Samir asoma la cabeza con cuidado, contiene la respiración atento a los sonidos que llenan la sala, jadeos, suspiros, los ronquidos de la señora Radic que tanto les hacen reír antes de dormirse. Siente el rostro cercano de Alma, el olor tibio que desprende su pequeño cuerpo encogido. Retira la manta y se incorpora lentamente. Se aleja gateando, los zapatos unidos por los cordones colgando del cuello. Entonces se le ocurre la idea: retrocede y coloca la almohada bajo la manta como hacía aquel preso en la película antes de fugarse. Sonríe al pensar en la cara que pondrán los otros cuando se lo cuente.
En la calle la noche es fría, sin luna. Se sube el cuello del abrigo y se ajusta el gorro en la nuca, sobre los ojos. “¡Si tuviera un pasamontañas!”. Un escalofrío le recorre la espalda al recordar las imágenes de la televisión, los chetniks deteniendo aquel coche en un control, la mirada terrible de sus ojos, el rostro oculto bajo el pasamontañas negro… “Algunos tienen un agujero en la boca, para fumar” – había explicado Djuro. A Djuro le gustaría estar con los chetniks, disparar uno de esos lanzacohetes.
Miro y Dimitri están fumando en el fondo del zaguán. Meten el cigarro en un bote de conservas vacío para que el resplandor de la llama no les delate.
- Así lo hacen los milicianos en las trincheras. Me lo ha dicho mi hermano – susurra Miro.
Samir decide no contarles el truco de la almohada: teme que se burlen de él. Dimitri “el rojo” bizquea cómicamente al aspirar el humo. Al reír se atraganta y comienza a toser.
- ¡Estáis muertos!
Los muchachos quedan paralizados. Samir siente un viento helado en la nuca, intenta gritar pero ningún sonido sale de su garganta.
- ¡Soy yo idiotas! – dice Djuro riendo a su espalda - ¡Os he sorprendido por la retaguardia! Si fuera un chetnik ya estaríais muertos.
- ¡Imbécil, vaya susto!
- ¿Por qué has tardado tanto?
- No encontraba la linterna. Luego se me ocurrió daros una sorpresa.
Aunque Miro es el mayor – pronto cumplirá los catorce -, Djuro es el jefe de la banda. Unas semanas antes la metralla de un mortero le había herido en la pierna. Le dieron nueve puntos y ahora tiene una cicatriz en forma de media luna. Los soldados que le llevaron al hospital dijeron que era una señal, y que pronto le dejarían alistarse para ir al frente con ellos. Cuando salió del hospital volvieron a votar y le nombraron Capitán.
- ¿Dónde vamos? – pregunta Samir.
- A Bistrik. Ayer cayeron muchas bombas.
- ¡Pero hay que cruzar el río! – protesta Dimitri.
- ¡Si te da miedo no vengas! – Djuro le ilumina el rostro con la linterna. Su cabeza proyecta una sombra grotesca en la pared, las orejas prominentes, el pelo revuelto formando salientes que parecen cuernos. El rojo está a su lado y no puede verlo, pero ríe con ellos.
Avanzan pegados a las paredes, deteniéndose en los cruces a contemplar el arco de las trazadoras surcando el cielo. Caen algunas bombas hacia Skenderija y Grbavica, y más al oeste, en Ilidza. Al llegar al puente divisan una patrulla, cuatro soldados agazapados tras la pila de sacos terreros en la esquina. Djuro, que marcha siempre el primero, retrocede y se reúnen en un portal.
- No podemos cruzar. Iremos a Vratnik – Todos disimulan su alivio.
En una cuesta empinada descubren una casa de dos plantas, las paredes chamuscadas, un gran boquete en el lado sur. Sólo las ventanas del primer piso permanecen selladas con tablones.
- Probaremos aquí… ¿A quién le toca?
- ¡A Miro! – exclaman los demás a un tiempo.
Miro asiente resignado y cruza la calle con el rostro vuelto hacia el río: “si ves llegar la bala no te matará” – le había dicho su hermano. Dobla la esquina y desaparece. Mientras esperan, Samir se pregunta si habrán notado su ausencia. Sabe que Alma se pondrá a llorar y despertará a todo el mundo si descubre que se ha ido… Miro les hace señales desde el otro lado. Cruzan de uno en uno. Samir tropieza en la acera y está a punto de caer. El Capitán suspira, pero no dice nada. El zaguán está en silencio, huele a excrementos y orina. Mala señal. Suben directamente al primer piso, tanteando las paredes desconchadas, los escalones de piedra rezumando humedad.
- Aquí – susurra Djuro en cabeza.
Se reúnen jadeando frente a una puerta. Hay un papel clavado junto al marco. Cuando se acostumbran a la luz de la linterna leen: “Haris Sarovic. Reclutado”. Djuro empuja suavemente la puerta; después se encarama a los hombros de Miro y desliza la mano por el marco. La llave le golpea la cabeza y cae al suelo. Permanecen inmóviles un instante, escuchando. Nada. La puerta produce un leve chirrido al abrirse. Samir, agachado, mira entre las piernas de los otros, el corazón latiendo con fuerza. Al fin, se decide a entrar.
- ¡Desplegaos! – ordena Djuro.
Samir entra en la cocina, a la izquierda. Agita la pequeña linterna hasta que emite una débil luz amarillenta. Recorre los azulejos blancos, la mesa con el frutero vacío, los estantes del fondo repletos de cacharros metálicos. “Somos los primeros” – piensa. Alguien grita en la habitación de al lado. Apaga la linterna y se oculta bajo la mesa.
- ¡Samir, ven a ver esto!
Un olor extraño, repulsivo, como de fruta demasiado madura, flota en la habitación. Un cono de luz ilumina las sábanas azules, luego un pie, la piernas desnuda, el camisón blanco se hunde, se eleva en el pecho… Cierra los ojos, los aprieta con fuerza.
- ¡Eh, Samir no se atreve a mirar! – grita Dimitri ocultando su propio miedo.
Entonces ve el rostro de cera, los diminutos dientes, como de rata asomando entre los labios agrietados, los ojos muy abiertos, oscuros, fijos en el techo. Djuro sonríe, mira la ventana sellada con tablas y enciende un Drina. Miro está pálido, un hilo de saliva se desliza por su barbilla. Se da la vuelta y vomita apoyado en la pared.
- Se ha tomado las pastillas – dice Djuro sosteniendo un pequeño tarro de cristal.
- ¿Crees que lleva mucho tiempo…?
- No, aún no huele, y no hay gusanos.
- Deberíamos avisar a alguien.
- ¿Y qué decimos, que es nuestra tía y hemos venido a visitarla? – dice mirándole con desprecio.
- ¿Te atreves a tocarla? – pregunta Dimitri.
- ¿Y tú?
- Yo me atrevo a desnudarla…
Samir reprime las arcadas. Regresa a la cocina y vomita en la pila. Miro se sienta a su lado y le ofrece el cigarro.
Antes de marcharse Djuro revisa la mercancía: un juego de té, dos botella de licor, una radio, un reloj que parece de oro, un anillo, pulseras, pendientes, una maleta llena de ropa de mujer.
- El televisor es demasiado grande – se lamenta – Metedlo todo en los sacos, luego lo repartiremos.
Ya en el cuartel general fuman el último cigarrillo.
- ¿Qué hicisteis en la habitación?
Dimitri y Djuro cruzan una mirada cómplice y sonríen.
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