Los días que siguieron resultaron especialmente penosos. Mirsad volvió a marcharse dejando como muda despedida una generosa provisión de café, tabaco, leche en polvo y latas de conserva. Se resistió a tocar nada de aquel regalo de dudosa procedencia hasta que la situación se hizo insostenible. Conseguir comida era ya una auténtica aventura que solía terminar en decepción. Las tiendas estaba vacías, saqueadas por civiles hambrientos, asaltadas por los propios milicianos. El mercado negro, dominado por grupos mafiosos que controlaban las rutas de abastecimiento, comenzaba a aflorar con precios prohibitivos y el fuego cruzado convertía cada salida en una arriesgada carrera por una ciudad fantasma que casi no reconocía.
Como muchos otros ciudadanos de Sarajevo, desde que había comenzado la batalla por el control de la ciudad, los bombardeos indiscriminados, cada día más intensos, de los rebeldes serbios instalados en las montañas que rodeaban la capital, pasaba el día encerrado en casa, racionando la comida y el agua, acaparando provisiones en espera del temible invierno de la guerra. Humillado, aplastado por los acontecimientos, deambulaba por el apartamento en penumbra con la voluntad y la conciencia anuladas en mar de ideas dispersas, debatiéndose entre el impulso heroico de permanecer en la ciudad y la posibilidad de la huida, aceptar la proposición de Mirsad y combatir a los culpables de aquella situación con argumentos y palabras; un exilio digno y excusable hasta que la ONU o la Comunidad Europea impusieran una solución. A través de la radio y la televisión, sus únicos contactos con el exterior, llegaban noticias preocupantes: quienes habían logrado burlar los controles hablaban de combates generalizados en todo el territorio, pueblos y aldeas arrasadas, abandonados al saqueo y el fuego purificador de los paramilitares. La televisión local, que apenas unas semanas antes mostraba los combates en Eslavonia o la Krajina croata, emitía en directo los ataques a Dobrinja, el aeropuerto, Grbavica, barrios situados en la orilla sur del río, a menos de mil metros del centro.
Las palabras de Mirsad resonaban en su mente; su visión apocalíptica se hacía realidad. Enfermo de pánico y neurosis, prisionero del insomnio, envidiaba la determinación con que su amigo había decidido afrontar la nueva realidad. En los relatos de otras guerras, revoluciones, levantamientos contra un poder injusto, tiránico, era fácil identificarse con los milicianos españoles, los brigadistas, participar del entusiasmo y voluntad de sacrificio de los partisanos que adornaban el imaginario de tantas generaciones de adolescentes. Nadie moría inútilmente, en la más absoluta soledad; quedaba el ejemplo para los testigos, los futuros lectores. Sin embargo, la idea de convertirse en protagonista de toda aquella locura, exponerse al vértigo de la amenaza constante, invisible, le sumía en un estado de ansiedad insoportable. En sus delirios, estimulados por las imágenes de las víctimas, los heridos en los bombardeos, se veía en mitad de la batalla, desarmado, indefenso ante el enjambre de proyectiles y metralla incandescente que zumbaba a su alrededor. Paralizado por el pánico esperaba impotente, patéticamente vulnerable, a que una bala penetrase en su carne atravesando la piel, desgarrando músculos, reventando órganos que derramaban sus fluidos viscosos, humeantes, su cuerpo convertido en anónimo festín de moscas y gusanos… Entonces despertaba bañado en sudor, dispuesto a afrontar una nueva pesadilla.
Cuando la fiebre remitió trató de ponerse en contacto con algunos amigos, pero las líneas estaban saturadas o cortadas en algunos barrios. Desesperado, rebuscó en una vieja agenda hasta dar con el número de Safet Masic, un antiguo camarada del ejército. Safet vivía con su familia en un apartamento de Grbavica.
- ¿Quién? ¡Ah, Bregovic! ¿Cómo te va? – de fondo se escuchaban gritos, voces acaloradas.
- ¿Podemos vernos? ¡Necesito hablar con alguien!
Después de unos segundos los gritos cesaron.
- Ahora no es posible, hay problemas. Esos cabrones están disparando desde las colinas. Dime, ¿te has alistado ya?
- Todavía no… Pero, ¿cómo empezó? ¿Quién dispara?
- ¡Quién coño va a ser, los chetniks! ¿Estás en Sarajevo? ¡Disparan a las casas, a todo el mundo! Sus debían estar avisados y se marcharon hace días… - los gritos volvían – Escucha, ¿por qué no te pasas por aquí? Necesitamos buenos tiradores…
- Yo… no creo que pueda - balbució antes de colgar.
Se sentía avergonzado. Sus amigos combatían en las calles, desde sus propias casas, mientras él mantenía una batalla perdida contra la razón. Descolgó el teléfono y se tumbó en el sofá, el auricular sobre el pecho. “Sobrevivir, vivir para contarlo, eso es lo único que importa. No hay nada tan ridículo como ser el primer muerto en una guerra… o el último”. Sobrevivir pero, ¿a qué precio? Frente al sentimiento de culpa, la carcoma de la cobardía, se alzaba como un muro infranqueable la idea de una muerte absurda, resultar herido, mutilado, y todo en nombre de unas creencias que siempre había despreciado. Devorando un cigarrillo tras otro apenas prestaba atención a las noticias: un miembro del Gobierno amenazaba con severos castigos a los especuladores que acumulaban divisas; en la televisión, una cadena alemana ilustraba sus informativos con un mapa de Bosnia devorado por un imparable incendio digital.
Amanecía cuando llamaron a la puerta. Al abrir, Fátima escribía una nota.
- No está – dijo con tono impaciente, malhumorado – Disculpa, ¿quieres pasar?
- No, tengo prisa – hablaba escondiendo la mirada, avergonzada – Mirsad dice que el precio ha subido. Ahora son dos mil marcos.
- ¿Has estado con él? ¿Crees que podría ir a verle?
- Es peligroso Marko. He oído cosas… - se volvió hacia la escalera: un miliciano con uniforme de camuflaje esperaba más abajo – Deberías hacerle caso y marcharte. Si se lo pides, conseguirá el dinero…
- Dile que lo pensaré…
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