La veleta dijo Sur

sábado, 11 de febrero de 2012

EL HORROR 21

Antes del alba los milicianos tomaron posiciones. Marko siguió al sargento hasta la última barricada de la Avenida Dakovica. Más allá se extendía la tierra de nadie, un túnel silencioso, plagado de amenazas invisibles, el aliento húmedo de la muerte flotando en el aire transparente. A su derecha, Dragan murmuraba una oración elevando sus ojos hacia las estrellas, que parecían contemplar expectantes la tragedia que estaba a punto de comenzar. Trató de encontrar en su interior un último resto de fe, una señal, algún indicio de esperanza que lograse aplacar su pánico… Demasiado tarde. Dragic consultó su reloj, desenfundó la pistola y dio la señal de avanzar.
Corrieron zigzagueando entre bloques de hormigón y coches calcinados, escuchando alarmados el eco de sus propios pasos, hasta llegar a campo abierto. La ola de sombras se movía con rapidez entre los restos de un parque, un rumor creciente de ropas, respiraciones agitadas, el tintineo de las armas al balancearse, el impulso indescifrable de la masa lanzada al asalto. Inexplicablemente, nada se movía frente a ellos.
- ¡No es detengáis, vamos! – imploraba Dragic entre dientes.
Aceleró el paso y se acercó a él, aterrorizado ante la idea de quedar rezagado. “¡El sabe dónde está el mayor peligro, tiene información secreta, no se separes, te sacará de aquí!”… Un hombre cayó a su lado. “¡Ya ha empezado!”. El otro blasfemó, se puso en pie y continuó la carrera.
Los serbios debían estar dormidos cuando el centinela dio la voz de alerta. Avanzaron más de cien metros antes de escuchar las primeras ráfagas, erráticas, dispersas. Habían dejado atrás las pistas de patinaje, los edificios que ocuparía la segunda oleada y en los que podrían refugiarse si el ataque fracasaba. Milagrosamente, el escuadrón alcanzó las trincheras sin sufrir ninguna baja: los defensores, sorprendidos, disparaban sobre sus cabezas, gritando mientras corrían a retaguardia.
- ¡Demasiado fácil! – Dragic movía la cabeza incrédulo. Recogió un fusil abandonado en la huida y guardó la pistola - ¡Seguid avanzando, adelante!
Era vital ganar terreno antes de que los serbios reaccionasen, mantenerse lo suficientemente cerca de ellos para limitar el fuego de sus armas pesadas. Trepó por la pendiente de la trinchera. Durante un instante se abandonó al inmenso júbilo de la victoria, creyó que era posible romper el cerco, acabar con los bombardeos, el hambre. Desligado de su cuerpo, se sentía capaz de correr más allá de los montes, todavía invisibles, abriendo camino a los demás con su sólo empuje, la rabia y el odio acumulados durante meses… El primer obús estalló a su derecha. Una ola gigantesca le lanzó de espaldas; después, una lluvia de metralla, piedras y tierra quemada inundó el espacio a su alrededor.
La artillería había corregido el ángulo de tiro, previsto en caso de infiltración, y ahora machacaba la zona con cohetes, cañones, morteros y carros blindados desatando una brutal tormenta de fuego en torno a los milicianos. Gritos de pánico, lamentos de heridos, imprecaciones, voces asomándose al umbral de la locura, llamadas a todos los dioses, acallados por el estruendo colérico de las explosiones. Decenas de cuerpos se arrastraban hasta los cráteres entre tierra triturada, la vegetación desintegrada, sombras furtivas que, al resplandor del fuego, se revelaban despojos retorcidos, humeantes. Algunos hombres trataban de escapar de la matanza corriendo con el rostro desencajado, olvidadas ya las armas, arrancándose los uniformes destrozados. Otros, paralizados por el terror, permanecían inmóviles, aferrándose a la tierra antes de saltar por los aires, víctimas del azar, el capricho de las trayectorias.
