Con la llegada del nuevo año una corriente de inquietud y pesimismo, aventada por el duro invierno, parecía extenderse silenciosa sobre la ciudad. Las declaraciones tranquilizadoras de los dirigentes bosnios que, abrumados por la violencia política de sus oponentes, trataban de detener el éxodo masivo de la población, la llegada de refugiados desde las zonas rurales, los actos multitudinarios a favor de la paz, reclamando el fin de la guerra en Croacia, el regreso de los reservistas, apenas conseguían disipar la tensión contenida que se respiraba en las calles. Desde los lugares más remotos llegaban rumores sobre movimientos de tropas, actos de sabotaje contra instalaciones del Ejército Federal, asaltos a depósitos de armas, asesinatos, secuestros… En este ambiente de psicosis generalizada los soldados acuartelados en la capital eran observados con suspicacia – especialmente tras la renuncia formal del gobierno bosnio a crear un ejército propio, lo que se veía como una arriesgada concesión a los radicales – mientras los ciudadanos se convertían en sospechosos militantes para los asustados reclutas.
El anuncio de la convocatoria de un referéndum sobre la independencia, fijado para el primero de marzo, no hizo sino aumentar el pánico de quienes veían en la actual situación los mismos precedentes que habían llevado a la frustrada invasión de Eslovenia y el enfrentamiento abierto en Croacia. Para la mayoría, era el momento de tomar partido, elegir entre el futuro incierto que traería la secesión, la creación de un estado independiente, federado en términos de amistad y cooperación con el resto de repúblicas – la descomposición natural de Yugoslavia inscrita en los cambios políticos de la Europa post-comunista, o la permanencia en una Yugoslavia dominada por Serbia, la sumisión a un poder que había demostrado sobradamente su determinación belicista, bajo supuestos porcentajes, mayorías, referencias a la supremacía étnica que recordaban los tiempos más oscuros de la Historia.
Marko, abrumado ante la vehemencia y la agresividad con que ambas partes defendían sus argumentos, había decidido abstenerse en lo posible de los acontecimientos, evitando participar de la euforia nacionalista adoptada por muchos de sus amigos. Partidario convencido de una salida negociada, la misma complejidad del conflicto le impedía materializar sus propuestas, convertir las buenas intenciones, la defensa de la convivencia pacífica, el rechazo absoluto a secundar con las armas cualquier postura, mayoritaria o no, en soluciones concretas, aplicables más allá de su planteamiento general. Como muchos otros, se sentía ciudadano antes que serbio; creía sinceramente en un estado plural, sin exclusiones ni prejuicios, una sociedad capaz de olvidar los horrores del pasado, la legendaria condición de frontera de la civilización que algunos se empeñaban en otorgar a los Balcanes, e integrarse en el proyecto de la nueva Europa.
Sin embargo, cuando exponía sus ideas en público, terminaba por sentirse frustrado, impotente ante las críticas de los estudiantes más radicales, que le acusaban de favorecer las pretensiones panserbias con su pacifismo extremo, su idealismo tachado de estéril, infantil.
- ¡No se pueden detener tanques con palabras! – le había gritado un estudiante islámico, el mismo que, según supo después, había empapelado las paredes del aula con una famosa fotografía: la multitud encaramada a un tanque soviético en la Hungría del 56.
Incluso los editores de las revistas con las que colaboraba se negaban ahora a publicar sus artículos, alegando una nueva línea editorial para adaptarse a los nuevos tiempos.
- ¡Bregovic, la cultura oficial ha muerto! – clamaba un editor recién llegado del exilio americano - Las glorias de la Literatura Nacional ya no interesan a nadie, suena reaccionario, polvo comunista… Investigue, busque textos antiguos que hablen de proyectos federales, cantonalismo, regiones autónomas… ¡Nacionalismo, eso es lo que el público de toda Europa quiere leer!
Desmoralizado, trataba de justificar su actitud a cada momento, sintiéndose irritantemente sospechoso cada vez que se reunía con Mirsad y sus amigos, fervientes partidarios de la secesión.
- ¡Ha llegado nuestra hora! –anunciaba Ramiz, un militante del SDA que había pasado varios años en la cárcel por sus actividades subversivas - ¡Turcos, austriacos, serbios, alemanes, comunistas! ¡Ahora los líderes bosnios gobernarán a los bosnios y a quienes quieran convivir con ellos!
¿Qué tierra era aquella? Bosnia era un laberinto de fronteras históricas, regiones étnicamente uniformes, productos de quince siglos de invasiones, migraciones y repoblaciones forzosas, salpicadas de cantones, valles y aldeas habitadas por familias mixtas, ciudades donde la pluralidad y la convivencia sólo resultaban pintorescas a los académicos y estudiosos de la Historia balcánica, viajeros con la mochila cargada de prejuicios que buscaban, sin éxito, avivar los rescoldos de incendios sofocados por más de cuatro décadas de titismo.
- Sin un dictador como Tito, ¿quién va a gobernar un país con dos alfabetos, tres religiones, cuatro lenguas y seis Repúblicas con sus respectivas minorías? – se preguntaba cínicamente un profesor de visita en la ciudad.
Ramiz y sus seguidores parecían tener claras las bases geográficas y étnicas del futuro estado: la actual República de Bosnia, sus fronteras históricas, los habitantes que no decidieran marcharse libremente antes del referéndum. Pero, ¿qué ocurriría con los bosnios partidarios de la Federación Yugoslava, los serbios y croatas contrarios a formar parte de una entidad separada de sus hermanos? En Croacia, los serbios se habían levantado en los enclaves donde constituían la mayoría formando entidades independientes, defendiendo con las armas – y el apoyo encubierto del Ejército Federal – lo que consideraban su tierra. ¿Por qué iban a actuar de otro modo después del referéndum? Sus propios líderes llevaban meses contestando, en forma de ultimátum y amenazas.
Mirsad se mostraba comprensivo. A menudo, cuando la conversación subía de tono y veía a su amigo acorralada entre rostros coléricos, vociferantes, zanjaba la cuestión con su humor condescendiente:
- Tu padre era serbio, tu madre croata… Los médicos de Tito debieron manipular tus genes para crear el yugoslavo perfecto, sin una gota de sangre nacionalista en tus venas, simplemente un tipo que habita en las tierras del sur. Sólo tenemos que buscar una mujer que piense igual que tú, y esperar unas cuantas generaciones…

Mapa razonablemente veraz de las mayorías étnicas en Yugoslavia antes de la guerra.
ResponderEliminar