sábado, 19 de noviembre de 2011
EL PRIMER AMOR
Le había pedido, en una de nuestras primeras conversaciones, que no me contara nada sobre su pasada y turbulenta vida sentimental. Cuando comenzó el relato de su primer amor no encontré el modo de detenerla sin descubrir mi impaciencia, así que tuve que escuchar la historia completa. Y me puse de un humor de perros.
- Es cierto que el primer amor nunca se olvida... - proclamó, con un significativo suspiro final - ¿Recuerdas el tuyo?
Debió percibir la sonrisa diabólica que acudió a mis labios, pero no dijo nada, me miró, esperando...
- Yo debía tener nueve años... Íbamos juntos a clase, así que tendría mi misma edad. No recuerdo su nombre. Sus padres eran los propietarios del piso en que vivíamos, justo frente al suyo. Un día, mientras jugaba al fútbol con mis amigos en un descampado... sí, todavía quedaban descampados en Valencia, se acercó resuelta, directamente hacia mí, deteniendo el partido. "¡Ven!", me dijo. La miré extrañado y, antes de darme tiempo a mandarla a la porra, que era donde mandábamos entonces a las chicas, añadió: "¡Si no me obedeces, le diré a mi padre que os eche de casa!". Obedecí. La seguí hasta una montaña de piedras que lindaba con el descampado y me senté a su lado, ocultos a las miradas y las crueles bromas de mis antiguos camaradas. "Ahora somos novios, y me tienes que besar". Mientras mi sistema endocrino elegía entre el desmayo o la huida, ella sujetó mi mano, acercó sus labios a los míos, apretando con fuerza, y los mantuvo allí, en una interminable sucesión de chasquidos, chuiks, sin que las lenguas asomaran en ningún momento, aguantando la respiración al límite de la asfixia... No me creerás, pero todavía recuerdo el sabor de aquellos labios. ¡Sabían a chufas! Si, el barrio limitaba con los que, entonces, nos parecían enormes campos de chufas. Desde aquel día, fui esclavo de sus caprichos. Acudía a buscarme mientras jugábamos en la calle, al salir del colegio, venía a casa a buscarme... Vivía aterrorizado por la responsabilidad que había recaído sobre mí: si no la complacía, si osaba oponerme a los deseos de su extraña mente infantil, acabaría viviendo en la calle, quizá debajo de un puente, como en los tebeos, junto con toda mi familia. Y, créeme, la creía capaz de cumplir sus amenazas. Un día, quizá estimulado por las burlas y amenazas de expulsión de la aguerrida tribu a la que orgullosamente pertenecía, decidí romper las cadenas. Me negué a acompañarla, al borde de las lágrimas, en mitad de un partido... Ella me miró, sonrío enigmática, terrible, y se marchó. Minutos después, mientras descansaba sentado en el escalón del portal, ocultando con saliva las heridas futbolísticas, abiertas en el combate sobre la dura tierra, algo pasó silbando junto a mi cabeza. La piedra rebotó sobre el suelo, de buen tamaño, afilada, elegida a conciencia. Alcé la cabeza y descubrí su coleta ondeando entre los coches aparcados. Me levanté, dispuesto a seguirla, mi mirada encontró el coche de su padre, agarré la piedra y, furioso, tracé una siniestra y chirriante diagonal sobre la pintura del capó... En fin, la cosa terminó con discusiones de mayores, un arreglo en el taller, un castigo de dos semanas que se fue diluyendo, y la noticia, el alivio inmenso, esa misma noche, de que nos mudábamos a un piso nuevo, en la otra punta de la ciudad...
- ¡Vaya historia! - exclamó desconcertada - Pero... yo te preguntaba por tu primer amor.
- ¡Ése fue mi primer amor! Y, sabes, creo que desde entonces mi vida sentimental no ha mejorado mucho...
Al día siguiente me mudé a otra ciudad. Poco después me regalaron un perro sin patas, y lo llamé Espartaco.
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