La veleta dijo Sur

sábado, 28 de enero de 2012

EL HORROR 15

Cuando despertó el familiar sonido de los morteros retumbaba en el valle. Estiró los miembros entumecidos tratando de recordar dónde se encontraba. Entonces vio la nota de Mirsad sobre la mesilla: “Estoy bien, sobrevivo en Grbavica. Espero que te guste la nueva decoración. Ya nos veremos. O no”
Al regresar de madrugada apenas había tenido tiempo de leer fugazmente la nota mientras buscaba un lugar donde dormir. Mirsad había hecho un trabajo concienzudo: las ventanas estaban cegadas con plásticos, colchones y tablas clavadas a la pared; los muebles, cuadros, el televisor y varias cajas repletas de libros se apilaban en un cuarto orientado al lado norte de la avenida. En la cocina había reunido algunas provisiones: leche en polvo, harina, café, arroz, conservas y una docena de cajetillas de tabaco. Desayunó esperando a que la bañera se llenase de agua tibia, teñida de óxido. Mientras se afeitaba buscó en su rostro alguna señal que revelase la lucha que mantenía en su interior, un resto de locura en su mirada, el estigma del asesino… El espejo sólo reflejaba su gesto cansado, los ojos enrojecidos, la piel reseca, pálida, tirante sobre los pómulos descarnados. Se despidió de su imagen con una sonrisa burlona.
Cuando salió a la calle la ciudad parecía contener la respiración antes de lanzarse a la rutina que la guerra comenzaba a imponer. Los ciudadanos, sometidos a la tiranía de la necesidad, trataban de mantener un resto de dignidad oponiendo a la barbarie un aspecto pulcro, incluso elegante. Algunas mujeres lucían trajes de primavera, faldas cortas, medias de seda y zapatos de piel, con la suela reforzada contra los fragmentos de cristal, mientras corrían entre edificios en ruinas arrastrando carros cargados de leña y bidones de agua. Sus rostros demacrados se rebelaban contra el pánico bajo el abundante maquillaje. Los escasos hombres que habían evitado el reclutamiento forzoso salían a la calle cuidadosamente afeitados, caminando con paso firme, despreocupado, hasta que un disparo lejano, el eco de una explosión, convertía su heroico paseo en una patética carrera hasta el refugio más próximo.
A la sombra de la Presidencia los milicianos se agrupaban esperando instrucciones. Un hombre joven gritaba golpeándose la frente con las manos. Los demás le observaban en silencio.
- ¿Qué clase de hombres son esos? – decía agitando los brazos.
- ¿Qué le pasa?
- Han bombardeado el Hospital Maternal – contestó Dusan enseñando los dientes con rabia – Su hermana estaba allí…
Un funcionario se asomó quejándose del alboroto entre los sacos terreros del primero piso. Disuadido por las miradas de los soldados desapareció rápidamente.
- ¡Ya os tocará salir a vosotros! – explotó uno de los veteranos.
- ¿No hay órdenes?
- Nada… Esperar. Esta noche han intentado cruzar el río por Skenderija. Dicen que estaban preparando el terreno para los tanques, el asalto final…
El asalto final. Rumores. Llevaban dos semanas esperando esa columna de tanques, la incursión desde el Cuartel de Lukavika hasta el edificio de la Presidencia, dividiendo en dos la ciudad. Todos los cohetes y armas anti-carro se habían concentrado en los alrededores de la sede del Gobierno, protegiendo las vías de acceso sembradas de minas y barricadas. Sólo podían esperar… El estampido de un mortero pesado produjo un movimiento de tensa alerta. Corrieron a refugiarse mientras el silbido del proyectil anunciaba el impacto cercano. La onda expansiva hizo vibrar las paredes del búnker levantando una nube de polvo.
- ¡Ha caído en el centro! – gritó alguien.
Salieron precipitadamente, cuando un segundo mortero inició su caída. Marko corría hacia los gritos procedentes de Vase Miskina, un clamor ascendente de lamentos, sirenas, gente que huía del lugar lanzando miradas furtivas, horrorizadas a su espalda, figuras fantasmales emergiendo de una niebla lechosa. La tercera explosión sacudió el aire frente a él lanzándole de espaldas. Sintió como algo le golpeaba la cabeza, una luz cegadora, oscuridad, silencio…
Cuando abrió los ojos una ambulancia llegaba a toda velocidad derrapando al frenar en la calle pavimentada. Tenía la vista desenfocada, un agudo zumbido en los oídos; las sienes le palpitaban bombeando sangre caliente a través de una brecha abierta en la frente, sobre el ojo derecho. Se incorporó lentamente y entonces contempló una escena sacada de la pesadilla de un loco: decenas de cuerpos horriblemente mutilados se arrastraban sobre un lecho viscoso de sangre y polvo lanzando alaridos inhumanos, suplicando ayuda con voz entrecortada, encogidos en silencio, muecas incrédulas petrificadas en los rostros deformados por el dolor, pintados con el color ceniciento de la muerte. Restos humanos aún humeantes, vísceras, masas retorcidas de músculos y huesos cercenados se amontonaban junto a la pared ensangrentada donde, minutos antes, doscientas personas hacían cola frente a la panadería.
Las ambulancias partían frenéticas hacia Kosevo y el Hospital Francés cuando los francotiradores comenzaron a disparar. Quienes habían logrado sobrevivir a la metralla intentaban poner a salvo a los heridos maldiciendo a gritos transportando los cuerpos destrozados bajo una lluvia de balas. Numerosos periodistas, alertados por los comunicados urgentes que emitían las emisoras locales, llegaban a toda prisa disparando sin descanso las cámaras, filmando los restos del horror que enrojecían el suelo, la evacuación de los heridos, despojos humanos contemplando alucinados sus cuerpos desmembrados antes de desmayarse o morir.
Gateó hasta un portal sintiendo la sangre resbalar por el cuello. Permaneció inmóvil, tratando de comprender lo ocurrido. Sentía un odio inmenso hacia todos aquellos cuerpos, hombres que se dejaban matar como animales cegados por el hambre. “Morir como un perro”… No lo permitiría, moriría matando. Deseaba con todas su fuerzas ver aparecer aquellos tanques… Sí esa era la respuesta, morir tan lleno de odio y deseos de venganza que su propia desaparición física, la conciencia nublada de ira, carecería de importancia…
Una enfermera, atraída por el reguero de sangre, se asomó precavida, sin decidirse a entrar.
- No es nada – murmuró tranquilizándola.
La mujer, con el terror reflejado en sus grandes ojos claros, le vendó la cabeza con manos temblorosas. Su cuerpo emitía un acre olor a sudor mezclado con el hedor dulzón de la carne humana abrasada. 

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