su marido está en las trincheras, a menos de trescientos metros de la casa, combatiendo a los guerrilleros que mantienen cercado el barrio. En la nota que ha dejado junto a la entrada le explica lo ocurrido: las horas de angustia buscando cualquier resto de comida, arañando con sus manos la tierra del jardín, arrancando raíces, recogiendo agua de lluvia… Todo había resultado inútil. Ella misma enterró el cuerpo envuelto en una sábana bajo un álamo tronchado. Desde la ventana destripada, Zelma sonríe apreciando la ironía: un Hércules cargado de alimentos aterriza en las pistas del aeropuerto.
En la glorieta de Marindvor, el psiquiatra Borislav Dragoje cruza la calle ante la mirada atónita de la patrulla que monta guardia en la esquina. Es el cruce de la muerte, una de las zonas más peligrosas de la ciudad, el campo de prácticas donde los francotiradores del otro lado del río se disputan las víctimas con rivalidad deportiva. Borislav viste un traje negro cruzado, corbata de seda sobre la camisa color burdeos, la ropa hecha a medida con la que solía recibir a sus pacientes unos meses antes. Pocos le reconocerían hoy: pálido, demacrado, sin afeitar, su cabello ha encanecido completamente. En sus ojos grises se lee la determinación de quien no teme a la muerte, el hombre que, con un esfuerzo supremo de la voluntad, decide elegir el lugar y el momento de su último acto, sustraerse a la tiranía del azar, el destino.
Mientras camina, ajeno a los gritos de los milicianos, la mirada morbosa de algún curioso, contempla los bosques de abetos cubiertos por una ligera neblina, se despide del hermoso escenario que fue testigo de su gloria, consciente de la inutilidad del esfuerzo: no quiere correr más, sentir el pánico apoderándose de su mente, compartir su humillación en un sótano repleto de clientes potenciales, casos perdidos, víctimas inocentes de la monstruosa broma que otro psiquiatra, allá en las montañas, ha urdido contra ellos.
La primera detonación, una minúscula nube que se diluye en la lluvia, surge de la colina de Vraca. Ya en el suelo, se concentra en un último esfuerzo de autodominio; siente el dolor agudo, insoportable en la pierna. “El golpe no duele, es el aire penetrando en la herida lo que causa el dolor. ¡No grites!”. El tirador, impaciente, se decide a rematar a su presa. Borislav enseña los dientes con rabia mientras una vibración infinitesimal se aproxima hasta penetrar en el cráneo con un desagradable crujido.
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