Tras una época turbulenta, de amoríos imposibles y proyectos frustrados, decidí alquilar una casita en las afueras, un lugar tranquilo donde disfrutar de la amarga paz de los solitarios y recuperar cierto equilibrio. Llevé a Sal, el melancólico perro sin patas, conmigo.
Aquella tarde, mientras tomaba una taza de café contemplando desde la ventana el cielo metálico, oscureciéndose tras las ramas del viejo olivo, en el patio, llamaron suavemente a la puerta. Sal hizo resonar alegremente sus patitas canoplásticas, quizá reconociendo a un visitante inesperado, camino de la puerta.
Cuando abrí, un anciano de cuidado aspecto, el blanco cabello coronado por una gorra de punto, se miraba la punta de los zapatos con lo que juzgué excesivo interés.
- ¿Puedo ayudarle? – pregunté solícito.
El anciano permaneció inmóvil, en silencio.
- ¿Desea algo?
Cuando alzó el rostro, lloraba.
- Perdone… - murmuró.
Pese a las lágrimas, sonreía, una mueca en la que había vergüenza, pero también decisión, impaciencia. Descarté la idea de que se hubiera perdido, un fallo de su memoria: aquel hombre deseaba algo, había llamado a mi puerta por algún motivo.
- ¿Conserva el olivo? – preguntó con vehemencia.
- Si, en el patio…
Contuvo el avance de su pie en el escalón, sonriendo ya sin lágrimas.
- Esta era mi casa, mis hijos la vendieron hace unos años…
- Entiendo… ¿Quiere pasar?
Me hice a un lado, bloqueando el paso a Sal, que observaba curioso al extraño visitante.
- Gracias – susurró salvando el escalón con dificultad.
La decoración era escasa, minimalista, habían dicho con sorna en alguna ocasión; muebles viejos, comprados y malvendidos en un centro que empleaba a discapacitados. El hombre, varado en el centro de la sala, lo observaba todo asintiendo, reconociendo, imaginé, el mismo espacio en otras épocas, otra vida, la memoria llenando espacios, redecorando el vestíbulo, el salón, apenas asomándose a la cocina, el dormitorio. Sal le seguía pegado a su pierna renqueante, extrañamente confiado.
- ¿Puedo…? – señaló el dormitorio.
Asentí resignado cediéndole el paso.
- Aquí murió mi padre – anunció.
Nunca me ha interesado el mundo oculto, las historias de fantasmas, ni he sentido curiosidad por saber más de lo que una mente que desea ante todo el equilibrio debe saber. Soy adulto, razonablemente materialista-dialéctico. Pero debo confesar que me asusté…
- Ahí estaba la cama, junto a la pared. En sus últimos días le gustaba contemplar el olivo desde aquí – siguió, ausente, evocando.
Carraspeé, sí, conscientemente. Empezaba a sentirme incómodo.
- ¿Puedo ofrecerle un café?
Pareció despertar de un sueño. Me contempló un instante, volviendo del mundo de las sombras y los muertos. Sonrió, muy cansado, pensé, del largo viaje.
Cambié, con excesivo y justificado celo, el café por una infusión relajante, nos sentamos frente a la ventana, a la vista del viejo olivo, y me contó su historia…
…
- “Alrededor de este olivo, te voy a hacer una casa”… Estas fueron las palabras con que mi padre, por entonces un mozo sin una perra, ni chica, ni gorda, conquistó el corazón de mi madre - comenzó a relatar, más tranquilo, dulcificada ya su sonrisa.
Sal se había echado a sus pies, y ronroneaba escuchando al anciano. Quizá había interpretado, travieso, la metáfora de su nuevo amigo.
- Cumplió su promesa, y construyó la casa. Eso fue a principios de siglo, bueno, ya me entiende, el siglo XX. Para mí el Siglo XXI nunca ha terminado de existir del todo… Estoy divagando – se disculpó adivinando mi sonrisa – Aquí vivieron felices, y aquí murieron los dos, junto a la pared – de nuevo sentí un escalofrío – Pero no tema, murieron felices…
Mientras sorbía ruidosamente la infusión, intuí una noche agitada, espíritus invocados, íncubos, súcubos...
