La veleta dijo Sur

sábado, 14 de enero de 2012

EL HORROR 8

En la mañana del ocho de abril Radio Sarajevo informaba sobre la creación en Pale de la República de los Serbios de Bosnia, la respuesta de Karadjic al reconocimiento de Bosnia como Estado independiente por la Comunidad Europea, confirmando la voluntad de constituir una entidad separada, homogénea étnica y territorialmente. Más allá de su significado político, esta declaración agotaba cualquier salida pacífica y negociada a la crítica situación que vivía el país. En realidad, sospechaban muchos, era la señal que esperaban las milicias radicales, los grupos paramilitares abastecidos por el JNA para hacerse con el control de las regiones habitadas por serbios, la justificación de las operaciones que se venían llevando a cabo en los últimos meses.
Mirsad dormía profundamente. Bajo las sábanas revueltas asomaba el cañón del kalashnikov, la culata de madera entre los pies desnudos. Marko preparaba el desayuno, todavía aturdido por lo ocurrido en la comisaría la noche anterior. Dos hombres de paisano le condujeron hasta allí sin ninguna explicación, aunque dadas las circunstancias su apellido era una excusa tan válida como cualquier otra. Su amigo, al verle entrar, se había acercado a los milicianos que le custodiaban, dos jóvenes que parecían tan asustados como su prisionero, despidiéndoles con gesto autoritario. Vestía un uniforme nuevo, ajustado al cuerpo, la melena recogida bajo la boina en la que brillaba la flor de lis.
- Espero que no hayas sido un chico malo durante mi ausencia -. Le llevó hasta un lugar apartado sonriendo maliciosamente, ignorando las miradas de los milicianos que abarrotaban la sala.
- Me pararon en la calle. La verdad es que me asusté un poco, así que les pregunté si te conocían… Parecían defraudados al saber que su jefe tiene un amigo serbio – trataba de disimular su nerviosismo, pero su tono sonaba ridículamente forzado.
- ¡Qué no vuelva a suceder o tendremos que ser más duros contigo! Pasear durante la noche se ha convertido en una actividad sospechosa.
Regresaron juntos al apartamento, deteniéndose en los numerosos controles que los milicianos habían establecido en las calles del centro.
- ¡Hacía años que no dormía tan bien! – Mirsad se desperezaba frente a la puerta de la cocina – Sólo necesito un café y un cigarrillo…
Marko le sirvió una taza y le mostró el paquete vació de Drina.
- Toma uno de los míos – ofreció Mirsad, que sonreía mostrando la cajetilla de Marlboro.
Aquel gesto de suficiencia terminó de ponerle de mal humor. La distancia que les separaba parecía aumentar con cada gesto, cada palabra. La humillación sufrida aquella noche y su actitud protectora no le irritaban tanto como la constatación de que había cientos de jóvenes dispuestos a enfrentarse en la calles a los radicales y el ejército, una organización oculta, quizá creada y equipada por el mismo gobierno que negociaba una salida pacífica en Ginebra… Al fin estalló.
- ¿Vas a decirme de una vez qué has estado haciendo todo este tiempo?
Mirsad se lo tomó con calma. Sorbía lentamente el café sosteniendo su mirada.
- A veces pienso que tanto leer te ha ablandado los sesos. ¿Acaso no ves lo que está ocurriendo? ¡Esos malditos chetniks se han propuesto acabar con nosotros! ¡Sí, ríete! Karadjic y los otros les han lavado el cerebro, les han acojonado con la idea de un estado islámico, el cuento de Pakistán, los muyahidines y toda esa mierda… Se han estado preparando durante años, consiguiendo armas. Ya han empezado en el norte, en Herzegovina. ¡Quieren construir la Gran Serbia! No me mires así, tenemos pruebas, documentos, testigos… Un día de estos bajarán de las montañas, y si no estamos preparados nos van a pasar por encima, igual que han hecho con los croatas.
En un gesto inconsciente se llevó la mano al costado, donde debía estar la pistola. Se relajó encendiendo otro cigarrillo. Marko le imitó tratando de leer en sus ojos hasta qué punto seguía un guión aprendido, la doctrina incendiaria de los nacionalistas. ¡Era tan sencillo manipular la conciencia colectiva de una sociedad sin tradición democrática! Tito lo había conseguido durante década. Ahora disidentes y exiliados empleaban las mismas armas para justificar el revisionismo histórico y defender el sagrado interés nacional.
- Dices que están preparados, y el Ejército Federal les apoya… Entonces, ¿por qué no han entrado todavía?
- ¡Acaso crees que cuando el gobierno renunció a tener un ejército propio nos quedamos parados! ¿Íbamos a dejarles todas las armas para que nos liquiden en una semana? No seas ingenuo. Saben que estamos organizados, se lo hemos hecho saber…
Era evidente que Mirsad disponía de información fiable. ¡Ingenuo! Deseaba creer en la verdad oficial, reducir un conflicto inevitable a simples ataques terroristas contra la democracia, actos subversivos de una minoría descontrolada… Cegado por el miedo, se negaba a ampliar la perspectiva y asumir las verdaderas intenciones de los radicales.
- Escucha, – siguió Mirsad adivinando su inquietud – yo no creo en todas esas historias sobre razas, culturas, religiones… ¡Sabes que no soy creyente! Yo sólo distingo entre amigos y enemigos. Creo que no lo entiendes, así que te daré un consejo: si no estás dispuesto a luchar en nuestro bando, haz las maletas y sal de la ciudad mientras puedas. Te ayudaré a cruzar nuestros controles, pero después será cosa tuya.
Se sentía desarmado. Su supuesta superioridad intelectual se desvanecía ante la absoluta falta de argumentos. Se resistía a creer en las palabras de su amigo pero, en los más profundo de su mente, el brillo de la verdad iluminaba todos sus miedos, un caóticos fluir de terrores posibles, cercanos, la certeza de que el mundo que conocía estaba a punto de derrumbarse arrastrándole en su caída.
- Esta es mi ciudad y no pienso marcharme. Podría reunirme con Nadja en París, lo he pensado y tengo dinero para el pasaje, pero sé que me arrepentiría el resto de mi vida.
Mirsad movía la cabeza desalentador. “No lo conseguirás” – pensaba mirándole, consciente de su debilidad. Había pasado el tiempo de las palabras; ahora la realidad de las armas, la violencia justificada por la necesidad de defenderse, se imponían con urgencia frente a aquella actitud idealista, bienintencionada de los profesores, los pacifistas. Muchos lo habían comprendido ya y se preparaban para salir del país. Quienes se quedaran esperando el milagro serían las primeras víctimas.
- Además, – propuso Marko muy serio – si ganáis necesitaréis a alguien que os escriba los discursos.
Mirsad se forzó a sonreír.
- Tú decides, pero el tiempo se acaba.

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