La veleta dijo Sur

viernes, 25 de noviembre de 2011

VI

Un amigo estoico me invitó a tomar café en su casa. Mientras volvía de la cocina descubrí una extraña criatura que me miraba fijamente desde un extremo del salón.
- Es un perro, pero no tiene patas - me tranquilizó.
- ¿Y cómo se llama? - pregunté, empatizando con la pobre bestia...
- Para que lo voy a llamar, si no va a venir.
Asentí algo confuso y me quemé los labios con el café hirviendo.
Me enterneció tanto el pobre chucho que, días después, tras conversar con un amigo científico, decidí hipotecar mi vida y colocarle cuatro peludas, casi reales, patitas protésicas. El estoico me lo regaló con gran placer, ya que la compasión alteraba su búsqueda de la virtud. Ahora acude meneando alegremente la cola cada vez que lo llamo, haciendo resonar sus zarpitas canoplásticas contra el empedrado, bajo el puente. Nunca he sido tan feliz.

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