La veleta dijo Sur

domingo, 5 de febrero de 2012

EL HORROR 18

Los rumores sobre la gran ofensiva que se preparaba para las próximas semanas velaban como un negro presagio la mente de los milicianos que, con las huellas de la batalla impresas aún en el rostro, deambulaban solitarios por las calles. Ignorando las sirenas que anunciaban un nuevo bombardeo, Marko caminaba como un sonámbulo, arrastrando las pesadas botas, el cuerpo vencido de tensión, agotamiento, la piel cenicienta manchada de barro y pólvora seca. Una sola idea dominaba urgente, obsesiva, las imágenes confusas de la noche anterior, la amalgama de sensaciones y sonidos que saturaban su cerebro sobreexcitado: tenía que llegar a casa y dormir.
En el centro arreciaba el bombardeo. Cerca de la Presidencia un obús perforó la fachada de un edificio hasta salir por el lado opuesto. Después, una nube de cascotes y cemento pulverizado barrió la calle. Tres hombres que compartían las noticias del Oslobodenje corrieron a protegerse tras una esquina, observando con temor el cielo limpio de nubes. Sobre la acera yacía una mujer, el rostro vuelto hacia ellos, el terror del último momento paralizado en una mueca de sorpresa: la onda expansiva le había alcanzado mientras cruzaba. Un hilo de sangre oscura le caía de la boca entreabierta formando un pequeño charco en el suelo. Marko encendió un cigarrillo. El cuerpo de la mujer, encogido bajo el traje negro, aparentemente intacto, parecía advertir de un peligro cercano, una barrera invisible que le impedía continuar su camino. Los hombres le miraban con curiosidad, esperando quizá que se aventurase a rescatar el cadáver. Aplastó la colilla y se internó por una calle transversal preguntándose qué hubiera hecho si la mujer estuviese herida.
Tardó más de dos horas en llegar a la avenida. Las baterías serbias continuaban disparando con furia demencial sobre la ciudad, convertida en un humeante escenario de pesadilla. En el edificio las explosiones retumbaban como una tormenta lejana. Los vecinos, junto con varias familias llegadas de la periferia, vivían permanentemente en el refugio, instalados sobre mantas y colchones, la esperanza diluyéndose entre el hambre, la impotencia y el terror, simplemente esperando sobrevivir un día más. El interior del sótano despedía un olor nauseabundo, una mezcla de humedad y hacinamiento extrañamente parecido al de los cadáveres abandonados en las calles. Una paloma se ensartaba sobre la pequeña hoguera que presidía el lugar, vigilada atentamente por dos niños. Saludó con un gesto a la anciana Babic; la mujer se mostró muy sorprendida al reconocerle:
- ¡Qué cambiado está usted señor Bregovic!  - exclamó.
- Sólo estoy cansado… Me gustaría subir y dormir un poco. ¿Hay agua arriba?
- Hace días que no subo, desde la desgracia de los Tulic – la mujer entornó los ojos con tristeza – Sacamos el agua de una tubería rota en el primer piso, pero no debe beberla…
Ni siquiera preguntó qué desgracia era aquella. Recordaba vagamente a un tal Tulic, su joven esposa, siempre enferma. La escalera olía a orina y comida rancia. Comprobó aliviado que el apartamento no había resultado dañado por las bombas. Una fina capa de polvo rojizo lo cubría todo, pero las paredes y el techo sólo evidenciaban muestras de abandono, telarañas y manchas de humedad. Se desnudó y se lavó por partes con el agua de un bidón, sonriendo ante la idea de morir en aquella ridícula situación. Encontró desinfectante para la herida, que no terminaba de cicatrizar, antibióticos y aspirinas en un cajón olvidado. Entonces decidió reunir todos los enseres útiles que pudiera encontrar y dejarlas en lugar seguro: pilas, camisas para hacer vendas, cinta adhesiva, velas, una linterna un par de libros y algunos utensilios de cocina. Después añadió sus viejas botas, calcetines de lana y jabón. Satisfecho, lo guardó todo en una maleta junto a la comida que había dejado Mirsad y una botella de aguardiente.
