Sarajevo, 21 de diciembre, 1991
Danilo Versovic se acerca al televisor, sube el volumen y se acomoda en el sofá. Mientras lía un cigarrillo Nizama se sienta a su lado, estira el borde de la falda hasta cubrir las rodillas y recoge sus manos en el regazo.
En la pantalla, una columna de blindados cruza un pueblo destruido. De las ruinas calcinadas se eleva una densa humareda que se funde en lo alto con un cielo gris de acero. Un rugido ensordecedor hace vacilar la cámara en manos del operador que corre a protegerse tras un muro de piedra: surgiendo de la niebla que cubre los maizales una batería de lanza cohetes abre fuego contra un grupo de casas entre las que se alza la torre blanca de una iglesia. Cuando el humo se disipa el campanario ha desaparecido.
Ahora la cámara recorre a ras de suelo las calles embarradas, la nieve sucia salpicada de vainas y carcasas vacías, se detiene sobresaltada ante el cuerpo de un miliciano que yace boca abajo, enfoca la bota que se apoya impúdica sobre la cabeza ensangrentada. Un soldado federal saluda con gesto victorioso mostrando una bandera capturada al enemigo. A su espalda, el escudo chetnik se destaca en rojo sobre la pared agujereada del ayuntamiento: “Sólo la unidad salvará a los serbios”.
- No van a parar hasta llegar a Zagreb – murmura Danilo.
Nizama le mira sin comprender, todavía asustada. Es el ritual de todas las noches: desde que su hijo fue reclutado busca sus rostro en cada combatiente, los cadáveres abandonados en la huida pudriéndose en las cunetas, comparando furtivamente las imágenes con la fotografía del joven soldado que sonríe despreocupado junto a un retrato de un Tito envejecido en uniforme de almirante.
Más tarde Nenad Pejic, presentador del informativo de la noche, habla con tono grave, desafiando a la audiencia con la mirada:
- ¡Apaguen ahora mismo las luces quienes estén a favor de la paz!
Danilo se levanta decidido y pulsa el interruptor suavemente, como si aquel acto intrascendente hubiese adquirido una dimensión especial. Cuando se vuelve, Nizama está junto a la ventana. Desde la colina los edificios altos del centro se adivinan oscuros, imponentes. El viento helado que recorre el valle trae el leve rumor del tráfico en las avenidas. En Vraca y Grvabica algunas ventanas permanecen iluminadas, siluetas recortándose en los cuadros de luz que parecen sonreír con desprecio. A la derecha, en Nuevo Sarajevo, un bromista enciende y apaga las luces continuamente.
- Creo que hay más de los nuestros – aventura Nizama mientras limpia los cristales empañados con la manga.
Danilo sonríe condescendiente. Por su mente vuelve a circular la idea de la guerra inminente, fantasmas del pasado, recuerdos de su infancia que vuelven cada noche…
- La ciudad despierta un día más bajo el bombardeo – continúa el locutor – Los agresores serbios y montenegrinos atacan Dubrovnik por tierra y mar. La antigua Ragusa, Patrimonio de la Humanidad, arde sin remedio…
La cámara se eleva desde una fuente de piedra protegida con sacos terreros mostrando un paisaje desolado, un mar de tejados rojos perforados por los obuses, edificios en llamas, la gran plaza desierta nublada de cenizas, cascotes y vigas quemadas. A lo lejos, fuera del alcance de los defensores, los barcos de guerra trazan siniestras estelas recreándose en su impunidad.
La imagen de un hombre corpulento abriéndose paso entre flashes y micrófonos encabeza la información local. Radovan Karadjic, el psiquiatra que lidera a los nacionalistas serbios, acompaña sus palabras con enérgicos movimientos de su puño crispado:
- Si los separatistas croatas y musulmanes se empeñan en destruir Yugoslavia nosotros, los serbios de Bosnia, proclamaremos nuestra propia república antes del quince de enero…
A su espalda, dos hombres armados con fusiles automáticos observan con recelo a los periodistas que rodean al político.
- ¡Se han vuelto locos! – sentencia Danilo - ¡Completamente locos!
Danilo es serbio, su mujer musulmana; su único hijo lucha en Eslavonia contra los secesionistas croatas. Algunos vecinos, compañeros de la fábrica, antiguos camaradas del ejército, le miran con silencioso rencor cuando se cruzan en la calle. Esa noche, antes de dormir, recuerda las palabras del orador instalado frente a la catedral: “Esos rostros asustados, los refugiados que lloran cada noche su impotencia ante las cámaras, son los supervivientes de nuestra guerra civil ¿Vamos a permitir que la historia se repita?”.

IMAGEN: panorámica de Sarajevo antes de la guerra.
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