La veleta dijo Sur

sábado, 28 de enero de 2012

EL HORROR 13

Llevaba tres días sin dormir y estaba a punto de derrumbarse. Durante las últimas semanas su vida se había convertido en una pesadilla cotidiana, una prueba constante para sus nervios, el cerebro dispuesto a dar el gran salto hacia la locura. En el cruce, frente a él, un hombre se arrastraba junto a un coche en llamas mientras las piernas, seccionadas por encima de las rodillas, ardían en el interior. Un mortero le había alcanzado cuando intentaba cruzar la glorieta de Marindvor, una zona abierta, batida continuamente por la artillería. Los milicianos contemplaban la escena en silencio, impotentes: sabían que los francotiradores acechaban, esperando a que alguien se decidiera a acudir en su ayuda… Una extraña sensación de alivio le envolvió cuando un tirador impaciente puso fin a su agonía atravesándole el cuello con un disparo certero. Algunos no lo soportaron. Haris Redzovic aullaba como un lobo mientras sostenía en sus brazos el cuerpo de la niña que había logrado rescatar de entre los restos del coche. Tenía el vientre destrozado por la metralla, las vísceras colgando de la cadera, asomando bajo el vestido rasgado por el acero. Cuando consiguieron arrebatarle el cadáver se quedó sentado, la mirada perdida, incapaz de asimilar el horror que enrojecía sus manos. Un día más, entre endurecerse o volverse loco, Marko eligió el camino más largo.
Agrupados en torno a la Presidencia, los milicianos permanecían en continua alerta. Derrotados por el cansancio, la actividad febril de los últimos días, dormitaban con el fusil apretado contra el pecho; otros, demasiado nerviosos, concentraban su mirada en un punto distante, lugares que ya no existían, mientras por su mente enferma vagaban imágenes erráticas, caos, muerte y destrucción entrelazándose en un torbellino vertiginoso. Cuando llegaban nuevas órdenes volvían a ponerse en marcha, caminando como sonámbulos hasta los coches requisados.
Aquel día en Grvabica un tipo enorme con uniforme de las Fuerzas Especiales organizaba la defensa del sector bajo la colina de Vraca, cerca del cementerio judío. El oficial gesticulaba como un guardia de tráfico en pleno atasco, ignorando las balas que pasaban a un metro de su cabeza. Los recién llegados, novatos reclutados en su mayoría, le observaban con temor reverente, agazapados en una zanja excavada a pico en mitad de la calle.
- ¡Vosotros dos, disparad desde esa casa! Hay gente nuestra allí, así que avisad antes de entrar…
Marko y Dusan, un miliciano al que la guerra había sorprendido pocos días antes de su boda, se dirigieron a un edificio de tres plantas que mostraba las huellas de un incendio reciente. Corrían con el cuerpo doblado, el sudor resbalando por su frente, la espalda empapada bajo la mochila. Al llegar a al entrada se detuvieron indecisos. Una ametralladora disparaba sin descanso desde el interior. Intentó hacerse oír sobre el sonido metálico de las vainas al golpear el suelo:
- ¡Eh, los de dentro, vamos a entrar!  - gritó. La ametralladora dejó de disparar dejando en el aire el eco de la última ráfaga.
- ¡Contraseña! – contestó una voz nerviosa.
- ¡No la sabemos, pero somos de los vuestros! – intervino Dusan.
- ¡Está bien, entrad!
Avanzaron a tientas por el oscuro pasillo, guiándose por el ruido del cambio de cinta. En lo que antes había sido un amplio salón, dos soldados reglares se turnaban disparando a través de un boquete abierto por un impacto directo sobre la fachada.
- ¿Sois tiradores? – preguntó una voz a su espalda. Una figura surgió entre las sombras, la pistola brillando amenazadora en su mano.
- Un oficial nos envió aquí. Tenemos fusiles con mira y granadas…
- ¡Eso ya lo veo! – Marko se sentía como un novato estúpido ante aquella presencia que irradiaba seguridad. El hombre se adelantó mostrando un rostro anguloso de penetrantes ojos negros. En su mejilla brillaba una cicatriz reciente cosida por una mano inexperta. Pensó si se la habría cosido él mismo – Subid al tercer piso, colocad el alza a cuatrocientos y buscad a sus tiradores en los edificios del la derecha. Esto os ayudará a manteneros despiertos… - en su manos había dos pastillas blancas. Las tragaron sin hacer preguntas.
Subieron con precaución, evitando exponerse a las ventanas del lado sur. Sabían que un francotirador experto podía hacer blanco si les descubría a través de cualquier orificio abierto en la pared. A llegar al tercer piso se arrastraron entre restos de comida y cajas de munición; el lugar ya había sido utilizado como puesto de tiro, lo que aumentaba peligrosamente las posibilidades de ser localizados por la artillería, que se dedicaba a barrer sistemáticamente los edificios ocupados por los milicianos. Se instalaron frente a dos ventanas separadas por una pared carcomida de metralla que se mantenía en pie milagrosamente. En el suelo, junto a una gran mancha de sangre seca, se veían algunas postales de la costa dálmata con los bordes chamuscados. Se situó a dos metros de la ventana, en la zona de sombra, según le habían recomendado los tiradores más veteranos. Apoyó el Dragunov en el respaldo de una silla y trató de ponerse cómodo. Sintió la tentación de dormir unos minutos, pero el recuerdo del hombre de la cicatriz le hizo desistir de su idea. Ajustó el alza y se concentró en el visor reconociendo lentamente su sector: los edificios de Nuevo Sarajevo, las grandes torres recortándose contra el fondo verde de las colinas lejanas, abriendo con asombro sus ventanas destripadas al sol de mediodía. Innumerables agujeros abiertos por las balas y la metralla corroían las fachadas, como si una legión de voraces insectos hubiese decidido alimentarse de cemento y hormigón. Se preguntó si seguiría viviendo gente allí. Era imposible. Por su situación estratégica, a escasos metros del río, se había convertido en el centro de los combates por el control de la ciudad. Los habitantes de aquella zona debían haber huido hacía tiempo. Sin embargo… La idea de matar civiles inocentes le había atormentado desde el primer día. Incluso en aquella guerra donde el caos y la locura parecían apoderarse de las conciencias debía existir un límite moral, una frontera entre la necesidad de combatir y el placer del exterminio. Trato de concentrarse en su misión, aunque su mente vagaba errática, saturada por los dilemas que se le planteaban a cada instante. “Abajo en las calles es más fácil – pensaba – Detrás delas barricadas están los chetniks, los soldados federales con sus uniformes, sus blindados, no es posible el error…” Entonces le vio. El uniforme de camuflaje azul y gris se destacaba claramente: podía ver el emblema de su unidad cosido en la manga, el águila de dos cabezas. Tenía el fusil apoyado en la pared mientras miraba a través de los prismáticos. Quizá se trataba de un observador avanzado, aunque no había equipo de radio a la vista. Apretó la culata en el hombro y relajó los músculos repartiendo el peso del arma sobre el asiento de la silla. Evitó mirar su rostro al presionar suavemente el disparador, la respiración contenida, el corazón golpeándole el pecho. Expulsó lentamente el aire por la nariz, la mira centrada en la cabeza. El disparo le sorprendió cuando empezaba a cerrar los ojos. No veía el cuerpo, pero estaba seguro, le había alcanzado. Dusan dijo algo desde el otro lado.
- Me he cargado a uno – respondió maquinalmente.
No podía apartar la mirada de la ventana; sentía completamente vacío, liberado de cualquier emoción. “Ahora ya puedo morir” – pensó.

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