- Aquí nacimos mi hermano y yo, él dos años antes, y crecimos y nos hicimos hombres, como me gusta decir: “a la sombra de un olivo”. Y entonces llegó la guerra… - asentí con un suspiro – Él se fue con los rojos, y yo me quedé. Sí, no tuve valor para sumarme a la Columna Durruti, aunque tenía mucha más conciencia política que él, más base, como se dice ahora… Cuando entraron los nacionales me humillé, alcé el brazo al paso de los moros, sonreí aliviado, como tantos otros, pagué por ocultar mi pasado, me confesé y me tocó un cura bueno, de los pocos que debía haber entonces, y no me delató. Tuve suerte, era tímido, apocado, me asustaba hablar en público, perorar, hacer discursos o mostrar mi entusiasmo en voz alta. Siempre he pensado que fue mi carácter lo que me salvó. Eso, e Isabel…
Cerró los ojos un instante, respirando con dificultad, las arrugas que circundaban sus ojos, la piel tirante, bronceada aún en otoño, trémula, mientras una única lágrima se deslizaba por su mejilla.
- Isabel era la novia de mi hermano. Le lloró, le guardó luto en silencio, soportando los insultos, el odio inhumano que trajo la paz de los cementerios. Conseguí trabajo de marinero, y navegué durante dos años en un buque de pesca. Cuando volví, me casé con ella… - deseé con toda mi alma que no me contara esa parte, y no lo hizo - Y, cuando murieron mis padres, nos vinimos a vivir aquí, alrededor del olivo – consiguió sonreír - y aquí nacieron mis cuatro hijos…
La brisa agitó las ramas más altas, trayendo un sonido de mar encrespado, un breve diálogo con el relato, pensé, el recuerdo del mar de Terranova acudiendo a la llamada…
- Hace tres años mis hijos decidieron venderla. Se habló de un proyecto para construir viviendas, una urbanización, parques, equipamientos, creo que los llaman, pero todo quedó en nada, y la inmobiliaria con la casa.
- ¿Y donde vive usted ahora?
- Me tienen en danza, de una casa a otra – rió con los ojos – Estoy bien. Isabel lo lleva peor, siempre ha sido una mujer de su casa, pero ahora con la diálisis… - reí, suspiré, di gracias a la gerontología: ¡Isabel vivía!
Nos quedamos en silencio, contemplando el viejo olivo, las hojas secas, ahora en calma, recortándose contra un cielo teñido de violeta, nubes palideciendo sobre las montañas.
- Puede volver a visitarme cuando quiera. Si hace bueno, podemos tomar café a la sombra del olivo.
Sal se levantó perezosamente, haciendo tintinear las baldosas con el metal de sus patitas. Intuía la despedida.
- No, se lo agradezco, pero no creo que vuelva. Ha sido muy amable, y muy paciente conmigo. Sí – añadió ante mis protestas – poca gente hubiera hecho lo que usted, abrirle la puerta a un viejo y escuchar su triste historia.
- No me ha parecido triste. Es una hermosa historia.
- Gracias – se levantó penosamente y estrechó mi mano – Gracias de corazón.
- ¿No quiere ver el olivo?
- No, pero le pediré algo… Su casa está triste, y usted también, permita que se lo diga este viejo. Encuentre una buena mujer, y construya algo hermoso alrededor del olivo.
Nos despedimos en la puerta, en mi mano su mano sarmentosa, de viejo olivo, fuerte, tenaz. Le vi alejarse lentamente, sin volver la vista atrás. Sal agitó la cola y ladró una despedida, sin atreverse, cobarde perro sin patas, a descender por el escalón. Tuve un sueño agitado, pero no lo recordé al despertar.

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