Al amanecer del siete de junio los milicianos a las órdenes de Yuka se desplegaron en las inmediaciones de Kosevo. Según el plan previsto, debían avanzar hasta las posiciones serbias en las antiguas instalaciones olímpicas, las pistas de hielo y el estadio. Si conseguían sobrepasarlas, continuarían hacia Zuc y la carretera de Vogosca, un enlace vital con las ciudades del norte. Mientras, por el sur, las fuerzas de la Defensa Territorial tratarían de romper el cerco desde la colina de Vraca y Soukbunar hasta las alturas del monte Trebevic. La ofensiva culminaría con la liberación de Dobrinja, un estratégico suburbio situado junto al aeropuerto donde más de treinta mil personas permanecían completamente asiladas desde abril.
El Gobierno, consciente de que la capital no lograría resistir más tiempo sin ayuda, decidió movilizar a todas las fuerzas disponibles para romper el frente en distintos puntos y contactar con las unidades bosnias y croatas que combatían en la región. Los más realistas se conformaban con la conquista de alguna de las cuatro alturas que dominaban la ciudad, Zuc al norte, Mojmilo, Vraca y Vidikovac al sur, y mitigar, al menos, los efectos de los bombardeos.
Durante la noche, miles de hombres aguardaban la orden de atacar ocultándose en refugios improvisados a escasos metros de las líneas serbias. Viejos Mauser, fusiles automáticos, pistolas y algunos lanzagranadas constituían el patético arsenal con que los inexpertos milicianos de Yuka, muchos de ellos reclutados a la fuerza, debían enfrentarse a los sitiadores atrincherados en las montañas, soldados profesionales, veteranos de Croacia, voluntarios montenegrinos y mercenarios respaldados por armas pesadas, cañones, tanques y morteros procedentes del Ejército Federal.
En el búnker los milicianos trataban de ocultar su pesimismo, la ansiedad de la espera que explotaba en bromas, risas nerviosas, histéricas, conmovedoras muestras de entusiasmo, el ambiente irrespirable de humo y sudor. Marko limpiaba su fusil metódicamente, intentando recordar los trucos aprendidos en el ejército. A su alrededor, una curiosa congregación de obreros, estudiantes, funcionarios, aprendices de mafioso y desertores del JNA engrasaban sus armas, disimulando el temblor de sus manos con movimientos febriles. Dragan Krikangic dominaba las conversaciones con su potente voz de barítono; el corpulento croata relataba sus hazañas amorosas respondiendo con gestos obscenos a las muestras de incredulidad de su auditorio. A su lado, el profesor Zojadic seguía torpemente las instrucciones del sargento, que le enseñaba a manejar la ametralladora Thompson, una oxidada reliquia de la guerra partisana. Algunos hombres dormitaban echados en el suelo, recostados contra los muros de hormigón, la mirada perdida entre las volutas de humo que ascendían hasta el techo, recordando, intentado olvidar… Se preguntó cuántos conseguirían sobrevivir al día siguiente. Se rumoreaba que los generales habían calculado un treinta por ciento de bajas para aquel sector del frente. Recurriendo a la estadística paseó su mirada seleccionando a los más débiles, los novatos, los mismos rostros que le sonreían con gesto cómplice, uno de cada tres. Era inútil. Hundió el rostro entre las manos ocultando las lágrimas de impotencia, sometido por completo a la lógica irrebatible de la muerte. Sólo la vergüenza, el orgullo, un absurdo sentimiento de camaradería, ahogaban sus deseos de gritar. Pero, ¿qué significaban aquellas ridículas excusas ante la absoluta certeza de la aniquilación? Todos eran consciente de su destino, y sin embargo seguían conversando, riendo, escribían cartas, leían, rezaban… ¿Cual era el secreto? Al pasar lista tres hombres no se habían presentado. ¿Por qué estaba allí todavía? Alguien se sentó a su lado.
- Unas esto, así no te verán – Dusan le ofrecía un pedazo de corcho quemado con el que había oscurecido su cara pecosa, el cuello, el dorso de las manos – No te preocupes, saldremos de esta…
- ¿Qué crees que les harán si les cogen? A Los desertores…
- No sé, supongo que los meterán en la cárcel – no había sospecha en sus ojos: le había visto matar – Si no los fusilan se morirán de hambre. Apenas hay comida para nosotros, así que imagino que los matarán.
- ¿Tienes miedo?
- ¡Claro! Todos lo tenemos, incluso ese fanfarrón de Dragan. Lo mejor es no pensar en nada, o mejor, pensar en lo que vas a hacer mañana – se recreaba en su inesperada influencia, sonriente – Por la noche iré a ver a mi novia…
Le devolvió la sonrisa preguntándose cuántos millones de hombres habían experimentado aquel mismo sentimiento, la reconfortante camaradería mancillada por el deseo de la muerte del otro, la adjudicación expiatoria del papel de víctima. Al cerrar los ojos evocó las trincheras de otra guerra grises de barro y agua sucia, los soldados harapientos, lívidos, sin esperanza en los ojos, de los viejos documentales. Dragan se acercó y le tendió la botella de aguardiente.
- Yo puedo saber quién va a morir con sólo mirarle a los ojos… Tú vivirás. ¡Bebe!- bebió un largo trago sintiendo la penetrante mirada del soldado – No debí mirarme al espejo esta mañana – dijo, y se alejó tambaleándose.
- Quiero que guardes esto, por si acaso… - Dusan le entregó un papel doblado – La dirección está dentro.
- ¿No creerás en esas tonterías?
- ¡Nunca se sabe!
Salió al patio a respirar aire fresco. La noche era agradable, la suave brisa impregnada del olor de los abetos. Recordó los bosques de Korcula, el ulular del viento entre los pinos, el cosquilleo de las agujas en lo tobillos mientras paseaba, la navaja suiza en el bolsillo, la luna helada, libre y salvaje…
- ¡Piensa en tu mujer, en tus hijos! – murmuraba alguien - ¿Quieres que caigan en sus manos?
- ¡Sargento, no puedo evitarlo! – sollozó una sombra antes de vomitar.
Se acercó, extrañamente sereno, a recoger la munición: dos cargadores por hombre, una granada para los que debían tomar al asalto los bunkers.
- ¡Escuchad! – el sargento Dragic hablaba encaramado a la mesa – No voy a mentiros. Sólo tenemos una oportunidad. Si les cogemos desprevenidos tal vez lo consigamos. ¡Recordad, no malgastéis la munición, asegurad los blancos! Si alguien se pierde – sonrió con ironía – que retroceda y se una a otro grupo. No os detengáis a recoger a los heridos, lo harán los de la segunda oleada… - paseó sus ojos brillantes de emoción sobre sus hombres - ¡Ánimo muchachos!
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