Safet Macanovic atiende el teléfono en su apartamento de Cengic Villa sin disimular su satisfacción: es uno de los afortunados que todavía dispone de línea con el exterior. Día tras día, inexplicablemente, consigue conectar con cualquier operador europeo. Su mujer y dos de sus hijos, los pequeños, lograron salir de la ciudad durante los primeros días del asedio y ahora viven en Alemania con unos parientes. Esa mañana numerosos vecinos, gente llegada de otros barrios persiguiendo un rumor, una esperanza, se agolpan en el pasillo esperando pacientemente su turno. Safet recibe ceremonioso, con fingida sorpresa, los regalos que le ofrecen a cambio de diez minutos, escrupulosamente medidos, de conversación: una radio con pilas, sábanas bordadas, un haz de leña, dos barras de pan blanco, conservas, aceite, una semana más sin arriesgar la vida en las calles. Creyente, practicante a medias, acepta cigarrillos, pero no licores. Mientras él negocia con los clientes su hijo Selim revende lo obtenido en el mercado. En ocasiones, cuando una mujer joven acude desesperada para hablar con su familia, sus hijos refugiados en algún lugar de Europa, Safet sale a comprar provisiones y el propio Selim pone el precio… Aunque no lo aprueba calla por temor al primogénito, un muchacho de carácter violento.
Al atardecer recibe al último cliente, un anciano esquelético que muestra azorado un abrigo de terciopelo negro, cuidadosamente plegado, en buen estado. Tras intercambiar algunas frases amistosas le despide prometiéndole una cita para el día siguiente. Después enciende su pipa, se acerca a la ventana intranquilo y contempla los edificios en ruinas a través de una abertura en el plástico: Selim se retrasa. Más que las balas o la metralla teme un encuentro con las patrullas que reclutan a la fuerza a todos los jóvenes desocupados. Él mismo ha de pagar todos los meses al mafioso local para garantizar su inmunidad. “He trabajado demasiados años para ponerme a cavar trincheras. Tengo un certificado firmado por el médico” – se excusa ante sus conocidos.
Cuando conecta la radio, el locutor recita con voz solemne la lista de muertos y heridos en la masacre de Vase Miskina. En la calle, junto a los muros carcomidos por los impactos y las manchas de sangre seca, la gente enciende velas y firma en un libro de condolencias. El Gobierno rebautizará el lugar con el nombre: “Calle de la resistencia antifascista”. Le gusta la idea, le recuerda los viejos tiempos. “El suministro eléctrico se ha reanudado a las seis”. Safet lo comprueba y enciende el televisor.
En las montañas, el observador detecta actividad en un edificio, un fugaz resplandor en el quinto piso. Rápidamente transmite las coordenadas a la batería desplegada en el bosque: tres grados de elevación, tiro casi horizontal, un juego de niños para los experimentados artilleros serbios. Unos segundos más tarde Safet fija su atención en la ventana, abre la boca para decir algo, sorprendido por el estruendo. La estela del obús le succiona el aire de los pulmones antes de atravesar la pared del salón.
Mientras, en el cruce entre Mariscal Tito y la Avenida Proletaria, yace inmóvil el cuerpo de un hombre joven. Tiene las piernas separadas, el pie izquierdo vuelto hacia dentro, descalzo. A pocos centímetros de su mano brillan los cristales de una botella de aguardiente rota, un estuche rojo de bordes dorados, una revista pornográfica desplegando su impudicia, latas de conserva… Un francotirador debió alcanzarle desde la colina de Vraca. Un solo disparo, un agujero limpio en la frente. Lleva allí más de seis horas sin que nadie se atreva a recuperar el cadáver: dos hombres han resultado heridos al intentarlo. En la esquina, un grupo de curiosos se reúne bajo el cartel escrito apresuradamente con pintura roja: “¡Peligro Francotiradores!”.
- Dicen que los serbios se visten de negro para que no les disparen – Marin Ostojic, funcionario jubilado, participa de la neurosis colectiva que convierte cada rumor en fuente de sospechas y amenazas – Así pueden infiltrarse entre los nuestros y espiarles.
- Pues a este no le ha servido de nada. Dos metros más y lo hubiera conseguido – apunta un joven soldado de permiso – Además no es serbio, fíjate en su cara…
- Dime, ¿qué crees que habrá en ese estuche?
- Unos dicen que joyas, otros que está vació. Pero dos ya lo han intentado y no creo que nadie más se atreva hasta la noche.
- Debe ser un traficante – sugiere un tercero - ¡Si tuviéramos algo para enganchar las latas!
- Sí, una caña de pescar – sugiere Marin – ¡Pero si voy a buscarla cuando vuelva os habréis largado con todo!
- Cuando cayó intentaba coger el estuche, mira su mano. Debe ser algo valioso. Tal vez un sello del Gobierno para falsificar documentos…
- Pues no pienso quedarme aquí para averiguarlo – Marin se cala su vieja gorra partisana, recoge los bidones vacíos y se aleja por una calle lateral. Los otros le miran, sin decidirse a abandonar el misterioso botín.
Al día siguiente un anciano se detiene ante la puerta abierta de la familia Macanovic. Contempla sorprendido el enorme boquete, los muebles intactos, cubiertos de un fino polvo gris. El timbre no funciona, así que golpea tímidamente el marco con los nudillos; después atraviesa el pasillo sorteando fragmentos de ladrillo rojo y lascas de yeso hasta el salón. Para llegar hasta el teléfono debe atravesar la trayectoria del obús, exponerse a la vista de los artilleros, los francotiradores que acechan al otro lado. Suspira, se arrodilla y comienza a reptar manteniendo la cabeza pegada al suelo. El teléfono no da señal, cuelga y descuelga hasta convencerse de que la línea está cortada. Entonces ve su abrigo en el respaldo de una silla. Se lo acomoda sobre los hombros, vuelve a cruzar el salón arrastrándose, mira el teléfono por última vez, reprime su intención de sacudir el polvo al abrigo, y se marcha.
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