Cuando abrió los ojos un fragmento de metralla se apagaba lentamente a pocos centímetros de su mano. Al tocarlo comprendió que si soportaba el dolor lograría levantarse y salir de allí. Sentía la tierra vibrando bajo su cuerpo, el temblor que retorcía sus vísceras con cada explosión, pero no podía oír nada. Un líquido viscoso le taponaba el oído. Al incorporarse vomitó sobre sus rodillas. La garganta saturada de pólvora quemada se contraía haciéndole boquear en busca de oxígeno. “¿Quieres vivir, quieres vivir?”. El zumbido que embotaba su cerebro se transformó repentinamente en un chasquido reconocible, el crepitar de las balas golpeando el parapeto del embudo.
- ¡A la izquierda, hacia el bunker!
Era la voz de Dragic. Le pareció asombroso, una especie de broma, que alguien siguiera combatiendo en mitad de aquel infierno. Levantó la cabeza. Unos metros más adelante la silueta de un bunker se perfilaba contra el horizonte. Desde el interior, una ametralladora pesada disparaba sin tregua, rasgando la pálida luz del amanecer con los destellos metálicos que surgían del cañón al rojo. La máquina barría la única zona por la que podían escapar, una ligera pendiente tras la que se adivinaba la achatada estructura del estadio. Una granada alcanzó la casamata sin dañarla aunque los ocupantes, aturdidos, dejaron de disparar. Se puso en pie apoyándose en el fusil y corrió hasta allí disparando hacia la entrada lateral. Dos hombres salieron tambaleándose; una ráfaga les alcanzó de lleno y les derribó. Dragic apareció tras ellos con el fusil humeante, metió una granada por la tronera y se protegió contra el muro de hormigón. La explosión ahogó los gritos procedentes del interior. Después, una nube de polvo y humo negro, silencio y olor a carne quemada.
Cuando entraron, los servidores de la ametralladora agonizaban entre una montaña de casquillos: la granada les había reventado por dentro. Dragic contemplaba con curiosidad los cuerpos ennegrecidos, los brillantes cuajarones pegados a la piel, recreándose quizá en la vulnerabilidad del enemigo, hombres después de todo. Entonces reparó en su presencia.
- ¡Bregovic! ¿Quieres hacerlo tú?
No esperó demasiado la respuesta: extrajo la pistola de su funda, se agachó hasta encontrar sus cabezas y les disparó en la frente.
Marko temblaba palpándose el uniforme empapado, pegado a las piernas, buscando una herida inexistente, asombrado por su buena suerte. Bebió un largo trago de la cantimplora de uno de los muertos.
- ¡Es aguardiente rebajado!  - resonó su voz ronca.
El sargento echó un trago. Usó el resto para limpiar la sangre seca del oído. Se preguntó si Dusan lo habría conseguido. Habían transcurrido menos de dos horas desde que se iniciara el ataque; la ofensiva había fracasado en aquel sector y nadie podría reprocharles que regresaran. Lo había intentado, había resistido al pánico y seguía vivo…
- Bregovic, tenemos que salir de aquí – Dragic observaba el terreno batido por la artillería a través de la tronera orientada hacia el sur - Los demás están muertos o enterrados en las trincheras esperando que dejen de disparar.
- ¡Ahora es demasiado peligroso, podemos esperar aquí!
- ¡No! Lo haremos ahora, confía en mí. Corre hacia el estadio, yo te cubriré…
Recordó las palabras de Mirsad: “Cuando llega tu hora da igual lo que hagas”.
- Está bien.
- ¡Corre tan rápido como puedas, y grita para que vean que eres de los nuestros! Yo iré detrás…
Se colgó el fusil a la espalda, salió al exterior y corrió, corrió debatiéndose entre las ondas de las explosiones, esquivando fosos, cráteres, saltando sobre los restos humeantes de milicianos, miembros separados, cabezas sujetas al casco, perseguido por la metralla y las balas…

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