“Diario de una refugiada. Por Suada Sabovic, dieciocho años”
Cambió dieciocho por diecinueve. Después se arrepintió: todavía faltaban tres semanas para su cumpleaños, y si no contaba toda la verdad desde el principio…
“Antes de empezar contaré algo sobre mi vida. No es demasiado interesante, pero lo considero fundamental” – demasiado solemne. Cambió fundamental por importante. Resopló de impaciencia. ¡Había que tener en cuenta tantas cosas! Acomodó la manta doblada en su espalda y cerró los ojos respirando hondo. Eso siempre le ayudaba con las redacciones. Resolvió que lo mejor era escribir lo que se le ocurriera, espontáneamente, y corregir el estilo más tarde.
“Mi padre se llama Belmir – continuó – y trabajaba en el aeropuerto de Sarajevo. Es ingeniero aeronáutico. A los veintidós años se casó con Marija, profesora de física y matemáticas. Eran vecinos y se hicieron novios casi desde niños, lo que me parece muy romántico. Oficialmente, él es Musulmán, no practicante ni creyente, y ella serbia, pero eso se consideraba hasta hace unos meses lo más normal. Poco antes de mi nacimiento se trasladaron del barrio de Butmir a la casa de Grbavica, donde el aire era más sano. Allí crecí y fui a la escuela. Después llegó Aída, que ahora tiene cinco años. Mis abuelos murieron: los hombres en la guerra antifascista, así que las dos abuelas tuvieron que cuidar solas a los hijos. Eran tiempos difíciles, peores incluso que los de ahora, y puede que por eso murieran también pronto. Casi no me acuerdo de ellas. El resto de la familia vive en otras ciudades: Belgrado, Jajce, Zenica, así que no les vemos mucho. Ahora que lo pienso, quizá es mejor así. Ya sufro bastante pensando en mis amigas, especialmente en Masha, de la que no he vuelto a saber nada desde hace semanas” – y estampó un beso en la cuartilla.
“En cuanto a mí, estudio el último curso del instituto, pero seguramente los alumnos perderemos todo el año por culpa de la guerra. Yo sigo estudiando cada día, por si acaso. Quiero ir a la Universidad de Sarajevo y ser profesora, como mi madre, pero me gustaría dedicarme a los niños, ya que los chicos del instituto se las saben todas, y los considero insoportables” – aquello le gustó. Se sentía bien hablando de sí misma. Ahora escribía con más ritmo, más segura en terreno conocido – “Desde principios de abril vivimos refugiados en un sótano de la Avenida Tito. No me gusta la palabra refugiado, me pongo de mal humor cuando la escucho, pero eso es lo que somos. Después de perder el trabajo por su origen familiar, mi padre recibió amenazas y llamas anónimas por la noche. Los serbios del barrio, hasta los amigos de toda la vida, dijeron a los que no pensaban como ellos que tenían que marcharse: muchos serbios, decían, habían perdido sus casas por culpa de nuestro Gobierno, y ahora tenían derecho a vivir en ellas.
Quemaron algunas viviendas, y una noche tiraron una granada en el salón de la familia Sehic. ¡Menos mal que dormían en el piso de arriba! Ese día cerraron los colegios y las tiendas, y nadie salió de casa. Por la noche empezaron los disparos. No vi a los que disparaban, pero imagino que ese…” - se reservó el insulto – “de Rado Lazovic iba con ellos. Dejó de ir a las clases el día de las elecciones y dicen que se paseaba por el barrio con una escopeta cargada. Cuando vino su padre a decirnos que nos fuésemos de allí no me atreví a salir. Pasamos dos noches solos en el garaje, escuchando las bombas y los tiros. Se rompían muchos cristales. No salíamos nunca y hacíamos nuestras necesidades en un rincón detrás del coche, aunque yo me aguantaba todo lo que podía” – dejó entre paréntesis esto último y miró el reloj: todavía faltaban dos horas para la cena comunitaria –. “Cuando se acabó la comida y el agua Belmir decidió subir a la cocina, pero era peligroso y Marija no le dejó. La última tarde llegaron unos soldados. Dijeron que eran bosnios leales al Gobierno y que no nos harían nada. Nos dieron agua, pero no tenían comida. Daba pena verlos, tan sucios, con esas ojeras y esa cara de susto. No es lo mismo pegar tiros, o recibirlos a veces, que pasar tres días en un garaje, pero creo que yo tenía menos miedo que ellos. Parecían buenos muchachos, aunque alguno me miraba…” - Decidió que llevaría el diario siempre con ella y no dejaría que nadie lo leyera, ni siquiera su madre – “No estaban allí para rescatarnos. ¡Qué desilusión! Lo que querían era llevarse nuestro coche para usarlo como ambulancia y poner una ametralladora en la casa, en el segundo piso. No me creí lo de la ambulancia, ¡pero cualquiera se lo dice! Hablaron con Belmir un buen rato. Cuando dejaron de disparar subió a recoger ropa, el dinero y algunos papeles. Yo me imaginé lo que pasaba. Mamá no lloró, pero estaba triste y muy enfadada. Nos acompañaron hasta el puente y prometieron que no robarían nada. ¡Ja, ja! Nada más cruzar, junto a la biblioteca, nos encontramos a una mujer mayor que nos guió por las calles menos peligrosas. Me sorprendió mucho lo bien que conocía el barrio, los trucos para engañar a los francotiradores. Le dimos tanta pena que nos ofreció ir a su casa, sin cobrarnos nada. Y aquí estamos todavía…”
Sonrió tímidamente y comprobó el estado del lápiz. Mirela le había dado tres, pero si seguía a ese ritmo los gastaría muy pronto. Le sacó punta con cuidado y releyó los escrito corrigiendo la ortografía, remarcando las palabras confusas. Pensó añadir algo sobre el hambre, lo sucia que se sentía, pero temiendo que alguien lo leyese por casualidad lo dejó para más adelante. Aída la miraba desdeñosa, aburrida en aquel encierro donde el terror había enmudecido los juegos, las risas infantiles. Le sacó la lengua. Le devolvió el gesto en el momento en que Mirela se acercaba. Avergonzada, abrió el diario y fingió leer con atención.
- ¿Has empezado? – preguntó la anciana sonriente.
- Sí, ya he escrito la introducción, pero no es tan fácil como yo creía…
- No siempre es sencillo expresar los propios sentimientos. Especialmente cuando no hay intimidad.
Se ruborizó. No podía evitar enrojecer de vergüenza cuando escuchaba aquella palabra.
- Voy a ayudar a Marija con la cena. He conseguido algunas verduras.
“Lo peor de ser una refugiada” – escribió al fin -, “más que el hambre, el frío o el miedo a las bombas, es que no hay intimidad. Aquí vivimos juntos hombres y mujeres, y también algunos niños. Al fondo hay una especie de habitación cerrada con mantas donde nos cambiamos. No hay chicos jóvenes, están todos con los milicianos, o escondidos, pero ¡cómo echo de menos mi habitación! Paso mucho tiempo leyendo en las escaleras, aprovechando la luz. Papá no me dejó coger ninguno de mis libros, sólo los del instituto. Tenía razón, pesaban demasiado, así que tengo que conformarme con los que me prestó aquel profesor que se llevaron a la fuerza. Por suerte, parece tener buen gusto. Cuando vuelva, si está vivo todavía… si no le han herido, tengo que hacer un esfuerzo, olvidarme de mi timidez, y darle las gracias”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario