Las sirenas de alarma comenzaron a sonar de madrugada, cuando los primeros obuses caían sobre Irbina y Radic, cerca de la avenida. Belmir se detuvo junto a la hilera de contenedores que protegían las proximidades del puente. A través de una rendija podía ver las colinas recortándose en el cielo estrellado, las siluetas grises de las casas en Soukbunar, los troncos plateados de los álamos en la ribera. Avanzó gateando hasta encontrar la abertura, oculta tras una pieza metálica. La separó unos centímetros, lo suficiente para divisar la carretera, los raíles del tranvía, el muro de piedra. Calculó unos treinta metros. Se estremeció al escuchar el murmullo de la corriente. Era un buen nadador y el agua no debía estar muy fría en aquella época. Las palabras de Marin acudían implacables: “Cada día aparecen más cadáveres flotando, cuerpos hinchados, desfigurados. Vienen del rio Dobrinja”. Sacudió la cabeza alejando aquella imagen; guardó los zapatos en la mochila, respiró hondo y se arrastró hasta el otro lado.
En el refugio, Suada leía la lista de víctimas que publicaba el Oslobodenje. Una semana después de la ofensiva, los desaparecidos y los milicianos fallecidos en los hospitales seguían llenando varias páginas. Al final aparecían los nombres de quince muertos y treinta y cinco heridos por los bombardeos del día anterior. Su madre acariciaba el pelo de Aida, dormida en su regazo.
- ¿A qué hora se fue?
- De madrugada… No te preocupes, no tardará en volver.
Sostuvo su mirada un instante; sabía que mentía, podía leerlo en sus ojos, la sonrisa forzada, la mano helada que posó sobre la suya. Su padre nunca había salido tan temprano a buscar comida. Además, según informaba Radio Sarajevo, debido al bombardeo no habría reparto en la Bascarsija. Le irritaba su actitud reservada, ahora que había asumido sus nuevas responsabilidades, la condición de adulta de la que tanto le hablaban. Durante los últimos días les veía discutir con frecuencia, largas conversaciones que se prolongaban hasta la noche, bajo la manta que compartían: él hablaba mucho, trataba de convencerla; ella negaba. Suada intuía el motivo de aquellas discusiones: la palabra convoy aparecía con frecuencia.
- ¡Ya está aquí! – Mirela apareció sonriente en la entrada.
- ¡Lo ha conseguido! - exclamó un hombre tras ella.
Al fin, entró Belmir. Tenía la ropa empapada, mechones brillantes pegados a la frente. Sonreía. Su madre dejó a Aída sobre el colchón y corrió a abrazarle. Buscó ropa seca y se reunió con ellos en el apartamento de Mirela.
- Al principio se negaban a dejarme pasar, decían que estaba prohibido a los civiles, – contaba – pero les expliqué lo de los documentos y logré convencerles.
Suada le secaba el pelo con una toalla. Trataba de contener las lágrimas, manifestando su enfado friccionando con fuerza el cabello lacio, entrecano.
- ¡Bravo Belmir! – Marin Ostojic entró sosteniendo una botella de rakija - ¡Toma, caliéntate el estómago!
- Ahora no habrá problemas… - calló y alzó el rostro. Suada sintió su mano áspera en la mejilla – Será mejor que bajemos, están tirando otra vez.
Al caer la noche la artillería bombardeaba Hrasno y Otoka, al oeste. Radio Sarajevo anunció la reanudación del suministro de agua durante dos horas. Ayudó a su padre a llenar los bidones en el primer piso y almacenarlos en el cuarto que Mirela les había cedido. Allí guardaban la ropa, el álbum familiar, la comida repartida por la Benevolencia o la Cruz Roja, las escasas pertenencias que habían podido transportar al abandonar su casa.
- ¿Tuviste miedo?
- Un poco, al cruzar el río… ¡El agua estaba helada!
- ¿Qué eran esos papeles tan importantes? – aventuró.
- Sí, será mejor que te lo cuente – suspiró y se sentó en el colchón. Suada se recostó sobre su hombro sosteniendo la vela; cuando él encendió un cigarrillo, la apagó - ¡Ah, guardas las velas para cuando subes a leer a escondidas! – exclamó haciéndola reír – Verás, necesitaba esos papeles para que tu madre y Aída puedan marcharse en un convoy. Sólo pueden salir mujeres y niños pequeños, por el momento. Además, ella es serbia, y ya sabes lo que eso significa ahora…
- ¿Y dónde irán? – sentía un extraño alivio, una idea inconfesable, turbadora, que le hizo ruborizarse.
- A Split, allí tenemos amigos. Yo quería que fueras con ellas, pero de momento es imposible…
- ¡Yo no quiero irme! ¡No puedes quedarte aquí solo!
- Comprende que para mí sería más fácil saber que estáis lejos, a salvo.
Mientras esperaba a que encendiera otro cigarrillo se prometió a sí misma pensar bien las cosas antes de decirlas, comportarse como una mujer adulta, dejar de ser un problema para ellos y transformarse en una chica responsable, merecedora de toda su confianza.
- ¿Crees que durará mucho todo esto?
- ¡No, ya verás como pronto volvemos a casa!
¡A casa! Todavía no le había preguntado: temía la respuesta y obligarle a mentir. Imaginaba a aquellos brutos en su habitación, revolviéndolo todo, riéndose de sus cosas, sus recuerdos, las fotografías, durmiendo en su cama… Cedió al deseo de sincerarse, hablarle de sus miedos, la vergüenza que sentía viviendo allí, refugiados entre extraños.
- ¡Cómo hecho de menos mi habitación! – dijo hundiendo la cabeza en su pecho - ¡Poder estar sola sin que nadie me mire!
Belmir suspiró, acarició sus cabellos y no dijo nada.
La noche resultó inusualmente tranquila. Tuvo un sueño agradable: celebraban su cumpleaños, en casa. Acudían muchos invitados, compañeros del instituto, profesores, vecinos, rostros conocidos, sonrientes, saludables, comida abundante preparada por ella misma; incluso le dejaron probar un poco de licor de ciruelas. Todo fue bien hasta que subió a probarse un vestido nuevo, regalo de Masha y las otras. Cuando regresó, el salón se encontraba repleto de desconocidos, hombres vestidos de negro, soldados muy pálidos, de mirada triste, algunos terriblemente mutilados, mujeres que murmuraban observándola con desprecio. Una muchacha reía a carcajadas mientras sostenía un espejo frente a ella: estaba desnuda.
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