La veleta dijo Sur

domingo, 5 de febrero de 2012

EL HORROR 17

Aquella noche los milicianos recibieron la orden de partir hacia Nuevo Sarajevo, donde los serbios trataban de avanzar amenazando las posiciones de Grbavica. Proyectiles de gran calibre rasgaban el cielo en todas direcciones mientras se movían en la oscuridad tropezando entre montones de escombros que entorpecían continuamente la marcha. Una hora más tarde entraban en un refugio protegido con sacos terreros donde un hombre alto, muy delgado, contemplaba pensativo un gran plano de la ciudad clavado en la pared. A su lado, el jefe de la milicia del barrio trazaba gruesas líneas rojas sobre la geografía del asedio. El otro seguía sus atropelladas explicaciones con mirada desdeñosa.
- ¡Es Yuka! – gritó alguien.
Entre el denso humo de los cigarrillos Marko observaba a aquel tipo vestido de guerrillero que apoyaba su cuerpo, de apariencia frágil, en una muleta. Tenía la nariz torcida, el pelo negro alisado sobre la frente, rostro afilado y mejillas hundidas, el labio inferior prominente. Jusuf Prazina, mafioso, traficante, jefe oficioso de la policía de Sarajevo, se había convertido en una auténtica leyenda en aquella ciudad necesitada de héroes. Para sus seguidores era un símbolo de la resistencia patriótica frente a los agresores, un eficaz proveedor de armas y municiones en los primeros días del asedio, salvando al gobierno de su indecisión; un ejemplo de valor y lealtad. Según otros, conocedores de su turbulento pasado, no era más que un vulgar gangster que había mudado los trajes italianos por el uniforme simplemente para adaptarse y sobrevivir a los nuevos tiempos. Le rodeaban cuatro guardaespaldas con el pelo cortado a lo marine, gigantes bien alimentados, armados con modernos fusiles automáticos y chalecos antibalas.
Algunos milicianos se acercaron a saludarle, estrechando su mano con una mezcla de temor y admiración mientras los escoltas contemplaban la escena con desconfianza, el gesto tenso, expectante: se rumoreaba que los serbios habían puesto un elevado precio a su cabeza.
Cuando se marchó, después de repartir optimismo y algunas cajetillas de tabaco entre los soldados, el sargento Dragic se acercó a recibir instrucciones. De mediana estatura y aspecto atlético a sus cuarenta años, había escapado del Cuartel Mariscal Tito, en poder de los rebeldes, para transformar aquel grupo de aprendices en un escuadrón experimentado en las tácticas de defensa urbana. Ahora, la visita de Yuka sólo podía significar una cosa: los serbios intentarían infiltrase durante la noche.
Tras estudiar en el plano las posiciones que debían ocupar y supervisar el reparto de municiones, reunió a los hombres y salieron a la oscuridad. Se desplegaron entre las ruinas, a intervalos de veinte metros frente a las líneas enemigas: el sector era demasiado amplio, incluso contando con los refuerzos enviados por la Presidencia. Desde la plantaba baja de un edificio abandonado, Marko podía ver el resplandor de los obuses que la artillería serbia emplazada a su izquierda, hacia Lukavica y el monte Trebevic, disparaba sobre el valle. El espectáculo, despojado de su finalidad, resultaba dantesco, de una belleza sobrecogedora. Las baterías de cohetes lanzaban ráfagas con mortífera cadencia, emitiendo un rugido titánico, un relampagueo, aún en la distancia, deslumbrante. Las trazadoras mordían la noche danzando diabólicas antes de estrellarse contra sus objetivos invisibles, deshaciéndose en nubes de polvo incandescente. Sobreiluminados fugazmente por el flash de las explosiones, los edificios mostraban sus estructuras deformes, columnas desnudas, vigas retorcidas, resistiendo las punzadas de la metralla como animales heridos. El aire viciado de polvo, humo y cordita se llenaba de zumbidos, tableteos, silbidos de balas al rebotar, muros derrumbándose sobre montañas de escombros.
Cambió lentamente de postura tratando de no emitir ningún ruido. Las piernas, entumecidas por el frío y la humedad, se movían rígidas entre cascotes y agujas de cristal. Durante aquellas horas de interminable espera, los inciertos momentos de calma que precedían al combate, el terror asolaba su mente con una vertiginosa espiral de ideas, delirios conscientes entrelazándose, conduciendo invariablemente a las mismas preguntas, las mismas dudas: “¿Por qué sigo aquí? ¿Qué extraña fuerza me impide entregarme, atravesar los bosques e intentar escapar? Ideales, fidelidad a la causa, no son más que palabras cuyo sentido se desvanece cuando sientes la presencia de la muerte a tu lado, cuando ya es demasiado tarde para comprender… ¿Cuánto tiempo me queda?” Ahora, más que nunca antes, se sentía insignificante, un cuerpo anónimo más entregado al sacrificio. Lo único que le separaba de aquella ruinas, las piedras enterradas bajo su cuerpo, era el instante último, el dolor, aún por llegar, y la nada. “¿Ves ese cadáver? ¿Lo hueles? – le decía un viejo combatiente aquella misma a mañana - ¡Lleva el mismo uniforme que tú! Eres tú si te expones demasiado. Lucha por conservar tu vida. ¡Esa es la clave para seguir vivo, no te arriesgues nunca!”… “Conservar la vida. ¿Hasta cuando? ¿Mañana, esta noche?”.
Algo se movió al otro lado. Una silueta agazapada se recortaba contra la pared, sorprendida por el resplandor de una explosión cercana. Durante un instante pudo ver su rostro cadavérico, el fusil deteniendo bruscamente su giro. Desprendió cuidadosamente la granada prendida del cinturón; el corazón bombeaba su miedo latiendo enloquecido. Podía sentir las venas hinchadas, un doloroso hormigueo en los músculos tensos, repentinamente paralizados. “¡Nos han localizado! ¡Están tratando de rodearnos!”. Los hombres desplegados a su lado no daban muestras de haber detectado la presencia del enemigo. “Deben estar dormidos”. ¿Y si disparaba primero? La llamarada del fusil sin supresor delataría su posición… Contuvo la respiración y volvió a asomarse sobre el parapeto: un grupo de sombras se movía lentamente entre las ruinas, directamente hacia él. La conciencia de su absoluta soledad le golpeó de nuevo, haciendo que el pánico se derramara sobre su piel empapando el uniforme. Entonces sintió la vibración en el estómago. Se apretó contra el suelo, las uñas clavadas en la tierra húmeda. “¡No quiero morir, no quiero morir!”. Las granadas defensivas extendían su carga de metralla sobre el perímetro, miles de fragmentos de acero abriéndose paso en su ciega trayectoria, desgarrando uniformes, atravesando carne, rebotando milagrosamente en los cascos, los fusiles, oleadas de metal candente. Permaneció tumbado, con los dientes apretados para no gritar, abandonado al azar, esperando que todo terminase. Cuando agotaron las granadas, los milicianos se incorporaron sobre las trincheras disparando a ráfagas contra los fugitivos.
- ¡Alto el fuego! – gritaba Dragic.
No podía ver nada. El humo le quemaba en los ojos, la nariz, penetraba en los pulmones. Un bote de humo se consumía a su espalda. Consiguió levantarse y devolver la granada al cinto. Recordó el eco de una conversación, una advertencia: “¡Las balas!”. Sacó el cargador y vació la mitad ocultando los cartuchos en la tierra empapada. Si descubrían que no había disparado una sola vez…

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