- El primer día fue el peor. Me llevaron en un coche hasta el edificio de la Presidencia. Estaba tan asustado que no me atreví a preguntar nada. Creo que ellos disfrutaban… Cuando llegamos, el conductor bajó la ventanilla y gritó a los milicianos: “¡Dadle un fusil a éste y decidle hacia dónde tiene que disparar!”. Salí del coche convencido de que todo aquello era una pesadilla. Un tipo con mono de obrero me dio un Mauser y un puñado de balas grasientas y señaló un bloque de apartamentos: “¡Dispara a las ventanas del cuarto piso, se han escondido allí!”. Así que me tumbé detrás de un árbol y en menos de cinco minutos había gastado toda la munición sin ver un solo chetnik.
Mirsad reía con ganas. Se habían encontrado casualmente mientras corrían a protegerse de un ataque con morteros en la Bascarsija. Llevaba varios días sin dormir, aguantando a base de anfetaminas y aguardiente.
- Me sentía como un bolchevique, uno de esos campesinos de la guerra de España – seguía contando Marko – Me quedé allí quieto, no sé cuánto tiempo, sin saber qué hacer. Se olvidaron de mí hasta que empezó a anochecer. Entonces me llevaron a un cuartel, me dieron un plato de sopa y cinco balas más.
- Es una guerra de locos… -Se lamentaba Mirsad. El cigarrillo se consumía lentamente en su mano manchada de pólvora – No creo que podamos resistir mucho tiempo. Ellos tienen los tanques, los cañones, aviación… Los nuestros no saben a quién tienen que disparar. Hace un par de días dos cazas pasaron sobre nosotros. Los muchachos les dispararon con sus fusiles, bromeando, gastando balas – Marko asentía sonriendo: había oído contar aquella historias decenas de veces – Si consiguen atravesar el río no duraremos ni una semana, y entonces…
Se volvió hacia la calle. Un hombre corría con el cuerpo doblado, haciendo crujir los cristales que alfombraban el suelo. Se detuvo un instante a tomar aire, sonrió resignado y siguió su camino.
- ¡Están por todas partes! – exclamó Marko recogiendo una aguja de cristal – Son más peligrosas que las balas…
Antes deseaba que todo terminase rápidamente. Sería fácil ocultarse hasta que llegasen los vencedores. Entonces, pensaba, sólo tendría que inventar una historia convincente, eliminar las delatoras manchas de pólvora en las manos, apelar a su origen serbio, el nombre de su padre, mostrarse agradecido, liberado… Ahora, tras haber sobrevivido a la primera semana de combates, ya no estaba seguro de nada.
- Dime, ¿has matado a alguno? – Mirsad fumaba compulsivamente, aspirando el humo con fuerza, la espalda recostada contra la pared del portal en penumbra.
Marko se sobresaltó ante el tono de su voz, casual, neutro, la terrible intrascendencia que había en sus palabras.
- Un día, en Ilidza, localicé a uno de ellos, en la tercera planta del hotel. Disparé sin tiempo para apuntarle bien, pero creo que le di. Sabes, a veces me asusta la facilidad con que me he acostumbrado a esto – se detuvo sorprendido por la simplicidad con que había planteado una cuestión que trataba de mantener oculta, incluso para sí mismo.
- ¿Qué quieres decir? - Mirsad observaba preocupado los agujeros que la metralla había abierto en las paredes: aquel lugar no era seguro.
- Creí que no iba a poder soportarlo – confesó – Los tiroteos, ya sabes, pensar que hay alguien apuntándote al otro lado, salir corriendo o volverte loco…
- Cuando te llega el momento da igual donde te escondas. Si es tu día, lo mejor es que llegue sin avisar. Lo único que me preocupa es que no acaben el trabajo a la primera, perder una pierna, o un brazo – sonrió mostrando sus dientes amarillos de nicotina - ¡Prefiero un tiro limpio en la cabeza!
- No tenemos elección, ¿verdad?
De nuevo sintió la necesidad de reafirmar lo inevitable, el origen de aquella extraña fuerza que se había apoderado de él durante los últimos combates. La idea de que un enemigo implacable había irrumpido en su vida destruyendo todo lo que amaba comenzaba a arraigar en su interior. Al principio no era más que un ejercicio consciente, una justificación recurrente a cada disparo. Lentamente, la excusa iba adquiriendo un rostro concreto, una presencia tangible, amenazante: el francotirador que disparaba desde la azotea, el artillero que cargaba los cañones, hombres llegados de lejos, atraídos por el olor de la sangre, eran individuos dominados por la voluntad de matar, la maldad absoluta. Si él dudaba, ellos no lo harían…
- Había un muchacho en mi unidad, Bojan… Le dieron en la rodilla con una bala explosiva. Jugaba al fútbol, era bueno, iba a fichar por un equipo alemán. Cuando vio que le habían amputado la pierna se pegó un tiro. ¿Lo harías por mí? - Mirsad le miraba con los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas – Pegarme un tiro si me quedo paralítico…
- No lo sé. Supongo que trataría de convencerte… No, no creo que pudiera hacerlo. Te daría una pistola, pero sólo cuando estuviera convencido de que no querías seguir viviendo.
- Eso mismo dijo Fátima. ¿Y si no tuviera brazos, como el de aquella película?
- “Johnny cogió su fusil”. Veo que has pensado en todo – dijo riendo – ¿Así que has vuelto a verla?
- Ya sabes, el descanso del guerrero – evitaba su mirada con fingida timidez, un gesto reconfortante, de los viejos tiempos. Después explotó a reír.
- Creí que era de las tradicionales, que ella no… - provocó, evocando su primera conversación, tan lejana.
Una mujer apareció en el recodo de la escalera. La penumbra dejaba entrever un rostro afilado, la nariz aguileña asomando curiosa.
- ¿Se ha acabado ya?
- Hace tiempo que no tiran, pero yo no saldría todavía.
Les lanzó una mirada cargada de rencor antes de desaparecer, murmurando en voz baja. Un niño lloraba en algún lugar del edificio.
- Será mejor que volvamos, te llevarás una buena bronca.
- ¿Qué te parece si me uno a tu grupo? ¿Podrías arreglarlo? - propuso Marko - Así nos veríamos más a menudo.
- No, no creo que te gustase interrogar prisioneros, detener sospechosos. Ya sabes, nosotros hacemos el trabajo sucio.
- Tienes razón. De todos modos no notarán mi ausencia – lo pensó mejor. Se levantó y estudió la calle desierta – Puede que mis cinco balas decidan la batalla…
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