A mediados de junio George Bush se negaba a aprobar el envío de tropas a Bosnia y Croacia para tratar de detener la guerra: “No somos la policía del mundo” – argumentaba. Mientras, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas estudiaba la posibilidad de utilizar el aeropuerto de Sarajevo para el envío de ayuda humanitaria a las zonas más castigadas. En la capital se combatía en Ilidza, el cementerio judío, Vraca, las colinas desde donde los francotiradores disparaban indiscriminadamente alcanzado a civiles, periodistas, ambulancias, miembros de la Misión de la ONU… Los edificios ardían en el monte Hum y Nuevo Sarajevo derramando sobre las calles toneladas de escombros, cristales, restos carbonizados que se desprendían de los esqueletos agujereados por la furia destructiva de la artillería. A pocos metros del aeropuerto, en la antigua residencia olímpica de Dobrinja, la gente moría de hambre en los refugios, agotadas ya las provisiones, perros, gatos, ratas, toda clase de plantas arrancadas de los jardines y los parques. En Grbavica, los guerrilleros serbios reclutados en las montañas saqueaban las casas maravillados por los despojos abandonados en la huida, retratándose con pose de conquistador ante sus trofeos: televisores a color, lavadoras, coches importados… Radio Sarajevo informaba del enésimo alto el fuego ofrecido por Karadjic mientras en los hospitales se cavaban fosas para enterrar los cadáveres amontonados en la morgue.
Una mañana soleada Marko y el sargento Dragic visitan a los heridos en el Hospital de Kosevo. Sólo cuatro de los treinta hombres que componían el escuadrón han logrado sobrevivir a la ofensiva. Doce de ellos se dan por desaparecidos. En una gran sala de la planta baja el estudiante Alex Sisic mira desconcertado bajo la sábana que cubre su pierna amputada. Cuando se acercan a saludarle, el soldado esboza una tímida sonrisa.
- No está… - murmura inquieto. Después rompe a llorar tapándose el rostro con las manos.
A su alrededor, cientos de milicianos languidecen en silencio. Sienten el reproche en las miradas, la envidia, el odio reflejado en los ojos febriles. Contemplan abrumados los rostros de cera de los desahuciados, condenados a una muerte lenta y dolorosa. En el fondo de la sala un miliciano de larga barba comienza a gritar, trata de arrancarse los vendajes que cubren su cabeza, el rostro hinchado, horriblemente deformado por la metralla. Dos enfermeros le sujetan con cuerdas a la camilla, pero continúa golpeando la cabeza contra la almohada manchada de sangre. Una débil protesta se eleva entre los heridos con fuerzas para gemir.
- Por las noches – se disculpa la doctora Knecevic – los aullidos despiertan a los demás pacientes, pero no tenemos nada para calmar el dolor.
Apenas hay visitantes. Los parientes y amigos aprovechan las primeras horas de la mañana, cuando la neblina dificulta el fuego de la artillería. Un par de corresponsales intentan sin éxito detener el frenético movimiento de los médicos, siguen a los cirujanos hasta la puerta de los quirófanos, toman notas, consultan las listas de bajas en el pasillo. Reservan las fotografías para la morgue y la sala infantil. Junto a la recepción, el profesor Zojadic yace con el cuerpo rígido, inmovilizado con gruesas correas. Su cabeza está rodeada por un extraño atalaje metálico. Una bala le atravesó el cuello rozándole la artería. Tuvo mala suerte.
- Dentro de una semana saldré de aquí – susurra con dificultad – Volveré a Skenderija con mi familia.
Su rostro, blanco azulado, se contrae en un espasmo nervioso. Él no lo sabe, pero no volverá a levantarse.
Llegan nuevos heridos. Un camillero les pide malhumorado que despejen el pasillo. Dos milicianos sacan del maletero de un coche a un camarada herido. La enorme hemorragia en la pierna va dejando un reguero viscoso. Mal asunto, sangre arterial. Un anciano sube la cuesta con un niño en brazos, la ropa hecha jirones, sangre seca y moscas, el pequeño cuerpo erizado de astillas de cristal. En la entrada respiran con ansia aire fresco y fuman un cigarrillo mientas contemplan el vuelo de las trazadoras que caen sobre el centro.
- ¡Cañones antiaéreos! – exclama Dragic - ¡Disparan antiaéreos contra las casas!
Al reír, Marko siente la tensión en los músculos de la cara, la piel tirante alrededor de los ojos. Una enfermera joven les mira sorprendida.
- ¿Sois los de Trebevic?
- No, ¿por qué lo pregunta?
- Esta mañana recogieron a un soldado… Está tan… Nadie ha podido identificarle. ¡Nunca había visto algo así!
- ¿No llevaba ningún documento, una carta? – sugiere Marko.
La enfermera le mira con los ojos muy abiertos, se lleva la mano a la frente como si evocase una imagen desagradable.
- Tenía el uniforme completamente quemado, pegado a la piel, como un tatuaje – dice antes de alejarse apresuradamente, respondiendo a una llamada inexistente.
- Dicen que fue duro ahí arriba – la voz de Dragic es neutra, desprovista de emoción – Vamos a beber algo, conozco un sitio por aquí.
El local es una vieja bodega subterránea. Todavía huele a leña húmeda y carbón. Lo regenta un tipo vestido con ropa deportiva, gafas de espejo y cabello rapado, que no se inmuta al verles entrar: aplomo de mafioso. Un grupo de soldados bebe en la barra, agotan las horas de permiso emborrachándose a conciencia, olvidando la visita al hospital. Alejados de las bombillas que cuelgan de la única hilera central se sientan los civiles, traficantes, refugiados, dos médicos con las batas todavía manchadas. El humo se mece al ritmo cadencioso de una balada tradicional convertida en canción de moda.
- Van a ascendernos, por lo del búnker… - dispara el sargento en cuanto sirven las bebidas - Alguien lo vio y se lo contó al comandante.
Marko apura su vaso y niega rotundo. Los rumores de los últimos días se confirman.
- ¡Yo no tengo experiencia, no sabría qué hacer, cómo dirigir a los hombres! – Dragic observa el fondo de su vaso - ¡Estaba allí por casualidad, no pienso aceptar!
- No tienes elección. Apenas hay oficiales y muchos veteranos cayeron en la ofensiva.
- ¿Oficiales? ¡Espera, de qué me estás hablando!
- ¿Tú eres profesor, no? Hiciste el servicio en el JNA, y tu padre era serbio. ¡Eso es bueno para la causa!
- ¿La causa o la propaganda?
- ¿Y no son la misma jodida cosa? Vamos – Dragic sonríe resignado – tenemos que presentarnos dentro de una hora.
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