Al terminar las clases Marko Bregovic solía compartir café y conversación con sus alumnos en un pequeño local de la Bascarsija. Alguna noches se sumaban a la tertulia otros profesores, estudiantes inquietos vestidos a lo occidental – prueba irrefutable de su talante liberal – agitadores políticos, espectadores silenciosos entre los que no faltaban policías de incógnito a la caza de desertores o simples curiosos ávidos de noticas. Lo angosto del local, el ambiente cargado de humo y miradas expectantes, la excitación de lo clandestino, facilitaban que el inicial intercambio de saludos y comentarios triviales fluyese naturalmente hacia el recurrente tema de la guerra en Croacia y la difícil situación política de la región, noticias y rumores enriquecidos con cada nueva intervención. Ya de madrugada, haciendo coincidir la entrada del propietario del local – un mafioso con reconocida fama de delator – con el pago de las escasas consumiciones, las posturas inamovibles y la absoluta convicción se iban debilitando, dejando espacio para un posterior debate.
Aquella tarde el local estaba poco concurrido. Marko conversaba en la barra con Emir, un camarero de melena cuidadosamente enmarañada que siempre parecía dispuesto a abandonar la ciudad y probar fortuna en países exóticos, Australia, Canadá, Chile, los paraísos en los que habían depositados su esperanzas miles de jóvenes post-comunistas frustrados por la crisis económica, la corrupción generalizada, las tensiones nacionalistas que habían traído la guerra, el reclutamiento obligatorio. Cada vez que coincidían en el café parecía inventar una nueva excusa, un impedimento insólito, en ocasiones misterioso, que le obligaba a mantenerse en su puesto. Marko le seguía el juego mostrándose comprensivo, incitándole con rebuscadas soluciones que estimulaban el ingenio de su oponente.
- Estoy seguro, es por una mujer – Emir enarcaba las cejas simulando sentirse ofendido – No importa, terminaré averiguándolo… Ahora dime, ¿es de confianza ése amigo tuyo?
- Es casi de la familia, os llevaréis bien.
Unos días antes, pese a su declarada neutralidad en cuestiones políticas, al menos en público, había recibido una nota anónima en la que se le invitaba a abandonar su piso, un apartamento alquilado en un viejo edificio cercano a la universidad, habitado mayoritariamente por croatas. El administrador, un anciano taciturno que tenía por costumbre no contestar a sus saludos, había perdido recientemente a uno de sus hijos en el sitio de Vukovar. Atemorizado por los rumores que circulaban por la ciudad, decidió no denunciar el hecho a la policía y buscar un apartamento para compartir. Emir se ofreció a ayudarle, poniéndole en contacto con Mirsad, un amigo de la infancia.
- Conozco a una pareja que va a dejar su piso en Mariscal Tito – decía Mirsad, tras las presentaciones – El pobre muchacho lleva seis meses escondiéndose de la policía, por el reclutamiento. Ahora ha reunido algo de dinero entre la familia, los amigos… Los padres de ella no saben nada, pero ya tienen los pasajes para Alemania.
A Marko le resultó simpático aquel tipo desgarbado, de mirada franca, que lucía con aire desenvuelto su uniforme de mecánico con restos de grasa. Trabajaba como jefe de taller en la central de tranvías, pero su sueño era emigrar a Italia y entrar en la escudería Ferrari.
- ¡Esos tíos ganan mucha pasta, y encima viajan gratis por todo el mundo! – decía imitando los gestos de un mafioso de película.
- ¡Creí que presumías de marxista, y nacionalista bosnio! – objetó Emir con exagerada ingenuidad.
- Eran otros tiempos, – contestó algo picado – pero ya que superé la enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo…
Todos rieron la broma, Marko conteniendo la réplica ante la cita fuera de contexto, absurda.
- Y tú, ¿en qué trabajas?
- Soy profesor adjunto en la universidad…
Emir emitió un prolongado silbido; un brillo socarrón iluminó sus ojos al sonreír. Emir respondió a su mirada encogiéndose de hombros.
- Además hago traducciones para revistas extranjeras, francesas, alemanas… Pero me temo que la literatura yugoslava no interesa demasiado hoy en día.
- Sí, hablas como un profesor. ¿Tienes novia?
- Tenía, pero se marchó a estudiar a París.
- Yo tengo algo parecido a una novia, pero no molesta, – aclaró – es de las tradicionales.
- Creo que hacéis buena pareja – terció Emir – Un profesor y un obrero viviendo juntos… ¡Si papá Tito levantara la cabeza se echaría a llorar de la emoción!
Durante el resto de la tarde Marko escuchó complacido la inagotable conversación de su compañero, recreándose en la vehemencia con que exponía las ideas más extravagantes, una curiosa mezcla de candidez e ironía en la que intuía un contrapunto ideal para su carácter.
- Los libros están bien para vosotros los burgueses pero, ¿qué puede aprender un obrero de la vida de un noble ruso? Yo tengo suficiente con Haris Vijak.
- ¿Quién es?
-¿No lo conoces? Escribe los mejores manuales de mecánica aplicada…
Quizá fuera aquello lo que necesitaba para alejar los oscuros pensamientos que poblaban su mente, el ambiente de violencia latente que se respiraba en los pasillos de la facultad, el vacío dejado por Nadja. Se sentía eufórico, predispuesto a la sorpresa, la novedad que supondría convivir con un desconocido.
Poco antes de la ocho Emir conectó la radio: en el frente croata proseguían los combates en los suburbios de Osijek, el bloqueo de la carretera Zagreb- Belgrado, la antigua Autopista de la Amistad, apostillaba el irónico locutor; la expulsión de miles de civiles de la Krajina croata y Eslavonia oriental. Mientras Dubrovnik soportaba nuevos bombardeos, la ONU ultimaba los preparativos para el despliegue de tropas en las regiones disputadas. En Sarajevo se esperaba otra noche gélida, viento del oeste…
- ¿Crees que habrá guerra, aquí en Bosnia?
- ¡No, Europa no lo permitiría, sería demasiado peligroso! Creo que no tardarán en llegar a algún tipo de acuerdo con los serbios. Las sanciones económicas…
- ¡Ya, las sanciones! – cortó Mirsad – No te hagas ilusiones. Están tan sedientos de sangre que no se conformarán con aplastar a los croatas. ¡Antes de lo que imaginas tendremos la guerra en casa!
- Espero que te equivoques…
Se sentía irritado, incómodo antes aquella peligrosa idea. De repente, todas las soluciones planteadas en los debates universitarios, las llamadas a la razón, la unidad, las referencias al polvorín bosnio que llenaban las páginas de los periódicos independientes, parecían ceder, derrumbarse ante la convicción con la que Mirsad, un ciudadano corriente, permeable a la propaganda de los medios oficiales, el lenguaje apocalíptico, amenazador de los políticos más radicales, invocaba lo inevitable de la guerra. Alarmado, me preguntaba si otros, convencidos ya de la inutilidad de las palabras, hastiados de declaraciones vacías, se preparaban en secreto para un enfrentamiento inminente.
- Creo que tiene razón – sentenció Emir – Será mejor tomar la última ronda antes de que lleguen los malos tiempos…

IMAGEN: la Bascarsija, el antiguo barrio turco de Sarajevo.
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