La veleta dijo Sur

sábado, 18 de febrero de 2012

EL HORROR 24

- Cuando rompieron nuestras líneas corrimos a escondernos en un sótano. Oíamos sus pasos acercándose, decían que no nos harían nada, que nos tratarían como prisioneros… Salí por uno de los túneles cuando tiraron las granadas. Después empezaron a disparar, primero ráfagas, luego los remataron uno a uno…
Vuk Pejic hablaba entre sollozos, goleándose la frente con las manos huesudas.
- ¿Cómo conseguiste escapar?
- Me oculté entre los escombros y esperé hasta que se hizo de noche, escuchando los disparos, los gritos. Pusieron música a todo volumen, canciones chetniks, y se burlaban de nosotros, llamándonos para que nos entregáramos. Creí que iba a volverme loco, pero… ¡No podía hacer nada, me hubieran matado a mí también!
Una patrulla le había interceptado al cruzar el río por Verbanja. Era uno de los pocos milicianos que logró sobrevivir a la toma de Dobrinja. Los serbios habían esperado a que los defensores agotaran las municiones antes de iniciar el asalto final. Las fuerzas de la Defensa Territorial enviadas en su ayuda fueron rechazadas por la artillería desplegada en Lukavica y el aeropuerto, dejando a miles de civiles a merced de los paramilitares. Sólo en los polígonos uno y dos seguían resistiendo algunas unidades.
El relato de las atrocidades cometidas en el suburbio aumentaba a medida que los fugitivos llegaban a la ciudad. Según los informes, los guerrilleros pasaban a cuchillo a todos los hombres en edad de combatir; los niños y ancianos eran tomados como rehenes para intercambiarlos por prisioneros. Algunos sirvieron como escudos humanos, obligados a avanzar por delante de la vanguardia serbia, despejando el camino de minas y trampas explosivas. Cuando se les preguntaba por las mujeres, los supervivientes bajaban la cabeza con un gesto de rabia e impotencia; se hablaba de padres que habían degollado a sus hijas para evitar que fuesen violadas… Muchas emprenderían un penoso viaje a los campos de detención, centros de descanso donde los combatientes saciaban libremente sus instintos, víctimas de vejaciones, torturas, la humillación, en caso de quedar embarazadas, del repudio de sus familias.
- Durante dos semanas comimos los tallos de una parra que crecía cerca de las trincheras. Cuando se agotaron, nos turnamos para cazar ratas, hasta que descubrimos que se habían estado alimentando de nuestros propios muertos. Entonces…  - Vuk se derrumbó, atormentado por los recuerdos.
- Ahora debes marcharte – decía el teniente ofreciéndole la botella de aguardiente – Escóndete unos días. Las patrullas de Caco reclutan a todos los hombres desocupados… ¿Conoces a alguien en la ciudad?
- ¡No! – gritó Vuk irguiéndose vacilante - ¡Dadme un fusil, ya no tengo nada más que perder!
Tras la toma de Dobrinja a mediados de junio, el gobierno bosnio decretó el estado de guerra y la movilización general. Todos los hombres en edad militar, voluntarios o no, debían contribuir a la defensa de la ciudad. Numerosas patrullas, bajo el mando de Musan Topalovic Caco, recorrían las calles, los cafés, los centros de refugiados, reclutando nuevos combatientes, enviando al frente a quienes habían perdido su trabajo; otros, más afortunados, con contactos o divisas suficientes, ayudaban cavando trincheras, levantando barricadas, muros antitanque. Funcionarios, incluso miembros del Gobierno, terminaban en comisaría o en los centros de reclutamiento hasta que conseguían demostrar su identidad. Adoptada la consigna de resistir en espera de ayuda exterior, se restringieron los permisos de salida para evitar la huida masiva de civiles. Sin su presencia, el temor de los sitiadores a un baño de sangre ante las cámaras de televisión de todo el mundo, la toma de la ciudad sería cuestión de días. Quizá por ello, para disuadir a testigos incómodos, se redoblaron los ataques contra los centros de prensa, hoteles y vehículos identificados como TV o Press. Reorganizadas las fuerzas tras el rotundo fracaso de la ofensiva, se crearon unidades femeninas, comandos especiales y un grupo de francotiradores de élite.
Ése mismo día, la sede de la Presidencia sufría el ataque de la artillería: cientos de proyectiles convertían el centenario edificio austro-húngaro en una desvencijada masa de piedra y ladrillo carcomida por la metralla. En su interior se trabajaba frenéticamente tratando de organizar un país en llamas: desde todas las regiones bajo control gubernamental llegaban noticias de masacres, deportaciones masivas, desesperadas peticiones de ayuda. En Foca, Gorazde o Visegrad, junto a la frontera serbia, los radioaficionados hablaban de muertes por enfermedades comunes o desnutrición: “No tenemos nada para comer, pero seguimos luchando porque sabemos lo que nos espera si nos rendimos. Si no nos envían municiones y víveres urgentemente, no quedará nadie para contar lo que ocurrió.”
La gente moría de hambre en las ciudades sitiadas, en los pueblos, aldeas, quemada viva en el interior de sus casas, mezquitas e iglesias, en las columnas de refugiados sorprendidas en las montañas mientras los frentes se hundían ante el imparable avance de las fuerzas serbias.

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