La veleta dijo Sur

sábado, 31 de marzo de 2012

EL HORROR 28

3 de agosto, 1992.
“Hoy es, por el momento, el día más triste de mi vida. Mamá y Aída se han marchado a Croacia en el convoy. Cuando pienso en estos últimos años que hemos pasado juntas se me desgarra el corazón. Aunque me había prometido a mí misma no llorar, no he podido evitarlo. ¡Me arrepiento de tantas cosas! No quiero escribirlas aquí, las llevaré dentro todo el tiempo que estemos separadas. ¿Por qué no me daría cuenta antes? Si hubiera sido más cariñosa y responsable con ellas seguramente me sentiría mejor. Es como cuando se murió Neretva, nuestra perra, y me acordaba de la patada que le di una vez sin querer… Es un ejemplo exagerado, pero no se me ocurre otra forma de explicar cómo me siento.
Papá vino con nosotros aunque los vecinos le dijeron que era peligroso dejarse ver. Las cosas deben ir muy mal porque las patrullas se llevan también a los hombres mayores. Belmir tiene cuarenta y dos, pero parece más joven. Cada vez que nos cruzábamos con los soldados me ponía a temblar. Para tranquilizarnos nos dijo que conocía un truco infalible: si les miraba fijamente a los ojos creerían que era alguien importante. El secreto está en no bajar la vista, demostrar que no tienes miedo. Además se ha cortado el pelo y dice que parece un general de permiso… Es imposible no reírse con él, incluso en un día como hoy.
En la estación había mucha gente, sobre todo mujeres con niños pequeños y varios equipos de televisión extranjeros filmando las escenas más emocionantes. Los autobuses eran muy viejos y estaban bastante sucios, algunos con agujeros de balas y cristales rotos pegados con cinta adhesiva, aunque los chetniks han prometido no disparar contra los convoyes. Mirela dice que los americanos tienen aviones preparados para bombardear si les hacen algo. Supongo que es otra de sus pequeñas mentiras – no me importa porque lo hace con buena intención, y yo disimulo – pero, ¿quién sería capaz de hacer una cosa así? Nuestro autobús era casi el último de la columna, por el apellido, así que tuvimos que atravesar todo el vestíbulo. Podíamos haber dado un rodeo, pero era peligroso salir de la estación. La gente se peleaba por los mejores sitios, cerca de los muros, mientras esperaban. Si llegan a disparar un mortero hubiera sido peor que la masacre de la panadería: había allí mil personas por lo menos… Después, todo pasó muy rápido. Cuando llegamos al control un hombre leía en voz alta los nombres, recogía los permisos del gobierno y subían al autobús. A mamá le tocó enseguida, así que no tuvimos mucho tiempo para despedirnos. Un abrazo y muchos besos. Apenas recuerdo nada de lo que me dijo. Aída sólo ha llorado cuando ha visto que papá no iba con ellas. Parece que ya contaba con que yo me quedaba… Se han dado un largo beso en la boca, muy romántico, sin hacer caso del hombre del autobús. Eso ha sido lo único bonito del día. ¡Ah, casi se me olvida! Pasó una cosa graciosa. Mientras se besaban un viejecito le dijo al conductor: ¡Déjalos tranquilos, hombre! ¡Quién sabe cuándo volverán a verse! - ¿Tu familia viaja en el autobús? – le ha dicho el otro. – No, están en Turquía desde hace un año. – Entonces, ¿qué haces aquí? – Es que aquí estoy más seguro que en mi casa. Vivo en Skenderija… La gente se ha reído mucho, hasta mamá, aunque creo que se le ha contagiado por los nervios. Se han sentado en el lado contrario, así que hemos tenido que empujar otra vez para dar la vuelta. Parecíamos dos tontos allí parados, mandando besos y sonriendo, haciendo gestos, diciendo que nos escriban y nos envíen fotografías, mamá llorando todo el tiempo. Aída estaba asustada y tenía calor. Otra mujer se ha sentado a su lado, con un niño más pequeño. Espero que no sea uno de esos niños insoportables que no paran de quejarse… No había nadie para despedirles, así que le he mandado saludos, pero no sé si me ha visto. Me he sentido muy triste al pensar que su marido podría estar en el frente, o herido. O algo peor. Entonces una nube ha tapado el sol y durante un instante me ha parecido verlo todo en blanco y negro, como en una película antigua. Ha durado poco, de repente la gente ha empezado a moverse y se ha escuchado algún grito. Todos hemos mirado hacia arriba, por la costumbre, pero sólo era el ruido de los motores arrancando. ¡Menudo susto! El nuestro soltaba un humo azul y sonaba muy mal. Papá me ha dicho que había otros autobuses más modernos esperando fuera de la ciudad. Me lo he creído justo hasta ahora que lo escribo… Luego hemos seguido a la columna por las calles, más que nada para protegernos, hasta la Avenida Putnica. Allí han girado a la derecha y nosotros a la izquierda, hacia las calles seguras. No hemos hablado mucho por el camino. Me llevaba cogida por el hombro, apretándome al llegar a los cruces. Hubiera sido emocionante atravesar todos esos túneles que se meten en las casas, los refugios donde viven los milicianos, si no fuese por la despedida, claro. Pero no quiero pensar más en eso.
En el refugio hemos cenado col hervida con guisantes. Papá se reía porque sabe el asco que me da la col, pero se han acabado los caprichos… Mirela se ha sentado a mi lado y no me ha soltado la mano en toda la noche. Ella también está sola y creo que ha decidido “adoptarme”. Antes de marcharse, mamá habló mucho tiempo con ella. Supongo que le pidió que cuidara de mí cuando papá está fuera. Me gustan las historias que cuenta y conoce muchos libros interesantes. También entiende de música, de arte... Creo que voy a aprender mucho con ella.
Papá ha estado muy cariñoso y comprensivo. A partir de ahora las cosas entre nosotros van a cambiar. Tendré que perder la vergüenza y confiar más en él, aunque para las “cosas de chicas” es un alivio saber que puedo contar con Mirela. Hoy me han dejado subir al apartamento para poder escribir esto a solas. No quiero que piensen que soy rara, o poco sociable, pero necesito algún momento de intimidad. Me he preparado un rincón en el salón con cojines y una mesilla para las velas. Aprovecharé para leer hasta que vengan a buscarme. Mañana nos entregan las cartillas de racionamiento para recibir ayuda humanitaria. Intentaré ir yo misma al reparto para evitar que puedan reclutarle. ¡Cuántos cambios en tan poco tiempo! Me asusta un poco la responsabilidad, pero siempre me han dicho que soy muy madura para mi edad… Alguien sube, debe ser Mirela…”

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