La veleta dijo Sur

jueves, 26 de enero de 2012

EL HORROR 10

Al amanecer despertó sobresaltado. Con el corazón desbocado, percibía el agudo silbido de los obuses precediendo a las explosiones, los cristales vibrando alarmantemente tras los impactos. Reconoció el característico sonido de los morteros, un estampido sordo seguido de unos instantes de silencio, el terrorífico chirrido del proyectil al descender y la detonación final, el crujido de cristales, muros derrumbándose, gritos, sirenas… Se arrastró hasta la ventana: la gente corría en todas direcciones, buscaba refugio en los portales abiertos, entre los coches abandonados en mitad de la calle.
El suministro de gas estaba cortado. Bebió un sorbo de café frío y trató de encender un cigarrillo. La vibración de las explosiones se transmitía desde el suelo hasta su estómago. Reprimió una arcada y se dejó caer contra la pared en el lado opuesto a la avenida, desnudo, temblando bajo la manta. Conectó la radio: a las seis se había iniciado un ataque con morteros desde las montañas; varios proyectiles habían alcanzado el edificio de la Televisión provocando graves daños y un número aún sin confirmar de muertos y heridos. Se aconsejaba a la población no asomarse a las ventanas, evitar salir a la calle y ponerse a cubierto en sótanos y garajes subterráneos. Colegios y centros públicos permanecerían cerrados hasta nuevo aviso. El Gobierno pedía a los hombres en edad de combatir que se alistasen en las milicias para defender la ciudad de los extremistas chetniks
Decidió no correr riesgos. Se vistió y descendió la escalera a oscuras hasta el sótano, forzándose a mantener una actitud despreocupada, levemente irónica, para disimular el pánico que estremecía sus miembros. La mayor parte de los vecinos se encontraba ya allí: familias enteras apiñadas en los rincones, protegiéndose con mantas y abrigos del frío amanecer; el llanto de los niños ahogado por las explosiones que hacían vacilar las llamas de las velas. Algunos hombres fumaban en silencio con aire avergonzado; otros, más audaces, regresaban de la calle comentando en voz baja las últimas noticias: “¡Están atacando la Televisión!...Tiran con morteros y artillería… ¡Los milicianos se agrupan en la Presidencia! ¡Parece que esta vez va en serio!
Un militar jubilado, vestido con un raído uniforme de los tiempos partisanos, asentía con gesto avezado.
- ¡Cómo en el cuarenta y uno, igual que en el cuarenta y uno! – repetía paseando su mirada febril en busca de complicidad.
La luz del sol comenzaba a filtrarse a través de los respiraderos que se abrían sobre la acera de la avenida. Marko sintonizaba la emisión internacional de la BBC en el transistor que había rescatado del apartamento cuando un grupo de personas precedido por Mirela Babic, una profesora de piano jubilada que vivía sola en el primer piso, apareció en el umbral. La mujer elevó su delicada voz sobre el murmullo general:
- La familia Sabovic viene de Grbavica huyendo de los combates. Por favor, háganles sitio…
Acompañó al grupo hasta un rincón desocupado, bajo un ramal de tuberías oxidadas y colocó unas mantas en el suelo. Un hombre alto y fornido, de unos cincuenta años, cargaba con un gran saco de lona en el que se adivinaba el urgente bagaje de los refugiados. Su mujer, con las huellas del miedo y el cansancio marcando su rostro de rasgos suaves, se deshacía en agradecimientos hacia la anciana. Una muchacha, encorvada de fatiga y timidez, sostenía en brazos a una niña que ocultaba el rostro en su pecho. Una vez instalados, y a petición de un vecino curioso, el hombre contó su historia: se llamaba Belmir Sabovic y trabajaba como ingeniero en el aeropuerto. El seis de marzo, cuando el Ejército Federal se apoderó de las instalaciones, fue obligado, junto con otros muchos trabajadores, a abandonar su puesto. Habían pasado los últimos días encerrados en un pequeño cuarto, protegiéndose con colchones y muebles apilados contra las ventanas del creciente fuego entre los milicianos leales al Gobierno y las fuerzas serbias que disparaban desde Vraca. La noche anterior, aprovechando un momento de calma, recogieron ropa de abrigo y algo de comida y trataron de llegar al centro. Tras un par de encuentros con las patrullas habían logrado cruzar el río antes del alba. Después, la buena suerte había puesto a la señora Babic en su camino…
En el exterior continuaba el bombardeo. Los cañones y morteros retumbaban a lo lejos imponiendo su rugido al intenso fuego de fusilería, un tableteo seco, inquietantemente cercano. En el improvisado refugio, los hombres discutían. Había allí gentes cuyo origen era, tan sólo unos meses antes, un simple detalle administrativo, un dato estadístico; numerosas familias mixtas, nacidas de la normalización que siguió a la guerra, atrapadas en una espiral de violencia incomprensible; vecinos que se miraban con recelo, buscando culpables, aventurando soluciones para explicar un conflicto que, con independencia de su filiación, la pertenencia a una comunidad determinada, les había hermanado como víctimas potenciales.
- ¡Ya lo advirtió Milosevic! – decía alguien – No se puede declarar la independencia sin contar con los demás, ni con el ejército…
- ¿Milosevic? – replicó con sorna el militar – Si el Padre Tito era Lenin, Milosevic es Stalin…
- ¿Dónde has leído eso, abuelo?
- ¿Qué opina usted, profesor?
Las conversaciones cesaron bruscamente cuando dos hombres aparecieron en la entrada. No aparentaban más de veinte años, pero el uniforme de camuflaje y las ametralladoras les otorgaban un poder incontestable. Tras lanzar una mirada escrutadora a su alrededor uno de ellos fijó su atención en Marko.
- ¡Tú! – resonó su voz en el garaje - ¿Cómo te llamas?
Entonces reconoció al miliciano del puesto de reclutamiento, un estudiante cuyo nombre no recordaba, seguidor de Ramiz y la línea dura del nacionalismo bosnio. Un escalofrío recorrió su espalda mientras la idea de arrodillarse en un gesto de súplica cruzaba fugazmente su mente. En aquel segundo interminable decidió rendirse al destino, acelerar el desenlace cuyo único resultado posible era la muerte.
- Bregovic… Marko.
- Ven con nosotros.
- ¿Estoy detenido? – aventuró repentinamente iluminado, pensando en Mirsad, la salvación…
- ¡Reclutado!
Podía sentir las miradas atemorizadas, curiosas, rostros furtivos volviéndose a su paso, el alivio de los hombres más jóvenes, toses nerviosas, una voz infantil, una pregunta sin respuesta. Tropezó en la escalera, las piernas sosteniéndole apenas. El sacrificio se consumaba sin que nadie, ni siquiera él mismo, se atreviera a alzar la voz.

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