La veleta dijo Sur

sábado, 19 de noviembre de 2011

AQUELLA VIEJA PELÍCULA


Nos ordenaron desbrozar todo el perímetro de la base para facilitar el trabajo a los zapadores. Armados de picos y palas, nos encaminamos de mala gana y peor humor a limpiar la zona marcada con estacas, donde colocarían la doble línea de alambrada, de hierba seca, matorrales y escombros. Un joven sargento dirigía las operaciones. Trepó hasta un montículo desde donde dominaba toda la hilera, acomodó los pulgares sobre el ceñidor, y se colocó las "ray ban" de espejo con gesto casual. Apenas comenzó a resonar el metal sobre la tierra dura, pedregosa, una voz surgió del grupo a mi derecha:
- ¿Podemos quitarnos la guerrera, jefe?
¡Jefe! - pensé - ¡No ha dicho mi sargento, sino jefe! De inmediato acudió a mi mente la imagen: una vieja película, Paul Newman recluido en un penal de la América profunda, tipos rudos, rateros y delincuentes de poca monta limpiando de maleza las cunetas de una carretera bajo el sol...
- ¡Podéis quitaros la guerrera! - bramó el sargento incomodado. No era mal tipo, y todos sabíamos que no le gustaba vernos hacer el trabajo sucio.
Nos despojamos de las chaquetas y seguimos cavando, arrancando las raíces a golpe de pico entre la tierra reseca.
Entonces se me ocurrió:
- ¿Puedo beber, jefe? - grité tras secarme el sudor de la frente.
Comenzó con una risa nerviosa, seguramente del tipo a mi derecha. La carcajada creció y se extendió por la línea. Rostros sudorosos, pálidos entre el polvo, congestionados, una masa de verde oliva y pantalones de camuflaje doblada de risa, liberada por un instante. El sargento sostuvo mi mirada calculando sus posibilidades. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero decidió seguir el juego.
- ¡Puedes beber!
Bebí un largo trago de la cantimplora, y la pasé a los "convictos" más cercanos. Descubrí algunas sonrisas cómplices, confusas, asintiendo entre la nube de polvo, un par de miradas diciendo: sí, aquella película...
Trabajamos hasta la hora de comer, y después, hasta la puesta de sol. Hicimos un buen trabajo.
Por la noche, en la cantina, tomamos una cerveza con el joven sargento: alguien se lo había contado. Prometió pedirle al comandante de la base que nos enviasen aquella vieja película. Nunca nos llegó.

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