Mirela prometió hacerse cargo de la maleta hasta su regreso.
- No se preocupe, los hombres hacen turnos por la noche para mantener a raya a los saqueadores.
- La comida puede repartirla ahora – dijo señalando la improvisada cocina.
- Es lo único que se puede conseguir ahora – se disculpó la mujer – Nadie vende comida, la gente la guarda, por si vienen tiempos peores…
- Dele estos libros a la chica – la refugiada les observaba desde la entrada; al comprender que hablaban de ella desapareció en la oscuridad del pasillo – Si no los quiere pueden servir para alimentar el fuego.
Encendió un cigarrillo mientras la certeza de la muerte – la sensación persistía al despertar – se extendía por su cuerpo inundándole como un líquido viscoso. Recuerdos de otros tiempos, tan lejanos que parecían pertenecer a una vida anterior, se entrelazaban en relámpagos distorsionados con imágenes fugaces del horror cotidiano, instantes en que la razón le abandonaba empujada por sentimientos oscuros, indescifrables; el deseo de sobrevivir enfrentándose al incontenible impulso asesino, la necesidad de aniquilar al enemigo, condición indispensable para vencer el odio y recuperar el equilibrio, volcado ahora hacia el caos y la ausencia de futuro. Volvían los tiempos felices de la universidad, la curiosidad con que estudiaba el Ate, la presencia de la pulsión homicida en los textos griegos. Ahora, aquella pretensión intelectual reivindicaba su modernidad. Había matado a algunos hombres y, al hacerlo, experimentaba un placer inconfesable. La satisfacción del superviviente se manifestaba a menudo cuando contemplaba fascinado las ruinas sembradas de cadáveres, los cuerpos anónimos abandonados en tierra de nadie… “Es necesario que unos cuantos se sacrifique para que el futuro de los demás no desaparezca… pero mejor tú que yo” – había bromeado alguien. Esta idea, inadmisible muestra de egoísmo entonces, asomaba ahora con naturalidad entre los resquicios de su conciencia asolada. ¿Valía la pena arriesgar la vida para averiguar quién era aquella mujer tirada en la calle? ¿Qué nuevos preceptos morales tendría que descartar para cumplir sus obligaciones, lo que se esperaba de él? Entonces recordó la ofensiva, la carnicería que se avecinaba. “Mañana estaré muerto” – pensaba -, y su corazón se rebelaba dolorosamente ante aquella idea mientras el cerebro, implacable, se negaba a admitir la más mínima posibilidad de escapar a la matanza; la ilusión de un acuerdo que acabase con la guerra, el rumor, sin duda difundido para elevar la moral de los soldados, de una tregua que aplazase aquel suicidio premeditado…
La imagen de Nadja surgió de repente. Durante las últimas semanas su rostro sereno, comprensivo, aparecía en los momentos en que la desesperación amenazaba con aplastarle. En sus sueños conscientes recreaba el encuentro inesperado, la conversación interminable, cada uno de sus gestos… Era un bálsamo que le mantenía unido al mundo de los vivos, una invocación a la felicidad posible. ¡Cómo deseaba abrazarla, sentir su cuerpo tembloroso, la mano acariciando su pelo, recorriendo con ternura las cicatrices mientras sus ojos le miraban con tal intensidad que lograban despertar sentimientos olvidados, alejar por un instante la sensación de violencia que lo envolvía todo, el vértigo ineludible de la muerte. Entonces, al acercarse, aquel rostro difuminado de distancia y silencio, se transmutaba en otros rasgos apenas entrevistos. Era la joven refugiada quien le besaba. Se levantó riendo a carcajadas.
- ¡Ahora ya tienes un motivo por el que morir! ¡Corre insensato, corre hacia la muerte!

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