En la discoteca, las vibrantes guitarras de Guns N’ Roses se elevan sobre el monótono zumbido del grupo electrógeno. Milicianos de permiso, mafiosos, funcionarios de la ONU y corresponsales extranjeros beben cerveza caliente, aguardiente o destilados pagados a precio de oro mientras algunas chicas demasiado jóvenes descargan adrenalina con movimientos sinuosos en la penumbra de la pista. La lluvia de noviembre se derrama por los altavoces en una noche de tensa calma. Tras la inesperada visita del presidente Mitterrand algunos se atreven a soñar con la intervención de Francia, los aliados europeos, el fin de la guerra; la mayoría, rendida ya a las miserias cotidianas, se conforma con la reapertura del aeropuerto, la llegada de alimentos y medicinas que alivien su situación.
Mirsad se sienta solitario en un rincón, concentrado en la exasperante ausencia de explosiones, tratando de dominar su ansiedad fumando un cigarrillo tras otro. Una chica se acerca con sonrisa insinuante; unos tejanos deshilachados enfundan sus largas piernas, la camiseta negra muy ajustada con brillantes formando un corazón. Cuando se sienta a su lado Mirsad lanza un gruñido enseñando los dientes manchados de nicotina. La muchacha le muestra el dedo corazón, la uña teñida de un rosa pálido.
- ¡Jódete cabrón! – exclama al levantarse; después se aleja contoneándose hasta una mesa ocupada por cuatro soldados del Primer Cuerpo.
Las miradas de reproche, la posibilidad de una pelea, se diluyen rápidamente cuando descubren los emblemas de la Policía Militar.
Al fin, ve aparecer a su amigo acompañado de un tipo corpulento al que no conoce. Sonríe al contemplar el uniforme nuevo, ajustado, las botas relucientes, la formalidad y el aplomo demasiado evidente al avanzar entre las mesas, buscándole.
- ¡Enhorabuena, teniente! – estrecha su mano, burlón.
- Este es el teniente Dragic – presenta Marko – Estábamos juntos en la ofensiva.
El camarero sirve tres cervezas sin preguntar y vasos razonablemente limpios.
- Cuarenta – informa lacónico mirando de reojo la mesa contigua: un miliciano borracho discute con una adolescente de mirada triste.
- Te busqué en la lista del periódico – dice Mirsad – Sinceramente, pensé que no lo conseguirías…
- S, tuve que aprender unos cuantos trucos, pero si sigo con vida se lo debo a él…
Dragic brinda con ellos, se desentiende de la conversación, pide otra ronda, incómodo. Pasan lista a los amigos caídos, los que consiguieron un salvoconducto o el dinero suficiente para escapar de la ciudad. Más allá de las palabras son dos desconocidos. Se miran en silencio tratando de recuperar imágenes lejanas, recuerdos de normalidad, cuando lo cotidiano aún formaba parte de sus vidas. Apenas reconoce a su amigo tras la máscara imperturbable que es su rostro consumido, los ojos hundidos sonriendo maliciosos, un asomo de desprecio en su dura mirada que parece decir: “¡He aquí el íntegro, el idealista, un hombre capaz de matar cada día, el oficial que envía a sus reclutas a la muerte! ¿Dónde están ahora tus libros, la sabiduría con que alimentabas tu espíritu?”. Marko busca inútilmente las palabras que logren franquear el muro de frustración que les separa.
- ¿Has vuelto al apartamento? ¿Sigue todo en orden?
- Ahora que lo dices, una chica me preguntó por ti, hace un par de días. No estaba mal, un poco flacucha, claro… No recuerdo su nombre.
- No sé cómo se llama, sólo le presté unos libros – protesta entre risas.
- ¡Vaya, tú también! – Marko le mira sin comprender, expectante - ¿No te has dado cuenta? ¡Todo el mundo está enamorado en esta maldita ciudad! Las chicas que antes ni te saludaban en el bulevar se derriten si les enseñas un pedazo de jabón. Hasta el tipo más impresentable lleva colgada del brazo una belleza dispuesta a todo, siempre que pueda mantenerla, claro… ¡Mi propia hermana se vendería a un mafioso por un frasco de perfume! – Ha dejado de sonreír, escupe las palabras con patética ironía, cargadas de un odio profundo - ¿Ves a ese tipo? – señala a un hombre de unos cincuenta años, piel morena y aspecto sospechosamente saludable que comparte mesa con dos policías de uniforme – ¡Ése puede conseguir cualquier cosa que desees! Vírgenes, viudas, muchachitos complacientes… Sólo tienes que pagar con divisas, marcos o dólares.
Estrella su vaso contra el suelo. Los dos policías sostienen su mirada desafiante sin mover un solo músculo. El mafioso esboza una sonrisa blanda, comprensiva. Marko apura la cerveza de un trago, piensa en la refugiada. El deseo se dispara estimulado por el alcohol, la visión de aquellos cuerpos meciéndose en la pista. Quizá ella estaría dispuesta… En la barra una muchacha ríe abrazada a un soldado que se tambalea peligrosamente. La agarra por la muñeca con su único brazo y la besa en el cuello.
- Ése perdió un brazo en Trebevic – dice Mirsad siguiendo su mirada – Se niega a licenciarse, va a las trincheras con una pistola y la radio a la espalda.
- Si fuera de los míos no lo permitiría…
- ¿Crees que necesita tu compasión? No lo hace por patriotismo, sólo quiere vengarse.
Dragic permanece en silencio, concentrado en el contenido de su vaso. Un miliciano se acerca, espera el permiso de Mirsad para hablar, mirando con desconfianza a su alrededor.
- Hemos cogido a otro – anuncia complacido – Te están esperando para interrogarle.
- ¿Francotirador?
- No ha confesado, pero tiene marcas en el hombro. Le cogieron en Mojmilo, con una mujer. También está detenida.
- Tengo que irme – Mirsad se levanta bruscamente, le estrecha la mano, se inclina con exagerada ceremonia antes Dragic – Alguien tiene que hacer el trabajo sucio…
Marko le mira y siente como el vínculo que les unía se aleja con él, quizá para siempre. A través de los altavoces una voz aguda repite: “No necesito vuestra guerra civil”.
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