La veleta dijo Sur

jueves, 26 de enero de 2012

EL HORROR 11

A medida que el cerco se estrechaba haciendo imposible la huida y los bombardeos se convertían en algo cotidiano, los habitantes de Sarajevo comprendían que el conflicto iba más allá de una simple disputa política. El Gobierno de Belgrado ignoraba las amenazas de la comunidad internacional, que en su mayor parte había reconocido la independencia de la República Bosnia, apoyando abiertamente a las milicias serbias. Las tropas acantonadas en la región, purgadas ya de desertores y elementos incómodos, de dudosa filiación, cambiaron sin excesivos traumas los emblemas federales y la estrella roja por los símbolos chetniks adoptados por los radicales: el águila bicéfala y el escudo ancestral, tibias y calaveras resucitadas de la tumba de Mihajlovic y sus seguidores, ahora convertidos en mártires, masacrados por los partisanos al finalizar la guerra mundial. Siguiendo las instrucciones del Estado Mayor de Milosevic respaldaban con aviación, artillería y blindados las acciones de los paramilitares, bandas de milicianos fanáticos, delincuentes y saqueadores llegados de las montañas, campesinos empobrecidos de Serbia y Montenegro traicionados por sus vecinos ricos del sur, expulsados con sus familias de las provincias que aún controlaban los croatas, mercenarios rusos, ucranianos, soldados de fortuna dispuestos a enriquecerse entre los despojos de la ciudad una vez depurada por las llamas.
Karadjic atendía solícito a los periodistas desplazados a las Conferencias de Paz:
- ¿Qué harían los españoles si es País Vasco o Cataluña se declararan independientes? ¿Y los franceses en Córcega?
Con sus aires cosmopolitas resucitaba los fantasmas del nacionalismo europeo, extendiendo la dimensión del problema hasta difuminarlo mientras sus milicias arrasaban los valles, ponían cerco a las ciudades limpiando los territorios conquistados de impurezas humanas invocando la sagrada autodefensa, erigiéndose como antaño en defensores de la cristiandad frente al avance del Islam, del mismo modo que en Croacia se defendían del fascismo.
En la capital, prácticamente aislada del exterior, la situación empeoraba día a día. Los barrios más castigados carecían de suministro eléctrico, gas, agua potable; las medicinas y los alimentos básicos comenzaban a agotarse, bloqueados los convoyes en las autopistas. Las mujeres que se aventuraban hasta los mercados, los puestos improvisados en las calles más seguras, regresaban a sus casas con las bolsas de la compra vacías, vencidas por la escasez y los precios desorbitados. El fuego de la artillería desplegada en las colinas convertía las calles en una pista de obstáculos, una carrera contra el propio destino penalizada con la muerte o una larga agonía en los hospitales desbordados. Allí, durante las primeras semanas, cientos de civiles fueron alcanzados entre edificios agujereados por la metralla y los obuses, coches calcinados y fragmentos de cristal que se desprendían de las fachadas reflejando en su mortífera caída los rayos del tibios sol de mayo.
La gente, aterrorizada por el continuo bramar de los cañones, permanecía oculta en los refugios. Sólo cuando la intensidad del bombardeo parecía remitir, regresaban a sus casas con el temor de encontrarlas destruidas. Los más desesperados, temerarios a la fuerza, salían en busca de comida o agua, o simplemente a respirar el aire saturado de polvo, ceniza, el acre olor de la devastación. Entonces, respondiendo a una señal invisible, una llamada silenciosa, los cañones redoblaban su furia sorprendiendo a los que no había logrado resguardarse a tiempo.
Desde el primer momentos los sitiadores se empeñaron en demostrar que no existían lugares seguros: hospitales, colegios, mercados o refugios, cualquier posible concentración de civiles estaba marcada en el mapa del terror colectivo, las modernas armas de destrucción a distancia sometidas a las normas inmutables del asedio clásico. Así, los ciudadanos morían en las calles, levantando barricadas anti-tanque, sofocando incendios, haciendo la compra o en el autobús; pero también sentados en sus casas, en el baño, durmiendo, haciendo el amor…
A la destrucción sistemática causada por las bombas se sumó pronto un nuevo motivo de alarma: desde las colinas que dominaban el valle y las altas torres del centro, francotiradores emboscados, armados con fusiles de largo alcance y potentes miras telescópicas, seleccionaban fácilmente a sus víctimas, introduciendo un elemento aleatorio, estresante, desmoralizador, que aumentaba la sensación de vulnerabilidad, convirtiendo cualquier salida, la más fugaz exposición al exterior, en una cuestión de suerte. Ases del tiro olímpico, fanáticos religiosos, adolescentes alucinados o civiles frustrados en busca de venganza, los tiradores, invisibles en sus posiciones elevadas, se aplicaban con fervor y eficiencia a la caza del hombre. Al caer la noche, los visores nocturnos y las cámaras térmicas prolongaban y hacían más excitante el trabajo.
Con las últimas lluvias de la primavera, las calles aparecían desiertas. Los escasos vehículos que circulaban al amparo del azar y la neblina - coches convertidos en improvisadas ambulancia, camiones de bomberos, autobuses con pasajeros invisibles tras los chasis ametrallados – lo hacían a toda velocidad, sorteando montañas de escombros, árboles tronchados, barricadas, zigzagueando peligrosamente para tratar de despistar a los artilleros y francotiradores. Sólo algunos lo conseguían.
Transcurrido apenas un mes desde la declaración de independencia, los actos festivos que iniciaban una nueva época, un futuro llena de esperanza, más de cuatrocientas mil personas se veían obligadas a elegir entre permanecer hacinadas en refugios húmedos, malolientes, plagados de ratas y parásitos, o emprender un viaje incierto hasta el hospital o el cementerio. Eran muchos los que criticaban en privado el irredentismo oficial, las llamadas a la resistencia, la confianza suicida en las propias fuerzas o la inminente ayuda exterior. “¡No pueden matarnos a todos! ¿Por qué no entregar la ciudad y negociar un acuerdo? Tarde o temprano entrarán…” La consigna del Gobierno era clara: resistir. Con el reconocimiento internacional, emisarios en la Conferencia de Paz y decenas de corresponsales transmitiendo en directo el asedio a una ciudad indefensa, ejemplo de convivencia étnica, cada nuevo día suponía una victoria moral ante la opinión pública mundial, los indecisos líderes occidentales. A la prioridad militar se unía la urgente reorganización de las instituciones, garantizar el funcionamiento de los servicios básicos, mantener la ilusión de normalidad en aquellos momentos críticos. Quienes no acudieran a su puesto de trabajo serían despedidos y reemplazados. Así, médicos, ingenieros, funcionarios, conductores de autobús o tranvía, enfermeras y periodistas, debían retar a la muerte cada mañana, sortear los disparos y presentarse en su trabajo. En Sarajevo se jugaba el futuro de Bosnia: si la capital caía, la joven República se derrumbaría con ella.

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